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Connie Willis, la autora que empezó a escribir ciencia ficción gracias al caballo de Juana de Arco

"Me gusta más la gente que se asusta, que se pone nerviosa, gente como tú y yo. Y me gusta escribir sobre ellos."

19 de enero de 2026. Iván de la Torre

Qué: Biografía de Connie Willis

Connie Willis (1945) confesó que, como muchos de sus colegas, llegó a la ciencia ficción gracias a la biblioteca de su barrio: “Nací en el seno de una familia en la que nadie leía y que no poseía muchos libros. Mi madre tenía una edición cinematográfica de Lo que el viento se llevó, mi abuela estaba suscrita a Redbook y a The Saturday Evening Post, y la niña que vivía enfrente tenía un ejemplar de La princesita, y eso era básicamente todo. Por tanto, prácticamente todo lo que leía salía de la biblioteca pública, y allí pasaba tanto tiempo como podía. Fue allí donde descubrí la ciencia ficción. Cuando tenía trece años me topé con Consigue un traje espacial, viajarás, de Robert A. Heinlein, y jamás me recuperé. Rápidamente leí todos los libros de Heinlein y luego todo lo que había en la biblioteca pública con una nave espacial y un átomo en el lomo, lo que, por suerte para mí, incluía una colección completa de La mejor ciencia ficción y fantasía del año que me dejó entrever la increíble variedad de estilos, enfoques y técnicas de la ciencia ficción, desde el retorcimiento mental de Quisiera llegar pronto de Philip K. Dick, pasando por la desconsoladora Luz de otros días de Bob Shaw, la divertida Bernie, el Fausto de William Tenn y la inquietante Rosa de la noche de John Collier, hasta la aterradora Lot de Ward Moore.  

Willis publicó Santa Titicaca, su primer cuento, en 1970, y durante más de una década solo escribió relatos, incluyendo clásicos como el aterrador Todas mis queridas hijas (1980), que habla de abuso sexual; Una carta de los Clearys (1982), que ganó el premio Nébula; y Brigada de incendios (1982), que ganó el Nébula y el Hugo.

En 1987 apareció Sueños de Lincoln, su primera novela, que cuenta el misterioso vínculo que se establece entre el general Robert E. Lee, comandante del ejército confederado durante la Guerra de Secesión (1862-1865), y una mujer contemporánea llamada Annie, que recibe los atormentados pensamientos del militar y puede reconstruir con exactitud los acontecimientos ocurridos más de un siglo atrás («Después de Antietam, Lee se retiró a Virginia. El ejército de la Unión tardó una eternidad en decidirse a seguirlo, y cuando lo hicieron fue en el peor lugar posible. En diciembre, el ejército de la Unión cruzó el Rappahannock por Fredericksburg y trató de cruzar la llanura que se extiende al suroeste de la ciudad, pero el ejército confederado mantuvo la posición de Marye’s Heights, que dominaba la llanura. Demostraron sin la menor sombra de duda que no es posible atacar una cumbre defendida desde una llanura descubierta»).

El libro del juicio final, de Connie WillisEl libro del juicio final (1992), su segunda novela, cuenta la historia de Kivrin Engle, una joven del siglo XXI enviada a estudiar la peste negra que devastó Europa en 1350, pero un problema inesperado la deja varada allí, justo cuando una plaga similar comienza a asolar su época («Oscurecía bajo los árboles y al pie de la colina. A Kivrin empezó a dolerle la cabeza incluso antes de llegar a los surcos helados, como si eso tuviera algo que ver con cambios microscópicos en luz o altura. Si esto era uno de los síntomas menores del desplazamiento temporal, se preguntó cómo serían los mayores. Cuando vuelva, pensó mientras avanzaba entre los matorrales, pienso tener una charla al respecto con la doctora Ahrens. Creo que subestiman los efectos debilitadores que estos síntomas pueden tener sobre un historiador. Bajar la colina la había dejado más exhausta que subirla, y tenía mucho frío»).

Con este libro, la escritora comienza La saga de Oxford, una serie situada en un futuro cercano donde un grupo de historiadores universitarios usa el viaje en el tiempo para investigar el pasado.

