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María Moliner, pasión por las palabras

Su fe en la educación la llevó a consagrar su vida a su Diccionario.

22 de febrero de 2020. Estandarte.com

Qué: Biografía de María Moliner

“[…] mi biografía es muy escueta en cuanto que mi único mérito es el diccionario.” En noviembre de 1972 el escritor Daniel Sueiro entrevistaba a María Moliner y le preguntaba por la posibilidad de que fuera ella la primera mujer en ingresar en la Real Academia. Contestó con esa humildad. María Moliner no entró en la Academia, el año en que optaba a ello ingresó Emilio Alarcos Llorach. Ella no quiso volver a intentarlo y no hubo mucho margen para convencerla porque su salud empezó a deteriorarse poco después y se apartó del mundo. Fue olvidándolo todo. Y tenía mucho que recordar.

Una obra como el Diccionario de uso del español es capaz de eclipsar cualquier otra; pero ese amor por las letras, por la cultura y la educación que la llevaron a dedicar 15 años de su vida a confeccionarlo, antes la habían embarcado en proyectos interesantísimos. Su mérito no fue solo el Diccionario. Aragonesa, nació en Paniza en 1900; en 1904 su familia se mudó a Madrid. Allí estudió de forma intermitente en la Institución Libre de Enseñanza (ILE), cuya filosofía pedagógica innovadora y respetuosa con la individualidad y la libertad de conciencia tenían mucho con lo que motivar a esa niña inquieta, a la que el abandono del padre (se fue a Argentina dejando a María, a su madre y a sus hermanos –Enrique y Matilde­– en Madrid) le hizo asumir demasiadas responsabilidades demasiado pronto.

De vuelta a Zaragoza, mientras estudiaba primero bachillerato y luego Historia en la facultad de Filosofía y Letras trabajó en el Estudio de Filología de Aragón (EFA), donde participó en la elaboración un diccionario de voces aragonesas. Este no llegó a publicarse, pero María ganó experiencia y dominio en las herramientas que muchos años después manejaría para sacar adelante en solitario su Diccionario: rastreaba en textos antiguos vocablos, documentaba su uso y origen, los clasificaba... También participó en la revisión del Diccionario de la lengua castellana en su edición de 1914, diccionario sobre el que volvería para confeccionar el suyo.

En 1922 aprobó las oposiciones al cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Su primer destino fue Simancas; de allí pasó al Archivo de Hacienda de la Delegación de Hacienda de Murcia y después al de Valencia. En la capital del Turia, tanto ella como su marido (Fernando Ramón y Ferrando, catedrático de Física), formaron parte del consejo directivo de la Escuela Cossío; además, ella fue secretaria de la junta directiva de la Asociación de Amigos de la Escuela e impartió algunas clases. Se trataba de una institución que apostaba por las corrientes pedagógicas más innovadoras y seguía los postulados de la Institución Libre de Enseñanza. Impulsada en 1930 por José Navarro Alcácer, la escuela valenciana rendía honor con su nombre a Manuel Bartolomé Cossío, sucesor de Francisco Giner de los Ríos en la ILE, mentor de Moliner y uno de sus padres intelectuales.

Ya durante la República, Moliner se embarcó de forma enérgica y apasionada en las Misiones Pedagógicas; su objetivo, calificado por Moliner como de justicia social, fue llevar la educación y la cultura a los sectores más desfavorecidos. Moliner recorrió toda la provincia de Valencia para conocer las necesidades lectoras de sus poblaciones, abrir bibliotecas, seleccionar los libros con los que iban a estar dotadas… La iniciativa fue un éxito, pero efímero. La guerra y la dictadura deshicieron mucho de lo hecho.

Más adelante, y basándose en la experiencia de este proyecto, Moliner redactó las Instrucciones para el servicio de pequeñas bibliotecas, publicado por eldel Ministerio de Instrucción Pública, en 1937, omitiendo la autoría. El prólogo, en forma de carta, va dirigido a los bibliotecarios rurales, a quienes pide entusiasmo y fe en que su misión podía contribuir al mejoramiento espiritual de la gente. Las instrucciones son un manual claro y ordenado de cómo debe crearse, organizarse y mantenerse una pequeña biblioteca (instalación, mobiliario, formación de catálogos, estadísticas…). También fue autora del Proyecto de bases de un Plan de Organización General de Bibliotecas del Estado, presentado en el 37, pero publicado en el 39. La huella de su amor por la cultura y la educación aparecía en cada paso que daba.

