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Biografía de Hans Christian Andersen

El escritor que radiografió la sociedad de su tiempo en historias imperecederas.

22 de junio de 2022. Estandarte.com

Qué: Biografía de Hans Christian Andersen

Hans Christian Andersen nació en Odense, Dinamarca, el 2 de abril de 1805. De familia humilde, su padre era un hombre instruido y enfermizo, que trabajaba como zapatero remendón; su madre era lavandera y bebía en exceso. Durante una larga temporada, convivió también con sus abuelos. A veces Hans acompañaba a su abuela al asilo municipal del que era hortelana; las historias que allí escuchó se filtrarían en sus narraciones como lo harían tantas de sus vivencias.

Fue un niño solitario, con una gran sensibilidad y una gran fantasía que le permitía transformar en héroes y seres maravillosos los muñecos y marionetas que le fabricaba su padre. Este, que le leía Las mil y una noches y alimentaba su imaginación, murió cuando Hans tenía solo 11 años; a esa edad tuvo que empezar a trabajar, primero como ayudante de sastre y después en una fábrica de cigarros.

A los 14 años, se trasladó solo y sin estudios a Copenhague; iba en busca de su sueño, el teatro. Tenía una bonita voz y pudo actuar en algún papel como soprano en el Teatro Real, pero la voz cambió y su sueño se desvaneció. Aun así, no se alejó del teatro: pasó a escribir obras de teatro, poemas y narraciones breves que publicaba en periódicos.

Al principio las cosas no fueron fáciles en la capital danesa: siguió conviviendo con la miseria y con humillaciones, muchas provocadas por las burlas que provocaba su físico. Como tantas otras de sus narraciones, El patito feo se nutrió de su propia experiencia.

Contó muy pronto con el favor de mecenas, como la familia Wulff o el director teatral Jonas Collin, que le protegió y pagó sus estudios. Collin era, además, el padre de uno de los grandes amores de Andersen: Edvard Collin, que terminó rechazándole por carta –La sirenita tiene su origen en aquella decepción–; otro desengaño fue el que sufrió con Riborg Voigt, con quien mantuvo una correspondencia apasionada, pero que no fue a más (ella se casó con otro hombre).

Cuando, cuarenta años después, Andersen falleció, llevaba colgada al cuello una bolsa de cuero con la última de las cartas de Voigt. No fueron estos dos los únicos fracasos sentimentales de un hombre que moriría solo. Según el crítico literario Harold Bloom en Cuentos y cuentistas. El canon del cuento (editorial Páginas de Espuma), “la frustración sexual fue la obsesión permanente –aunque oculta– de Andersen, encarnada en sus brujas y frías y seductoras y en sus príncipes andróginos”.

Viajero infatigable, su primer libro de viajes fue el que contaba el periplo a pie desde el Canal de Holmen a la punta oriental de Amager en 1828 y 1829. Grandísimo observador y dueño de una fina ironía, en esos escritos de viaje se reveló como un fabuloso reportero. De su visita a España en 1862 surgió Viaje por España. A través de esas crónicas y de sus escritos autobiográficos, se conoce que estuvo en contacto con nobles, reyes, grandes artistas y literatos como Goethe, Listz…

Parece ser que Andersen no tuvo amigos íntimos. En el epílogo de Viaje por España (Alianza Editorial), Marisa Rey –responsable también de la traducción y de las notas– apunta que sí contaba con “muchos admiradores, y personas que le estimaban como escritor, le compadecían por su vanidad nunca satisfecha y le tenían simpatía como se le tiene a un niño superdotado, bondadoso e inocente. Porque Andersen era todo eso, además de ser insufriblemente vanidoso”.

Charles Dickens, que le acogió en su casa una temporada –temporada que a su familia se le hizo excesivamente larga por lo singular de su carácter– le escribió una carta fechada en 1847 en la que le pedía: “Haga usted lo que haga, no deje nunca de escribir, porque no podemos permitirnos el lujo de perdernos uno solo de sus pensamientos, son demasiado puros y bellos como para dejarlos encerrados dentro de su cabeza”.

Autor extraordinariamente prolífico y reconocido en su país y fuera de él, al teatro, la poesía y los libros de viajes, se sumaron novelas como El improvisador y Solo un violinista (publicadas en 1835 y 1836), escritos biográficos y sus cuentos.

Destacó por el brillo de la narrativa, la fuerza de la descripción, por su ironía, mordacidad y un sentimentalismo a veces cruel. Manejó de forma maravillosa la metáfora y la personificación (hay muchos ejemplos de ello, entre otros Los novios con esa relación entre el trompo y la pelota). Utilizaba un lenguaje inusual para los libros de entonces; un crítico de la época se quejó con una sentencia que, sin que fuera su intención, halagaba su formar de captar el habla de la calle: “Uno no puede poner las palabras juntas para la imprenta de la misma forma desorganizada que cuando habla”.

