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Mauricio Hernán Dreiling



Ingenua aguja de un reloj descompuesto

 

La mañana del día 7 de julio de 2003, en la Ciudad de Buenos Aires, la comisario Julieta Kydland presionó la tecla “play” del grabador que estaba sobre el escritorio y se dispuso a escuchar con su mayor concentración cada palabra que surgiera de los parlantes. Exigió silencio y que todos los oficiales, excepto el inspector Sergio Prescott, salieran al pasillo contiguo hasta que volviera a llamarlos. Y una voz, distante y nebulosa, se hizo presente:

“... entonces la gran pregunta respecto al tiempo como concepto no es su duración, sino la percepción de su transcurso y, mi estimado amigo, esta es por entero dependiente de la adecuación del ser humano a su contexto. ¿Cuánto demora en pasar un segundo durante los años de la niñez, cuándo todo parece durar para siempre? Compárelo con el último segundo de la vida de un hombre de edad mediana: se esfumará tan rápido que no alcanzará a darse verdadera cuenta de su trascendencia. De hecho, es más que probable que ni siquiera espere que sea el último y que suponga que aún tiene todo un porvenir en ciernes. ¿Y qué tal si hablamos de alguien que ronda los cien años y que, de algún modo, podemos decir que lo ha vivido todo? Tal vez sus días se limiten a esperar el advenimiento de ese último segundo que, dicho sea de paso, podría ser cualquiera. Imagine ahora que este hombre es el mismo: es evidente que su sensación del paso del tiempo ha variado. ¿No lo cree así? Suponga ahora que hablamos de dos, o mejor de tres, personas nacidas en marzo de 2002. La primera de ellas en Suecia, la segunda en Bagdad y la tercera aquí, en Buenos Aires, en el lugar conocido como villa miseria que está a unas calles hacia el sur, el mismo que usted se imagina. Si conoce algo de historia contemporánea sabe hacia donde se dirige mi razonamiento, por lo que le dejo a usted la tarea de continuarlo más allá de mis palabras. ¿Entiende ahora a que me refiero cuando hablo de contexto temporal y de su trascendencia al analizar el tiempo en sí mismo como una variable en un problema, de la índole que le venga en gana, en el que su continuidad sea relevante? ¿Comprende por qué un minuto no siempre y en todo momento es igual a la sumatoria lineal de sesenta segundos, compuestos a su vez por centésimos y demás? Esa división, totalmente arbitraria por cierto, es un instrumento de la mente humana para propósitos de innegable relevancia práctica que no enumeraremos en este instante. Ahora, usted sabe sin necesidad de escucharlo de mis labios que toda simplificación conlleva la pérdida de valiosa información que, en determinadas circunstancias, puede generar errores de una magnitud irreparable... rable... rable... rable... rable... rable...”

Kydland apagó el reproductor. No tenía sentido seguir escuchando una cinta dañada de una conferencia llevada a cabo siete años atrás, según rezaba la identificación. Del Profesor Smith no existía hoy más rastro que siete mínimas gotas de sangre seca en el techo de su oficina de la Universidad Nacional.

-  ¿Me quieres decir que demonios está pasando aquí, Prescott? No entiendo los hechos y mucho menos lo que estos sugieren. Siete desapariciones de siete renombrados científicos, en siete meses, ocurridas en cada uno de los diferentes días de la semana que, oh grandiosa casualidad, son siete. En las siete escenas del crimen, por llamarlas de alguna manera, todos y cada uno de los relojes se habían detenido a las siete en punto.

-  Se olvida de que en todos los casos... – intentó responder siguiendo la enumeración de Kydland.

-  En todos los casos el único rastro anómalo fueron siete gotas de sangre que, luego de los análisis de rigor, se demostró que provenían de los desaparecidos, o fugados, o secuestrados o... Dios, ya no sé como llamarlos. ¿Sabe Prescott? Creo que estamos en un callejón sin salida – dijo como evidente muestra de su abatimiento. Sus ojeras eran una prueba adicional del mismo, pero ella no estaba dispuesta a dejar que nadie las note, de ahí el exceso de maquillaje que las volvía notorias a los ojos del más descuidado observador.

