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El arte de permanecer, una lectura de 'Mientras todo pasa', de Rafael Ortiz
Habitar la incertidumbre con serenidad: claves filosóficas para encontrar la calma en un mundo en constante cambio.
03 de junio de 2026. Leonardo Olivar Vega
Qué: Mientras todo pasa Autor: Rafael Ortiz Hoffmann Editorial: Negro sobre Blanco Año: 2026 Páginas: 50 Precio: 13 €
La literatura de resiliencia suele caer, con frecuencia, en la trampa de las respuestas rápidas y los manuales de instrucciones para la felicidad. Sin embargo, en Mientras todo pasa, Rafael Ortiz propone un ejercicio mucho más honesto y, por ende, más complejo: el de aprender a sentir la vida en lugar de intentar entenderla. Esta breve obra se presenta como una estación de paso para el alma, un refugio literario donde el autor destila la experiencia humana a través de un lenguaje directo, pausado y profundamente empático.
Dividido en cinco partes que funcionan como las etapas de una reconstrucción personal (Las raíces, El despertar, La caída y el vuelo, El renacimiento y El horizonte), el libro invita al lector a un viaje de introspección que comienza en la fragilidad absoluta. Ortiz arranca su narrativa con una premisa poderosa: nacer es llegar sin mapa. A partir de ahí, el texto se aleja de la teoría para adentrarse en la sabiduría de lo cotidiano. Es particularmente conmovedor el tratamiento que se le da a la figura de los abuelos como un "eco que vive en los detalles", una calma necesaria que se convierte en la primera gran lección de paciencia para el protagonista de estas páginas.
Uno de los puntos neurálgicos de la obra es la exploración del fracaso y la caída. Ortiz no teme hablar de la "herida invisible" ni del cansancio que produce el fingir ser fuertes. El libro alcanza su clímax emocional cuando aborda la pérdida de la identidad y el enfrentamiento con la intemperie —tanto física como espiritual—. En estos pasajes, la escritura se vuelve más descarnada pero mantiene una luminosidad sorprendente; hay una búsqueda constante de la humanidad en los lugares más insospechados, como en "los ojos de un desconocido" o en la calidez de una taza de café en medio del frío. Es aquí donde la obra de Ortiz cobra un valor testimonial único: la escritura parece haber sido forjada en las plazas y calles, nutriéndose de una observación autodidacta que dota a las reflexiones de una "verdad" poco habitual.
La estructura del libro, que intercala reflexiones con breves máximas o sentencias al final de cada capítulo, permite una lectura rítmica, casi meditativa. Ortiz utiliza el concepto del tiempo como un maestro que transforma. "El tiempo no borra, transforma. Y lo que antes pesaba, un día se vuelve una lección", reza una de sus páginas. Esta visión desmitifica la idea del tiempo como enemigo y lo posiciona como el espacio donde ocurre la verdadera danza entre el caos y la calma.
Finalmente, Mientras todo pasa culmina en una oda a lo simple. Tras haber transitado por el duelo, el deporte como salvavidas y el desarraigo del viaje, el autor regresa al presente. El horizonte que propone Ortiz es el de la paz que no hace ruido, la del café en calma y el olor de la lluvia. Es, en definitiva, una invitación a "detenerse sin frenar". El lector que cierre este libro no encontrará una solución mágica a sus problemas, pero sí encontrará algo mucho más valioso: la certeza de que, incluso cuando el mundo parece derrumbarse, el alma puede aprender a respirar de una manera diferente.
Rafael Ortiz ha logrado escribir un diario de navegación para tormentas que, paradójicamente, termina por regalarle al lector una profunda y necesaria sensación de calma.
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