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Cuestionario a Lola Beccaria

De Stefan Zweig a "Mari Pili y su biscúter".

12 de abril de 2014. Estandarte.com

Qué: Cuestionario Estandarte a Lola Beccaria

Lola Beccaria, que ha publicado recientemente su última novela, un catálogo de relaciones sentimentales en la era 2.0 titulado Mientras no digas te quiero, ha contestado a nuestro Cuestionario Estandarte. Descubrimos así su pasión por Stefan Zweig, su resistencia a responder ciertas preguntas (aunque amablemente acaba respondiendo) y una referencia libresca que nos llena de ternura: Mari Pili y su biscúter. ¿Quién no atesora una de esas joyas en su biblioteca sentimental?

¿Cuántos libros lee al año?
Ante esta clase de preguntas me suelo rebelar, pues para mí la lectura no es una cuestión aritmética, sino una actividad placentera y más bien anárquica, que practico sin sistematicidad. Y no me gustaría que la gente se quedara con la idea de que, lo mismo que, según los médicos, hay que consumir dos piezas de fruta al día, de igual modo hay que dosificarse la literatura. No quiero decir con ello que leer no sea saludable y vitamínico, pero también es un acto que considero de rebeldía, de pura libertad, frente al mundo ordenado y burocrático con que nos enfrentamos a diario. Y así me gustaría que los lectores me leyeran, ¡por amor y deseo, por adicción y enganche!

Sea valiente. Confiésenos alguna lectura pendiente que le sonroje admitir.
Uf, tengo muchísimas, en serio. Mira, por ejemplo, una novela que realmente considero fundamental, y auténticamente sonrojante que la tenga aún sin leer, es La cartuja de Parma, de Stendhal, cuyo ejemplar además tengo en casa desde hace tiempo, en espera de su momento. De este autor francés amo El rojo y el negro, una novela impresionante y apasionante, y el maravilloso ensayo titulado Del amor, que aprovecho para recomendar aquí. Llama especialmente la atención que Stendhal muestra un respeto y veneración por las mujeres dignos de un hombre cultivado e inteligente y se revela como un espíritu exquisito y sensible tan adelantado a su tiempo que, aun perteneciendo al siglo XIX, sería un adelantado incluso hoy día.

¿Qué libro le habría gustado escribir?
Este tipo de preguntas son muy difíciles de responder, porque si no te atreves a contestarlas, parece que ningún libro te ha apasionado lo suficiente como para sentirte en cierto modo su valedor o incluso su dueño. Y si al final te decides a responder, dependiendo de tu elección, puedes caer en la vanidad más ridícula. Pero en fin, me voy a pringar, que tampoco está mal. Uno de mis libros favoritos es Carta de una desconocida, del escritor austriaco Stefan Zweig. La historia más auténtica y emocionante, una carta de amor a quemarropa, a corazón abierto, bella e infinita. Pero no me habría gustado escribirla, si lo hubiera hecho me habría perdido la primigenia emoción de su lectura. Ese libro lo tenía que escribir su autor, lo mismo que cada uno de los libros escritos en el mundo los ha escrito quien tenía que hacerlo. La literatura no es intercambiable. Un libro nace así porque detrás hay un escritor con unas vivencias y un contexto concreto, personal e intransferible. Sin embargo, si me pongo a responder a tu pregunta, me gustaría haber escrito, por ejemplo, Bartleby el escribiente, de Herman Melville, sobre todo, porque me identifico bastante con el protagonista —la frase favorita, y ya mítica, del personaje es «preferiría no hacerlo»—, y porque al mismo tiempo me veo igualmente reflejada en el narrador, que es quien, con su mirada, nos enseña quién es Bartleby y de paso quién es él mismo. Son las dos caras de la moneda del ser humano, y verse solo en una de ellas sería un poco tramposo y prepotente.

¿Recuerda el primer libro que leyó?
No recuerdo cuál fue exactamente el primer libro que me enganchó para siempre a la lectura, y en ese sentido permanecerá en el anonimato, como ese soldado desconocido gracias al cual se ganan las batallas y cuyo nombre no figura en los titulares. Aprovecho este espacio, pues, para rendirle los honores que se merece. Aparte de ese héroe incógnito, recuerdo que había una colección de cuentos de hadas de diferentes países (rusos, escandinavos, japoneses, etc.), que no sé si se seguirá editando, pero que me enganchó tanto que habría sido capaz de asesinar para conseguirla entera. (Menos mal que no hubo necesidad, pues mis padres siempre fueron muy generosos, y consideraban que gastar en libros era una inversión imprescindible). Conservo la colección todavía conmigo. Eran unos argumentos casi gore, de una crueldad y realismo increíbles para un niño, apasionantes, pero hoy día imagino que impensables, por aquello de lo políticamente correcto, que ha ido descafeinando tantos aspectos de la vida... Aparte de todo, ahí sigue también en la memoria uno de mis primeros cuentos infantiles: Mari Pili y su biscúter, una edición troquelada, preciosa, de Juan Ferrándiz. Y tanto me marcó que aún lo conservo, en lugar privilegiado, en casa. Lo que más me gustaba de él es que la protagonista, una niña pequeña, conducía un coche, lo cual le daba una autonomía y libertad envidiables.

