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Los poemas de Rubén Darío

Brillo y música en la renovación de la poesía.

06 de agosto de 2020. Estandarte.com

Qué: Tres poemas de Rubén Darío

“Su personalidad fue difícil y compleja: apasionado, errabundo y bohemio, vitalista e idealista, entregado con fruición a las mujeres y al alcohol, religioso y pagano, con arrebatos de euforia y caídas en profundas depresiones. Pero fue también un hombre bueno, amigos de sus amigos, generoso y entrañable”, así es descrito Rubén Darío (1867-1916) en la Antología de la poesía española del siglo XX de Miguel Díez Rodríguez y Mª Paz Díez Taboada (Ediciones Istmo, 1999). Entre esos amigos del poeta nicaragüense se encontraban los que hizo a su paso por España: Vallé Inclán, Juan Ramón Jiménez, Unamuno, Manuel y Antonio Machado...

Rubén Darío es uno de los máximos exponentes del modernismo: ese movimiento que irrumpió en busca de la expresión de una nueva sensibilidad con un nuevo lenguaje, que exaltaba el arte y la belleza. Sugerente, evocador y brillante, ese nuevo lenguaje hacía uso de recursos de valor ornamental, colorista, sonoro y rítmico. En El caracol y la sirena, un texto de 1965, Octavio Paz afirmaba sobre el modernismo: “Podría replicarse que su negación de la utilidad y su exaltación del arte como bien supremo son algo más que un hedonismo de terrateniente: son una rebelión contra la presión social y una crítica a la abyecta actualidad latinoamericana.” En la poesía de Rubén Darío esa sonoridad y esa belleza se vuelca en asuntos a veces mitológicos y otras exóticos, cargados de sensualidad o angustiosos, cosmopolitas o patrióticos…, pero siempre con el Arte como eje.

Escogemos aquí un poema de Azul, libro con el que se puede decir que nació oficialmente el modernismo en 1888 (de ese año es su primera edición, más tarde se reeditaría incorporando más poemas) y en el que se reconoce, en ese momento de búsqueda, la influencia francesa de Víctor Hugo y de los parnasianos y el preciosismo: Venus; otro de Prosas profanas (primera edición, 1896, segunda  –ampliada–, 1901) poemario que Octavio Paz definió como el que mejor define el primer modernismo (“mediodía, non plus ultra del movimiento”), repleto de innovaciones métricas y verbales y de una gran sensualidad y erotismo: Yo persigo una forma; y el último de esta breve selección de Cantos de vida y de esperanza (1905), considerada su obra más importante, en la que se ha observado una ampliación de los temas desde la propia intimidad del poeta a la comunicación con los demás: en sus versos expuso sus amarguras, temores y angustias y mostró sus preocupaciones políticas con una mayor sencillez expresiva, pero sin restar brillo a la palabra y sin cesar en sus innovaciones métricas. Son tres incursiones en una obra vasta, maravillosa y renovadora de alguien que dijo de sí mismo: “Mi verso ha nacido siempre con su cuerpo y su alma y no le he aplicado ninguna clase de ortopedia” y “he querido ir hacia el porvenir, siempre bajo el divino imperio de la música –música de las ideas, música del verbo”.  

 

Venus

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría. 
En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín. 
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía, 
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín. 

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía, 
que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín, 
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría, 
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín. 

«¡Oh, reina rubia! –díjele–, mi alma quiere dejar su crisálida 
y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar; 
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida, 

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar». 
El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida. 
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

 

Yo persigo una forma

Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, 
botón de pensamiento que busca ser la rosa; 
se anuncia con un beso que en mis labios se posa 
el abrazo imposible de la Venus de Milo. 

Adornan verdes palmas el blanco peristilo; 
los astros me han predicho la visión de la Diosa; 
y en mi alma reposa la luz como reposa 
el ave de la luna sobre un lago tranquilo. 

Y no hallo sino la palabra que huye, 
la iniciación melódica que de la flauta fluye 
y la barca del sueño que en el espacio boga; 

y bajo la ventana de mi Bella-Durmiente, 
el sollozo continuo del chorro de la fuente 
y el cuello del gran cisne blanco que me interroga.

 

Canto de esperanza

Un gran vuelo de cuervos mancha el azul celeste.
Un soplo milenario trae amagos de peste.
Se asesinan los hombres en el extremo Este.

¿Ha nacido el apocalíptico Anticristo?
Se han sabido presagios y prodigios se han visto
y parece inminente el retorno de Cristo.

La tierra está preñada de dolor tan profundo
que el soñador, imperial meditabundo,
sufre con las angustias del corazón del mundo.

Verdugos de ideales afligieron la tierra,
en un pozo de sombra la humanidad se encierra
con los rudos molosos del odio y de la guerra.

¡Oh, Señor Jesucristo! ¡Por qué tardas, qué esperas
para tender tu mano de luz sobre las fieras
y hacer brillar al sol tus divinas banderas!

Surge de pronto y vierte la esencia de la vida
sobre tanta alma loca, triste o empedernida,
que amante de tinieblas tu dulce aurora olvida.

Ven, Señor, para hacer la gloria de Ti mismo;
ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo,
ven a traer amor y paz sobre el abismo.

Y tu caballo blanco, que miró el visionario,
pase. Y suene el divino clarín extraordinario.
Mi corazón será brasa de tu incensario.

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Tres poemas de Rubén Darío

La poesía de Rubén Darío.

 

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