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El nuevo gótico latinoamericano: cuando el terror abandonó el castillo y se instaló en el continente

De las mansiones encantadas a la violencia política: origen, claves y autoras de un movimiento literario que disecciona las cicatrices de América Latina a través del horror.

26 de abril de 2026. Montserrat Matesanz Rodrigálvarez

Qué: El nuevo gótico latinoamericano.

Durante décadas, la literatura latinoamericana que se exportaba al mundo parecía indisolublemente ligada al realismo mágico: mariposas amarillas, levitaciones y un costumbrismo exótico que fascinaba a los lectores europeos. Sin embargo, las mariposas hace tiempo que se calcinaron. En su lugar, ha irrumpido un fenómeno arrollador, un fantasma que recorre las letras hispanas y que ha sido bautizado como "Nuevo Gótico Latinoamericano".

Esta corriente se caracteriza por la exploración de lo macabro, lo sobrenatural y lo oscuro, pero firmemente enraizado en las particularidades geográficas, sociales y políticas de América Latina. Es una literatura que nos enfrenta a nuestros peores demonios contemporáneos, demostrando que el verdadero terror habita en los feminicidios, las dictaduras y la violencia cotidiana.

 

El origen del término: de los Andes al trópico

Rastrear el origen exacto de una etiqueta literaria siempre es complejo, pues los géneros mutan orgánicamente. No obstante, en el ámbito ensayístico, el novelista y crítico peruano Carlos Calderón Fajardo fue uno de los pioneros en adaptar el término "neogótico" para designar a esta nueva producción literaria de la región. Según Calderón, este "nuevo horror" no busca repetir los arquetipos clásicos del siglo XVIII —castillos ruidosos, vampiros aristocráticos—, sino que experimenta con miedos próximos y verosímiles dentro de un contexto innegablemente latinoamericano.

Pero este macro-movimiento se nutre también de valiosas afluentes regionales que ya venían gestándose. En Ecuador, por ejemplo, el crítico Álvaro Alemán acuñó el término "gótico andino" al analizar la novela Sangre en las manos (1985) de Laura Pérez de Olea, una obra que utilizaba la estética lúgubre para explorar el drama del aborto clandestino.

Por su parte, Colombia aportó su propia hibridación con el fascinante "gótico tropical". Figuras de la talla de Álvaro Mutis —con su relato La mansión de Araucaíma (1973)— y los irreverentes cineastas del Grupo de Cali (Caliwood), como Carlos Mayolo y Luis Ospina, demostraron que para invocar el horror no se necesitaba niebla, páramos helados ni bosques oscuros. El vampirismo, el incesto y la locura podían transcurrir bajo el sol abrasador, entre los infinitos cañaverales y la humedad de la selva.

 

Expresiones y características: el horror político como supervivencia

¿Qué separa al gótico fundacional europeo de este nuevo gótico latinoamericano? Principalmente, que el terror ya no es una vía de evasión y se convierte en un crudo mecanismo de confrontación.

La nueva narrativa juega magistralmente con las fronteras de lo real y lo irreal, desdibujando la percepción convencional de la realidad para reflejar una sociedad fracturada. Sin embargo, el "terror fantástico" tradicional ha mutado en lo que algunos críticos denominan "horror político". Las casas encantadas han sido sustituidas por centros de detención clandestinos o barrios marginales controlados por el narcotráfico. El pulso visceral de estas obras no busca ambientar un decorado tenebroso, sino desnudar y escrutar las heridas abiertas de Latinoamérica: la violencia estructural, los desaparecidos, la pobreza extrema, los despojos y los opresivos silencios intrafamiliares.

El gótico ha dejado de ser un mero molde comercial para convertirse en una herramienta de supervivencia simbólica, un lenguaje que permite articular aquellos traumas colectivos e individuales que son demasiado dolorosos para explicarse desde el estricto realismo periodístico.

 

Las reinas del abismo, las autoras más representativas

Si hay un elemento que define transversalmente el auge de este Nuevo Gótico, es que está siendo liderado, escrito y reinventado de manera abrumadora por mujeres. Son las autoras quienes están condensando en sus relatos las violencias que atraviesan históricamente los cuerpos feminizados, dotando al género de una perspectiva audaz e inédita.