-  Me asusta pensar esa posibilidad. Tal vez estemos olvidando algo. Un detalle, pequeño, imperceptible a simple vista. Hemos recorrido, fotografiado, grabado, destruido y reconstruido, radiografiado y vuelto a observar cada rincón de cada una de las escenas sin encontrar nada más de lo que usted ha comentado. Incluso se ha llegado al límite de pruebas de niveles de radioactividad... Hemos entrevistado familiares, amigos, amantes, alumnos, rivales, jefes y subalternos y para todos fue igual de sorpresivo, igual de extraño. Sabemos hasta lo que compraron en el almacén de la esquina dos años atrás, que arrojaban a la basura y que tipo de pornografía bajaban de internet, lo cual debemos admitir que fue bastante revelador en algunos casos. Todos fueron o son hombres cuyas vidas parecían normales, sacrificadas como la de cualquier científico de un país empeñado en seguir siendo subdesarrollado como el nuestro, pero sin rasgos particulares.

-  ¿Ese es todo el aporte de creatividad del que es capaz, Prescott? – dijo sin evitar el tono sarcástico –. Discúlpeme, no se ofenda. Estoy presionada al límite. Ocurre que la prensa está comenzando a inquietar más de lo debido y no necesito decirle que a ciertas personas de las altas esferas le ha molestado quedar como incompetentes en momentos tan delicados políticamente. Recuerde que hace apenas unos días se filtró la información sobre las seis desapariciones anteriores y fue tapa de todos los matutinos... y ahora tenemos una más que agregar.

-  Sin embargo, de algunas otras cosas podemos estar seguros. No se han hallado sus cuerpos, por lo que hasta el momento no podemos hablar de asesinatos. Por otro lado, es indudable que Smith ha sido el último... Al menos por ahora.

Sin demasiada perspicacia a los ojos sagaces de Kydland, Prescott había dado en el clavo. Si todo hacía referencia al número siete, entonces los desaparecidos debían ser innegablemente siete. Sea quien fuera que estuviera detrás de estos eventos, no podía obrar de manera alternativa. Sencillamente no parecía tener sentido que lo hiciera.

Unos segundos de silencio entre ambos bastaron para confirmar la ridiculez de toda la situación. Desde que estos eventos tomaron estado público, las ideas más descabelladas habían hallado terreno fértil en una sociedad ansiosa por encontrar algo en lo cual reparar para confirmar que aún existía. Asesinatos rituales, sectas demoníacas, ovnis, perseguidores desquiciados, secuestros comunes, alumnos descorazonados por haber reprobado exámenes... y nada podía estar más lejos de la realidad. De hecho, nadie que trabajara en el tema tenía una sola idea de lo que había ocurrido. La recopilación de pruebas de la investigación era una inmensa colección de datos que no podían interpretar ni ellos dos, ni sus superiores, ni los servicios de inteligencia extranjeros que operaban a sus espaldas buscando células de terrorismo internacional con los datos que el personal subalterno filtraba por unos cuantos dólares.

Parados en extremos opuestos de la pequeña y cuidadosamente ordenada oficina, cruzaron miradas por un instante. Sin saberlo, también pensaron lo mismo: ¿cuántos años hacía que trabajaban juntos? ¿Diez? ¿Quince? De seguro habían perdido la cuenta de manera voluntaria. Hay cosas, escasas por cierto, que más valía no negarse a olvidar cuando la memoria así lo exigiera. Prescott miró hacia el exterior a través de la ventana. Los camiones de exteriores de los canales de televisión se apiñaban sobre la acera. Algunos cronistas transmitían en vivo y, aquellos que no lo hacían, se aprestaban a hacerlo o editaban las grabaciones que habían completado unos segundos atrás.

-  Será difícil salir de aquí, Kydland. Estamos rodeados – dijo olvidando los formalismos.

-  ¿Sabes? – respondió en el mismo tono amable – creo que no necesitaremos hacerlo por unas horas. Tarde o temprano se cansaran, volverán a sus estudios o a sus casas, tomarán una ducha y mañana saldrán a perseguir alguna otra presa más jugosa. En una semana nadie recordará esto y podremos trabajar en paz.

