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La maldad y la temporalidad, una reflexión sobre la ética y el tiempo

Finitud y moralidad: la percepción del tiempo y el devenir existencial en torno a Buzzati y Borges.

09 de septiembre de 2026. Rodrigo Cervantes

Qué: La maldad y la temporalidad en la literatura de Buzzati y Borges.

El mal es un fenómeno de la vida cotidiana. Sin embargo, su misma ubicuidad lo convierte en algo difícil de definir. Los contornos se presentan, pero su alcance es variado. Similar a una nube, cuyo centro es indudable pero las periferias se presentan borrosas. En este sentido, no resulta fácil decir qué es el mal, porque definirlo u obtener una referencia dejaría fuera situaciones o sucesos que desde cierta óptica podrían considerarse malas o malvadas. Lo más adecuado sería, en este caso caracterizar al mal describiendo algunos de sus rasgos.

En este caso resulta interesante mencionar que el mal, es, ante todo, daño. Acciones que se llevan a cabo con el fin de dañar a alguien más… o, también, a sí mismo. Pero, en otro aspecto, el mal también es la falta de sentido. El absurdo de la vida haciéndose presente en la existencia del individuo. Si, de acuerdo a Camus, la vida se muestra en su falta de sentido a quien busca uno, entonces más desoladora parece la situación de quien espera.

Es decir, ya no se busca activamente, sino que el individuo se ha quedado suspendido en el tiempo en espera de que su propia existencia se materialice. Esto se ve claramente en el mundo contemporáneo, la necesidad insaciable de novedades ha creado un tiempo volátil en el que la satisfacción y la tranquilidad nunca llegan. Si lo hacen es solo un instante hasta que la siguiente insatisfacción se presente.

 

El mal y la temporalidad en la literatura

La literatura nos muestra algunos ejemplos claros en los que la existencia se solidifica en la espera. El mal de una vida carente de sentido y cuyo fluir se disuelve en la espera de un futuro que nunca llega.

Es el caso de Asterion en el cuento de Borges y de Giovanni Drogo en la novela de Buzzatti. En ambos relatos el mal aparece mezclado con el transcurso de una existencia que se pierde en la promesa de un significado en el porvenir.

Parecería lógico pensar que este tipo de espera se relaciona con la de los primeros cristianos que sentaron el regreso de Cristo algunos años después y este tiempo se fue extendiendo con los sucesivos teóricos. Sin embargo, consideremos que tanto con la Fortaleza Bastiani como con la casa de Asterion, es el lugar y el espacio físico los que condicionan la suspensión de la existencia.

Parecieran, quizá centros de gravedad en las que la existencia queda suspendida y el tiempo fluye fuera del radio de acción mientras que los personajes permanecen suspendidos en sus anhelos.

Ver en estos casos el mal resulta complicado, es cierto, no hay daño a los demás—Asterion no ve sus actos como daño sino como redención que otorga a sus víctimas—el daño a si mismo aparece disfrazado por ser el individuo mismo el que considera la espera como el único sentido válido de su existencia.

Sin embargo, no podría significar otra cosa, el mal es la perdida de sentido de la vida que se desvanece en la espera. La novela de Buzzatti hace presente al tiempo como un transcurso incesante que no encuentra una resolución. Similar a los laberintos kafkianos, la fortaleza Bastiani engulle a quienes la habitan hasta hacerlos desaparecer del orden social de las cosas.

Heidegger reflexiona respecto a la existencia sin propósito, en la cual se consume el ser humano que no se ha hecho consciente de que hay un destino inevitable para la existencia. Es necesario relacionar está falta de propósito en la existencia con la idea de un mal inmotivado, como lo presenta Eagleton en su ensayo sobre el mal.

En este sentido cabe entender que el mal, en ambas obras, no es ningún misterio metafísico, sino más bien un vacío. Una falta de propósito en la consecución de los días. El vacío existencial que viven Drogo y Asterion los coloca como las víctimas de un deseo que no alcanza a materializarse. Es decir, a vivir en la espera convertida en nada, más que en un mal existente y positivo en el sentido de presente, perceptible:

“Poco a poco la confianza se debilitaba. Es difícil creer en algo cuando uno está solo y no puede hablar de ello con nadie. Precisamente en esa época Drogo se dio cuenta de que los hombres, por mucho que se quisieran, siempre permanecen alejados; si uno sufre, el dolor es completamente suyo, ningún otro puede tomar para sí ni una mínima parte; si uno sufre, no por eso los otros sienten daño, aunque el amor sea grande, y eso provoca la soledad en la vida.”

