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1984, de George Orwell

Historia y energía visionaria contra los totalitarismos.

20 de septiembre de 2020. Estandarte.com

Qué: 1984 Autor: George Orwell Editorial: Lumen Año: 2020 (reimpresión de edición de 2016); 1949 (edición original) Páginas: 408 Prólogo: Umberto Eco Epílogo: Thomas Pynchon Precio: 20,90 € (papel), 5,49 € (eBook) Traducción: Miguel Temprano García

1984, de George OrwellGeorge Orwell (seudónimo por el que se conoce a Eric Arthur Blair –Bengala, 1903- Londres, 1950) terminó la última versión de esta novela en 1948, invirtió las dos últimas cifras y dio con su título, descartando otros que le habían rondado por la cabeza: 1980 y 1982. De cualquier forma, una fecha, la de un futuro lo suficientemente cercano para que se cumplieran los temores que le inquietaban y lo suficientemente lejano para proyectar esta utopía negativa, según explica el estupendo prólogo de Umberto Eco –publicado originalmente en 1984–, en el que el escritor y filósofo describió 1984 como el terrible libro de Orwell y como un libro mítico.

“Al menos tres cuartas partes de lo que explica no es utopía negativa, es historia”, matiza Eco cuando aborda el carácter profético por el que se reconoce a 1984 y lo demuestra recordando situaciones políticas, sociales y culturales del tiempo en que Orwell escribía esta “sátira sin alegría” no solo del régimen soviético, también del nazismo y la sociedad burguesa de masas.

Pero queda esa cuarta parte, la que sostiene la energía visionaria de Orwell en elementos clave de la novela: el control a través de un circuito de televisión cerrado (el mundo convertido en un inmenso Panóptico, en palabras de Eco), la nuevalengua y el estado de guerra permanente. “Orwell anticipó no solo la división del mundo en zonas de influencia con alianzas cambiantes según los casos […], sino que vio lo que realmente está sucediendo hoy: que la guerra no es algo que estallará, sino algo que estalla todos los días […] sin que nadie piense en soluciones definitivas […]”, concreta Eco.  

En 1984 todo es vigilado y controlado. El protagonista –Winston Smith– aprovecha un ángulo muerto de esas telepantallas omnipresentes, invasivas y peligrosas, para sentarse a escribir. Esa actividad no está prevista y nada debe salirse del guion marcado por el Partido. Las pantallas vigilan y emiten permanentemente. No hay intimidad; incluso dormido hay riesgo si se habla en sueños. Winston teme una mirada cómplice, un gesto que delate cualquier pensamiento heterodoxo, sospecha ante un encuentro y mide cada palabra, pero no puede conformarse: tiene cierta memoria y necesita recuperar más para valorar el alcance de la manipulación histórica. En su trabajo le toca corregir noticias ya publicadas. Las razones son varias: unas veces porque el aliado de entonces ya no lo es (Eurasia y Esteasia pasan con mucha facilidad y rapidez de enemigo a aliado eterno de Oceanía –zona a la que pertenece el Londres de la novela–) o que el dato que se presentaba como negativo en una edición debe venderse como positivo. La hemeroteca no debe contradecir la versión oficial; si los intereses oficiales cambian, hay que ajustar las publicaciones para que apoyen y sostengan esos nuevos intereses. Orwell tenía en qué inspirarse y qué denunciar cuando colocó a Winston en ese puesto. No hay más que pensar, por ejemplo, en todas las fotografías y documentos de los que desapareció Trotski por deseo de Stalin.

La nuevalengua tiene como objetivo reducir el alcance del pensamiento. “Cada año habrá menos palabras y el rango de la conciencia será cada vez más pequeño”, explica a Winston orgulloso Syme, filólogo, especialista en nuevalengua y trabajador en el Departamento de Investigación.

Todo lleva a eliminar la individualidad. Igual que se controla el lenguaje, se niega el amor; los sentimientos se desprecian por inútiles; el sexo está permitido, pero solo como instrumento para garantizar la procreación (“Nuestro deber con el Partido”, llamaba la mujer de Winston a la “pequeña y frígida ceremonia” que imponía una vez a la semana con la esperanza de quedarse embarazada). Y así miles de normas y rutinas que describen el día a día del protagonista y de un Estado totalitario, adoctrinador, injusto, con abusos de poder y purgas, que basa su política y economía en un perpetuo estado de guerra y en la idolatría a un líder. “Cuando la patria está en peligro, un liderazgo fuerte y unas medidas eficaces resultan esenciales, y si hay quien quiere llamar a eso fascismo, estupendo, que lo llame como quiera: nadie le prestará la menor atención porque lo único que quiere escuchar la gente es la señal de ‘todo despejado’ que anuncia el final del ataque aéreo”, señala con acierto Thomas Pynchon en el epílogo de esta edición de Lumen.

Todo en la novela pesa y desasosiega, al tiempo que engancha. El lector necesita seguir acompañando a Winston –sobre todo en los momentos más crueles–, saber qué pasa con Julia y O’Brien (los otros dos grandes personajes de la historia), se revuelve al reconocer enjuagues y manejos políticos perturbadores. 1984 es triste. Incluso el tono –casi de informe– parece contagiarse de esa maquinaria que controla cada instante de ese Londres sombrío, pobre y amenazante.

Apenas hay esperanza, Winston la busca en los proles (una de las tres clases sociales que perfila el libro) y Orwell la deja abierta en el apéndice: el libro no acaba con la última escena en la que el protagonista mira la imagen del rostro del Hermano Mayor (con ese bigote que tanto hace pensar en Stalin), sino en el apéndice dedicado a los “Principios de nuevalengua”. En el texto de Pynchon, el lector encuentra la clave sobre esa esperanza del apéndice, además de reflexiones sobre el posicionamiento político e ideológico del Orwell y argumentos que muestran que 1984 es una amplia crítica a los totalitarismos y a la ambición de poder y que es reduccionista limitarlo al estalinismo. El de Pynchon es un excelente análisis para un libro tremendo en el que Orwell, sin la sorna de Rebelión en la granja pero con elementos históricos y visionarios, dibujó un retrato crudo del abuso y de la crueldad del poder del que podemos sacar muchas lecciones todavía en nuestro siglo XXI.

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