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El inolvidable inicio de 'Jane Eyre' de Charlotte Brontë

Primeras páginas de un clásico; la atmósfera, la voz narrativa y la fuerza del comienzo en la obra cumbre de Charlotte Brontë.

10 de mayo de 2026. Estandarte.com

Qué: El principio de Jane Eyre Autora: Charlotte Brontë Traducción: Núria Molines Galarza Editorial: Ediciones Invisibles Año: 2026 Páginas: 624 Precio: 25,65 €

Charlotte Brontë se llamó Currer Bell durante años. Con ese nombre firmó Jane Eyre: una autobiografía, una novela publicada el 16 de octubre de 1847 por Smith, Elder & Company. Hasta tiempo después no se descubriría la verdadera identidad de su autor, autora en este caso, y responsable de la que se considera una de las primeras novelas feministas.

Charlotte Brontë contó en su libro la historia de Jane Eyre, una huérfana criada por sus familiares entre humillaciones y maltratos, cuyas malas experiencias continúan en la escuela para niñas en la que acabará trabajando como institutriz. A los pocos años entrará a trabajar como institutriz de Adèle Varens, una niña custodiada por el señor Rochester, el dueño de la mansión. Será cuestión de tiempo que estalle entre ellos la tensión y, con ella, el amor y la tragedia.

Charlotte Brontë nació en Thornton (Yorkshire) en 1816. La enfermedad y la literatura marcaron su vida, y la de sus hermanas. Aisladas en sanatorios, tres de ellas escribieron durante el verano de 1847, en la misma casa, varias de las novelas que marcaron la narrativa inglesa del siglo XIX: Emily Brontë escribió Cumbres borrascosas, Anne Brontë Agnes Grey, y Charlotte Brontë Jane Eyre, todas ellas firmadas bajo seudónimo masculino. En 1855 murió de tuberculosis, igual que sus hermanas, en Haworth (Yorkshire). Estaba embarazada y había contraído matrimonio un año antes.

Jane Eyre - 1847Compartimos contigo el inicio de Charlotte Brontë, de Jane Eyre, tal y como nos lo brinda Ediciones Invisibles en su colección Club Victoria, en traducción de Núria Molines Galarza:

«No había posibilidad alguna de dar un paseo aquel día. Habíamos estado vagando, cierto es, entre matorrales deshojados durante una hora, por la mañana, pero desde el almuerzo —cuando no había compañía, la señora Reed comía pronto—, el frío viento invernal había traído consigo nubes tan sombrías y una lluvia tan penetrante que se había descartado cualquier esparcimiento en el exterior.

Yo, encantada: nunca me habían gustado los paseos largos, sobre todo en las tardes en las que hacía fresco; me resultaba terrible volver a casa con el crepúsculo descarnado, con los dedos de las manos y los pies entumecidos y el corazón apesadumbrado por las regañinas de Bessie, la niñera, y abatida por la consciencia de mi inferioridad física con respecto a Eliza, John y Georgiana Reed.

Eliza, John y Georgiana Reed se arremolinaban junto a su mamá en el salón: ella, arrellanada en un sofá junto a la lumbre, con sus angelitos a su vera (por el momento, sin pelearse ni llorar), parecía absolutamente dichosa. A mí me había dispensado de unirme al grupo diciendo que lamentaba verse en la obligación de excluirme, hasta que Bessie le dijese, o pudiese ver ella con sus propios ojos, que yo estaba intentando, con total seriedad, adoptar una disposición más sociable e infantil, más atractiva y briosa, algo más ligera, más franca, más natural, por decir algo; hasta entonces, no tenía más remedio que apartarme de privilegios destinados únicamente a niñitos satisfechos y felices.
—¿Qué dice Bessie que he hecho? —pregunté.
—Jane, no me gustan las criaturas puntillosas o preguntonas. Además, hay algo de lo más aborrecible en que una niña replique así a sus mayores. Vete por ahí a sentarte y quédate calladita hasta que sepas hablar con dulzura.
»

 

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