Para Marisa Rey, Andersen poseía una visión del mundo cruda y realista, a la que oponía su profunda fe religiosa y su esperanza en la justicia divina y en el triunfo final de la bondad y de la verdad. “No cabe duda de que nos hallamos ante un gran pensador –apunta en el citado epílogo–, que prefirió dar a su pensamiento figura humana cuando no formarlo de materia muerta a la que él infundía alma y vida propias, en lugar de presentárnoslo en compactas frases eruditas y nebulosos discursos de aquellos que en todas las épocas han hecho exclamar a los esclavos del culteranismo: «Muy bueno debe de ser, pues yo no lo entiendo»”.

De toda su creación, son sus cuentos ­–publicados en diversos volúmenes entre 1835 y 1871–, los que han hecho de él un clásico inolvidable que se mantiene en los catálogos editoriales de todo el mundo –sirvan como ejemplo la edición anotada de María Tatar de una antología ilustrada de sus cuentos traducidos por Lucía Márquez de la Plata (Akal, 2020), El patito feo, traducido por Daniel Sancosmed e ilustrado por Marina Abramovič (Libros del Zorro Rojo, 2021) o Los zapatos rojos, con traducción de Enrique Bernárdez e ilustraciones de Sara Morante (Impedimenta, 2011)–.

Por esos cuentos, el Día del Libro Infantil y Juvenil se celebra en su cumpleaños (2 de abril); por ellos, llevan su nombre los prestigios premios de literatura infantil que concede la International Board on Books for Young People (IBBY) desde 1956 para escritores y desde 1966 también para ilustradores. Pero no hay que reducirlos exclusivamente al público infantil. Como apuntó Harold Bloom, lo que Andersen hizo fue escribir cuentos para “niños extraordinariamente inteligentes de todas las edades, de 9 a 90 años”.

Andersen quería que sus contemporáneos se vieran reflejados en sus historias, por eso se inspiraba en su sociedad, con sus vicios y sus defectos. La suya era una obra de denuncia. “Ahora cuento historias de mi propia creación, cojo una idea adulta y se la cuento a los niños recordando que frecuentemente la madre y el padre están escuchando, y hay que tenerlos en cuenta”, dijo el escritor en su día.

Fernando Savater, en el prólogo a uno de los cuatro volúmenes de los cuentos completos editados por Anaya (2004), expresa esta idea con claridad: “Pero el buen y triste Hans Christian no fue en modo alguno un iluso. Como un pespunte rojo, corre por todas sus narraciones la sorda protesta de una vida que no cumple las expectativas soñadas y de una dureza de corazón entre quienes deberían ser hermanos o al menos cómplices que no tiene remedio ni apenas alivio en este bajo mundo. Es una rebelión dulce pero no carente de angustia, que no busca la revancha pero siente perpetua nostalgia de la imposible reconciliación y de todo lo sin ella perdido”.

Muchas veces, como apunta en el Diccionario Histórico de la Traducción Enrique Bernárdez, “la idea de que se trata de obras para niños, y no de literatura hecha accesible también a niños, ha propiciado que existan, también en España, infinidad de versiones y adaptaciones que en muchas ocasiones traicionan el espíritu original de Andersen y su estilo, radicalmente innovador en su tiempo”. Esa innovación que apunta tiene que ver con el hecho de que “es posible escribir gran literatura en un estilo cercano al de la lengua real”. Bernárdez, traductor y catedrático, fue premiado por la Fundación Andersen en 2008 por la traducción de los cuentos completos del autor danés en la edición de Anaya de 2004.

Reconocido por el rey de Dinamarca en 1866 con título honorífico de consejero de Estado y en su ciudad natal en 1867 como ciudadano ilustre, Hans Christian Andersen murió en Copenhague el 4 de agosto de 1875. Desde entonces sus historias no dejan de traducirse y se suceden los homenajes y recuerdos como los de sus museos en Copenhague y en Odense, este último inaugurado en 2021 y proyectado por el prestigioso arquitecto Kengo Kuma que se ha inspirado en uno de sus cuentos, El encendedor de yesca. A Andersen se le sigue estudiando y se sigue investigando sobre él. Fruto de esos estudios fue el hallazgo y atribución del que se considera su primer cuento (La vela de sebo) o la teoría del biógrafo Jens Joergensen de que Andersen podía ser hijo ilegítimo del rey Christian VIII, hipótesis rechazada por el H. C. Andersen Centret.

 

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