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Diarios de escritores, las confesiones íntimas que buscamos los lectores
La literatura del yo, o por qué nos fascinan los cuadernos privados, las notas de viaje y los diarios de vida de los grandes autores.
04 de mayo de 2026. Iván de la Torre
Qué: Diarios de escritores.
Muchos autores dejaron registrados en sus diarios historias que no se animaban a publicar en sus novelas, cuentos o ensayos, pensando que ese material, sin embargo, podría servirles, años después, a la hora de redactar sus memorias.
Simone de Beauvoir, figura central de la literatura francesa durante cinco décadas y referente ineludible del existencialismo, retrató, en sus extensos diarios, su agitada vida personal y profesional junto a Jean-Paul Sartre, su amante, amigo y maestro.
En La plenitud de la vida y Las fuerzas de las cosas, dos de los tomos de su adictiva autobiografía, la autora recupera extensos tramos de sus diarios para transmitir sus pensamientos sobre colegas como Albert Camus, Arthur Koestler y André Malraux, remarcando que su intención es “recuperar el polvo de los días”, transmitirle al lector lo que sentía en esos años que ahora le parecen tan lejanos.
En sus diarios, De Beauvoir, que tenía una imagen pública de mujer dura e implacable, se permite mostrarse frágil y temerosa de perder el amor de Sartre, un reconocido mujeriego: «Carta de Jean-Paul [movilizado por la guerra], del lunes, que me colma de calidez; [...] Cuando no lo veo o cuando él no me lo hace sentir expresamente, no pienso que su amor por mí sea algo vivo para él».
León Tolstoi también prefería registrar todo lo que vivía de manera cruda, sin filtros, confirmando que era un hombre lleno de contradicciones: «Discutí con Turgenev, y me traje una puta a casa. Ordené una silla que montaré con mi abrigo circasiano y perseguiré a las mujeres cosacas y me sumiré en la desesperación porque mi bigote izquierdo no está tan bien como el derecho y pasaré horas frente al espejo arreglándolo».
En el caso de Susan Sontag, la reconocida novelista y ensayista norteamericana, su intención al registrar su día a día es intentar entender la difícil situación que enfrentaba como persona y artista: «Mi deseo de escribir está conectado con mi homosexualidad. Necesito la identidad como un arma, para igualar el arma que la sociedad tiene contra mí. Eso no justifica mi homosexualidad. Pero me daría —lo siento— una licencia. Ser rara me hace sentir más vulnerable».
Muy sincera, la autora confiesa que, en más de una ocasión, actuó de manera perversa para perjudicar a otros autores: «¿Cuántas veces les he dicho a algunas personas que Pearl Kazin (editora) fue una importante novia de Dylan Thomas? ¿Que Norman Mailer participa de orgías? ¿Que (F. O.) Matthiessen era raro? Todo eso es público, sin duda, pero ¿quién demonios soy yo para andar divulgando los hábitos sexuales de otra gente? ¿Cuántas veces me he recriminado a mí misma por eso, que es algo apenas un poco menos ofensivo que mi costumbre de darme importancia hablando de gente importante (¿cuántas veces hablé de Allen Ginsberg el año pasado, mientras estaba en la revista Commentary?) y mi hábito de criticar si alguien me invita a hacerlo... Siempre he delatado a las personas. ¡No es de asombrarse entonces que haya sido tan exigente y escrupulosa con el uso de la palabra amigo!».
Frank Kafka registraba en su diario minuciosamente su vida y el avance de su obra. Ricardo Piglia detalla el procedimiento del autor de La condena y La metamorfosis: «Kafka escribe un diario para volver a leer las conexiones que no ha visto al vivir. Podríamos decir que escribe su Diario para leer desplazado el sentido en otro lugar. Sólo entiende lo que ha vivido, o lo que está por vivir, cuando está escrito. No narra para recordar, sino para hacer ver. Para hacer visibles las conexiones, los gestos, los lugares…».
Los escritores también usaron sus diarios para atacar a figuras que les resultaban molestas, sabiendo que el material solo saldría a la luz después de su muerte, lo que les daba la impunidad necesaria para ser brutalmente sinceros.
Virginia Woolf, tras leer Ulises, la obra maestra de James Joyce, por recomendación de su amigo, el crítico y poeta T. S. Eliot, escribió: «Me parece un libro iletrado, grosero; el libro de un trabajador autodidacta, y todos sabemos lo molestos que son estos libros, lo egoístas, insistentes, crudos, pasmosos y, en última instancia, nauseabundos que son. Si se puede comer carne cocida, ¿para qué comerla cruda? Pero supongo que, si uno es anémico, como Tom [Eliot], hay cierta gloria en la sangre».
Adolfo Bioy Casares, como Wolf, usaba sus diarios para confesar todo aquello que nunca se hubiera animado a decir públicamente. En 1977, durante el último gobierno militar, relató el violento episodio que vivió en la calle: «La situación me pareció irreal. La corrida, menos rápida que esforzada; los balazos, de utilería. Tal vez el momento de los tiros se pareció a escenas de tiros, más intensas, más conmovedoramente detalladas, que vi en el cinematógrafo. Para mí la realidad imitó al arte. Ese momento, único en mi vida, se parecía a momentos de infinidad de películas. Mientras lo vi, me conmovió menos que los del cine; pero me dejó más triste».
Anais Nin, famosa por ser amante de Henry Miller y amiga de Gore Vidal, usaba sus diarios para conseguir la popularidad que nunca tendrían sus relatos y novelas. Allí registraba sus encuentros íntimos con escritores y artistas, lanzando amenazas muy directas a sus ex amantes: «Me imagino la sensación de crueldad tan exquisita que sería entregar a Henry Miller los cuatro o cinco tomos que hablan de él y de nuestro amor, justo antes de darle el adiós definitivo... para que lo lea esa noche, solo, con el conocimiento de que yo ya he desaparecido de su vida».
En el caso de Jorge Edwards, llevar un diario le permitió reconstruir su pésima experiencia como embajador chileno en Cuba durante la presidencia de Salvador Allende, recopilando datos que luego le servirían para su libro Persona non grata, donde narra la persecución de la que fue víctima por parte de Fidel Castro y sus esbirros.
Curiosamente, el Che Guevara, una de las figuras centrales de Cuba, aplica el mismo procedimiento que Edwards, al escribir, obsesivamente, diarios que le permitan registrar sus viajes por toda América y sus intentos de generar nuevas revoluciones. Piglia anota que «Guevara quiere fijar la experiencia de inmediato y después escribir un relato a partir de las notas tomadas».
La principal ventaja del diario es que permite toda clase de usos, dependiendo del escritor que lo desarrolle, algo que resume muy bien el crítico Alan Pauls: «El diario íntimo se permite incorporarlo todo: lo banal y lo extraordinario, lo personal y lo histórico, lo insignificante y lo admirable. Y si a menudo sufre la misma condescendencia, el mismo desdén, incluso, que sufre la intimidad, objeto demasiado precario para merecer una teoría, pasatiempo burgués, cuchicheo de boudoir agradable y hasta voluptuoso pero siempre inofensivo, como lo estigmatizan sus detractores, no es porque deje afuera lo público o lo político —las ‘verdaderas’ cuestiones que merecen ser pensadas— sino más bien porque lo público y lo político aparecen en él despojados de todo privilegio, destituidos del prestigio jerárquico que se les suele atribuir, al mismo nivel, por ejemplo, que un comentario al paso sobre la cavidad que el dentista acaba de abrir en una boca, la mención de un almuerzo anodino y feliz o el relato de una conquista amorosa».
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