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Daniel Brun explora la memoria y las ruinas en su nuevo poemario 'Lo que te prometí en Hiroshima'

El poeta nos sumerge en un viaje lírico a través de la desolación, el recuerdo y la búsqueda de sentido tras la pérdida.

20 de noviembre de 2025. Estandarte.com

Qué: Lo que te prometí en Hiroshima Autor: Daniel Brun Editorial: Loto Azul Año: 2025 Páginas: 94 Precio: 15 €

Lo que te prometí en Hiroshima no es un libro que se lea: es un libro que se sobrevive. Daniel Brun no debuta, detona. Este poemario no es una suma de textos decorativos ni un ejercicio de estilo; es un cuerpo abierto, un cuaderno herido, una acumulación de ruinas convertidas en lenguaje. Cada poema es un fragmento afilado, un impacto emocional que no pretende consolar ni ofrecer respuestas, sino habitar la herida.

Desde el prólogo incandescente de Carolina Corvillo —que funciona como umbral y advertencia— se revela con sinceridad el tono del libro: aquí no hay impostura ni dramatismo impostado, tampoco redención. “Daniel Brun no es un poeta maldito, sino un maldito poeta”, escribe Corvillo. Y con eso basta para entender que estamos ante una voz que no se filtra ni se adapta: escribe desde la necesidad, no desde la voluntad de complacer.

Lo que a primera vista puede parecer un caos fragmentario es en realidad una arquitectura emocional trazada con precisión. El propio autor lo asume: sus poemas son hojas sueltas, imágenes lanzadas al viento, recuerdos sin cronología. Pero en esa anarquía hay método; en ese desorden, una estructura íntima. Cada texto encaja como una pieza en el mapa desbordado de una psique lúcida, en conflicto, ferozmente honesta.

Brun escribe desde lo que duele, pero sin regodeo. Su lenguaje es directo, crudo cuando debe serlo, vulnerable cuando lo necesita. No embellece la experiencia: la enfrenta. La ansiedad, el deseo, la pérdida, la memoria, la masculinidad herida, el amor contradictorio… todo se despliega en versos que no se excusan. Madrid aparece una y otra vez no como escenario, sino como un espejo emocional: calles, parques, portales y farolas que contienen tanto como revelan.

En textos como Carne y furia, Medias despedidas, Ese débil derretir o Susurros para Salomé, Brun construye un mundo poético visceral, tangible, desgarrado. Su voz oscila entre la confesión íntima, la contemplación mística y la denuncia existencial. No hay un único registro, pero sí una coherencia emocional profunda: una continuidad en la forma de mirar, de sentir, de escribir. De conocerle.

Brun se entrega sin defensas. Lo hace desde un lenguaje que no teme mancharse ni exponerse. Su poesía no busca ser leída desde la distancia, sino compartida desde la cercanía brutal de quien también se ha roto o sufre aquello que no puede contar. No se presenta: se lanza. Su voz no llega pulida, sino viva, incómoda, analítica. Y por eso importa.

La ilustración de portada de Jesús Colomina (COLO) no adorna: condensa. Hiroshima como detonación emocional. Un poeta (intuimos que es el propio Daniel Brun) escribe mientras a su lado reposa una figura femenina entre símbolo y presencia, musa y ausencia. A lo lejos, la nube atómica; más cerca, un cuervo, un gato, una botella: detalles que construyen un universo íntimo, decadente, onírico. Todo lo que está en los poemas, también está en esa imagen. Es una síntesis del imaginario bruniano.

Este poemario no ofrece una colección de piezas sueltas. Funciona como un organismo vivo. Los poemas son ladrillos de un refugio —o de una casa en ruinas— que el lector habita sin saber muy bien por qué, hasta descubrirse dentro. Es un cuarto desordenado, como el que describe Brun en su introducción, pero donde cada objeto —cada verso— guarda una historia, un secreto, una grieta que invita a quedarse un poco más.

Lo que te prometí en Hiroshima es una obra radicalmente honesta. Una apuesta por la incomodidad como forma de verdad. En un tiempo donde la poesía a menudo se maquilla de corrección o se disfraza de simulacro emocional, Brun decide escribir con las uñas en piel, la piel aún abierta. Y por eso este libro no se olvida. Porque no se deja leer: se deja sentir. Porque hay libros que duelen. Y a veces, el dolor es lo único verdadero.

 

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