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Si esto es un hombre, de Primo Levi

Un libro tan desgarrador como imprescindible.

04 de septiembre de 2019. Estandarte.com

Qué: El comienzo de Si esto es un hombre Autor: Primo Levi Editorial: Austral Año: 1947 (primera publicación), 2018 esta edición Páginas: 224 Traducción: Pilar Gómez Bedate Precio: 9,95 € 

Un poema da nombre y contenido a un relato estremecedor, duro, de los que llegan al alma y nos enfrentan a una historia que hay que conocer para que jamás se vuelva a repetir, para que nunca el otro, el diferente, sea un enemigo y, menos aún, un ser invisible.

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros
En vuestras casas caldeadas
Los que os encontráis, al volver por la tarde,
La comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
Quien trabaja en el fango
Quien no conoce la paz
Quien lucha por la mitad de un panecillo
Quien muere por un sí o un no.
Considerad si es una mujer
Quien no tiene cabellos ni nombre
Ni fuerzas para recordarlo
Vacía la mirada y frío el regazo
Como una rama invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras
Grabadlas en vuestros corazones
Al estar en casa, al ir por la calle,
Al acostaros, al levantaros;
Repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
La enfermedad os imposibilite,
Vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

 

Si esto es un hombre, de Primo Levi

Su autor, Primo Levi (Turín, 1919-1987), químico, judío, luchador de la resistencia, prisionero y superviviente de Auschwitz, narra en primera persona la experiencia allí vivida, la degradación, el despojamiento de la dignidad, el miedo, las rencillas, la amistad, la insolidaridad…Él lo va contando y los lectores lo vamos leyendo sobrecogidos ante el sinsentido de aquella vida atroz que trata de hacernos comprender el horror de la deshumanización: “Imaginaos ahora un hombre a quien, además de a sus personas amadas, se le quiten la casa, las costumbres, la ropa, todo, literalmente todo lo que posee: será un hombre vacío, reducido al sufrimiento, a la necesidad, falto de dignidad y de juicio, porque a quien lo ha perdido todo fácilmente le sucede perderse a sí mismo; hasta tal punto que se podrá decidir sin remordimiento su vida o su muerte prescindiendo de cualquier sentimiento de afinidad humana; en el caso más afortunado, apoyándose meramente en la valoración de su utilidad…”. Demoledor.

Eso es lo que siente y eso es lo que rememora una vez en libertad a partir de unos apuntes –garabatos los califica– que escribió durante el cautiverio con riesgo de perder la vida si se los hubieran encontrado.

Primo Levi, así lo reconoce, tuvo “la suerte” de ser deportado en 1944 cuando los alemanes se vieron obligados a prolongar la vida de sus prisioneros por la falta de mano de obra, y él, en su condición de químico, llegó a trabajar en el laboratorio del campo, alejando momentáneamente y sin demasiada garantía (nadie se libraba del capricho del guardián o de la denuncia) la posibilidad de la muerte.

Por eso, podemos seguir paso a paso un largo periplo que empieza en un hacinado viaje en tren, doce vagones para seiscientos cincuenta prisioneros: “…vagones de mercancías, cerrados desde el exterior, y dentro hombres, mujeres, niños, comprimidos sin piedad, como mercancías en docenas, en un viaje hacia la nada, en viaje hacia allá abajo, hacia el fondo. Esta vez, dentro íbamos nosotros”. Y así, siempre con ese sentimiento de despojamiento que va desgranando, relata la desnudez, el frío atenazante, la incertidumbre, las largas horas de formación en la explanada, el miedo que enmudece y quiebra la rebeldía, el intento de no dejarse doblegar; el hambre, la sed, la extenuación, la lucha por la supervivencia a toda costa y, siempre, la frialdad, el desprecio del opresor, la distancia entre el ario y el judío que Levi percibe cuando lo examinan para trabajar en el laboratorio. “Pannwitz es alto, delgado, rubio; tiene los ojos, el pelo y la nariz como todos los alemanes deben tenerlos, y está formidablemente sentado detrás de un complicado escritorio. Yo, Häftling 174517, estoy de pie en su estudio, que es un verdadero estudio, que brilla de limpio y ordenado, y me parece que voy a dejar una mancha sucia donde tenga que tocar. Cuando hubo terminado de escribir, levantó los ojos y me miró”.

Esa mirada, explica, pone al preso en su sitio, porque no es una mirada cruzada entre dos hombres, es una mirada que solo ve la utilidad o inutilidad de un ser que pertenece a un género al que hay que suprimir.

Seres débiles como quienes llegan al campo, vacíos, inadaptados, vencidos antes de empezar destinados a la selección o la muerte por agotamiento, y así los recuerda “Son los que pueblan mi memoria con su presencia sin rostro, y si pudiese encerrar a todo el mal de nuestro tiempo en una imagen, escogería esta imagen, que me resulta familiar: un hombre demacrado, con la cabeza inclinada y las espaldas encorvadas, en cuya cara y en cuyos ojos no se puede leer ni una huella de pensamiento”

En enero de 1945 el campo fue liberado, Primo Levi regresó a Turín, trabajó en una empresa química hasta 1977 y escribió con intensidad sobre esa dura experiencia que le acompañó hasta el final.

Si esto es un hombre es el primer tomo de La trilogía de Auschwitz al que le siguen La tregua y Los hundidos y los salvados. Otras obras suyas son El sistema periódico, Si no ahora, ¿cuándo?, La búsqueda de las raíces, Última Navidad de guerra o La llave estrella.

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El comienzo de Si esto es un hombre, de Primo Levi

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