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El misterio de 'Los Watson': ¿por qué Jane Austen no terminó su novela?

Entre la tragedia personal y la sátira social: las hipótesis sobre el abandono de uno de los fragmentos más prometedores de Austen.

30 de junio de 2026. Catalina León

Por Catalina León, autora de Las mujeres en Austen (Rialp, 2023) y El ideal masculino en Jane Austen (Rialp, 2025)

Se suele utilizar la expresión “novela inacabada” para hablar de Los Watson y de Sanditon. Sin embargo, no son asuntos comparables. Sanditon es una obra inacabada o inconclusa, que la autora dejó después de los doce primeros capítulos debido a la enfermedad que la llevaría en unos meses a la muerte, con cuarenta y un años, mientras que el caso de Los Watson es radicalmente distinto. Podríamos decir que no se trata de una novela inacabada, sino de una novela abandonada.

Conscientemente, y por causas que trataremos de abordar, la escritora no quiso seguir con la escritura de este texto, lo dejó de lado, ni siquiera lo revisó y como manuscrito virgen se incorporó al conjunto de su obra cuando realizó la compilación de la misma R. W. Chapman en los años veinte del siglo pasado.

 

Los motivos del abandono

La cuestión está en por qué Jane Austen decidió interrumpir la escritura de esa novela. Y no existe una sola razón, sino que tuvieron que darse una serie de circunstancias, algunas externas y otras internas. Para empezar hay que fijarse en las fechas. Según su sobrina-nieta Fanny Lefroy, hija de Anna Austen, a su vez hija mayor de James Austen, la fecha de la novela sería 1804.

Así lo escribió en 1883 en un número de la revista Temple Bar. En ese año de 1804 Jane Austen vivía ya en Bath, ciudad en la que se había instalado en 1801 con sus padres y su hermana Cassandra tras la jubilación del reverendo Austen. Esto había significado dejar atrás la rectoría de Steventon en Hampshire, que se convirtió en la vivienda de James Austen con su familia.

Allí habían transcurrido los primeros veinticinco años de vida de Jane y allí había escrito tres novelas largas, otra novela epistolar y corta, además de una serie de textos fragmentarios que luego serían lo que se conoce como Juvenilia. Es decir, había aprovechado bien el tiempo y la escritura era su principal ocupación.

Se ha discutido mucho si en su estancia en Bath hubo alguna producción literaria y, si es cierto lo que cuenta Fanny Lefroy, está claro que, al menos, lo intentó a los cuatro años de vivir allí. No deja de resultar llamativo que encontrara estímulo y ganas si tenemos en cuenta lo mal que le sentó el cambio de vida y el desarraigo emocional que sentía en Bath, además de los condicionantes de la vida social que se imponía y la falta de tiempo para ella misma, siempre pendiente de acompañar a su madre en las visitas a las amistades o en su recorrido por los baños termales que dan fama a la ciudad desde épocas antiguas. Podemos considerar que abordar una nueva novela era, en esos momentos, una especie de recurso para aliviar el mal sabor de boca que todo ello le producía.

 

Lo difícil que es publicar

Un año antes, en 1803, y a través de su hermano Henry, había hecho un intento de publicación de una de sus tres novelas terminadas (Sentido y sensibilidad, Orgullo y prejuicio, Susan). Henry Austen, ya en el papel de agente literario, encargó a uno de sus socios, el abogado William Seymour, que realizara las gestiones oportunas con el editor de Londres Richard Crosby, para que este publicara la novela que entonces se llamaba Susan y terminaría siendo La abadía de Northanger.

El editor estuvo de acuerdo y aquí tiene lugar uno de los varios encontronazos con el mundo editorial que tuvo Austen. Crosby abonó diez libras por el manuscrito y prometió su pronta publicación, algo que se vio avalado por la nota informativa que él mismo propició en un folleto llamado Flowers of Literatura, anunciando que la novela estaba en impresión y saldría en breve.

Si esto le produjo a Jane Austen la esperanza de ver por fin publicadas sus novelas, la alegría duró poco cuando quedó claro que la publicación no se llevaría a efecto. Los motivos por los cuales Crosby dejó atrás la novela parecen tener que ver con una serie de dificultades económicas y una bajada de ventas.

Si influyó en algo el hecho de que la novela de Austen es una sátira de la novela gótica y la editorial estaba especializada, precisamente, en publicar esta clase de novelas, es algo que no podremos probar a estas alturas. La vista comercial que demostró Crosby solo tiene parangón con la del editor londinense Thomas Cadell que rechazó, a vuelta de correo y sin leer, el manuscrito de Orgullo y prejuicio que el señor Austen, el padre de Jane, le había enviado en 1797.

En abril de 1809, instalada ya en su casa definitiva de Chawton, Jane se dirige a Crosby para recordarle el caso y para pedirle que le devuelva el manuscrito. Algo a lo que el editor accede, siempre que ella le abone las diez libras que le anticipó. Aquí finalizó el negocio entre ambos. El cruce de cartas se conserva.

