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El comienzo de 'Entre visillos', de Martín Gaite

Recordamos una estrella de la narrativa española de posguerra.

10 de abril de 2017. Estandarte

Qué: El principio de Entre visillos. Autora: Carmen Martín Gaite.

La escritora Carmen Martín Gaite, referencia de la Generación del 50 junto a Ana María Matute, nos dejó en julio del año 2000. Perteneció a un grupo de escritores, recurriendo al neutro, en el que destacaron las mujeres: nos cuesta entender la narrativa española de la primera posguerra sin leer a Martín Gaite, Matute, Carmen Laforet, Josefina Aldecoa o Elena Soriano.

Carmen Martín Gaite nació en Salamanca el 8 de diciembre de 1925, y murió en Madrid el 23 de julio de 2000. Licenciada en Filosofía y Letras por la universidad de su ciudad natal, con veinticinco años se trasladó a Madrid, en cuya universidad se doctoró. Esas dos ciudades marcaron su vida y su obra, junto a otras dos coordenadas: las del pueblo de El Boalo, en la sierra de Guadarrama, donde le esperaba la casa familiar; y las de Nueva York, tan vinculadas a sus libres años de la madurez.

Debutó con una novela corta, El balneario, que se publicó en 1957, aunque obtuvo varios años antes —en 1954— el Premio Café Gijón. Se consagró con su segunda obra narrativa, la novela Entre visillos, el demoledor retrato de los jóvenes burgueses de una ciudad de provincias con cierto parecido a Salamanca: nunca se nombra, pero se intuye. Un libro que obtuvo el Premio Nadal 1956 y en el que aparecen mujeres que acatan las normas, pero también mujeres que sueñan con ser libres, y trabajar y vivir por sí mismas, y en el que —en plena dictadura— Carmen Martín Gaite incluyó a personajes homosexuales. Como anécdota, la escritora presentó Entre visillos al Premio Nadal bajo el seudónimo de Sofía Veloso, el nombre de su abuela, y ocultó a su entonces marido —el escritor Rafael Sánchez Ferlosio— que concurría al premio.

Las ataduras (1959), Ritmo lento (1963), Retahílas (1974), Fragmentos de interior (1976) o El cuarto de atrás (1978), con el que logró el Premio Nacional de Narrativa, forman parte de la brillante primera etapa de su narrativa. Discurrió en paralelo a su dedicación casi secreta a la poesía, y a su empeño en el ensayo, con obras como El proceso de Macanaz: historia de un empapelamiento (1970) o Usos amorosos de la postguerra española (1981), ganador del Premio Anagrama de Ensayo.

Después del reconocimiento de las universidades estadounidenses llegan los premios oficiales en España a toda una carrera: el Príncipe de Asturias de las Letras Españolas en 1988, el Castilla y León de las Letras en 1991 y el Nacional de las Letras Españolas en 1994. En la década de los noventa, Carmen Martín Gaite retoma la entusiasta escritura de narrativa: obras como Caperucita en Manhattan (1990), Nubosidad variable (1992), La reina de las Nieves (1994), Lo raro es vivir (1997) o Irse de casa (1998) dan fe de su altura y actividad.

Desde Estandarte.com nos gustaría recordar a Carmen Martín Gaite. Lo hacemos compartiendo el inicio de una de sus novelas fundamentales, Entre visillos, considerada por el diario El Mundo como una de las cien mejores novelas en español del siglo XX.

«Ayer vino Gertru. No la veía desde antes del verano. Salimos a dar un paseo. Me dijo que no creyera que porque ahora está tan contenta ya no se acuerda de mí; que estaba deseando poder tener un día para contarme cosas. Fuimos por la chopera del río paralela a la carretera de Madrid. Yo me acordaba del verano pasado, cuando veníamos a buscar bichos para la colección con nuestros frasquitos de boca ancha llenos de serrín empapado de gasolina. Dice que ella este curso por fin no se matricula, porque a Ángel no le gusta el ambiente del Instituto. Yo le pregunté que por qué, y es que ella por lo visto le ha contado lo de Fonsi, aquella chica de quinto que tuvo un hijo el año pasado. En nuestras casas no lo habíamos dicho; no sé por qué se lo ha tenido que contar a él. Me enseñó una polvera que le ha regalado, pequeñita, de oro.

—Fíjate qué ilusión. ¿Sabes lo que me dijo al dármela? Que la tenía guardada su madre para cuando tuviera la primera novia formal. Ya ves tú: ya le ha hablado de mí a su madre.

Que si no me parecía maravilloso. Me obligaba a mirarla, cogiéndome del brazo con sus gestos impulsivos. Se había pintado un poco los ojos y a mí me parecía que se iba a avergonzar de que lo notase. Luego me contó que se pone de largo dentro de pocos días en una fiesta que dan en el Aeropuerto, que ella ya sabe cómo lo van a adornar todo, porque Ángel es capitán de aviación y uno de los que lo organizan, que han estado juntos comprando bebidas, farolillos y colgantes de colores. Me explicó con muchos detalles cómo es el traje de noche; se soltaba de mí entre las explicaciones, y daba vueltas de vals por la orilla, sorteando los árboles y echando la cabeza hacia atrás. Se paró en un tronco y me fue haciendo con el dedo una especie de plano de la entrada al Aeropuerto y de los hangares donde van a dar la fiesta. Quería que me lo imaginara exactamente para que le diera alguna idea original de cómo lo adornaría yo, por si le sirve a Ángel lo que yo diga. No comprendía que no hubiera convencido a mis hermanas para ir yo también, tan fantástico como será. No le quise contar que he tenido que insistir para convencerlos precisamente de lo contrario. Le dije sólo que soy pequeña todavía. Quería que hablara ella y me dejara a mí.»

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El comienzo de Entre visillos, de Carmen Martín Gaite

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