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Ignacio Sánchez Mejías, el torero y mecenas que vertebró a la Generación del 27
De los ruedos a la vanguardia literaria; la fascinante vida del dramaturgo, periodista y nexo fundamental de la cultura española del siglo XX.
14 de julio de 2026. Berta Nacimiento Arteaga
Qué: Biografía de Ignacio Sánchez Mejías.
Ignacio Sánchez Mejías se resiste a cualquier clasificación unidimensional. Frecuentemente recordado de manera reduccionista como el protagonista de la elegía más memorable de la literatura contemporánea, su verdadera magnitud histórica es la de un intelectual de corte renacentista inmerso en la efervescencia española del primer tercio del siglo XX. Matador de toros con un arrojo temerario, su figura desbordó el albero: fue piloto de avionetas, jugador de polo, actor de cine, presidente de clubes de fútbol, periodista audaz, poeta, dramaturgo de vanguardia, productor musical y, fundamentalmente, el gran mecenas que cimentó las letras de su época. Su trayectoria vital supuso el puente definitivo entre el arraigo popular del sur y la sofisticación cosmopolita de la intelectualidad europea.
El interés histórico y académico que despierta su figura radica de forma inexcusable en su rol fundacional respecto a la Generación del 27. Fue él quien ideó, coordinó y financió la icónica reunión de poetas vanguardistas en Sevilla en diciembre de 1927 para conmemorar el tricentenario de la muerte de Luis de Góngora. En su legendario cortijo de Pino Montano, Sánchez Mejías organizó veladas de tintes surrealistas donde no faltaron los disfraces morunos, las sesiones de hipnotismo y la convivencia con genios del flamenco como Manuel Torre. Bajo su hospitalidad, gigantes literarios como Rafael Alberti, Pedro Salinas y Luis Cernuda encontraron el refugio propicio para asentar el movimiento que revolucionaría la poesía en español.
Nacido el 6 de junio de 1891 en la calle de la Palma, en Sevilla, y bautizado en el literario barrio de San Lorenzo, su infancia estuvo marcada por un entorno peculiar. Su padre ejercía como médico en el Hospital Psiquiátrico de Miraflores. Este deambular infantil por los pasillos del manicomio forjó en él una sensibilidad profunda hacia los recovecos de la psique humana que, décadas más tarde, plasmaría en su producción literaria. Poseedor de un espíritu rebelde, en su juventud se embarcó como polizón hacia América y, para apaciguar las tensiones familiares, fingió haber iniciado estudios de Medicina. La realidad era otra: su titulación como bachiller llegaría mucho tiempo después, cuando, ya convertido en una celebridad, se examinó en una sola jornada de todas las asignaturas pendientes.
Como torero, Sánchez Mejías se forjó bajo el perfeccionismo técnico de su cuñado, el mítico Joselito "El Gallo". Tomó la alternativa en Barcelona en 1919 de manos del propio Joselito, con Juan Belmonte como testigo. Frente a las críticas que le negaban brillantez estética, su estilo se basaba en un valor sobrehumano y en un toreo enervante que dejaba al tendido conteniendo la respiración, practicando una especie de desprecio consciente por la muerte. Pero su rebeldía no se limitó al toro; como líder de la Unión de Toreros, se enfrentó a los empresarios taurinos luchando fervientemente contra la imposición de topes salariales para los matadores, demostrando una acentuada conciencia de clase dentro de su gremio.
Lejos de conformarse con el traje de luces, Ignacio cultivó un insaciable apetito artístico y emprendedor que se ramificó en múltiples disciplinas.
Sus influencias literarias y filosóficas fueron insólitas para un hombre de su gremio. Bebió del psicoanálisis de Sigmund Freud, del surrealismo abrazado por los poetas amigos que frecuentaba en sus viajes a Madrid y del más puro misticismo andaluz. Este rico bagaje intelectual le reportó grandes reconocimientos en vida, llegando a ser invitado a impartir conferencias en la Universidad de Columbia en Nueva York, de la mano de Federico García Lorca, y a ser propuesto como Gobernador Civil por la Segunda República española. En su afán vanguardista, incluso aprendió a pilotar aviones, construyendo un aeródromo en sus tierras, y practicó automovilismo deportivo.
Incapaz de soportar la quietud tras haberse retirado de los ruedos en 1927, Sánchez Mejías tomó la fatal decisión de reaparecer en 1934. Para entonces, vivía un romance con la hispanista Marcelle Auclair y su espíritu requería la adrenalina del peligro. El 11 de agosto de 1934 aceptó sustituir a Domingo Ortega en la modesta plaza de Manzanares (Ciudad Real). Allí, el toro "Granaíno" le infirió una pavorosa cornada en el muslo. Fiel a su carácter estoico y testarudo, Ignacio se negó a ser operado en la enfermería local por falta de confianza, exigiendo un traslado a Madrid. Las horas de retraso durante el viaje resultaron letales: la herida desarrolló una gangrena irreversible. Tras una dolorosa agonía, el diestro expiró la mañana del 13 de agosto en el sanatorio del doctor Crespo, en la madrileña calle de Goya, naciendo así el mito literario. Sus restos fueron trasladados a Sevilla, descansando junto a los de su cuñado Joselito en el soberbio mausoleo esculpido por Mariano Benlliure.
Su trágica pérdida inspiró el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías de Federico García Lorca, dividido magistralmente en cuatro movimientos elegíacos ("La cogida y la muerte", "La sangre derramada", "Cuerpo presente" y "Alma ausente") que inmortalizaron el dolor de toda una generación ante la desaparición del andaluz "tan claro, tan rico de aventura". A este clamor se unió también Rafael Alberti con su desgarrador Verte y no verte.
El Archivo-Museo Sánchez Mejías en Manzanares
Su obra tangible ha logrado sobrevivir a la devoradora sombra de la poesía lorquiana gracias al esfuerzo preservador. Hoy, su herencia se custodia meticulosamente en el Archivo-Museo Sánchez Mejías en Manzanares. Ubicado en la Casa Malpica e impulsado por la cesión documental de sus descendientes, este espacio reúne manuscritos teatrales, recortes de prensa, telegramas, bocetos, cuentas del Betis y pertenencias personales.
Este archivo no solo rinde tributo a un hombre que encontró su fin en dicha localidad, sino que evidencia de forma incontestable que Ignacio Sánchez Mejías fue, por derecho propio, un pilar fundacional de la cultura española del siglo XX, un eslabón insustituible donde la pluma, el capote y la modernidad se hicieron uno solo.
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