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C'est la vie mon amour
Abordé el tren a la hora de siempre, en el vagón central del convoy.
El trayecto de aquella mañana, el mismo de todas, no era largo, apenas abarcando cuatro estaciones. No fue el bajo costo o la comodidad del viaje lo que me había impulsado a elegir el ferrocarril como medio de transporte diario, sino su menor dependencia respecto del tránsito vehicular capitalino y su reconocido y caótico transcurrir. De este modo, podía llegar al trabajo temprano, sin necesidad de correr el riesgo de envejecer en una esquina sin semáforo. En los tiempos que corrían había que extremar las precauciones para no irritar al ocasional jefe, porque ser despedido significaba pasarla mal uno mismo y toda su familia por un lapso indeterminado.
No me extenderé en demasía al contarles qué ha sido de mi vida desde entonces, porque estas páginas son apenas una breve reseña, no un compendio detallado. Sí les mencionaré que esa mañana me llamó la atención la soledad que hallé dentro del coche. Incluso sería capaz de jurar que algunas personas, desconocidas para mí, lo esquivaron de manera deliberada. Sin embargo, eso es algo que permanecerá en el terreno de las suposiciones, ya que nunca podré probarlo a ciencia cierta. Lo importante es que en ese momento, tal vez de manera inconsciente, atribuí la carencia de compañía al estado del vagón – desprovisto de vidrios en las ventanillas, sucio por dentro y por fuera, decorado con nada sutiles pintadas de aerosol, sin contar las notorias perforaciones en su techo –, aunque a la luz de los eventos posteriores deba suponer que no fue una mera casualidad. Descarté la sospecha de una confabulación tácita cuando la marcha inició, puesto que en realidad el susodicho vagón no presentaba ningún detalle que lo distinguiera del resto de los enganchados a esta locomotora o a cualquier otra que pudiéramos cruzar en el camino.
El reloj corría y noté que no tendría tiempo de continuar con un nuevo libro de aforismos de adquisición reciente. Sin embargo, lograría aprovechar la tranquilidad para leer brevemente los titulares del diario que había comprado en el puesto de revistas de la estación. Nada nuevo mostraban, aparte del agravamiento de la crisis que, con sus años buenos y malos, nos acompaña como Ciudadana Ilustre a lo largo de nuestra Historia. No obstante, tal cosa no importa ahora, puesto que no sería más que refrescar una anécdota reciente.
El punto es que al llegar a la parada siguiente subió un hombre. No reparé en él al principio, aunque lo haría después. Podría decir que contaba con unos cuarenta años de edad, bien llevados por cierto, y cargaba un portafolios como el mío. Supuse que al igual que este servidor se dirigía hacia su trabajo y, de hecho, nada era más acertado.
Sorpresa sentí cuando, teniendo a su disposición la totalidad del coche, eligió como ubicación excluyente el asiento que se hallaba frente al mío. Lo miré de reojo y nada dije. Supuse que sería una de esas personas con temor a los espacios cerrados, a la soledad o algo así. Rogué que no fuera un vendedor. A esa altura del mes, poco hubiera podido hacer por ayudarlo. Unos días atrás mi sueldo se había transformado en parte de una fábula. Empero, todo eso no reviste trascendencia.
Lo que sí cabe indicar es que comenzó a hablarme sin pausa.
En un minuto, primero se refirió al clima en general, luego a las particularidades del tiempo del día, después a las últimas novedades en el ámbito político, para finalizar su monólogo excluyente en la gravedad de la situación en lo que a la seguridad personal tocaba. No pude menos que asentir, puesto que a mi cuñada María Josefina la habían asaltado el martes pasado, por suerte sin consecuencias sobre su integridad física.
Al observar que mi atención era suya, esbozó una especie de sonrisa de triunfo. ¡Y pensar que casi llegué a enternecerme pensando en que al escucharlo había realizado la buena obra del día! Fue en ese preciso instante que extrajo el arma de su portafolio y me dijo en un tono asombrosamente educado:
- Disculpe usted que lo haya interrumpido en su lectura, pero es menester que con la máxima discreción me entregue la totalidad de sus pertenencias. Le pido por favor que no omita ninguna de ellas. Usted comprenderá que no quisiera verme en la obligación de utilizar el revólver que tengo en mi mano izquierda. No dude en mi disposición a hacerlo de ser necesario...
Y sonrió como si el empleado del mes acabara de venderme la hamburguesa más cara.
Atónito, pensé que esto que sucedía no podía ser verdad. Busqué cámaras escondidas y actores disfrazados de muñecos recalcitrantes que me indicaran que este mal momento se trataba del montaje de una típica broma televisiva de la que era exclusiva víctima. Iluso de mí, el ocasional enemigo volvió a expulsarme del ensimismamiento con una nueva frase, esta vez un tanto más directa:
- Le agradecería que se apure. En 1'30'' arribaremos a la próxima estación, lugar en el que debo bajarme para continuar con mis tareas diarias sin despertar sospechas.