-  ¿Acaso estás sugiriendo que permanezcamos aquí todo ese tiempo? Se vería... extraño. Además, debería explicárselo a Florencia y ella siempre tuvo celos de...

-  Prescott… eres un verdadero imbécil cuando te lo propones –, declaró casi como al pasar, mientras buscaba una silla en la cual descansar cuanto menos unos minutos.

No habían detenido la investigación un solo minuto desde que llegara la llamada proveniente de la casa del Profesor Nicolás Smith. Su esposa, en medio de los sollozos usuales en situaciones de esta índole, manifestó que el Profesor estaba notoriamente retrasado. El hecho de que definiera como “retraso” a una ausencia de dos días y medio motivó ciertas suspicacias que fueron rápidamente descartadas al comprobar la conducta intachable de este prohombre de la ciencia nacional. Tales sucesos distaban veinticuatro horas en el pasado reciente. Veinticuatro horas en las cuales Kydland y Prescott habían removido cielo y tierra, sin descanso alguno, para encontrar precisamente nada fuera de lo que esperaban hallar.

Fue casi producto del azar que ellos tomaran el caso, no éste en particular, sino la sucesión de acontecimientos que derivo en el mismo. Cinco meses atrás una llamada de tono similar los inició con el idéntico asunto del Profesor Persson, lo que los llevó a indagar y descubrir el patrón de misteriosas “fugas” que los ocupa.

-  ¿Sabes Prescott? Creo que hemos llegado demasiado lejos con esto. Quiero decir... ¿Cómo explicarlo? Sabemos tanto de cada uno de ellos y al mismo tiempo no entendemos nada de lo que ocurre. Sé que suena reiterativo. Cinco minutos atrás dije algo idéntico. Me refiero a que estamos anclados en los detalles. Debemos pensar esto de manera más abierta...

-  ¿Sugieres OVNIS provenientes de la segunda luna de Saturno para comenzar? Conozco alguien en el Observatorio que nos permitiría echar un vistazo. Sin cargo, por supuesto – dijo con la mayor seriedad de la que disponía a esas alturas.

No pudieron evitar sonreír. Eso era bueno y las buenas señales son necesarias cuando se está al límite de la desesperación, pensó Julieta y luego volvió al tema que prometía desvelarlos muchas noches.

-  Me refiero a que, por ejemplo, cada escenario, y cuando digo esto me refiero al lugar donde fueron halladas las manchas de sangre en el techo, estaba perfectamente ordenado, en la máxima expresión de pulcritud. Si recuerdas el caso McCallum, verás que incluso su secretaria, se sorprendió cuando le mencionamos el hecho y dijo: “¡vaya, eso sí que es nuevo!” . Por otro lado, el lugar siempre fue la oficina o el lugar de trabajo. Jamás el dormitorio o la sala de su domicilio particular. De algún modo, es como si quisiera o quisieran, lo que fuere, que cada familia se mantuviera al margen del asunto...

-  Además, todos eran, o, para no pecar de pesimista, son científicos de tipo físico. No hay expertos provenientes de ninguna otra rama de las ciencias, como la biología o las ciencias sociales – refirió Prescott sentándose en el pequeño sofá raído por los evidentes años de uso continuo.

-  Es cierto. Un matemático, un doctor en química, un ingeniero mecánico, un físico, un ingeniero en sistemas, un ingeniero nuclear y un astrofísico. Si mal no recuerdo ese fue el orden. No olvidemos tampoco que todos tenían la misma edad, cincuenta y dos años, observa que suma siete – dijo mirando al techo –, y que provienen de siete provincias distintas del país. Si bien existen indicios, mejor dicho pruebas, de que se conocían, no las hay de que hubiera existido contacto en los últimos tres años, entre ellos o sus familias. Hay... demasiadas cosas en común.

-  Estoy a punto de enloquecer – gruñó Prescott mientras cubría su cara con sus manos gruesas. En ese momento cruzó por su mente un recuerdo en sepia de la época en la que ayudaba a su padre, Don Cornelio, en la descarga de cajones de frutas de la verdulería de Ramos Mejía. En los últimos tiempos, esas imágenes le volvían a la mente a menudo y entonces trataba de comprender qué lo había llevado a ingresar a la Academia de Policía. Sin embargo, no era momento para dilucidar cuestiones personales que bien podían esperar a que llegara a la casa y se diera un buen baño de inmersión.

