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Cinco grandes poemas de Lord Byron

Su poesía, puro romanticismo, habla de la libertad, el amor y la aventura.

05 de octubre de 2020. Estandarte.com

Qué: Cinco grandes poemas de Lord Byron 

Selección de poemas de Lord ByronFue Lord Byron, George Gordon Byron (Londres, 1788-Missolonghi, Grecia, 1824) un personaje controvertido, rebelde, defensor de los marginados y del débil (se puso junto a España en la guerra contra Napoleón, apoyó la independencia de los países sudamericanos y luchó por la libertad de Grecia –país donde murió– frente a Turquía). Piratas, corsarios, aventureros y sufrientes enamorados fueron protagonistas de sus poemas, y todo descrito en un carácter propio del Romanticismo que se refleja en una obra ágil, de riqueza expresiva en la que deja retazos de su vida y dibuja sentimientos y personajes con tal maestría y riqueza de lenguaje que lo definen como uno de los mejores poetas en lengua inglesa y como símbolo vivo de ese movimiento literario que tuvo en el Werther de Goethe su extraordinario punto de partida.

Lord Byron hizo de sí mismo un símbolo. Vivió como quiso, publicó pronto y pronto también se hizo famoso, viajó y de sus viajes nos queda la que, con Don Juan, está considerada como su gran creación. Se trata de Las peregrinaciones de Childe Harold, un largo poema narrativo donde relata sus experiencias vividas en los países visitados (España, Portugal, Grecia, Turquía, Albania…), en el que hace de su protagonista –él mismo en gran parte– un héroe y con el que deja traslucir, con melancolía, aspiraciones, reflexiones y cansancio.

Al igual que Oscar Wilde, su fama creció aupada por la buena sociedad y lo mismo que a él los escándalos sentimentales y su ambigüedad sexual ocasionaron el rechazo de esa misma sociedad y lo llevaron a salir en 1816 para siempre del Reino Unido. Escribió y se movió por Europa para acabar muriendo de unas fiebres en Missolonghi.

Solo vivió treinta y seis años, pero dejó una obra extensa, rica y exaltada (quizás ahora algo “antigua”) que admiró a poetas como Goethe, Lamartine, Poe, Bécquer, Dumas, Pushkin o Víctor Hugo.

 

Canción del corsario

En su fondo mi alma lleva un tierno secreto
solitario y perdido, que yace reposado;
mas a veces, mi pecho al tuyo respondiendo,
como antes vibra y tiembla de amor, desesperado.

Ardiendo en lenta llama, eterna pero oculta,
hay en su centro a modo de fúnebre velón,
pero su luz parece no haber brillado nunca:
ni alumbra ni combate mi negra situación.

¡No me olvides!... Si un día pasaras por mi tumba,
tu pensamiento un punto reclina en mí, perdido...
La pena que mi pecho no arrostrara, la única,
es pensar que en el tuyo pudiera hallar olvido.

escucha, locas, tímidas, mis últimas palabras
–la virtud a los muertos no niega ese favor–;
dame... cuanto pedí. Dedícame una lágrima,
¡la sola recompensa en pago de tu amor!...

 

 

Al cumplir mis 36 años

¡Calma, corazón, ten calma!
¿A qué lates, si no abates
ya ni alegras a otra alma?
¿A qué lates?

Mi vida, verde parral,
dio ya su fruto y su flor,
amarillea, otoñal,
sin amor.

Mas no pongamos mal ceño!
¡No pensemos, no pensemos!
Démonos al alto empeño
que tenemos.

Mira: Armas, banderas, campo
de batalla, y la victoria,
y Grecia. ¿No vale un lampo
de esta gloria?

¡Despierta! A Hélade no toques,
Ya Hélade despierta está.
Invócate a ti. No invoques
más allá

Viejo volcán enfriado
es mi llama; al firmamento
alza su ardor apagado.
¡Ah momento!

Temor y esperanza mueren.
Dolor y placer huyeron.
Ni me curan ni me hieren.
No son. Fueron.

¿A qué vivir, correr suerte,
si la juventud tu sien
ya no adorna? He aquí tu
muerte.

Y está bien.
Tras tanta palabra dicha,
el silencio. Es lo mejor.
En el silencio ¿no hay dicha?
y hay valor.

Lo que tantos han hallado
buscar ahora para ti:
una tumba de soldado.
Y hela aquí.

Todo cansa todo pasa.
Una mirada hacia atrás,
y marchémonos a casa.
Allí hay paz.

 

Camina bella

Camina bella, como la noche
De climas despejados y cielos estrellados;
Y todo lo mejor de la oscuridad y de la luz
Se reúne en su aspecto y en sus ojos:
Enriquecida así por esa tierna luz
Que el cielo niega al vulgar día.

Una sombra de más, un rayo de menos,
Habría mermado la gracia sin nombre
Que se agita en cada trenza de negro brillo,
O ilumina suavemente su rostro;
Donde pensamientos serenamente dulces expresan
Cuán pura, cuán adorable es su morada.

Y en esa mejilla, y sobre esa frente,
Son tan suaves, tan tranquilas, y a la vez elocuentes,
Las sonrisas que vencen, los tintes que brillan,
Y hablan de días vividos en bondad,
Una mente en paz con todo,
¡Un corazón cuyo amor es inocente!

 

Te vi llorar

¡Yo te vi llorar! Tu lágrima, mía,
en tu pupila azul brillaba inquieta,
como la blanca gota de rocío
sobre el tallo delicado de la violeta.

¡Te vi reír! Y un fértil mayo,
las rosas deshojadas por la brisa
no pudieron dibujar en su desmayo
la inefable expresión de tu sonrisa.

Así como las nubes en el cielo
del sol reciben una luz tan bella,
que la noche no borra con su beso,
ni eclipsa con su luz la clara estrella.

Tu sonrisa transmite la fortuna
al alma triste, y tu mirada incierta,
deja una dulce claridad tan pura
que llega al corazón después de muerta.

 

 

No volveremos a vagar

Así es, no volveremos a vagar
Tan tarde en la noche,
Aunque el corazón siga amando
Y la luna conserve el mismo brillo.

Pues así como la espada gasta su vaina,
Y el alma consume el pecho,
Asimismo el corazón debe detenerse a respirar,
E incluso el amor debe descansar.

Aunque la noche fue hecha para amar,
Y los días vuelven demasiado pronto,
Aun así no volveremos a vagar
A la luz de la luna.

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Grandes poemas de Lord Byron

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