Tras la Guerra Civil, su implicación en la política cultural de la República le supuso la depuración con la pérdida de dieciocho puestos en el escalafón del cuerpo. Después de su valiosa dedicación en aquellos años y de haber dirigido la Biblioteca Universitaria y Provincial de Valencia y haber estado al frente de la Oficina de Adquisición de Libros y Cambio Internacional de Publicaciones, de nuevo es destinada (castigada) al Archivo de la Delegación de Hacienda, que nada tenía que ver con sus intereses intelectuales. Se adapta y trabaja con profesionalidad, como lo hará en Madrid, en su último destino, la Biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, ya en 1946. Pero allí pronto buscó otro aliciente: desde los primeros años de la década de los cincuenta se dedicó a su Diccionario con tal intensidad que uno de sus cuatro hijos –según contó Gabriel García Márquez en el artículo publicado en El País en 1981– contestó al ser preguntado por cuántos hermanos tenía: “Dos varones, una hembra y el diccionario”. Escribía antes y después de cumplir con su jornada en la Escuela de Ingenieros y lo hacía cuando se iban de vacaciones a la casa de verano de Pobla de Mont-roig.  

Ya tenía en mente trabajar en un diccionario, cuando su hijo Fernando le regaló un ejemplar de The Advanced Learner’s Dictionary of Current English (A.S. Hornby, E.V. Gatenby, H. Wakefield) que le sirvió de referencia. Moliner tomó el Diccionario de la lengua y repensó toda la información que daba la Academia. Su intención era elaborar definiciones más asequibles, sin retoricismos, ágiles y precisas y estar atenta a la viveza del lenguaje para, en busca del equilibrio entre puristas e innovadores, incluir palabras asentadas en el habla. Pero no se trataba solo de dar significados, sino de mostrar también el uso de las palabras y la relación entre ellas, de dar pautas gramaticales...  Con una estructura ascensional (cada palabra se define por otra de contenido más extenso que el de ella), en sus entradas atiende a los sinónimos, a los equivalentes pluriverbales, a los modismos, los antónimos, a los catálogos de voces afines, los ejemplos, y respeta una organización por familias de la misma raíz que respondía, como ella misma indicaba, al deseo de “crear en el lector un sentido etimológico que le ayude al manejo consciente de los vocablos e incluso, tratándose de lectores extranjeros, a su retención”. Esto último suponía intercalar grupos de palabras de la misma raíz dentro del orden alfabético.

Moliner fue diseccionando palabras en fichas como las que tantas veces habría utilizado en las bibliotecas, lo hizo desde su casa, sin una institución que la amparase y sostuviese, pero con la editorial Gredos –a instancias de Dámaso Alonso– esperándola. El primer tomo se publicó en 1966 y el segundo en 1967, estas ediciones fueron reimpresas innumerables veces. Su labor fue reconocida y elogiada.

Desde muy pronto empezó a trabajar en una segunda edición. Con un pequeño parón que dedicó a su candidatura a ocupar un sillón en la Academia, a propuesta de Rafael Lapesa, Carlos Martínez Campos, duque de la Torres, y Pedro Laín. No entró en la Academia y esa decisión no estuvo exenta de polémica (muchos no entendían que la autora de una obra que tanto suponía para la lengua quedara fuera y las acusaciones de misoginia hacia la Academia se repetían).

Siguió con su vida, entre sus correcciones, fichas y adiciones y la preocupación y tristeza por la enfermedad de su marido. Él moriría en 1974; para entonces María Moliner ya empezaba a manifestar síntomas de una arteriosclerosis cerebral que la sumiría en la pérdida de memoria. Uno de sus hijos, Pedro Ramón Moliner, se encargó de representarla en lo referente a la segunda edición del Diccionario.

María Moliner murió en 1981 y su hijo en 1985; la segunda edición vio la luz en 1998, participaron en su elaboración la viuda de Pedro, Annie Jarraud (había estudiado Filología e impartido clases de español en el Liceo francés), y el lexicógrafo Joaquín Dacosta –único responsable de la tercera edición de 2007–. Aparte de incluir nuevas voces, la nueva edición estableció el orden alfabético tradicional. Según la biografía escrita por la periodista Inmaculada Lafuente y editada por Turner Noema, El exilio interior. La vida de María Moliner, “No consta si la solución de restablecer el orden alfabético fue una iniciativa de Pedro, o si ya se había barajado esta fórmula con la autora”, lo que está claro es que fue polémica y mantuvo a otro de sus hijos, Fernando, enfrentado a la editorial. Según la misma autora, muchos escritores y especialistas utilizan de modo complementario ambas ediciones. Y muchos suscribirían aquellas palabras de Gabriel García Márquez que describían el Diccionario como el “más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”. Por todo ello, se sigue editando, consultando –lo más importante– y citando; se celebran sus aniversarios y efemérides y se reconoce su labor con iniciativas como la del Círculo de Bellas Artes de Madrid que ha puesto su nombre a una de sus salas.

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