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'El Infierno', la sección secreta de la Biblioteca Nacional de Francia y sus libros más eróticos
Una colección histórica de literatura erótica que durante más de un siglo permaneció oculta tras permisos especiales. Desde 1830, guardada con recelo, hoy resurge como pieza imprescindible para comprender nuestras luchas morales y culturales.
08 de marzo de 2026. Iván de la Torre
Qué: 'El Infierno', la sección secreta de la Biblioteca Nacional de Francia.
La Biblioteca Nacional de Francia (BNF) cuenta con una inmensa colección de libros, estampas y grabados eróticos en “El infierno”, la sección especial creada en 1830 para todo el material considerado contrario a “la moral y las buenas costumbres” a la que solo se puede acceder con un permiso especial.
Recordemos que el “infierno” de una biblioteca remite al armario oculto, la estantería secreta o el depósito donde se confinaban aquellos libros que el poder o la moral dominante consideraban peligrosos. Obras prohibidas, silenciadas por ser contrarias a las buenas costumbres o al discurso ideológico de turno, permanecían apartadas del alcance del lector común.Y hasta bien entrados los años setenta del siglo pasado, muchas bibliotecas europeas guardaban todavía su propio “infierno”: un fondo invisible, sin rastro en los catálogos oficiales, reservado solo a quienes supieran —o pudieran— abrir sus puertas.
El contenido de este sitio de la BNF permaneció oculto hasta 1912, cuando el escritor Guillaume Apollinaire elaboró un catálogo titulado L’Enfer de la Bibliothèque Nationale: icono-bio-bibliographie descriptive, critique et raisonnée, complète à ce jour de tous les ouvrages composant cette célèbre collection (El infierno de la Biblioteca Nacional: iconografía, biografía y bibliografía descriptiva, crítica y razonada, completa a día de hoy, de todas las obras que componen esta famosa colección).
Marie-Françoise Quignard, una de las funcionarias que controla “El infierno”, confiesa: “El contenido de L’Enfer ha sido objeto de mitos y fantasías durante años. Muchas personas, por ejemplo, periodistas, nos importunaban todo el tiempo para que las dejáramos echar una ojeada. Hay gran interés por las conexiones entre la literatura, el arte y la pornografía”.
Aunque la mayor parte del material es francés (libros del Marqués de Sade, Verlaine, Baudelaire, Bataille y Apollinaire), también hay “novelas de flagelación” a las que se describen como “una especialidad inglesa importada a Francia desde Gran Bretaña en el siglo XIX”; imágenes eróticas del Japón feudal; un inventario de todas las prostitutas de París en 1791, con una descripción del lugar donde vivían y sus especialidades amatorias; y las primeras filmaciones pornográficas francesas.
Quignard reconoce: “Lo que uno descubre es lo repetitivos que son nuestra imaginación y nuestros intereses sexuales. Se encuentran los mismos temas e imágenes, la misma fijación con los genitales masculinos y femeninos, el mismo interés por formas poco comunes de realizar actos sexuales. Al final, uno se queda abotagado o simplemente ríe. Por otro lado, es fascinante ver cuántos escritores, entre ellos algunos muy conocidos de obras convencionales, como Georges Bataille, Guillaume Apollinaire, Pierre Louys, adoptaron distintas formas de abordar la escritura erótica, algunos con desesperada seriedad, otros de manera muy humorística”.