Y empuñó el arma con firmeza, apuntando el caño hacia mi frente. Esta vez pensé en Liliana, mi esposa, y en mis hijos Francisco y Claudio. Le entregué entonces la billetera casi vacía, mis documentos, el reloj atrasado, la chequera de la cuenta corriente sin fondos, la tarjeta de crédito sobregirada y las monedas que tenía en el pantalón para tomar el tren de regreso.
Pero no fue suficiente. Compungido por el fracaso del atraco, el hombre de mal vivir – es apropiado que así lo recuerde – solicitó sin miramientos y ya sin los buenos modales que me sorprendieron al comienzo:
- ¡Mierda, carajo! Desvestite. Sacate todo. ¡Dale! ¡No te hagás el fifí que te quemo!
Y lo hice.
Al llegar a la estación, bajó del vagón y quedé solo.
Desnudo, en medio del vivo escenario de la desolación, me hallaron los agentes de la policía, a posteriori de que una señora mayor gritara aterrada que un degenerado, un pervertido sexual, el violador serial del que todos hablaban, había subido al tren. Inútil fue tratar de convencerlos, de explicarles la realidad de lo ocurrido. Pasé el resto del día en la comisaría, incomunicado, cubriendo mis partes pudendas con una bolsa de plástico y aguardando un prometido abogado de oficio que atendiera mi caso y que, aduciendo una demora en Tribunales, arribó bien entrada la noche. Confieso que la primera vez que escuché la palabra “caso” en la misma oración en la que se implicaba mi nombre sentí escalofríos.
De algún modo, hoy creo que antes bien fue una premonición.
Sin entrar en detalles engorrosos, diré que fui acusado de exhibicionismo e intento de violación de una señora visiblemente septuagenaria, a la que jamás había visto, pero que juraba por Dios y cada uno de los Santos Evangelios, incluyendo los hallados en el Mar Muerto en la primera mitad del siglo XX, que intenté propasarme con ella y una compañera de la agrupación Damas Católicas para la Caridad Bien Entendida a la que, lo juro, jamás vi en la estación.
La cuestión es que luego del juicio – porque aunque no lo crean hubo un juicio y, lo más increíble de todo, es que fue rápido – fui enviado a una prisión de máxima seguridad, cuyo nombre no señalaré para cuidar la privacidad de quienes allí habitan, a compartir celda con otros cuarenta y ocho caballeros convictos por idéntica causa. Para qué negarlo ahora, llegué a estimarlos genuinamente, puesto que cada vez que respiraban agitados sobre mi nuca decían, en clara demostración fraternal, “pero que barbaridad, ya ni salir de la casa para ir a trabajar se puede” , o alternativamente “lo que ha ocurrido con usted es una tremenda injusticia; luego le doy el teléfono de mi abogado” . Y a posteriori besaban amorosamente mi cuello.
Así pasaron los tres años siguientes.
¡Imagínense ustedes el trauma de Liliana y los chicos! Al principio, esta situación personal por la que debí atravesar fue vivida como una tragedia familiar. ¡Y por cierto que lo era! Las visitas de los domingos a la tarde posibilitaron que continuáramos unidos, un lazo sin el cual me hubiera derrumbado sin remedio. No tengo más que palabras de agradecimiento para con ellos y su tremendo esfuerzo.
Pero no nos pongamos sentimentales en extremo, que me emociono y me resultaría difícil continuar con la línea del relato hasta el momento presente.
Cabe aclarar que, dadas ciertas circunstancias que no es preciso explicitar, al cabo de un año en la cárcel los muchachos de la celda y el personal de penitenciaría se dirigían hacia mí con el apodo de Sasha D'Luxe. Confieso que la primera vez que escuché esa referencia hacia mi persona sentí una terrible indignación. Por aquel entonces, alguna tarde solitaria de necesario reposo físico pensé que debería terminar este camino de agobios poniendo fin a mi vida, pero en ese instante veía la imagen desolada de Liliana y los chicos cuando a la tarde del domingo próximo, Mario “23x5”, el guardia del portón sur, embargado por el dolor les informara de mi súbita decisión.
Y seguí adelante, dispuesto a hacer de tripas corazón, a soportarlo todo hasta que el nuevo abogado que el esfuerzo familiar contrató apuntara la infamia de toda la situación ante alguna corte internacional – las alternativas locales habían sido agotadas en tiempo récord – y fuera liberado en reconocimiento cabal de mi inocencia.
No obstante, el tiempo, tirano mayúsculo, transcurría sin novedades.
Fue entonces, en el devenir de las largas y aciagas jornadas de mi tercer año como interno, que ocurriera la visita del Gobernador, circundado por su selecto cuerpo de asesores, con el único motivo de inaugurar durante la campaña proselitista en pos de su merecida reelección ciertos arreglos en el muro exterior del pabellón de máxima seguridad. Recuerdo también que aquel día los muchachos de la celda estaban particularmente inquietos y que, para lograr que me dejaran en paz con sus bromas, debí a sus instancias disfrazarme con una peluca rubia, tacos altos y pinturitas varias que Madame Gigí, vecina del calabozo contiguo, me cediera con la generosidad y jocosa alegría que la ha caracterizado siempre. Por algún mágico artilugio, al verme el subsecretario segundo del viceministro quedó prendado de mí, y el guardia de turno se vio obligado a gestionar una breve entrevista entre los dos.