¿Cómo ordena los libros de su biblioteca?
Convivo con mi desorden, y mis pobres libros se ven obligados a compartir conmigo la vorágine del azar. Pero milagrosamente los voy localizando a todos, cuando los necesito. Es lo que tiene el caos, un orden oculto, y mágico, sin duda, que nos preserva de la rigidez de lo cuadriculado y previsible.

¿Cuál es su lugar ideal para leer?
Pues el sofá, la cocina, la cama, la tumbona de la terraza, el autobús, el tren. Cualquier sitio se adapta a la perfección a la dulce ocupación de la lectura.

¿Y para escribir?
Para escribir soy más reservada. Y aunque no soy maniática, sí me gusta tener un entorno agradable. Luz y apartamiento, con eso me apaño. Me gusta mi mesa de trabajo, en casa, frente a una ventana por donde asoman el cielo y los tejados de Madrid, lo cual me permite mirar al horizonte cuando paro de escribir y alimentarme de luz para continuar. Yo necesito ver cielo, siempre. Me da la sensación de que puedo escapar por la ventana, elevarme hacia un espacio más alto y más puro, que es el de la imaginación. La literatura, en ese sentido, siempre es un ejercicio de rebeldía, de escape, de huida hacia la libertad.

Se lo rogamos, responda a esta absurda pregunta: hay una inundación y todos sus libros van a morir, ¿qué tres salvaría?
Jajaja... pero qué horror, ¡tener que elegir se me da fatal! Pero a riesgo de faltar a la verdad, diré que correría a salvar todas las novelas de mi adorado Stefan Zweig: La piedad peligrosa, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, Carta de una desconocida, etc.

¿Tiene lector de ebooks? ¿Le gusta el libro electrónico?
No, no tengo un lector propiamente dicho. Pero sí, casi por necesidad, he leído algún libro en el iPad. Yo soy de la vieja escuela, me gustan las ediciones bonitas, el tacto del buen papel, las ilustraciones, la tinta negro sobre blanco, ir a la librería a hojear entre las novedades, enamorarme a primera vista y comprar el ejemplar deseado. Me gusta el libro como objeto y lo cuido primorosamente. Pero entiendo perfectamente los nuevos soportes: el mundo está en constante evolución y pretender la foto fija es una quimera sin sentido. La vida avanza, es síntoma de vitalidad. El progreso y los nuevos inventos son sorprendentes y prodigiosos. El ser humano necesita el cambio, la novedad, seguir ilusionándose por cambiar el paisaje de la vida. Y lo cierto es que siempre que la gente siga leyendo, es anecdótico dónde lo haga.

Recuerde alguna anécdota curiosa que haya tenido con algún lector.
La verdad es que no tengo ninguna anécdota que pueda destacar, o que resulte, por su singularidad, digna de mención. Si he de ser sincera, lo que para mí resulta singular, y emocionante, de ser escritora y de publicar novelas, es la reacción de los lectores. Creo que no hay nada más bello y maravilloso que recibir la respuesta cálida y encantadora de aquellos que te leen. Siempre me fascina y me sorprende cuando alguien me dice que después de leer una novela mía le ha cambiado la vida. ¿Cómo es posible, me pregunto yo? ¡Si no soy nadie, si mi trabajo es un grano de arena en la playa, una gota de agua en el mar! Y, sin embargo, para algunas personas, mis novelas han supuesto la iluminación en lo oscuro, la respuesta en la incertidumbre, la abertura en el callejón sin salida, o el punto de partida de una nueva mentalidad, de un mundo diferente, el descubrimiento de una vida por estrenar. Y eso es lo que da genuino sentido a mi vocación. Es bellísimo y apasionante. Y representa, sin duda, lo más prodigioso de mi experiencia como escritora.

¿Qué está leyendo estos días?
Una novela titulada La señorita Hargreaves, del autor británico Frank Baker. Editada por Alba Editorial en su colección "Rara avis", que dirige tan inteligente como exquisitamente el escritor y editor Luis Magrinyà. La historia que se cuenta es un auténtico manjar, divertida e ingeniosa, y cuya lectura recomendaría a todo el mundo, pues es una novela para todos los públicos. Y sobre todo, lo que más me gusta de ella es el mensaje: cualquier cosa que imagines puede hacerse realidad, de modo que no te quedes en mezquindades, ¡imagina siempre algo verdaderamente grande!

Si no hubiese sido escritora, ¿qué le habría gustado ser?
Lo tengo muy claro: psicóloga. Me encanta la psicología, la personalidad humana, el conflicto de vivir. Soy una persona en cierto modo atormentada —nerviosa, curiosa, atenta, apasionada— y, por ese mismo motivo, me interesan los procesos emocionales, y la forma de superarlos e integrarlos creativamente en nuestro ser, con el fin de ponerlos a nuestro servicio y al servicio de los demás, camino de la felicidad. No concibo la vida sin compartir algo de mí con los otros, sin intentar devolverle al mundo algo, por pequeño que sea, del don de la existencia que me ha regalado. Me considero una persona afortunada, aun con todas mis carencias, aun con la soledad que a veces me entristece, aun con tantos sueños sin cumplir, creo que tengo mucha suerte y que honrar a la vida es un acto de humildad necesario para querer sonreír por las mañanas... y, sobre todo, para que de vez en cuando la vida te devuelva la sonrisa...

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