Sobre el origen de la novela, Willis confesó: “Hace años participé, durante una convención mundial, en una mesa redonda sobre la guerra nuclear. Me encontré defendiendo la guerra nuclear sólo para animar la cosa. La gente decía: ‘No podemos predecir lo que ocurriría, ya que nada como eso ha sucedido antes’. ‘Oh, sí. El fin del mundo ya ha ocurrido al menos una vez. Ya sabéis, la Peste Negra’, y me dijeron: ‘Pero no había radiación’, pero yo creo que la Peste Negra era como la radiación. Estaba en todas partes, no tenían ni idea de qué la causaba, no podían detenerla ni imaginar siquiera esa posibilidad, e iba matando gente en grandes cantidades. En El libro del juicio final hay epidemias en el pasado y en el presente y, desgraciadamente, ambas se parecen mucho en cuanto a la respuesta psicológica. La novela trata también de la fe religiosa. Ese es otro aspecto que me molesta de los historiadores. Tienen ese punto de vista pretendidamente superior: ‘Esa gente creía en Dios, ja, ja, y miren lo que ocurrió’. Creo que, para muchos de ellos, su creencia en Dios no era una simple creencia supersticiosa sino un intento real de comprender el universo, de sentir que existía un poder superior y que ese poder podía amarlos, aunque no necesariamente acudiera para rescatarlos. Creo que el cristianismo puede ofrecer mucho en este aspecto: Dios no salva a Cristo en el último minuto en la cruz”.

Por no mencionar al perro, de Connie WillisLa saga de Oxford continúa con Por no mencionar al perro (1998), que cuenta la historia de Ned Henry, un agotado viajero del tiempo que vive extraordinarias aventuras en la Inglaterra victoriana entre coroneles, profesores universitarios, mayordomos, espiritistas y detectives aficionados («Aterricé boca abajo en una vía de ferrocarril, tendido como Pearl White en un serial de la Twentieth-Century, aunque ella no llevaba tanto equipaje. El portamanteo y los demás bultos estaban esparcidos a mi alrededor, junto con el sombrero de paja, que se me había caído. La primera regla de los viajes en el tiempo es averiguar la localización espacio-temporal exacta, pero no parecía haber ningún modo de hacerlo. Evidentemente, era verano (el cielo era azul y había flores entre los travesaños), pero no se veía ningún signo de civilización aparte de las vías»).

Cese de alerta, de Connie WillisLa saga de Oxford termina con El Apagón (2010) y Cese de alerta (2010), dos novelas conectadas que cuentan la historia de tres jóvenes historiadores del año 2060 que regresan a Londres, durante los bombardeos alemanes de la Segunda Guerra Mundial, para estudiar los hechos históricos de manera directa, lo que le permite a Willis reconstruir las rutinas y la cotidianeidad de gente común atrapada en una inmensa tragedia sintetizada por George Orwell en la frase magistral que abre su gran ensayo El león y el unicornio: «Según escribo estas líneas, seres humanos sumamente civilizados me sobrevuelan intentando matarme. No sienten ninguna enemistad personal hacia mí, ni yo hacia ellos. Sólo ‘cumplen con su deber’, según se suele decir».

La autora también escribió dos excelentes novelas cortas donde combina su amor por el pasado con su pasión por el cine clásico: Territorio inexplorado (1994) narra las desventuras de dos exploradores enviados a investigar un planeta en un tono que homenajea a los tradicionales westerns de Howard Hawks; y Remake (1995), que describe un Hollywood del futuro cercano donde los actores han sido substituidos por simulacros generados por computadora y, en vez de hacerse nuevas películas, se reciclan interminablemente antiguos films (“El nuevo proyecto era un remake de Volver al futuro protagonizado por River Phoenix. Ya hemos elaborado los gráficos. Sólo nos falta la actriz que dé la réplica a River. El director quería utilizar a Michelle Pfeiffer o Lana Turner, pero le dije que debería buscar una desconocida. Es el nuevo programa de montaje de ILMG. Todo está preprogramado. No hay que hacer nada. El aparato se encarga de todo. Elige ángulos, combina tomas, corta”).

