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Una vía para la insubordinación

Henri Michaux

23/03/2015

Crítica por: Sabina Urraca / Notodo.com

En su charla Descubriendo a Henri Michaux, André Gide invita a los asistentes, con el fin de conocer y comprender la figura del artista, a rodearlo como a un peñasco en medio del mar. Mantiene que si se le rodea del todo, probablemente, se encontrará un camino apto para el paseo por el que acceder a su cima y contemplarlo en toda su extensión. Y ese camino que debe tomarse, dice Gide, es siempre el más humano que se presente. Demos pues ese paseo...

Michaux fue escritor, pintor, poeta, viajero, marino, adepto del surrealismo, aficionado a los viajes psicotrópicos. Al mismo tiempo, negaba ser cualquiera de esas cosas. Cuando la gente apelaba a sus exóticas hazañas de viajero, Henri Michaux se escandalizaba. Detesto a los indios, decía. No sentía que sus capacidades artísticas tuviesen ningún valor, e incluso rechazó el Premio Nacional de Literatura en 1965. Para él, la escritura era para recorrerse a sí mismo, y poseía más valor místico que artístico. La mescalina supuso una importante catapulta para su quehacer creativo. Pero el sendero por donde mejor se puede acceder a Henri Michaux es el de la búsqueda de un más allá tras la angustia. Michaux perdió a su mujer de forma trágica, y ese dolor, unido a su capacidad innata para el tormento, dio una nueva dimensión a sus creaciones.

El poltergeist es un caos que acontece sin explicación: muebles que vuelan por los aires, cristalería que se rompe, personas que son abofeteadas por una fuerza invisible... Ya en el prólogo del libro, a cargo de Javier Calvo, este habla del no-lugar del fenómeno, de su no-adhesión a ninguna corriente concreta, y de su paso por las diferentes escuelas explicativas como un niño violento e inaguantable va pasando por diferentes hogares de acogida.

En Una vía para la insubordinación, escrita en 1980 y publicada ahora en español por Alpha Decay, Michaux nos presenta al poltergeist como un malvado duende interno que se rebela contra lo establecido. Incluso en casos en el que el propio causante del fenómeno parece tranquilo y completamente ajeno a lo que sucede, los muebles se mueven solos. Cuando la persona desaparece del escenario, el caos cesa. Según Michaux, el poltergeist sería una creación artística suprema, un nuevo camino que surge solo, sin que nadie lo invoque. Sólo se necesita una mente adolescente y preferentemente femenina colocada en las circunstancias exactas de encierro o de imposibilidad de rebelarse. En algunas ocasiones, el simple hecho de que las correrías infantiles se vean de pronto encarceladas dentro de un cuerpo que empieza a ser adulto y tiene, por tanto, las exigencias de la madurez, ya son suficientes como para provocar el cataclismo.

En Una vía para la insubordinación, su autor reivindica con fuerza y verdadera gracia literaria (frases cortas, contundentes, un lenguaje sintético que a la vez que retira el velo de lo paranormal, nos sume en su magia) el origen psicológico de lo que popularmente llamaríamos estar endemoniado. Con este título glorioso, que define exactamente lo que es, en su estado esencial, el poltergeist, Michaux nos desgrana casos concretos de las también llamadas luciferaciones: el poltergeist como doppelgänger maligno, santos que se maltratan impulsados por fuerzas invisibles. Todos estos casos están unidos por ese hilo teórico que sintetiza a la perfección la visión del autor y que, a modo de frase promocional de película de terror, hace estremecer al lector:

¿QUÉ NECESIDAD HAY DE DIABLO CUANDO BASTA LA PERSONA?

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