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Las claves de 'San Manuel Bueno, mártir': la verdad, la fe y la defensa de la poesía pura
Más allá de la fe: análisis de las contradicciones de Don Manuel en la 'nivola' definitiva de Miguel de Unamuno.
11 de abril de 2026. Ignacio Segado
Qué: San Manuel Bueno, mártir Autor: Miguel de Unamuno
Hay tantas interpretaciones posibles de San Manuel Bueno, mártir, como estrellas en el firmamento, pero quizá haya una que pueda pasar desapercibida, una concepción sencilla pero poderosa que intente acercarse al significado completo de esta obra maestra de la literatura. ¿Y si allí donde el texto original dice referirse a la religión, a la fe, a la vida eterna, vemos una analogía de la propia vida?
No es esta idea ni original ni sofisticada en modo alguno, pero quizá convenga cerciorarnos de que, como siempre debemos hacer con la literatura, vemos más allá de la palabra, más allá de lo literal.
Obra de un autor atormentado por el saber, plantea un debate de enorme interés que desemboca en una paradoja inconmensurable. En su breve novela o nivola, Unamuno plantea la santidad de aquel que intenta, por todos los medios, preservar la inocencia de aquellos que le rodean, distanciarlos del saber de los libros, de la duda, del desasosiego intelectual. Tarea en la que quizá pueda encontrar su sentido aquel que no ha sabido encontrarlo en toda la filosofía conocida.
Contradicción: San Manuel Bueno, mártir, sacrifica su vida por la paz espiritual de sus allegados, mientras que Unamuno, según su propio planteamiento, de forma casi egoísta o incluso cobarde, nos revela el gran secreto de este santo, nos arroja a la verdad o a la ausencia total de ella. Es una observación alarmante, pero que podemos tratar de explicar a partir de la propia obra: «Pero ¿por qué —me he preguntado muchas veces— no trató Don Manuel de convertir a mi hermano también con un engaño, con una mentira, fingiéndose creyente sin serlo? Y he comprendido que fue porque comprendió que no le engañaría, que para con él no le serviría el engaño, que sólo con la verdad, con su verdad, le convertiría.» Dice también: «—¿Sospecharlo? —le dije. Si intentase, por locura, explicárselo, no lo entenderían. El pueblo no entiende de palabras; el pueblo no ha entendido más que vuestras obras.»
En cierto modo, este contraste nos lleva directos a aquello que Ortega, en La rebelión de las masas, califica de la paradoja del profeta: la condición de profeta depende enteramente del nulo efecto de la profecía sobre sus oyentes, depende, necesariamente, de clamar inútilmente a los oídos del mundo. Quizá este fue el consuelo de Unamuno, su excusa, para iluminar al mundo con la luz oscura del saber. Supo que nadie querría, o sabría, escucharle. Supo que, para beneficio de gran parte de los hombres, la razón nunca suplantaría el sentimiento. El resto, de todas formas, ya estaría curado de espanto antes de leer su grandiosa obra.
A partir de esta idea, toma San Manuel la figura de guardián del saber, del que ha de proteger al pueblo a toda costa. Quizá hoy en día esta labor no sea siquiera necesaria. Como dijo Ray Bradbury en su fascinante novela Fahrenheit 451, que advierte frente a la ignorancia de forma antitética a la unamuniana, «No tienes que quemar libros para destruir una cultura. Solo tienes que lograr que la gente deje de leerlos.» Y, hoy en día, ese logro está más que conseguido.
Entonces nos queda, sobre todo, por analizar, la actitud del propio San Manuel, y la de Lázaro, respecto a sí mismos. Una vez cerciorados de la felicidad de sus allegados, que deben vivir en el engaño hasta la muerte, ¿deberán contentarse con basar su vida en la guardia de su secreto? ¿Deberán, realmente, ser mártires hasta la misma muerte, suicidarse, en palabras de Unamuno, en vida?
Hacia el final de la novela, lanza Unamuno, como de pasada, como último recurso, una idea escalofriante a la vez que consoladora: ¿y si Dios les hubiera hecho creerse ciegos, y si no les hubiera quitado la venda hasta la muerte? Pero entonces serían, igualmente, mártires. Ser o tener la perfecta ilusión de ser son indistinguibles, y por tanto, por lo menos a efectos prácticos, indiferentes.
Pero, habiéndonos ya cerciorado de la autosuficiencia del pueblo engañado para perpetuarse en su ceguera, ¿para qué habrá de ser mártir de la verdad el desengañado, que ha quedado libre de toda responsabilidad? ¿No deberá encontrar, él mismo, su propio camino? Aquí está, sin embargo, la dificultad. ¿Cómo habrá de engañarse de nuevo, cómo habrá de reincorporarse al flujo natural de la vida? Acaso tenía, como mártir, un sentido, un camino, una vocación. Ya no le queda nada. Ni sentido, ni camino. Nada.
Y pocas pautas se han dado para dar solución a este problema. Lo han intentado grandes nombres por caminos distintos: Nietzsche, Camus, Cioran, más recientemente, y muchos otros desde tiempo inmemorial, pero ninguno parece haber llegado a una solución fructuosa. El propio Unamuno vivió en una agonía intelectual, espiritual, continua e irremediable.
La literatura, en exceso, tiene el efecto de arrebatarte, una a una, toda certeza que pudieras tener para zarandearte y arrojarte a un vacío inabarcable. Es en esta desolación total donde, en mi opinión, debe aparecer la poesía. A este respecto, un poeta como Borges, aunque brillante e indudablemente uno de los mejores, es el ejemplo exacto de lo que no debe ser la poesía. No debe ser un retrato poético de ese vacío, una crítica cínica y melancólica de toda filosofía, sino una forma, puede que acaso la única forma, de salir de él. La poesía debe ser el puente de vuelta a la vida desde el desengaño absoluto de la literatura, una forma de volver a inscribirse en la belleza y el discurrir tragicómico de la vida. Aquí aparecen los más grandes poetas como Juan Ramón, defensor de la belleza y del yo poético como esencia de la vida y como sistema filosófico completo; Salinas, poeta del amor absoluto y trascendente; o los místicos y su incondicional dedicación a Dios.
Este debe ser el eterno poder de la poesía, esa reivindicación única del valor extraordinario de la propia vida, esa exaltación de la belleza, del amor, de la naturaleza, de Dios… Incluso de la política o el compromiso social, que aunque no son, en mi opinión, comparables al poder de la poesía pura en un sentido amplio, sí son, en fin, formas de reintegrarse en el engaño, aunque bien podríamos decir que los que son capaces de encontrar una pasión en lo social nunca llegaron a ver el desengaño cara a cara, con todas sus consecuencias. Por eso ensalzaré yo siempre a los JRJ, Salinas, Bécquer… muy por encima de los grandes poetas sociales.
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