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Lorca, seis poemas inolvidables

La obra de Federico García Lorca, poesía en estado puro.

26 de octubre de 2019. Estandarte.com

Qué: La poesía de Federico García Lorca 

Poeta del alma gitana, del cante, de la tragedia, la muerte, el amor, la alegría y el bullicio, este es Federico García Lorca (Fuentevaqueros, Granada, 1898-1936), un ser único, de vida intensa y muerte injusta y cruel (fusilado al inicio de la Guerra Civil por las fuerzas franquistas). Solo vivió treinta y ocho años, pero en ese cortísimo periodo de tiempo dejó un recuerdo imborrable en forma de teatro (Bodas de sangre, La casa de Bernarda Alba, Yerma…), ensayos y conferencias (El cante jondo, Teoría del duende, La imagen poética de Góngora, Las nanas infantiles…) y poesía. Una poesía llena de simbolismo que juega con la luna, la sangre, el agua, el toro, el caballo, que arriesga metáforas novedosas y arriesgadas, y que refleja –con arte inigualable– el arte del pueblo andaluz, su música, sus cantos, rescatando la tradición para vestirla con su personal estilo. En esta selección que nace de la lectura de Poema del cante jondo, Canciones, Romancero gitano, Poeta en Nueva York (del que hemos elegido dos poemas por el contraste de tema y estilo) y Sonetos del amor oscuro se respira el alma y el arte de García Lorca.

 

Malagueña

(Poema de cante jondo)

La muerte
entra y sale
de la taberna.

Pasan los caballos negros
y gente siniestra
por los hondos caminos
de la guitarra.

Y hay un olor a sal
y a sangre de hembra,
en los nardos febriles
de la marina.

Y la muerte
entra y sale
y sale y entra
la muerte
de la taberna. 

 

Canción del jinete

(Canciones)

Córdoba.
Lejana y sola.
Jaca negra, luna grande
y aceitunas en mi alforja.
Aunque sepa los caminos
yo nunca llegaré a Córdoba.
Por el llano, por el viento,
jaca negra, luna roja.
La muerte me está mirando
desde las torres de Córdoba.
¡Ay qué camino tan largo!
¡Ay mi jaca valerosa!
¡Ay que la muerte me espera,
antes de llegar a Córdoba!
Córdoba.
Lejana y sola.         

 

Romance de la luna luna

(Romancero gitano)

La luna vino a la fragua
Con su polisón de nardos.
El niño la mira mira.
El niño la está mirando.
En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña lúbrica y pura,
sus senos de puro estaño.
–Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos
harían de tu corazón
collares y anillos blancos.
–Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.
–Huye luna, luna, luna,
Que ya siento sus caballos.
–Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.
El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua, el niño
tiene los ojos cerrados.
Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
¡Cómo canta la zumaya,
ay cómo canta el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela vela.
El aire la está velando.           

 

La aurora

(Poeta en Nueva York)

La aurora de Nueva York tiene
cuatro columnas de cieno
y un huracán de negras palomas
que chapotean las aguas podridas.
La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.
La aurora llega y nadie la recibe en su boca
porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
A veces las monedas en enjambres furiosos
taladran y devoran abandonados niños.
Los primeros que salen comprenden con sus huesos
que no habrá paraíso ni amores deshojados;
saben que van al cieno de números y leyes
a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.
La luz es sepultada por cadenas y ruidos
en impúdico reto de ciencias sin raíces.
Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
como recién salidos de un naufragio de sangre.

 

Vals en las ramas

(Poeta en Nueva York)

Cayó una hoja
y dos
y tres.
Por la luna nadaba un pez.
El agua duerme una hora
y el mar blanco duerme cien.
La dama
estaba muerta en la rama.
La monja
cantaba dentro de la toronja.
La niña
iba por el pino a la piña.
Y el pino
buscaba la plumilla del trino.
Pero el ruiseñor
lloraba sus heridas alrededor.
Y yo también
porque cayó una hoja
y dos
y tres.
Y una cabeza de cristal
y un violín de papel.
Y la nieve podría con el mundo,
si la nieve durmiera un mes.
y las ramas luchaban con el mundo,
una a una,
dos a dos
y tres a tres.
¡Oh duro marfil de carnes invisibles!
¡Oh golfo sin hormigas del amanecer!
Con muuu de las ramas,
con el ay de las damas
con el croo de las ranas
y el gloo amarillo de la miel.
Llegará un torso de sombra
coronado de laurel.
Será el cielo para el viento
duro como una pared
y las ramas desgajadas
se irán bailando con él.
Una a una
alrededor de la luna,
dos a dos
alrededor del sol,
y tres a tres
para que los marfiles se duerman bien.

 

Soneto de la dulce queja

(Sonetos del amor oscuro) 

No me dejes perder la maravilla
de tus ojos de estatua, ni el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.
Tengo miedo de ser en esta orilla
tronco sin ramas, y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla
para el gusano de mi sufrimiento.
Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

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