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Mario Vargas Llosa, vida y obras

La explosiva meticulosidad de un genio narrativo.

30 de diciembre de 2019. Estandarte

Qué: Biografía de Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa nació en Arequipa (Perú) en marzo de 1936, pero con apenas un año su familia se trasladó a Cochabamba (Bolivia), donde se remontan sus primeros recuerdos. En 1956 la familia regresó a Perú, a Piura, ciudad llena de color, con barrios muy diferenciados y rivalidades terribles, un mundo que se grabó en su memoria y alimentó y estimuló muchas de las páginas que ha escrito a lo largo de su vida.

El padre de Vargas Llosa no apareció en su vida hasta que Mario tuvo diez años; hasta entonces, se suponía que estaba muerto; no era cierto, simplemente se había separado de su madre. Se reconciliaron y los tres se fueron a vivir a Lima. Allí, al padre, una persona muy autoritaria, le preocupó la afición literaria de su hijo y decidió atajarla matriculándole en un colegio militar, el Leoncio Prada. Consiguió todo lo contrario: aquella institución –en la que el escritor conoció la violencia y descubrió su país a través del microcosmos allí representado a través de esos colegiales procedente de todas las clases sociales de Perú–, es la semilla de su primera novela, La ciudad y los perros, que publicó ya España en 1963.

Antes, había tenido que decidir qué estudiar y aunque quería ser escritor, se matriculó en Derecho. Mientras estudiaba también trabajaba. Llegó a acumular hasta siete empleos a un tiempo, ocupaciones de lo más variopintas, pero sobre todo en relación con el periodismo, al que de una manera u otra ha estado vinculado siempre y el que le ha dado muchas excusas y experiencias literarias que ha volcado en sus obras.

Ese pluriempleo le dejaba poco tiempo para escribir. Lo tuvo cuando, gracias a una beca, se fue a Madrid en 1958 a cursar el doctorado. Allí empezó a trabajar en La ciudad y los perros, que publicaría Seix Barral y que obtuvo el Premio Biblioteca Breve en 1962 y el de la Crítica Española en 1964. Para entonces ya había escrito teatro, y había publicado un libro de cuentos, Los jefes. Comenzaba una carrera fecundísima con novelas, obras de teatro, cuentos y ensayos, conversaciones y memorias que desde el primer momento ha contado con el reconocimiento de la crítica y de los lectores y ha estado jalonada de numerosos y prestigiosos premios, entre los que se encuentran el Príncipe de Asturias de las Letras en 1986, el Cervantes en 1994, el Pen Nabokov 2002, el Grinzane Cavour 2004, el Nobel de Literatura en 2010 o, entre los más recientes,el Don Quijote de Periodismo en 2016 y el Château La Tour Carnet de Literatura 2019, galardón muy joven que en sus dos ediciones anteriores han recibido Milan Kundera y Michel Houellebecq.

Todos ellos reconocen su ambición literaria, esos retratos poliédricos de los ambientes sociales y políticos, la pluralidad de tiempos, la crítica mezclada con la ironía y a veces también con el humor. Hasta que escribió la genial Pantaleón y las visitadoras a principios de los setenta, Vargas Llosa sentía cierta alergia a la combinación entre humor y literatura; afortunadamente, allí encontró y explotó una herramienta nueva para él.

Capaz de crear novelas que son a un tiempo históricas, de aventuras, thrillers…, subordina esa forma y estilo riquísimos que caracterizan al genial narrador a la trama. La historia parte siempre de una experiencia, de algo que el escritor ha vivido, ha oído, visto, leído… Mezcla realidad y ficción, y estudia, investiga, lee (y relee) para que esa ficción sea coherente. Metódico, ordenado y constante en la labor de escribir, se ajusta a unos esquemas y unas disciplinas estrictas que ni siquiera perdona cuando viaja, algo que este nómada, que ha vivido entre Europa y América, ha hecho toda su vida muy a menudo.

Con el colegio militar su padre no solo no logró apartarle de la literatura, sino que avivó el rechazo y la animadversión que el escritor siente hacia el autoritarismo. Ha sido, en demasiadas ocasiones, testigo de lo que las sucesivas dictaduras han hecho en Latinoamérica. Muchas de ellas se cuelan en sus novelas, como en la magnífica Conversación en la Catedral (1969) que es, como apunta la sinopsis de Alfaguara, “una cruda radiografía del envilecimiento y la frustración de la sociedad peruana bajo la presión de un poder dictatorial”; La Fiesta del Chivo (2000), que se asoma a la República Dominicana de Trujillo, o Tiempos recios (2019), en la que con el golpe de Carlos Castillo Armas se mueven intrigas políticas e intereses comerciales que sobrepasan las fronteras de Guatemala. No debemos olvidar deliciosas obras menores como su novela erótica Elogio de la madrastra o El sueño del celta

Convencido de la responsabilidad social y política de los intelectuales, en un momento dado decidió ponerse en primera línea de la política y se presentó, al frente de una coalición liberal-conservadora a la presidencia de Perú en 1990. Aquellas fueron las elecciones en las que Alberto Fujimori se alzó como presidente. Su mandato comenzó de forma democrática, pero se tornó autoritario. La novela Cinco esquinas (2018) se desarrolla en ese Perú de Fujimori y uno de los temas sobre los que el nobel fija su atención es el periodismo con sus dos caras: arma política para manipular e instrumento de liberación, de defensa moral y cívica de una sociedad.

Sus ensayos son escritos personales, sin vocación academicista o científica, en los que de algún modo se autorretrata. Lo hizo en 1975 con La orgia perpetua: Flaubert y Madame Bovary en el que mostró lo que para él como escritor ha supuesto Flaubert, y lo ha hecho en 2018 con La llamada de la tribu, que él mismo ha descrito como una suerte de ensayo autobiográfico y un balance intelectual sobre las cosas en las que cree, que defiende, que teme. Por sus páginas aparecen los pensadores que más le han influido. “Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrich Hayek, Karl Popper, Raymond Aron, Isaiah Berlin, Jean-François Revel, le fueron al autor de enorme ayuda durante aquellos años de desazón, mostrándole otra tradición de pensamiento que privilegiaba al individuo frente a la tribu, la nación, la clase o el partido, y que defendía la libertad de expresión como valor fundamental para el ejercicio de la democracia”, cuenta la sinopsis del libro, editado por Alfaguara.

Vargas Llosa, que ha reconocido en la literatura una de las mejores defensas contra el sufrimiento, ha advertido con ocasión de la presentación de Tiempos recios (Premio Francisco Umbral al Libro del Año), que en sus carpetas guarda todavía muchas historias por contar. Qué bueno que siga creciendo la bibliografía de alguien capaz de crear obras como La casa verde (1966), La tía Julia y el escribidor (1977), La guerra del fin del mundo (1981)...

El Rey de España le concedió el título de marqués de Vargas Llosa.

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