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'El Péndulo', la revista que reinventó la ciencia ficción en castellano y consagró a Mario Levrero
Clásica, rompedora y pionera, 'El Péndulo' marcó un antes y un después en la divulgación de la ciencia ficción, el terror y la fantasía en el mundo hispanohablante.
08 de julio de 2026. Iván de la Torre
Qué: El Péndulo, la revista que reinventó la ciencia ficción en castellano.
El primer Péndulo arrancó en 1975, cuando Jaime Poniachick y Marcial Souto le propusieron al editor Andrés Cascioli crear una revista dedicada a la ciencia ficción, sin embargo, la crisis económica obligó a paralizar el proyecto y la revista solo salió cuatro años después.
En esta primera etapa solo llegaron a publicarse cuatro números, entre septiembre y diciembre de 1979, donde aparecieron cuentos clásicos de grandes referentes de la ciencia ficción norteamericana e inglesa (Un hombre cuidadoso muere de Ray Bradbury; Las cucarachas de Thomas Disch; Prisionero de los abismos de coral de J. G. Ballard; Las manos de Bianca de Theodore Sturgeon; No acabará con un estallido de Damon Knight); comentarios críticos y artículos de Gloria Guerrero, Elvio E. Gandolfo, Aníbal Vinelli y Pablo Capanna; e historietas (Los viajes de Marco Mono de Carlos Trillo y Enrique Breccia; Inodoro Pereyra de Roberto Fontanarrosa; Las puertitas del señor López de Carlos Trillo y Horacio Altuna; y las adaptaciones de Alberto Breccia de cuentos de H. P. Lovecraft.
Segunda época (1981-1982), regreso con gloria
A diferencia de su primera etapa, donde se mezclaba ciencia ficción con comentarios sobre discos de rock y muestras de arte, la nueva época de El Péndulo, ya completamente a cargo de Marcial Souto, se concentró en relatos de fantasía y ciencia ficción.
Desde el primer número, publicado en mayo de 1981, la propuesta era clara: ofrecer un libro-revista que pudiera venderse en cualquier librería, con papel de calidad, tapas realizadas por destacados artistas (Raúl Fortín, María Cristina Brusca y Carlos Nine); y narraciones ilustradas por dibujantes como Enrique Breccia y Kike Sanzol, quien recordó: “Marcial me pasaba alguna idea, pero por lo general dejaba bien abierto el terreno. Yo leía el cuento y hacía la ilustración. En esa época usaba tinta china, acrílicos, pasteles o tinta de bolígrafo. Los papeles eran papeles buenos, papeles Schoeller. Cuando estaba lista, la llevaba a la editorial. Normalmente, unos tres o cuatro dibujos por mes. Se trabajaba con tranquilidad y pagaban bien. Marcial era una persona serena y metódica”.
El objetivo de El Péndulo era ofrecer la mejor literatura del género, apostando a escritores resistidos por el publico tradicional, acostumbrado a los relatos lineales –y muchas veces predecibles– de Isaac Asimov o Arthur C. Clarke. Para potenciar esta visión, la revista incluía secciones informativas irreverentes, donde ningún autor estaba a salvo de las críticas escritas por Elvio E. Gandolfo, Carlos Gardini y Sergio Gaut Vel Hartman.
Los artículos largos estaban a cargo de Pablo Capanna, un divulgador eficiente pero frío, que carecía del talento de Gandolfo, Gardini o Vel Hartman para darle color y color a sus reseñas y, muchas veces, parecía un profesor universitario recitando textos de memoria, sin pasión ni emoción, para un público iletrado.
La revista publicó títulos fundamentales de los autores que habían cambiado el género en la década del sesenta y comienzos de los setenta como El viento y la lluvia, de Robert Silverberg; Los que abandonan Omelas, de Úrsula K. Le Guin; El mundo de los martes, de Philip José Farmer; Sueño, de R. A. Lafferty; Bajando, Thomas M. Disch; La mitr, de Jack Vance; Día de penitencia en Moderan, de David Bunch; Bajo la Vieja Tierra, de Cordwainer Smith; Tú: Coma: Marilyn Monroe, de J. G. Ballard; El hombre que volvió, de James Tiptree Jr.; y Las ruinas, de Michael Moorcock.