No los aburriré con los tantos e inolvidables detalles del encuentro. Sólo diré que descubrí una manera de salir de allí, puesto que el susodicho asesor, si bien no era notorio por sí mismo, gozaba del poder que algunos contactos muy especiales brindaban, y prometió acercarme a cierto círculo de personalidades en el cual alguien de mi sensibilidad particular – la cual hasta ese entonces había desconocido por entero como propia – se sentiría a gusto y, desde luego, en el ínterin de nuestras reuniones – ¿Semanales le parece bien a usted, estimada Sasha? – hallaríamos la forma de solucionar mi peculiar situación.
Así fue que, mediante su asistencia y luego de algunas idas y vueltas, por qué no llamarlas sentimentales, seis años, cinco meses y dieciocho días después del desgraciado incidente del tren volví a ver la luz del día sin barrotes que cercenaran su paso hacia mi rostro. Felices, Liliana y los chicos fueron a recibirme al portón sur y, desde el patio de recreación, los muchachos de la celda, los guardias y pastores evangélicos residentes nos saludaron con evidente emoción. Una página de nuestras vidas había culminado. Era hora de iniciar una etapa superadora y todos estábamos dispuestos a hacerlo.
Afortunadamente, por aquel entonces yo apenas contaba con treinta y siete años, y aparentaba aún menos abriles debido a que había sido el niño mimado de la prisión y sus alrededores. Todavía joven, la vida en libertad representaba un hábito que debía retomar sin miedos, sin prejuicios dada mi nueva realidad.
En honor a la verdad, a estas alturas debo comentarles que al salir no sólo habían pasado los años, sino que ciertos cambios físicos habían ocurrido en mí, naturales algunos, de absoluto incógnito y estupendo quirófano el resto. Ah, suspiro al espejo por los milagros del botox… En primer lugar, Liliana se sentía un poco impresionada por las siliconas. Por su parte, a mis hijos les preocupaba mi cabellera larga y teñida de rubio ceniza Nº 4 y, sobre todo, el colágeno de los labios. En más de una oportunidad, los tres preguntaron durante la cena familiar qué efecto tendrían en mí las hormonas que un doctor muy conocido mío inyectaba con sumo cuidado. Sin embargo, cuando oían mi nueva y suavizada voz, despejaban sus dudas acerca de si este esfuerzo épico sería o no para nuestro mayor bienestar.
Pero no todo ha sido un lecho de rosas.
Debo contarles que he tenido algún que otro encontronazo con Francisco, el mayor de mis chicos, adolescente ya para cuando salí de la cárcel. El incidente que los motivara acaeció un año después del reencuentro familiar, cuando su mejor amigo le espetó en pleno partido de fútbol la frase “yo debuté con tu viejo, gil” . No fue fácil recomponer la relación, pero una vez entendido que el aviso clasificado en el rubro 59 de un reconocido periódico – Sasha D'Luxe. Viciosa, destraba tu lujuria – no era más que la manera en que yo, su padre, llevaba el pan a la casa y posibilitaba el estilo de vida que habíamos adquirido. Un buen abrazo selló la amistad que aún hoy nos une.
No piensen que fue más fácil para Liliana. Es obvio que su amor inagotable debió pasar por duras pruebas a lo largo de todos los años que hemos pasado juntos, pero al descubrir que actualmente podemos hacer cosas que con anterioridad eran inimaginables, como salir a tomar el té o ir a comprar zapatos de taco aguja y maquillajes a través de mil locales sin cansarnos, el compromiso se ha visto reforzado hasta rozar la realización de lo definitivo. Sin ir más lejos, encontré en ella a la mejor asistente que hubiera podido contratar: maneja mi agenda de compromisos con tal eficiencia, que en su ausencia me sería imposible saber si a tal o cual hora viene el empresario, el juez o el diputado. Incluso podría cometer el terrible error de olvidar que el ahora asesor del asistente de cierto embajador prominente viene todos los viernes a la hora del almuerzo, y pasa la tarde conmigo, como en las lejanas épocas de la prisión. En suma, un resfrío suyo implica que mi servicio se resienta de tal manera, que hemos recibido sendas quejas en el 0-800 que habilitamos para cumplir con los requerimientos de la nueva Ley de Defensa del Consumidor.
Al fin y al cabo, me digo al manejar el nuevo convertible de marca alemana por la autopista o al entrar en el chalet de Barrio Parque al que nos hemos mudado hace apenas tres meses, la vida ha sido generosa con nosotros. Hemos sabido adaptarnos a cada una de las pruebas que nos ha interpuesto y henos aquí, más unidos que nunca, felices, renovando a diario el compromiso familiar de permanecer juntos por siempre.
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