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En la bahía

Katherine Mansfield

26/07/2011

Crítica por: Sr. Molina / Solodelibros

Si un texto se puede valorar por lo que cuenta, lo cierto es que en el relato En la bahía apenas ocurre nada, así que el resultado de esa valoración sería más bien pobre. Sin embargo, sabemos que en literatura la ausencia de episodios dramáticos con cierta acción no entraña una falta de profundidad, de tema: más bien al contrario, ya que en muchas ocasiones esa superficialidad aparente esconde un entramado de sentimientos que apelan a nuestros instintos más ocultos. Algo que la acción, la trama y el movimiento, por cierto, no siempre consiguen.

En la bahía narra el transcurrir de un día de verano en Crescent, Nueva Zelanda, una pequeña colonia vacacional poblada por familias de veraneantes y algunos lugareños. Katherine Mansfield nos va descubriendo poco a poco, con una prosa tan sutil como mágica, los planes para esa jornada de diferentes personajes: desde unos pequeñuelos que trastean en la playa hasta una joven soltera que sueña con una libertad que apenas puede definir. Con el paso de las horas se van sucediendo escenas, momentos de aparente insustancialidad; las menudencias se suceden ante nuestros ojos mientras nos demoramos en una lectura tan lenta como sugerente. El final del relato no nos depara ninguna sorpresa, ninguna revelación espectacular: los destinos de cada uno de los personajes quedan en suspenso, sus vidas seguirán desarrollándose sin que sepamos exactamente qué ha cambiado en sus vidas durante ese día. Porque, aunque apenas se pueda señalar un solo elemento desestabilizador, no hay duda de que en la apacible colonia sí que han ocurrido cosas…

Lo más maravilloso de este cuento es, precisamente, la imposibilidad de señalar un cambio sustancial, un momento de clímax o un conflicto claro. Los personajes apenas hacen nada: charlan, pasean, se dan un baño o preparan la cena sin que ninguna de esas acciones tenga una trascendencia mínima en el devenir de la historia. Sólo una escena última parece revelar algo más entre toda esa maraña de momentos sin importancia: Beryl, una joven que se aburre en compañía de su hermana casada y sus sobrinos, recibe la visita del apuesto marido de otra de las veraneantes. En la decisión de salir con él por la noche o no se condensa la tensión del texto, el deseo de alcanzar aquello que se anhela de una forma inefable.

Y es que la libertad parece ser el sueño de muchos de los personajes que pueblan esa costa. Una libertad, empero, que no se entiende de la misma forma: mientras que para los niños se materializa en sus escapadas lejos del mundo adulto, en otros casos apenas se intuye como autonomía personal, o como libertad de elección ante la autoridad de otros. Katherine Mansfield va situando a esos personajes, de forma muy, muy sutil, en distintas situaciones que les llevan a esperar (o a temer, en algunos casos) la aparición de esa libertad que ansían con diferente intensidad. Casi ninguno la consigue; de hecho, algunos ni siquiera se dan cuenta de que ha hecho acto de presencia; pero la aparición cambia de manera muy sutil el pensamiento de todos ellos.

La verdad es que En la bahía es un relato que debe ser leído más de una vez; está cargado de insinuaciones, de detalles, de imágenes que ganan en intensidad y profundidad con lecturas diferentes. La maestría de Katherine Mansfield a la hora de crear un universo cerrado, asfixiante y a la vez hermoso es algo digno de experimentar. Si tienen ocasión, adéntrense en esta historia de luces crepusculares y amaneceres dorados: no se arrepentirán de la elección.

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