-  De alguna manera esto está demasiado arreglado – embistió Kydland –. Es como si alguien se fuera de vacaciones o en un largo viaje: se deja todo ordenado para que al regresar la impresión de volver sea menor...

-  ¿Puedo decirte algo Kydland? – pensativo, murmuró, casi en un suspiro, al erguirse y verificar que las llaves de su auto estuvieran en el bolsillo derecho de su saco, lugar donde siempre, desde adolescente, las había dejado.

Julieta volvió sus ojos a los de su amigo, su compañero de tantos años en la fuerza, y supo de antemano lo que significaban esas palabras aunque jamás las hubiera escuchado de sus labios. Tal vez eran obvias. Tal vez eran las únicas posibles y ella nunca hubiese tenido la fuerza de admitirlas.

-  Jamás sabremos qué ha pasado. No me refiero sólo a nosotros, sino a quien sea que investigue los hechos. Quizás lo único en concreto que podamos extraer es, como ya te he dicho, que no habrá más fugas, desapariciones, secuestros o lo que sea que haya ocurrido – expresó sin dudas, como si fuera lo único de lo que estuviera seguro en su vida.

-  ¿Entiendes lo que eso significa? – profirió en un suspiro la comisario Kydland.

-  Sí. En menos de lo que suponemos seremos las dos flamantes incorporaciones del “Honorable Cuerpo de Inspectores de Tránsito” de la ciudad – hizo una pausa antes de continuar – y después de todo no puede ser tan malo. Serán unos pocos años hasta que nos jubilen...

-  ¡Me niego! ¡No me perdonaría que algo le pasara a esta gente! ¡No puedo darme por vencida así como así, tan fácilmente!

-  Julieta... Ya le ocurrió algo a esta gente y ya has sido vencida... tan fácilmente. Simplemente está más allá de nosotros comprender que ha sido y quién o qué lo provocó. Las circunstancias son superiores a los recursos.

Julieta volvió a sentarse y bajó la vista al nivel del piso. La alfombra lucía inmaculada. Supo que Prescott tenía razón. La verdad de los hechos, en toda su contundencia, apoyaba cada una de sus palabras. Y sin embargo, pretendía que aún le quedaban fuerzas para continuar, que era cuestión de persistir, porque el tiempo, curioso fenómeno, se encargaría de dilucidar aquello que hoy pasaban por alto y les impedía tener el éxito que habían tenido en otros asuntos, menos estremecedores, pero más sórdidos que el que les ocupaba.

-  Sergio, quiero que me prometas algo – dijo con voz determinada.

-  Lo que sea. Sólo dímelo – contestó sin más.

-  Voy a llegar al fondo de esto, sin importar lo que me cueste, las noches que no pueda dormir o a quien deba enterrar y hacer resucitar para lograrlo. Sólo quiero saber que si en alguna ocasión necesitara de tu ayuda, puedo contar con ella.

Sus miradas se encontraron nuevamente. Tales cosas ocurrían demasiado a menudo. Sergio se limitó a acercarse y abrazarla. Ese sencillo gesto fue comprendido como una respuesta afirmativa.

Lograron salir al exterior unas horas después. No había rastros de periodistas. Julieta consultó al cabo Tabellini si había tomado fotografías de los curiosos que se habían autoconvocado al lugar. Tal cosa les resultó útil unos años atrás y no estaban en condiciones de descartar ninguna posibilidad.

Pero fue en vano. Nada encontraron. Ninguna de las imágenes mostraba algo fuera de lo convencional. Miradas, gestos, actitudes, todo encajaba en un manual de costumbres cívicas argentinas. No respetaban el vallado, se agolpaban contra las puertas cerradas, gritaban cuando se pedía silencio, se atravesaban al pedir paso para los móviles... Nada inusual. La comparación con las fotografías disponibles de las escenas anteriores no arrojó resultado alguno. Aparentemente, la masa es similar y diferente a la vez, puesto que las caras se renuevan, pero el comportamiento es maravillosamente idéntico.

