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Los mejores poemas de Pablo Neruda

Una selección de sus mejores poesías de amor.

06 de junio de 2019. Estandarte.com

Qué: Selección de poemas de Pablo Neruda 

Nuestro primer encuentro con Pablo Neruda (Parral, 12 de julio de 1904-Santiago de Chile, 23 de septiembre de 1973) fueron los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, en un precioso y cuidado libro, con unas maravillosas ilustraciones del artista plástico argentino Raúl Soldi (1905-1994) con el que la Editorial Losada conmemoraba en 1972 los dos millones de ejemplares vendidos. Después, seguimos leyendo a Neruda (Los versos del capitán, Residencia en la tierra, Tercera residencia, Canto general…); nos emocionó la belleza de sus palabras; rememoramos su intenso andar por la vida (leer sus memorias es un buen consejo); su compromiso político; su amistad con García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, Élouard o Salvador Allende. Pero esos poemas, que escribió con veinte años, han quedado grabados en nuestra memoria, y de manera especial estos tres que ahora recordamos tanto por la nostalgia (“Te recuerdo como eras…”), como por la ternura dolorida (“Me gustas cuando callas…”) o como por la tristeza del final (“Puedo escribir...”)

“Los Veinte poemas de amor y una canción desesperada –escribe Neruda en Confieso que he vivido. Memorias (Seix Barral, 1974)– son un libro doloroso y pastoril que contiene mis más atormentadas pasiones adolescentes, mezcladas con la naturaleza arrolladora del sur de mi patria. Es un libro que amo porque a pesar de su aguda melancolía está presente en él el goce de la existencia. Me ayudaron a escribirlo un río y su desembocadura: el río Imperial. Los ‘Veinte poemas’ son el romance de Santiago, con las calles estudiantiles, la universidad y el olor a madreselvas del amor compartido”

 

Te recuerdo como eras…

Te recuerdo como eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi ser ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.

Siento viajar tus ojos y es distante el otoño;
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.

Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.

 

Me gustas cuando callas

Me gustas cuando callas porque estás como ausente,
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.
Parece que los ojos se te hubieran volado
y parece que un beso te cerrara la boca.

Como todas las cosas están llenas de mi alma
emerges de las cosas, llenas del alma mía.
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,
y te pareces a la palabra melancolía.

Me gustas cuando callas y estás como distante.
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:
Déjame que me calle con el silencio tuyo.

Déjame que te hable también con tu silencio
claro como una lámpara, simple como un anillo.
Eres como la noche, callada y constelada.
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.

Me gustas cuando callas porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.
Una palabra, entonces, una sonrisa bastan.
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

 

Puedo escribir…

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a los lejos”.

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

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