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Francisco Brines, Premio Cervantes. Justicia poética para el maestro de la melancolía
El jurado coronó al último gran referente de la Generación de los 50 por su obra intimista sobre el paso del tiempo y la belleza vital.
05 de febrero de 2021. Estandarte.com
Qué: Francisco Brines, Premio Cervantes 2020.
En uno de sus poemas, Francisco Brines (Oliva, Valencia, 1932) declaraba su falta de amor por las palabras («No tuve amor a las palabras; / si las usé con desnudez, si sufrí en su busca, / fue por necesidad de no perder la vida, / y envejecer con algo de memoria / y alguna claridad […]»).
Sin embargo, con ellas –con esas palabras a las que se supone no ama pero que maneja con maestría poética– Francisco Brines configuró una magistral obra poética, intensa, de gran hondura y emoción que fue reconocida con el Premio Cervantes en 2020.
Esta recompensa vino a completar una larga lista que se inauguró con el Adonáis para su primer libro, Las brasas, publicado en 1960 y en el que el poeta, licenciado en Derecho, Filosofía y Letras e Historia, ya mostró una gran madurez expresiva y una voz personalísima, que no hizo más que crecer y confirmarse con los años y las distintas obras.
También fue Premio de la Crítica de poesía castellana por Palabras en la oscuridad (1967), Premio de las Letras Valencianas (1967), Premio Nacional de Poesía por El otoño de las rosas (1987), Premio Fastenrath por La última costa (1998), Premio Nacional de las Letras Españolas (1999), Premio de Poesía Federico García Lorca (2007) y Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (2010).
El poeta Alejandro Duque Amusco prologó para la editorial Renacimiento una curiosa antología de la obra de Brines. Ese texto de Duque Amusco es un valioso recorrido por la trayectoria del poeta valenciano hasta ese momento (data de 2017), en el que subraya su coherencia y riqueza, su profundidad, emoción y trascendencia. «El amor por el arte, la niñez, el paisaje, el tacto de la piel de un cuerpo deseado, la palabra poética, que nos da consuelo y un sentido de fraternidad universal a través del tiempo, los afectos familiares, la compañía amiga, la lucha encarnizada con el Ángel, que es a la vez la nada y el olvido… Y un tema capital, el de la muerte, presente desde sus primeros poemas, y que se ha mantenido como uno de los principales motivos reflexión», así resumía Duque Amusco los asuntos que interesaron y de los que se ocupó Brines en sus distintos títulos y en los que navegó con intensidad emocional y lucidez metafísica y sensualidad.
Hemos descrito a esa antología de Renacimiento, titulada Entre dos nadas –título que escogió Brines–, como curiosa porque es una selección coral compuesta por los poemas elegidos por otros poetas, lectores, amigos, escritores, académicos… (Ana Rossetti, Andrés Trapiello, Amalia Bautista, José Manuel Caballero Bonald o Víctor García de la Concha, entre otros muchos).
Esa no es su única antología, en 2010 publicó Yo descanso en la luz (Visor); en 2012 Ensayo de una despedida. Poesía completa, 1960-1997 (Tusquets); en 2016, Jardín nublado, una selección de sus mejores poemas junto a otros inéditos (Pre-Textos), y en 2018 Antología poética, que cubre desde Las brasas hasta La última costa (1995) e incluye diez poemas publicados con posterioridad (Alianza editorial).
Gran admirador de Juan Ramón Jiménez y de Luis Cernuda (a quien dedicó su discurso de acceso en la Real Academia (un excelente ejercicio de crítica literaria), Brines pertenece a la Generación de los 50, junto a, entre otros, Claudio Rodríguez, Ángel González, José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma y José Ángel Valente.
El jurado del Cervantes, presidido por Santiago Muñoz Machado –director de la Real Academia Española– y compuesto entre otras personalidades por Ida Vitale y Joan Margarit, galardonados con el Cervantes en 2018 y 2019, respectivamente, destacó que Brines es «el poeta intimista de la generación del 50 que más ha ahondado en la experiencia del ser humano individual frente a la memoria, el paso del tiempo y la exaltación vital».
Su lenguaje esencial y cristalino, fuertemente evocador como lo describió Francisco Bautista en Diez razones para leer a Francisco Brines, conforma una poesía que comunica humanidad, que comparte vivencias, reflexiona sobre el paso del tiempo, celebra la vida, sugiere melancolía y tiene raíces en Elca y el paisaje que le vio crecer y en el que se refugia ahora. Como bien afirma el jurado, su obra poética «va de lo carnal y lo puramente humano a lo metafísico, lo espiritual, hacia una aspiración de belleza e inmortalidad».
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