 

Años de tristeza

Entre los años 1801 y 1806, los que vivió en Bath, se sucedieron algunos acontecimientos tristes que han de ser tenidos en cuenta a la hora de valorar su estado de ánimo. En 1801 murió Hastings, el hijo de quince años de la prima Eliza, a la sazón casada en segundas nupcias con Henry Austen y muy amiga de Jane. En 1804 se mató en un accidente de caballo su gran amiga la señora Ann Lefroy, vecina suya en Steventon, pues vivía con su familia en la rectoría de Ashe. Y, por último, rematando esta serie de desgracias, el propio padre de Jane, el señor George Austen, falleció de repente en 1805.

Esta última muerte desarboló la vida de todos ellos, sobre todo de la madre y de las dos hermanas, que dependían económicamente del exiguo pago que el vicario recibía con la jubilación y que se extinguió a su muerte. ¿Qué sería de ellas ahora? Esta es la pregunta crucial. Sin embargo, The Watsons no es nada ajena a estas circunstancias.

En efecto, el argumento de la novela parece un espejo de lo que sucedía a los grupos familiares en la época, todo ello escrito sin sentido del humor (tan propio de ella) y con un aire de tristeza y amargura inusual. Trata de una familia formada por el padre, viudo, clérigo e inválido, además de cuatro hijas casaderas y dos hijos varones. Uno de esos hijos está bien casado, el otro está enamorado sin ser correspondiendo.

Las cuatro hijas centran toda su vida en lograr un buen matrimonio, algo sustancial para seguir viviendo con cierta dignidad ya que el padre está muy enfermo y parece que va a morirse pronto. Estas cuatro hermanas no se parecen al ramillete de chicas de Orgullo y prejuicio, ni en ellas está la fraternidad de Elinor Dahwood y Marianne de Sentido y sensibilidad. Todo lo contrario. Se llevan fatal. Se engañan unas a otras. La mayor, Elisabeth, ha tenido varios desengaños amorosos y su desesperanza es manifiesta. Las siguientes, Penélope y Margaret, gastan sus energías en conseguir esa boda como sea. Y la pequeña, Emma, ha pasado la mayor parte de su vida con una tía rica que la ha abandonado para casarse con un capitán irlandés.

Parece un vodevil pero tiene todo un aire tan serio, tan triste, tan falto de vigor, que no podemos recordar aquí el estilo Austen, ni su ironía, ni su punto de vista satírico, ni su visión animada y humorística. No estaba su ánimo para otra cosa que no fuera contar, sin aditamentos y con veracidad, la triste realidad de las mujeres de su época.

El texto que se ha conservado solo alcanza a mostrarnos los personajes, que son bastantes más que los Watson, además de un baile en el que todos interactúan, y la mañana siguiente del baile con las consiguientes visitas protocolarias. Sabemos por Cassandra Austen que la intención de Jane era “matar” al padre, lo que sería una auténtica novedad en sus novelas, donde nadie muere sino que han muerto antes de comenzar la historia. Esto es una demostración más del carácter hiperrealista de la obra, sin que se limara ninguna aspereza en la trama.

 

¿De qué trata The Watsons?

La historia se inicia el martes 13 de octubre con el anuncio del primer baile de invierno en la mansión de los señores Edwards, que tienen una buena casa y una buena posición económica. Allí están convocados aristócratas como los Osborne, ricos como Tom Musgrave y pobres que lo disimulan como las hermanas Watson. La escena del baile es larguísima y ocupa muchas páginas.

Una de las cosas curiosas que acontecen es una verdadera incongruencia que no se entiende cómo se le pudo ocurrir a Jane Austen y no es otra que el protagonismo de un niño de diez años a quien la señorita Osborne ha prometido los dos primeros bailes. El espabilado niño se disgusta cuando a esta se le olvida el encargo, que ni siquiera habrá hecho con convencimiento, y entonces se preocupan tanto la madre del niño y la bondadosa Emma Watson que la cosa termina inopinadamente para evitar sufrimientos. Así lo cuenta Austen sin pizca de ironía, que es lo raro y lo que condena al libro definitivamente:

«La señora Blake, ahogando su propia mortificación, intentaba calmar el sufrimiento de su hijo recordándole la segunda promesa de la señorita Osborne; pero aunque el pequeño tuvo el coraje de pronunciar con gran esfuerzo: “¡Oh, no me importa!”, el temblor de sus facciones evidenció su disgusto».

Las hermanas Watson están desesperadas. Saben que les espera el papel de institutrices, que ellas odian; saben que tendrán que depender de su hermano Robert y de su insoportable esposa cuando su padre muera, que será pronto. Saben que les queda un paso para ser consideradas solteronas, sobre todo las mayores. Las conversaciones que mantienen entre ellas nos muestran todo esto con claridad, sin la mínima esperanza. Serán una carga para la familia y ocuparán un lugar subalterno siempre.

Lo peor de la historia es que los posibles pretendientes son tipos bastante detestables, nada agradables ni gentiles, todo lo contrario, presumidos y faltos de consideración. Están lord Osborne, un aristócrata insoportable y su amigo Tom Musgrave, alguien bastante estúpido. Solo se salva el señor Howard, seguramente porque alguno tenía que ser lo suficientemente decente como para casarse con Emma Watson, la protagonista. Todo el decaimiento personal de Jane Austen en estos años parece reflejarse en la novela.