Al cabo de dos largas semanas continuaban atascados en el mismo punto de partida, las presiones para obtener un resultado se multiplicaban y nadie quería admitir, excepto Prescott claro está, que el misterio no tenía solución a la vista. Se hallaban frente a un rompecabezas desordenado al que le faltaban demasiadas piezas para empezar a rearmarlo.

Y el tiempo pasó y con él las conferencias de prensa improvisadas a las ocho de la mañana en la puerta de la casa de la comisario Kydland.

Como es bien sabido, dos verdades supremas de toda sociedad política aseguran que el hilo siempre se corta por lo más delgado y que, por otro lado, el movimiento se demuestra andando. Fue así como, ante la falta de resultados, Kydland y Prescott fueron removidos del caso y, para demostrar “voluntad política” de llegar “hasta las últimas consecuencias”, se los exoneró de la fuerza a la que habían pertenecido por más de dos décadas y media. El cumplimiento de las leyes y procedimientos administrativos aplicables había sido ejemplar en ocasión de su despido.

Algo más de un año después del escándalo nadie recordaba un solo detalle. Hacia fines de diciembre se dejó leer apenas una reseña, casi a pie de página, en la sección de noticias policiales que conmemoraba los casos más escalofriantes del año. De algún modo, como tantas otras cosas, parecía que jamás hubiera ocurrido. La vida seguía su curso incluso para las familias de quienes ya no estaban. Es asombrosa la capacidad de recuperación de alguna gente.

Durante los meses siguientes, Julieta no había vuelto a ver a Sergio. No había querido hacerlo. No hubiera soportado tener que admitir que lo que le había dicho mientras estaban en esa oficina era la más pura verdad, aún cuando ella, en su fuero más íntimo lo supo al instante. Orgullo, se decía, he perdido mi carrera por orgullo. ¿A quién le hubiera importado su renuncia cuando aún tenía oportunidad de redactarla? ¿Por qué esperó la llegada del escarnio tangible? Y la respuesta fue siempre la misma: orgullo, amor propio, elevada autoestima, soberbia. Ponerle nombre diferentes no cambiaba su verdadero sentido.

Sergio también había tenido razón en otra cosa, aún cuando lo dijo refiriéndose a su futuro como inspectores de tránsito. En verdad, alejarse no había sido tan malo, ya que ahora podía ejercer su vocación de abuela, cocinar aquello que le viniera en gana los domingos al mediodía para su esposo Alberto y, por si fuera poco, cuidar de su pequeño jardín de árboles bonsái en el patio trasero.

Pero la espina seguía clavada. No todas las heridas sanan cambiando almanaques. No saber, no entender lo sucedido, había fulminado algo en su interior, y tal vez por eso consideraba que no solo el asunto completo consistía en una derrota personal, sino en su más grande humillación. Había jurado continuar, pero carecía de respaldo para actuar. Y estas cosas se resuelven con cerebro, agallas y un buen escudo. Ella carecía de esto último y era consciente de eso.

No obstante, las cosas ocurren, aunque la mayoría de las veces lo hagan simplemente por refinación de la paciencia. Un buen día soleado a inicios del invierno, de esos que ocurren una o dos veces cada año, cuando las cosas de la vida semejan estar encarriladas hacia algún sitio cercano al que uno aspira, Julieta recibió un llamado que la inquietó.

Era Sergio.

La charla fue escueta, mínima.

La citaba en un café del centro, a las siete de la tarde del día 7 de julio del año 2005. Siete. Siete. Siete. Dos más cinco, siete. Sintió escalofríos. Antes de que pudiera reaccionar, Sergio había cortado, no sin antes pedirle absoluta reserva respecto al encuentro con todo aquel que la conociera.

¿Acaso estaba jugando? ¿Qué se proponía? Jamás le perdonaría esta broma de mal gusto. Tanto tiempo sin tener contacto y ahora... esto. ¿Qué se traía entre manos?