Una de las obras que debería sumarse a “El infierno” es La vida sexual de Catherine M., un texto autobiográfico donde la reconocida y temida crítica de arte Catherine Millet cuenta cómo, desde los 18 años, practica sexo grupal, remarcando que llegó a ser penetrada por más de 30 hombres en una hora: “He querido contar la verdad y para ello me he servido de un estilo objetivo, frío, para distanciarme de mí misma. Quería confrontar una experiencia concreta como la mía con todos los discursos morales e ideológicos que se han hecho de la libertad sexual. Lo he escrito como afirmación de la libertad de expresión, de la libertad sexual, y de la militancia libertaria para combatir el resurgimiento de un cierto puritanismo francés. De ahí la ausencia de ‘estilo’. Me interesaba que fuera antes que nada un testimonio, algo cuya principal virtud y logro fuera la exactitud. Yo sólo doy hechos. Lo que define a un artista es llevar a cabo un proyecto sin hacer ninguna concesión, ni a la sociedad ni a la familia ni al entorno profesional. En este sentido, mi manera de actuar ha sido la de un artista”.
Fuera del “Infierno”.
Es fundamental remarcar que Francia publicó libros que los editores del resto de Europa y Estados Unidos se negaban a aceptar por temor a la censura, incluyendo las primeras obras de Henry Miller como Trópico de Cáncer, Primavera negra, Trópico de Capricornio, Sexus, Plexus y Nexus; sin embargo, el caso más notable y famoso es el de James Joyce.
El escritor irlandés pudo publicar Ulises gracias a Sylvia Beach, la propietaria de la librería parisina “Shakespeare & Co”, que editó la novela en 1922.
Keri Walsh, directora del Instituto de Estudios Irlandeses de la Universidad Fordham de Nueva York, remarcó: “Joyce estaba muy cansado en este momento. Había pasado tanto tiempo luchando para terminar de escribir Ulises, superar la Primera Guerra Mundial y sobrevivir, que sintió que Sylvia podía proporcionarle a él y su familia algún tipo de estabilidad y apoyo. Ella era mucho más que una editora: banquera, agente, administradora, amiga de la familia. Durante mucho tiempo esa relación funcionó bien”.
George Bernard Shaw, uno de los dramaturgos más importantes del mundo, famosos por cuestionar todos los tabúes sociales en sus obras teatrales, mostró su ambivalencia ante el trabajo de su colega: “James Joyce en su Ulises ha descrito con una fidelidad tan inmisericorde que el libro apenas puede soportarse, la vida que Dublín ofrece a sus jóvenes, o, si se prefiere a la inversa, lo que los jóvenes pueden ofrecer a Dublín. Sin duda es muy similar a la que otros jóvenes pueden ofrecer en la moderna civilización urbana. Pero cierta burla irrespetuosa y un empequeñecimiento que confunde lo noble y lo serio con lo bajo y lo lúdico me parece peculiar a Dublín”.
El poeta T. S. Eliot tuvo una actitud menos ambivalente y, en su ensayo Ulises, orden y mito, defendió la novela de manera contundente: “Considero que este libro es la expresión más importante que ha encontrado nuestra época; es un libro con el que todos estamos en deuda, y del que ninguno de nosotros puede escapar. Al valerse del mito, de la manipulación de un paralelismo continuo entre lo contemporáneo y lo antiguo, Joyce persigue un método. Un modo de dominar, de ordenar, dar forma y significado al inmenso panorama de futilidad y anarquía que es nuestra historia contemporánea. Es un método vislumbrado ya por Yeats -otro irlandés vinculado con Joyce- y de cuya necesidad creo que fue Yeats el primer contemporáneo que tuvo conciencia. Es, creo sinceramente, un paso a la posible representación artística del mundo moderno”.
Ulises solo pudo publicarse en Estados Unidos en 1934, cuando la prestigiosa editorial Random House (que contaba entre sus autores a William Faulkner, posiblemente el escritor que mejor entendió y aplicó las técnicas de Joyce) logró permiso de los tribunales para editar el libro.
Comentarios en estandarte- 2
1 | Luz María Mikanos
29-08-2025 - 21:48:11 h
Un artículo excepcional y de un tema que muy pocos conocemos! Gracias por ponerlo a nuestro alcance.
2 | Ivan
01-09-2025 - 16:21:39 h
Muchas gracias por tu apoyo, querida Luz!