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El teatro en el Romanticismo

José Zorrilla, el duque de Rivas y un universo de pasiones y conflictos.

30 de septiembre de 2020. Estandarte.com

Qué: El teatro en el Romanticismo

“Por donde quiera que fui,
la razón atropellé,
la virtud escarnecí,
la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé,
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí. [...]”

Quien así presume es don Juan – de Don Juan Tenorio–, uno de los grandes personajes de la literatura española que su autor, José Zorrilla, creó basándose en figuras del teatro anterior como el protagonista de El burlador de Sevilla de Tirso de Molina. Arrogante y seductor, don Juan desafía cualquier convención social y se enfrenta a vivos y muertos, encarnando así al héroe romántico, excepto por un detalle importante: su final no es trágico, su alma se salva.

El teatro del Romanticismo, en consonancia con el espíritu de este movimiento político, social y artístico que dominó Europa la primera mitad del siglo XIX y España entre 1833 y 1850, refleja un mundo de sentimientos, pasiones y de conflicto con la sociedad. En este conflicto, los personajes –apasionados y marcados por su destino– están abocados al fracaso. Pero en el caso de Don Juan Tenorio, la intervención de doña Inés permite salvar el alma del seductor. La tragedia se convierte así en una alabanza a Dios, rasgo que la diferencia de otras obras de la época y que se entiende por el perfil de Zorrilla (Valladolid, 1817, Madrid, 1893), que, con su ideario político y religioso, es considerado el principal representante del Romanticismo conservador.

Poeta y dramaturgo, Zorrilla escribió dramas históricos como El zapatero y el rey y Traidor, inconfeso y mártir, pero fue Don Juan Tenorio, escrita por completo en verso, su obra más relevante. Con ella logró una gran tensión dramática, rompió la regla de las tres unidades y presentó una estructura externa en dos partes desequilibradas en cuanto a la extensión y fragmentadas en una gran cantidad de actos. Con ese gusto del Romanticismo por volver al pasado, ambientó su obra en la España de Carlos V y no la privó de episodios sobrenaturales, también en la línea de la literatura de este movimiento que con ese tipo de apariciones y escenarios misteriosos y solitarios desafiaba a la razón y escapaba de la realidad. Don Juan Tenorio no ha dejado de representarse desde que se estrenó en 1844 y es un clásico celebrarlo el Día de Todos los Santos.    

El don Álvaro de Don Álvaro o la fuerza del sino es el otro gran héroe del teatro del Romanticismo en España. El destino trágico del personaje sirvió a su autor, Ángel de Saavedra, duque de Rivas (Córdoba, 1791-Madrid, 1865), para incidir en esa exaltación de la libertad individual propia de la época. Apasionado, don Álvaro se enfrenta a las convenciones sociales por amor, pero un hado cruel y el código de honor le persiguen y no le permiten alcanzar la felicidad. Con un estilo retórico y mezclando lo cómico y lo trágico, la prosa y el verso, el duque de Rivas rompió las reglas neoclásicas y desarrolló la acción entre Italia y España a lo largo de varios años.

Zorrilla y el duque de Rivas son los grandes nombres de este teatro de las pasiones y los conflictos, que ignoró las normas y al que también se debe una renovación en las escenografías, que buscó más naturalidad en los diseños y cuidó los efectos escénicos. 

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