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Tiempo de destrucción, de Luis Martín-Santos

Galaxia recupera esta novela inconclusa con edición de Mauricio Jalón.

23 de junio de 2022. Estandarte.com

Qué: Tiempo de destrucción Autor: Luis Martín-Santos Edición y epílogo: Mauricio Jalón Año: 2022 Páginas: 352 Editorial: Galaxia Gutenberg Precio: 21,90 €

Médico y psiquiatra, Luis Martín-Santos (1924-1964) es reconocido como uno de los artífices de la renovación de la literatura española por su novela Tiempo de silencio, publicada en 1962. De escritura desafiante, esta obra ofreció una visión insólita de la bajorrealidad, con una gran agudeza crítica y valentía expresiva.

Pero ese no fue el único texto que escribió. Autor también de ensayos, poesía y relatos, dejó inacaba una segunda gran novela: Tiempo de destrucción. Estaba inmerso en su redacción cuando falleció tras sufrir un accidente de tráfico.

La obra sería publicada en 1975 por Seix-Barral –con no muy buena acogida–, a partir del ensamblaje de los materiales inconexos dejados por el autor, con edición de José-Carlos Mainer.

Galaxia-Gutenberg la recupera ahora, lo hace con una nueva armadura que descubre un nuevo orden y partes inéditas; ofrece una organización por capítulos titulados –en la versión de 1975 aparecían solo numerados–; incluye un prólogo de Martín-Santos que no se presentó en aquella primera edición, y un epílogo a cargo de Mauricio Jalón, responsable también de la edición de la novela.

En ese epílogo, Jalón afirma: “Aunque inmerecidamente eclipsado, Tiempo de destrucción resulta ser un libro refrescante de la literatura española y del propio Martín-Santos. Por lo menos, iguala, con recursos nuevos la altura del turbador Tiempo de silencio, de 1962. Siendo muy distintos, ambos comparten una prosa rotunda y una inventiva incesante, pero destaca la introspección del segundo junto a la sorprendente riqueza de sus travesías temáticas que, partiendo de modos tradicionales de relatar, adquiere una dimensión originalísima y profunda”.

Tomando como referencia aquella edición de Seix Barral –que Jalón describe como cuidada y meritoria y de la que destaca, como “fundamental”, su prólogo, a cargo de Mainer–, este nuevo acercamiento a la novela inconclusa ha querido “dar sentido a esa masa dispersa de textos yuxtapuestos”. Su idea era crear un texto más autónomo, “hacer más legible este libro medular de nuestra prosa del siglo XX”, para lo que se toman decisiones como prescindir de variantes, refundir distintas versiones, injertar pasajes extraídos de los esbozos de Martín-Santos, suprimir repeticiones, unificar personajes, separar párrafos para hacer respirar al texto. Un apasionante trabajo de investigación y edición, que se explica en el epílogo. En este texto, Jalón también bucea en las claves de la novela, que reconoce como “impetuosa e inspirada, y volcada en el fondo sobre el propio autor, pues gira en torno a sus preocupaciones y sus ‘pruebas’, solo en cierta medida transferidas a su protagonista”.

Ese protagonista es Agustín, a quien Martín-Santos acompaña desde que era niño y adolescente y al que, más adelante, ya convertido en juez, enfrenta a una situación dramática, a la que seguirán su desgaste y derrumbe. Con una gran carga introspectiva, la novela desgrana la confluencia entre el mundo exterior y el mundo íntimo. Muy fragmentada, se compone de cuarenta escenas que narran las experiencias y conflictos de Agustín y abordan cuestiones como la idea de la verdad, los límites del lenguaje o la parálisis de la España de los años cincuenta.

En el prólogo que ahora recupera la edición de Galaxia Gutenberg bajo el título Lo que quiero contar, Luis Martín-Santos adelanta por qué la historia de Agustín merece ser contada. Terminamos con un extracto de este brillante texto:

“[…] La vida de un hombre no es una figura precisa. En esto se diferencia de la obra de arte. La obra de arte tiene una figura delimitada que se destaca sobre el fondo indiferente. El marco aísla el cuadro de la pared blanca; la puerta marca el límite que una vez atravesado nos hace pensar en el interior del edificio; la escultura muestra una superficie limitante respecto del aire, que podemos recorrer con la mano, palpar, percutir, romper; la sinfonía musical tiene unas fronteras precisas en el tiempo, a partir de las cuales empezó y acabó. Por el contrario, la vida de un hombre es imprecisa. No dibuja una figura sino que presenta un bulto a nuestras consideraciones. Este bulto es opaco. Está cargado de unas masas de las que la mayor parte es desconocida. De un hombre podemos conocer las fechas extremas, el momento en que se inició su vida y el día de su último suspiro. Pero nos engañaríamos si creyéramos que estos límites temporales pueden ser comparables a los del tiempo que ocupa la obra musical. Los límites temporales del hombre no tienen sino una vaga significación de orientación histórica, según la que podemos colegir en qué época se agitó, qué ideas influyeron sobre él, a qué sistema político estuvo sometido, en qué generación formó como colaborador de la obra común o quizá como adversario. Pero la simple orientación que nos dan estas fechas no nos dice nada de lo individual. Lo individual exige otros métodos, y la posible figura que lleguemos a extraer de esa individualidad, una vez que la creamos comprendida, siempre será una cierta parcialidad incompletable […]”.  

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