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Casas y tumbas, de Bernardo Atxaga

Poesía, amistad, vida, muerte… tejen una inolvidable historia.

14 de octubre de 2020. Estandarte.com

Qué: Casas y tumbas Autor: Bernardo Atxaga Editorial: Alfaguara Año: 2020 Páginas: 424 Traducción del euskera: Bernardo Atxaga y Asun Garikano Precio: 20,90 € (papel), 10,99 € (eBook)

Casas y tumbas, de Bernardo Atxaga“Elías tenía catorce años cuando llegó a Ugarte una tarde de finales de verano. Iba a pasar una temporada en casa de su tío, dueño de una panadería que abastecía a los pueblos de alrededor”. Así empieza Casas y tumbas, una novela, la última, con la que Bernardo Atxaga (Asteasu, Guipúzcoa, 1951), pone un punto y aparte –no un punto final– a un modo de construir con la idea, afirma, de dar fin a los grandes edificios literarios y dedicarse a hacer humildes cabañas.

Como despedida nos regala este libro, que desde su principio sentimos como propio, que nos retrotrae a aquella maravillosa narración que es Obabakoak, y ahora nos traslada a un lugar, Ugarte, con un niño que no habla, que sonríe y se afana tallando una chalupa de madera. Que nos acerca a la panadería, núcleo donde se mueven Miguel, Donato el gitano rubio, el viejo, Eliseo y Marta. Ella es la cocinera y madre de los gemelos Luis y Martin, que pronto se harán amigos de Elías; están también Julián – marido de Marta–, Antonio el ingeniero francés, que trabaja en la mina… Personas que tejen una historia continua que empieza girando en torno a esos tres niños (Elías y los gemelos), a sus barcos, uno rojo, el otro verde y el tercero blanco, que lanzan a navegar en el canal. Nos sumerge en un paisaje y unas escenas descritas con tal precisión y belleza que las vemos, oímos los sonidos, sentimos la proximidad, el frescor del agua o el viento, y nos dibuja unos anocheceres de descanso, de pensamientos íntimos, acompañados por el rumor de los juegos infantiles y el ensoñamiento de una oscuridad que rompen las luces que como cuadros dejan pasar las ventanas. “(…) Eso era el verano, leemos, niños jugando al aire libre, vencejos cazando mosquitos, conversaciones sosegadas de los hombres que recorrían las calles de bar en bar, y el viento sur, las estrellas, la luna medio llena (…)”.

Il était un petit navire… (Érase una vez un pequeño barco), la canción que silba Elías, da título al primero de los seis capítulos o relatos que componen el libro. Unos relatos que, explica Atxaga, si se leen rápido parecen independientes unos de otros, pero que si se toman con calma, despacio, sin correr para llegar al final, forman –aun siendo todos diferentes– un universo, un gran tapiz, un entramado que se alarga en el tiempo, con las mismas personas que ya conocemos y con otras nuevas, Celso y Caloco compañeros de cuartel de Donato y Eliseo, Lucía la amiga de Marta, o Ana, mujer de Martín y su hija Garazi; viajamos a otros lugares, París, Madrid, El Pardo, el sur de Francia o California, y seguimos el paso de unos años que empiezan en 1970 y terminan en 2016. En ellos está el fin del franquismo, el nuevo tiempo, los cambios, los movimientos políticos y laborales, el ecologismo, las amenazas y extorsiones, la represión o los avances técnicos que retratan aquellos momentos.

Los relatos están impregnados de realidad, el autor gusta decir que habla de lo que conoce: el pueblo, la vida en un cuartel, el colegio, las comunidades, los paisajes o la vida en un hospital que describe en dos capítulos. Es un realismo que rebosa poesía sin rehuir de la verdad, de la dureza o de la denuncia, que hace de la amistad, el amor, la muerte, la proximidad y el compañerismo el hilo vertebrador sin dejar de lado otras pasiones como la venganza, el rencor e incluso el odio. No narra historias idílicas, cuenta verdades, mejores o peores, que están ahí, pidiendo que entremos en ellas –o en ella si contemplamos el libro en su totalidad.

Cuatro amigos; Antoine; El accidente de Luis; Daisy en la televisión, y Orquídeas acompañan a esa primera historia que continúa en sus personajes y también en recuerdos y presencias emergentes como los puritos Monterrey de Julián; los deportes – Olimpiadas, fútbol, tour– copando televisiones, programas de radio y conversaciones; o los animales –jabalí, urraca, perros–, importantes piezas del relato.

Termina el libro con un Epílogo a modo de alfabeto, en el que define palabras, sus variadas significaciones y su personal manera de hacerlas suyas. Empieza con la A de amistad y va caminando hasta su final pasando por la C de cuartel, la F de Franco, la J de jabalí, la O de objetos, la P de poesía, la T de tumba o la U de universo para terminar con la Z de Zeta.

Escrita, como todas sus obras, en euskera, han sido su autory su mujer, Asun Garikano, quienes han traducido Casas y tumbas al castellano, un trabajo complicado que impide la literalidad de los textos, pero no la belleza y sensibilidad de su lenguaje ni la intensidad de la historia.

Bernardo Atxaga tiene a sus espaldas una larguísima lista de novelas y literatura infantil (Obabakoak, El hijo del acordeonista, Siete casas en Francia o El hombre solo, Memorias de una vaca, Días de Nevada…); a las que suma poesía y ensayo como el Alfabeto de la literatura infantil un bellísimo libro que llama a entender lo que interesa a los niños. Es miembro de la Real Academia de la Lengua Vasca; lleva una mochila repleta de distinciones como, entre otros, el Premio Euskadi, el Premio Nacional de Narrativa, el Premio Cesare Pavese de Poesía, el Premio de la Crítica Española o, ya en 2019, el Premio Nacional de las Letras Españolas por su “contribución a la modernización y proyección internacional de las leguas vasca y castellana”.

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Casas y tumbas, la novela de Bernardo Atxaga

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