Faltaban tres días para la reunión. Tres largas jornadas en las cuales más le hubiera valido ser capaz de morderse los codos para calmar la ansiedad, que descubrir, contactos mediante, que Sergio se había mudado y no había dejado sus nuevas señas a ninguno de sus antiguos conocidos. Ni siquiera fueron capaces de informarle si aún vivía en la ciudad. Su ahora ex esposa Florencia, había dejado su trabajo antes de desaparecer por completo y su hijo había emigrado a España. Todo en la misma época, apenas posterior a su exoneración. Demasiado movimiento, demasiada coordinación para ser una “casualidad”. Más allá de todo, podía estar segura de cuándo y dónde encontrarlo, y no faltaba mucho para eso.

El día pactado, eligió cuidadosamente que vestido usar, la combinación correcta de abrigo, cartera y zapatos y el perfume indicado. Se detuvo, dos segundos nada más, frente al espejo. Sí, estaba definitivamente mejor que la última vez que se habían visto. El descanso de una vida sosegada le había sentado bien. Por lo pronto ya no tenía esas horrorosas ojeras que la atormentaran un par de años atrás.

Llamó un taxi a la agencia del barrio.

Escribió una nota para Alberto avisando que se encontraría con unas amigas de su promoción del colegio secundario y que probablemente volvería tarde por la noche. La comida estaba en el envase lila de la heladera, segundo estante. Por favor, cuidado con el microondas: no calentar más de dos minutos y medio. No debía esperarla despierto si volvía cansado del trabajo. Sí Alberto, no insistas, dos minutos y medio son suficientes para calentar la comida. Dejó el papel sobre la mesa ratona de la sala, justo frente al televisor y debajo del control remoto.

Suena una bocina. El transporte llegó.

Antes de salir, abrió la cartera y observó su interior. El arma estaba cargada y rápidamente disponible. Pequeña, de alto poder y, sobre todo, silenciosa. Perfecta para una dama en la plenitud de su edad madura tal como era ella. Dos cargadores adicionales le permitían simular cierta tranquilidad de la que, en realidad, carecía.

Subió al automóvil, indicó la dirección y no emitió sonido en todo el viaje. Miraba hacia el exterior, siguiendo la línea del cordón de la vereda. Sus ojos exhibían cierta melancolía, tan notoria que el chofer le preguntó si se sentía bien, a lo que respondió con una leve inclinación afirmativa de la cabeza.

Al llegar, la noche era cerrada. El lugar elegido era una tradicional confitería del centro porteño. Una indudable buena elección para un café de reencuentro entre viejos amigos, pensó. Aunque ciertos indicios nada sutiles no le permitían estar segura de tal cosa respecto de su estimado Sergio.

Entró al lugar y observó las concurridas mesas buscando a quien esperaba encontrar. Sergio se paró junto a su silla y con una amplia sonrisa, hizo un gesto con su mano para llamar su atención. Julieta se dirigió hacia allí, al centro puntual de todo el lugar, y no pudo evitar observar que los años habían sido benévolos también con él.

-  ¿Cómo estás, Prescott? – preguntó devolviendo la sonrisa afable.

-  Evidentemente no tan bien como tú, Julieta. Luces fantástica, verdaderamente encantadora – dijo extendiendo una silla.

-  ¡Oh, por Dios, Sergio! Déjate de patrañas y vamos al grano. ¿Me quieres decir que significa todo esto? Siete, siete, siete y más siete. ¿Qué tan ingenua crees que soy? ¿Qué ocurre? ¿Y por qué me pediste tanto sigilo para venir? – inquirió en voz baja, casi entre dientes, y visiblemente alterada.

-  No pierdes el tiempo. Hay cosas que no cambian y tú eres una de ellas. El tiempo ha pasado desde aquellos sucesos...

-  ¡Pero yo no olvido lo ocurrido! ¡No ha transcurrido un solo día sin que piense que ha sido de esa gente! Sus cuerpos jamás fueron hallados, tampoco salieron del país y, recuerda que aún tengo buenos contactos que me permiten asegurar tal cosa, sus familias actúan como si nada hubiera pasado... Es, es, es como sí se los hubiera tragado la tierra, si se me permite la falta de originalidad en la expresión.

Respiró profundamente.

La carencia de una respuesta, un cierre definitivo al caso, la consumía por dentro. Era el fuego que la había mantenido activa todo el tiempo, ejercitando la perseverancia hasta que llegara el día en que la verdad fuera finalmente develada. Esa no tan secreta esperanza alimentaba su vida.