 

La compilación de R. W. Chapman

El texto llegó a las manos de R. W. Chapman sin corrección alguna y necesitando revisión, que estuvo a cargo de la escritora Margaret Drabble, aunque su intervención fue muy somera. Jane Austen solía hacer una copia de todas sus novelas ya revisadas y en perfecto estado para la edición pero en este caso, nada de nada. El fragmento termina con el hastío de Emma acerca del ambiente social en el que se desenvuelven ella y sus hermanas y el rechazo a marcharse a vivir a casa de su hermano Robert y de su antipática mujer.

Sin embargo, sabemos algo más de lo que pudo ocurrir ya que cuando James Edward Austen-Leigh, hijo menor de James Austen y, por tanto, sobrino de Jane, publicó los recuerdos de su tía en la edición de 1871, añadió un comentario acerca de Los Watson aclarando que su tía Cassandra había relatado a unas sobrinas el final pensado para la historia. Por lo visto, moría el señor Watson, Emma tenía así que depender de su poco agradable hermano, pero entonces recibió una proposición de boda de lord Osborne, que ella rechaza (la mayoría de las heroínas de Austen hacen lo propio) y no obstante, todo termina en boda pues el señor Howard se enamora de ella y se casan. Nada del otro mundo.

Si en 1805, cuando murió su padre, Jane estaba escribiendo la obra, debió darse cuenta de que lo que contaba era demasiado parecido con lo que a ella le acababa de suceder. La muerte de su padre las dejó desamparadas y tuvieron que ser los hermanos varones los que se pusieran de acuerdo para pasar determinadas cantidades a su madre y hermanas para subsistir, primero de alquiler en una casa modesta de Bath y luego yendo de casa en casa, siendo acogidas por los propios familiares y terminando, por fin, en 1809, en Chawton Cottage por decisión caritativa de su hermano rico, Edward.

“La fortuna de un miembro de la familia es la fortuna de todos” había dicho Emma Watson. Y en el caso de los Austen fue verdad. La buena situación económica de Edward, adoptado desde niño por los ricos Knight, primos lejanos de los Austen, salvaría a los demás en ocasiones y a la madre y hermanas desde 1809.

 

Las causas del abandono

Estado de ánimo, circunstancias familiares, falta de motivación por los problemas editoriales, un argumento demasiado trillado y cercano a la realidad, inspiración escasa, poco tiempo para escribir, todo ello parece haberse unido para conseguir el abandono del manuscrito por parte de Jane Austen.

Nunca más volvió a intentar dejar finalizada esa obra. La guardó, eso sí, como hacía con todos sus escritos. Y, sin embargo, algunas ideas que aparecen volverán a tener protagonismo en algunas de sus otras novelas.

El personaje de Emma Watson, una chica de escasos medios que se cría con un pariente rico, se reproducirá en la figura de Jane Fairfax en Emma y, en cierto modo, en la Fanny Price de su siguiente novela, Mansfield Park. El hermano de las Watson, Robert, y su mezquina esposa, se parecen mucho a John Dashwood y su esposa Fanny Ferrars, así como a la reacción de ambos en Sentido y sensibilidad. El mal entendimiento entre las hermanas aparecerá, muy matizado, en las hermanas Elliot de Persuasión. Allí, como aquí, solo se salva una de ellas. El apellido Musgrave se retomará en la misma novela y Emma será el nombre de su protagonista más luminosa. Por otra parte, algunos detalles del texto remiten a mediados del siglo XVIII y no al XIX, por ejemplo, el uso del cabello empolvado, ya en retroceso, o el mal estado de los caminos que obligó al uso de peajes para lograr financiación para arreglarlos. Y la aristocracia juega un desastroso papel, como en todas las novelas de Austen, donde siempre aparecen como ridículos, egoístas y prepotentes.

Jane Austen abandonó el manuscrito de Los Watson sin revisar, pero no lo rompió, ni lo perdió, lo conservó como estaba y lo dejó de lado. No la consideró aprovechable para seguir escribiendo la obra cuando tuvo ocasión para ello y la desechó. Quizá le traía malos recuerdos, recuerdos de los años itinerantes que pasó tras la muerte de su padre y no quiso sumergirse de nuevo en ese escrito. Prefirió dedicarse a revisar Sentido y sensibilidad y Orgullo y prejuicio, que serían las primeras novelas en publicarse. Y luego, cuando comenzó a escribir en sentido estricto, inventó una historia radicalmente distinta, Mansfield Park.

Manuscrito de 'The Watsons', de Jane AustenEn 2011 se subastó en Sotheby’s el manuscrito de The Watsons, único que quedaba en manos privadas de todos los escritos por Jane Austen. Fue adquirido por la Bodleian Library de la universidad de Oxford.

Hoy puede consultarse en línea, junto con otros textos escritos de la propia mano de la autora.

Abandonada sí, pero no olvidada.

 

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