En el correo de la revista quedó registrado el enojo de muchos lectores que protestaron por la inclusión de tantos relatos poco convencionales, exigiendo la publicación de autores clásicos como Bradbury, Clarke y Asimov. Souto respondió a estas críticas con un texto contundente: “Estamos tratando de hacer algo diferente de lo que hemos visto hasta ahora en las demás revistas del género”.
Redoblando la apuesta, la revista siguió publicando a escritores de todo el mundo, incluyendo al brasileño Andre Carneiro, al noruego Jon Bing, al sueco Sam Lundwall y a los italianos Inisero Cremaschi y Claudio Ferrari; además le dedicó todo un número a El lugar, una de las mejores novelas del uruguayo Mario Levrero, que mezcla surrealismo, humor y fantasía al relatar la extraña odisea que vive el protagonista en un clima que recuerda, por momentos, al mejor Kafka.
La altísima calidad de gráfica de la revista y el nivel de los trabajos que publicaba hacía imposible imaginar las desfavorables condiciones en que armaba cada número Souto: “El Péndulo nunca llegó a tener un espacio propio, ni siquiera una silla. Trabajaba sobre todo en mi casa y en bares, donde me encontraba con Gardini, que traducía buena parte del material”.
Por las bajas ventas, El Péndulo solo llegó a publicar 10 números, pero tuvo un gran impacto social que se tradujo en la aparición del “El círculo argentino de ciencia ficción y fantasía”, una institución fundamental para mantener vivo el género durante las siguientes dos décadas.
El Péndulo (1986-1987), la tercera no fue la vencida.
En septiembre de 1986, comenzó la tercera época de El Péndulo, que continuaba, en tono, estilo y diagramación, la línea de la segunda etapa. Sus principales autores serían, una vez más, nombres fundamentales de la década del sesenta y setenta (Robert Silverberg, Cordwainer Smith, James Tiptree Jr., Harlan Ellison…); más el aporte de nuevos valores como Gardner Dozois, Kim Stanley Robinson y Michael Bishop.
Un detalle fundamental es que la revista les dio un gran espacio a nuevos escritores como Luisa Axpe, Cristina Siscar, Leonardo Moledo y Eduardo Stilman.
Además de los repetitivos y monocordes trabajos de Pablo Capanna, El péndulo publicó dos artículos excelentes: uno de Sam Lundwall, sobre los comienzos del género; y otro de Stanislaw Lem, autor de Solaris, que rescataba a Philip K. Dick como “un visionario entre charlatanes”, lo que le valió el repudio de la SFWA (Asociación de los Escritores de CF de Norteamérica).
Esta tercera etapa terminaría abruptamente en el número 15 (mayo de 1987), cuando, nuevamente, las bajas ventas y los altos costos, obligaron a ponerle fin al proyecto.
Cuarta etapa: se acabó
En 1990, El Péndulo volvió como antología, incluyendo excelente material de autores como Ana María Shua, Mario Levrero, Vlady Kociancich, Ricardo Piglia y J. G. Ballard, pero lamentablemente solo duró dos números.
Dos décadas después, Souto, desde España, donde vive desde hace años, habló sobre el impacto que tuvo la revista: “Ayudar a entretener, supongo, a miles de lectores en tiempos aburridos. Arrojar una semilla que no cesa: escritoras y escritores que admiro y que entonces estaban en la adolescencia o en la niñez, me han confesado que El Péndulo, encontrado en la biblioteca de sus padres, había sido fundamental para despertarles la pasión por la escritura. Los recuerdos personales de la época: sobre todo, conversaciones divertidas en un bar o por carta con personas inteligentes, viejos y nuevos amigos que, si han sobrevivido, lo siguen siendo hoy. Fue un gran privilegio, en una época tan oscura, poder vivir de la imaginación”.
Comentarios en estandarte- 2
1 | Luz María Mikanos
09-08-2025 - 03:22:17 h
Es un lujo poder acceder a estas reseñas tan magníficas, de algunos artículos y autores que ya conocemos y de otros que conocemos poco o nada, es una un maravilloso acercamiento que ustedes nos permiten de la mano de Iván de la Torre! Gracias!
2 | Ivan
15-08-2025 - 16:45:59 h
Gracias por el comentario, Luz!