Entre sus máximas exponentes destacan:

Mariana Enríquez
La autora argentina es la figura más mediática de este fenómeno. Sus relatos no buscan compasión, sino impacto. En obras como Las cosas que perdimos en el fuego, Enríquez exhibe una asombrosa capacidad para utilizar la imaginería del horror más cruel e impredecible como un gancho literario que, paradójicamente, nos ayuda a asimilar y superar los atroces terrores cotidianos y la violencia de las calles.

Mónica Ojeda
Representante indiscutible del moderno gótico andino contemporáneo. La escritora ecuatoriana, aclamada por libros de relatos como Las voladoras, fusiona la mitología andina con el miedo más primario. Ya en su inquietante debut, la novela Nefando, (momento en el que entrevistamos a Mónica Ojeda en Estandarte) y posteriormente en Mandíbula, Ojeda demuestra una destreza insólita para indagar en la extraña y oscura violencia que se esconde en las relaciones femeninas, filiales y adolescentes. Mónica Ojeda fue también finalista al Premio Estandarte al Mejor Libro de Poesía 2020.

Samanta Schweblin
También argentina, Schweblin opera desde un registro más sutil, donde lo siniestro irrumpe paulatinamente en la normalidad hasta enrarecer el aire que respira el lector. Su galardonada novela Distancia de rescate y su volumen de cuentos Siete casas vacías son ejercicios de alta relojería narrativa donde lo no dicho aterra mucho más que lo explícito.

Karina Sainz Borgo
Su novela más reciente, Nazarena, se inscribe plenamente en esta corriente literaria. Sainz Borgo se aproxima estilísticamente a otras autoras de su generación mediante una escritura que destaca por su tono oscuro, violento y, en ocasiones, de pesadilla. En Nazarena, la autora venezolana recurre a elementos clásicos del terror —una casa familiar opresiva, muertos que regresan, rituales macabros y visiones— para explorar la culpa y la descomposición de una estirpe. Sainz Borgo utiliza la estética de lo siniestro para articular una cruda crítica social y política, confesando que su novela trata, en el fondo, sobre "cómo un país desaparece". De hecho, la crítica especializada ha señalado que su prosa logra intensificar la verosimilitud de la historia precisamente cuando se interna en el terreno de lo sobrenatural, siendo esta una de las marcas distintivas de la mejor literatura gótica.

 

A estos nombres también se suman otras voces indispensables que ensanchan los márgenes del género, como la boliviana Giovanna Rivero (Tierra fresca de su tumba), la ecuatoriana María Fernanda Ampuero, las argentinas Selva Almada y Dolores Reyes, y las mexicanas Fernanda Melchor y Cristina Rivera Garza. Todas ellas, con estéticas particulares —desde el gore hasta lo fantasmagórico—, componen el tapiz de una literatura que se niega a callar.

Autores masculinos también forman parte integral de esta corriente, tanto en su gestación teórica e histórica como en la narrativa actual. Fueron precisamente críticos y novelistas hombres quienes comenzaron a definir y delimitar estos conceptos. Como ya hemos comentado, el escritor peruano Carlos Calderón Fajardo fue el pionero en emplear el término "neogótico" para designar a esta refiguración del género en la literatura latinoamericana, y el crítico ecuatoriano Álvaro Alemán fue quien acuñó el término "gótico andino". Además, clásicos como Carlos Fuentes o Álvaro Mutis (junto a los cineastas colombianos de Caliwood) plantaron hace décadas las semillas de lo que sería el "gótico tropical" y el horror vinculado a la identidad de la región.

En el panorama contemporáneo existen numerosos escritores que transitan actualmente los márgenes de lo siniestro, lo macabro y lo ominoso. Destacan figuras como el argentino Diego Muzzio, reconocido exponente actual del gótico; el boliviano Edmundo Paz Soldán, que fusiona el terror, lo extraño y la ciencia ficción para indagar en las disfunciones de nuestro tiempo; el mexicano Bernardo Esquinca; el argentino Luciano Lamberti; o el mexicano Alberto Chimal, capaz de fundir la actualidad con el horror y el mito.

El Nuevo Gótico Latinoamericano es la confirmación de que, en el continente a menudo marcado por la desmesura trágica, lo monstruoso ha pasado a convertirse, simplemente, en un reflejo oscuro de nuestra cotidianidad.

 

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