Esta imagen no se aleja de lo que señala Eagleton:

"El mal es ajeno a la lógica humana [...] es aburrido porque no deja de hacer nunca la misma y monótona cosa de siempre." (2010, 121)

La soledad se dibuja así como la falta de sentido, la espera de algo que no llega, en donde el ser humano se ve a sí mismo arrojado al absurdo,  que en estos casos, en el de Asterion y Drogo, simbolizan el mal.

El contexto actual supone un realidad en la que la espera en sí misma se ve como algo innecesario. Como lo indeseable. El filósofo coreano Byung-Chul Han lo ha descrito de manera acertada respecto al problema de nuestro tiempo, parafraseando: el individuo ha encontrado en la actualidad que explotarse a sí mismo es dar lo mejor de sí, de crear una persona “única”. Se teme a la monotonía y a lo idéntico. Así, desde esta óptica, la fortaleza de Drogo, o el laberinto del cuento de Borges son las antípodas de las exigencias actuales por huir de la espera, de la monotonía y de la repetición incesante de los días.

No solamente la búsqueda constante de creación personal, también el mundo contemporáneo nos arrastra hacia una actividad frenética. Escapar de la quietud. El scroll infinito, el burnout en el trabajo, entretenimiento constante, alternativas infinitas de videos con reproducción automática. No hay un desenlace claro ante esta carga de información y distracción. Igualmente, no hay un desenlace claro ante la espera de algo que no se cumple como en los relatos mencionados.

El problema se vuelve aún más asfixiante cuando se comprende que tanto la huida de la espera, el movimiento hacia una construcción propia del sentido bajo las premisas de una competencia, lleva al mismo destino que enfrenta la espera como único propósito en la vida como se muestra en los relatos mencionados. Es decir, se hace presente el sinsentido de la existencia del individuo contemporáneo. 

El mal, ya lo mostraba Kafka en sus escritos, se presenta como una atmósfera difusa pero siempre presente. Es, siguiendo a Eagleton, la monotonía que se opone a los deseos humanos de trascendencia y sentido. Inevitablemente,  la situación que se desprende de esto es que, si no hay trascendencia ni sentido en la existencia humana, no habría espacio entonces a la práctica de valores normativos.

El mal entonces, representa el actuar sin normas, por lo tanto, el esquivar la lógica de acción humana. En una realidad donde el propio Camus se pregunta en obras como La Peste “si se es posible ser un santo ateo”. Es decir, la construcción de valores y normas que no impliquen una referencia a situaciones extrahumanas. La trascendencia, entonces, se puede cambiar por la inmanencia. Es la única manera de soportar el fluir absurdo de la existencia, según Camus y según las obras de Buzzati y Borges.

Resumiendo, el mal no es la espera, tal como la llevan los protagonistas de las historias. El mal no es tampoco la auto-explotación que señala Han, opuesta a una espera inactiva si se la observa desde la perspectiva contemporánea. El mal se presenta, en estas narraciones, como el abandono del individuo al fluir del tiempo esperando un acontecimiento que no llega. El abandono de los personajes ante el transcurrir del tiempo desprovisto de propósito. La necesidad de huir de esto nos recuerda a la auto-explotación que señala Han, y sin embargo, no parece más que una forma de encubrir el paso del tiempo.

La pregunta que aún permanece es que si entre ambas opciones aún queda alguna alternativa al fluir de la temporalidad desprovista de sentido. La idea presentada hasta aquí es representada icónicamente por la estirge de Notre Dame. El imaginario medieval retomó la forma de este demonio griego y le dio la postura melancólica de la espera moderna. En particular, la fotografía tomada por Brassaï en 1933 con la gárgola en primer plano y la capital de Francia al fondo, como suspendida en el tiempo representa la manera en que el mal es capaz de detener el fluir de la existencia como ocurre con Asterión y Drogo. El tiempo avanza y la promesa de un sentido se petrifica al igual que la espera de la estirge.

 

Referencias

Borges, J. L. (1949). La casa de Asterión. En El Aleph. Buenos Aires: Editorial Losada.

Buzzati, D. (1940). El desierto de los tártaros (Trad. esp.). Barcelona: Acantilado.

Camus, A. (1951). El hombre rebelde (Trad. esp.). Madrid: Alianza.

Camus, A. (1955). El mito de Sísifo (Trad. esp.). Madrid: Alianza.

Eagleton, T. (2010). Sobre el mal (Trad. esp.). Barcelona: Taurus.

Heidegger, M. (1927/2012). Ser y tiempo (Trad. esp.). Madrid: Trotta.

Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio (Trad. esp.). Barcelona: Herder.

Kafka, F. (1926/2008). El castillo (Trad. esp.). Madrid: Alianza.

Brassaï. (1933). Gárgola de Notre Dame, París [Fotografía]. París.

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