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Léxico familiar, de Natalia Ginzburg

Un emotivo viaje por la vida de una mujer idealista y combativa.

23 de octubre de 2020. Estandarte.com

Qué: Léxico familiar Autora: Natalia Ginzburg Editorial: Lumen Año: 2016 Páginas: 238 Prólogo: Elena Medel Traductora: Mercedes Corral Precio: 16,90 € (papel); 11,39 € (eBook)

Léxico familiar, de Natalia Ginzburg“Día tras día el silencio cosecha sus víctimas. El silencio es una enfermedad mortal.” Estas palabras definen a una mujer, Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991), y a su obra intensa, de la que mucho y bueno se puede decir. Pertenecía a una familia judía (Levi se llamaban), de original personalidad, ideas avanzadas y muy activa frente al fascismo, tan activa como la de su primer marido, Leone Ginzburg, del que tomó su apellido y que murió asesinado en la cárcel por aquellos contra los que luchó.

Esta admirable mujer, escritora, redactora durante muchos años de la editorial Einaudi, idealista, combativa y dotada de un lenguaje de gran riqueza y fuerza, es una figura esencial de la literatura italiana del siglo XX con libros tan destacados como Pequeñas virtudes, Querido Miguel, Todos nuestros oyeres, La casa, o su colección de ensayos.

Entre ellos nos centramos ahora en el que fue Premio Strega, Léxico familiar, un paseo por los recuerdos de infancia y juventud que, como dice la autora “aunque esté basado en hechos reales, me gusta pensar que Léxico familiar va a leerse como una novela, pidiéndole a este libro todo lo que solemos pedir a la ficción.”

Seguimos su consejo, lo empezamos como una novela, pero no es fácil resistir la tentación de dar cara y voz real a la historia de su familia, los recuerdos, los amigos, los viajes, las penalidades y las alegrías. Una vida, la suya, que narra como desde fuera, desde la distancia de los años, con una emoción, unas formas y una delicadeza extraordinarias. Habla en primera persona, pero ella queda en segundo plano. Los protagonistas son sus padres; sus hermanos; los cambios de casa; su abuela, diminuta, de pies extraordinariamente pequeños, que pasaba los veranos en la montaña, al mismo tiempo que ellos; sus tíos; las historias de su madre mil veces repetidas y difícilmente entendibles por sus carcajadas; la forma de hablar de su padre de todo y todos; sus temores; sus arrebatos; las peripecias de sus cuatro hermanos –tres chicos y una chica–.

Al tiempo que pasamos páginas, adivinamos la ternura de su voz y disfrutamos con la sencilla, pero profunda narración, viajamos por las casas donde vivieron; descubrimos sus problemas económicos, la importancia de las –para ellos– temidas sesiones de montañismo (solo uno de los cinco, el mayor compartió esa afición), la melancolía de la madre, su desinterés por el ejercicio, el horror del padre hacia la pintura moderna, su miedo a los contagios, su incomprensible negativa a aceptar las bodas de sus hijos, su valor… Recuerda los dichos, frases y adjetivos que jalonan el día a día: dar cordel, palurdo, palurdeces, borrico, mejunjes, nuevo astro que surge, comadres…, voces a las que daban un significado distinto y que eran la seña de identidad familiar.

“Somos –escribe– cinco hermanos, vivimos en distintas ciudades y algunos en el extranjero, pero no solemos escribirnos. Cuando nos vemos, podemos estar indiferentes o distraídos los unos con los otros, pero baste que uno diga una palabra, una frase, una de aquellas antiguas frases que hemos oído y repetido infinidad de veces en nuestra infancia, nos basta con decir: ‘No hemos venido a Bérgamo a hacer campamento’ o ‘A qué apesta el ácido sulfhídrico’ para volver a recuperar nuestra infancia y juventud y juventud’ Una de esas frases o palabras haría reconocernos los unos a los otros en la oscuridad de una gruta o entre millones de personas. […] Esas frases son la base de nuestra unidad familiar, que subsistirá mientras permanezcamos en el mundo, recreándose y resucitando en los puntos más diversos de la tierra. De tal forma que, cuando uno de nosotros diga. ‘Distinguido señor Lipman’, la voz impaciente de mi padre resonará en nuestros oídos: ‘Dejad esa historia. ¡La he oído ya muchas veces!’”

No es fácil trasladar aquí la intensidad vital de la familia Levi que transmite la autora, ese entrelazar la vida cotidiana, con la permanente presencia del momento terrible que vive Italia, el fascismo, el activismo de quienes la rodeaban, padres, amigos, hermanos, marido. Un libro lleno de encanto y profundidad, que empieza con un fantástico y conmovedor prólogo de Elena Medel, donde juega con las palabras de Natalia Ginzburg y con las suyas, “No soy ella, pero aquí –en esta lectura, ante este libro– por arte de la literatura, me siento Natalia Ginzburg. Quizá es porque haya dicho algo de mí que yo no sospechaba, y espero que, al cerrar la última página de Léxico familiar, todos sus lectores nos reconozcamos en ella.”

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Léxico familiar, de Natalia Ginzburg

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