La escritora confesó: “En Territorio inexplorado hay dos personajes que exploran un planeta, y me inspiré en el Oeste americano. En el Oeste americano había exploradores de verdad y había novelas populares escritas sobre ellos: Búfalo Bill, Kit Carson, Calamity Jane..., y esas historias no se parecían en nada a la vida de esa gente. Eran versiones más románticas de sus vidas. Yo intenté hacer lo mismo. En ocasiones no vemos que a pesar de que nuestras vidas son normales, con peleas y discusiones, tenemos también momentos de romance y aventura en nuestras propias vidas. Y ése era una de los temas sobre los que quería hablar. Por otra parte, Remake es en parte una advertencia y también trata sobre el arte. Creo que el libro en gran parte trata sobre la producción de arte y de cómo el arte es una cuestión de compromisos. Siempre trabajas en condiciones imperfectas: el dinero y la popularidad juegan su papel. ¿Cómo te las arreglas para crear arte? Mi repuesta es que tienes que amarlo, tienes que amarlo. La protagonista de Remake es capaz de hacer algo que no puede nacer nadie más: conquistar el tiempo y bailar con Fred Astaire, no porque intente hacerse rica o convertirse en una estrella popular, sino porque ama a Fred Astaire y está dispuesta a trabajar lo que sea necesario para captura un poco de la magia del pasado. Me identifico con ella, porque cuando escribo, intento bailar con Fred Astaire, intento acercarme a Shakespeare. Sé que no escribo tan bien como Shakespeare, pero intento captura un poco de la magia de Shakespeare. Durante un momento quiero pertenecer al mismo grupo que Shakespeare, y contar un poquito de la verdad, como él hacía siempre: siempre decía la verdad, sobre todo, obra tras obra tras obra. Era la persona más increíble que ha vivido nunca”.

Tránsito (2001), la siguiente novela de Willis, cuenta la historia de Joanna Lander, una psicóloga que acepta someterse a un procedimiento radical que le permite revivir tras sufrir una muerte clínica para saber que sucede realmente con la mente durante esa experiencia extrema.

El crítico Gary K. Wolfe escribió: “Connie intenta algo verdaderamente asombroso: sin recurrir al sobrenaturalismo por un lado o al reportaje clínico por otro, sin renunciar a su metáfora central, busca levantar el velo sobre lo que ocurre dentro de una mente moribunda”.

En paralelo a sus trabajos largos, Willis publicó cuentos que le permitieron ganar los dos galardones más importantes del género: En el Rialto (1989), Premio Nébula; Incluso la reina (1992), Premio Hugo y Nébula; Muerte en el Nilo (1993), Premio Hugo; El alma escoge su propia compañía (1996), Premio Hugo; Los vientos de Marble March (1999), Premio Hugo; Inside Job (2005), Premio Hugo; y Todos sentados en el piso (2006), Premio Hugo.

En una entrevista, consultada por sus comienzos profesionales, la escritora confesó: “Siempre he tenido historias que contar y un montón de cosas que quería decir. Me encuentro con hechos interesantes que nadie más piensa que son interesantes. Por ejemplo, digo: ‘¿Sabes que quemaron el caballo de Juana de Arco antes de quemarla a ella? Lo quemaron delante de ella, así intentaban que se arrepintiese de sus creencias’. Y le digo eso a la gente y me dicen: ‘¿Y? ¿Eso en que me afecta?’. ¡Nos afecta a todos! ¿No crees que es importante? ¿Qué opinas? ¿Debía haberse arrepentido? ¿Cómo sería ver algo que quieres, algo indefenso, asesinado frente a ti por lo que tú has hecho? Descubrí que le hablaba a la gente equivocada, que a la persona media no le importa que quemasen el caballo de Juana de Arco. Debía encontrar gente a la que sí le preocupase, y una forma de hacerlo es escribir historias y poner esas ideas en las historias. Es algo así como hablarle a la gente y encontrar quienes son las personas adecuadas. Me gusta la gente normal. No me gustan los villanos y los héroes absolutos porque la gente que necesito es bastante normal. Pueden tener momentos de gran heroísmo, maldad o de gran bondad, pero la mayor parte del tiempo son sólo gente normal. Sobre eso es sobre lo que me gusta escribir. Cuando leo sobre villanos que quieren destruir planetas enteros o gente como Indiana Jones (muy fuertes, muy valientes y muy inteligente) no me siento capaz de identificarme con ellos. Me gusta más la gente que se asusta, que se pone nerviosa, gente como tú y yo. Y me gusta escribir sobre ellos”.

 

Comentarios en estandarte- 2

1 | Luz María Mikanos 30-01-2025 - 04:19:31 h
Gracias por compartir estos relatos e informaciones que son una joya.

2 | Ivan 02-02-2025 - 04:04:35 h
Muchas gracias, querida Luz, sos mi lectora más fiel (y bella)