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Agatha Christie y el caso de los ‘agathistas’ pertinaces en el cincuenta aniversario de su muerte
Son fieles, obstinados y se cuentan por millones. Analizamos el fenómeno de los lectores que, generación tras generación, siguen devorando los casos de Poirot y Marple como si fuera la primera vez.
15 de abril de 2026. Catalina León
Qué: Agatha Christie y la legión de los "agathistas" ó por qué la Reina del Crimen nunca pasa de moda.
Hay una legión de agathistas que se reconocen entre sí. Llevan la cuenta de qué novelas han leído de entre las sesenta y seis que publicó. Conocen su vida, incluido el engaño del coronel Christie (eso no se perdona), su segunda boda con un amable arqueólogo catorce años más joven (en esto se insiste mucho) y sus viajes exóticos al calor de las excavaciones. Conocen sus cambios de residencia, el nacimiento de su hija, su infancia de niña sin colegio, sus peripecias de joven enfermera voluntaria y han fantaseado sobre la extraña desaparición que mantuvo en vivo a la prensa y que ha dado lugar a películas y series. El cine, la televisión y ahora las plataformas audiovisuales, tienen un vivero que no cesa en su obra y se suceden series, películas, biopics, toda clase de productos, todos ellos con éxito y con audiencia asegurada.
Los agathistas, que son legión, aprecian cada una de sus novelas, porque en todas hay un misterio que resolver. Y los misterios unen mucho. Seguramente muchos de ellos entraron, a través de ellos, en el universo oscuro y sombrío de la novela negra, del noir, del thriller, de la novela policíaca, del true crime. Es un amplísimo repertorio que apasiona al público. Y habría que ponderar en lo que vale el papel de la señora Christie a la hora de educar, y engatusar incluso, a los lectores en toda esa parafernalia del asesinato y sus consecuencias. Si ella hubiera vivido en esta época su cuenta de Instagram sería multimillonaria y tendría un canal de Youtube o de Twicht que superaría en followers, en viewers o en subs, a Ibai, Auronplay o Rubius. Si ella viviera, sería una influencer de postín.
Es fácil conversar con los agathistas, aunque el bando de los que prefieren a Poirot sea más aguerrido que el más tranquilo sector que defiende la serena perspicacia de la señorita Marple. Y si bien Poirot protagoniza más historias que Marple, es esta última la que se lleva el gato al agua: ella aparece en la novela que se publicará tras la muerte de la escritora, Un crimen dormido. El personaje del detective que investiga cada caso define el estilo de la novela. Además de Poirot y de Marple creó una serie de secundarios que terminan siendo imprescindibles y que se mueven de una a otra historia con cierta continuidad: el bueno e inocente Hastings, los decididos Tommy y Tuppence, Griselda (esa especialísima esposa de rector), el sobrino escritor, el matrimonio Bantry, el superintendente Battle de Scotland Yard.
Lo bueno de Agatha Christie es que cada lector establece con ella una relación personal. Cada cual tiene una historia que contar y que transcurre paralela a la lectura de los libros. Y no solo eso. Las preferencias individuales son aquí muy potentes. Hay quien prefiere los encantadores crímenes domésticos, como Se anuncia un asesinato, La señora McGinty ha muerto o Un cadáver en la biblioteca. Los hay amantes de los paraísos lejanos, como Muerte en el Nilo, Asesinato en Mesopotamia o Cita con la muerte. Las sagas familiares también tienen su sitio, así los Crackenthorpe de El tren de las 4,50. O los personajes extraordinarios tal es Ariadna Oliver en Las manzanas o el doctor Sheppard en El asesinato de Roger Ackroyd, la historia de final más inesperado de toda la literatura de crímenes. Una estrategia que nunca más se repetirá.
Hay una sana competencia por ver quiénes recuerdan más títulos, qué argumentos están más logrados, o qué desenlaces son más sorprendentes. Y, sin embargo, si hay algo que distingue a la autora es su sencillez narrativa. Ella nunca quiso engañarnos. La sofisticación es incompatible con su estilo. Nada de veinte vueltas de tuerca según lo cual el asesino resulta ser un primo segundo del tendero del pueblo en el que pasó su infancia la sobrina del asesinado. No. Sentido común. Neuronas. Células grises, las pequeñas células grises. Los paralelismos, la gente de Saint Mary Mead como modelo, la naturaleza humana es la misma en todas partes. El valor de lo obvio. Los acontecimientos se suceden con la transparencia de un limpio río, aunque nosotros los lectores no siempre estamos tan entrenados como para descubrir la verdad al primer golpe.
Todos los agathistas releen las novelas de Agatha. Podemos decir que es una lectura para toda la vida. Empiezas de adolescente y, cuando vas cumpliendo años, los libros los cumplen contigo. Te acompañan en los viajes en tren, en las tardes de verano, en las noches de vigilia, en los días de frío y mantita. Hay libros que has leído tres, cuatro veces, que te sabes de memoria. Es una garantía de placer eterno. Eso se llama fidelidad. En términos técnicos y empresariales se trata de una marca confiable y así lo demuestra su envidiable cifra de lectores pertinaces con una permanencia extraordinaria. Clientes fidelizados, lealtad a la marca, confianza plena, alto valor percibido. Los lectores de Agatha Christie disfrutamos de una experiencia positiva que tiene continuidad a lo largo de muchos momentos de la vida con la relectura. ¿De cuántos escritores puede decirse lo mismo?
Los agathistas son gente agradecida. Seguramente porque le deben mucho a Dame Agatha. Momentos malos en los que era urgente distraerse con algo, días tristes de pérdidas y ausencias para los que se precisaba el antídoto de una de estas novelas, circunstancias especiales que luego se recuerdan aludiendo a la historia que leías, intercambio de charlas y confidencias en familia sobre quién es el criminal. En este sentido, las novelas de Agatha Christie no son solo literatura, son un elixir, un remedio, una ayuda, un consuelo, una fuente de distracción para las penas del alma.
El 12 de enero de 1976 murió Agatha Christie en su residencia de Winterbrook, Reino Unido, a los ochenta y seis años. Dejó un marido, el arqueólogo Max Mallowan, y una hija de su primer matrimonio, Rosalyn. Dejó una obra literaria que sigue teniendo un poderoso vigor y un perfume inconfundible. Dejó un puñado de personajes con vida propia. El principal de ellos, el detective belga Hércules Poirot, había muerto un año antes que la autora.
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