Y Sergio lo sabía.

-  Tú sabes algo que no me has dicho. Estoy absolutamente segura de eso. ¡Después de todo lo que hemos pasado juntos!

Un dejo de tristeza en la voz, reflejando claramente la decepción que sentía, la conmovió. Sergio se acomodó en la silla. En ningún momento había dejado de observarla, cada gesto, cada palabra, le parecían una exhibición de la nobleza que había traicionado. El costo de sus decisiones había resultado muy alto. Y fue entonces cuando Prescott dijo, tranquilo y pausado como era su costumbre de toda la vida:

-  Escucha con atención lo que voy a decirte. Estás en lo cierto, sé más de lo que crees, pero lo mantuve oculto por tu bien. Siempre ha sido eso lo que me ha importado. Siempre ha sido así, lo juro. Debes creerme, Julieta.

La ex comisario Kydland tomó la cartera y la apretó contra su vientre. No daba crédito a lo que había escuchado, la confesión de la más baja traición pretendía ser encubierta como un gentil acto de protección caballeresca. Sergio percibió el impacto de su revelación, pero debía continuar.

Ahora era su momento de hablar.

-  Mira a tu alrededor. No dudes de mí, por favor. Sé lo que sientes, lo juro, pero si alguna vez has tenido confianza en mí, debes hacer lo que te digo. Observa a quienes te rodean.

Julieta tuvo miedo, cerró los ojos con fuerza y descubrió sus pupilas mientras giraba su cabeza, lenta y temerosa, hacia derecha e izquierda. Las mesas contiguas estaban todas ocupadas. Hombres solos. Siete hombres solos. Siete hombres solos vestidos de idéntico traje gris, intrascendentes para quien los mirara caminar en una calle cualquiera, tomaban té en siete tazas blancas.

-  Te presento a los señores... Bueno, seguramente recordarás sus nombres.

Julieta estaba inmóvil. El terror se había apoderado de cada uno de sus músculos. Debía salir de allí en ese mismo momento, correr, correr hasta su casa, cerrar las puertas con llave y esconderse bajo la cama como si cincuenta años no hubieran pasado y aún fuera una niña asustada por el advenimiento de un trueno inoportuno. Los siete escuchaban. Los siete guardaban silencio. Los siete miraban al vacío existente entre Kydland y Prescott, en algún lugar del centro exacto del infinito espacio que ahora había entre los dos.

Prescott continuó su charla.

-  Veo que los reconoces. Los señores me contrataron como su jefe de seguridad. Tal cosa ocurrió muchos años atrás, exactamente diecinueve, incluso antes de que te conociera y ocurriera lo que... ocurrió. Su “ sociedad secreta ”, para llamarla de algún modo, comenzó aún antes de eso. Ni siquiera yo sé todo lo que a ellos concierne, sólo aquello que me comunican y que, a su juicio, constituye parte vital de mi trabajo. Siempre has estado dentro de sus consideraciones, ya que fuiste perjudicada por sus actividades. Fue un subproducto, un... residuo no deseado de la “Operación Siete” , la cual, puesta en escena mediante, implicó su desaparición de la vida social activa.

-  No entiendo una palabra de lo que me dices, Sergio – afirmó con la voz entrecortada, forzando una firmeza que flaqueaba.

-  No te preocupes, al principio es difícil, pero con el tiempo te acostumbras a seguir el ritmo de sus decisiones.

La afirmación de Sergio activó cierta fibra interna de Julieta, al tiempo que el miedo comenzaba a degenerar en pánico extremo. Se supo burlada, insultada en su buena fe. Su inteligencia había sido víctima de una fantástica bomba de espuma que le había estallado en la cara.

-  ¿Qué con el tiempo te acostumbras? ¿Qué quieres decir con eso? ¿Por qué demonios debería yo tener que acostumbrarme a vivir de acuerdo a sus decisiones? ¡Yo vivo ya mismo con sus consecuencias, maldito traidor!

-  Julieta... hay cosas que yo no sé.

-  Pues averígualas “por tu propio bien” . ¿Te suena conocido? ¿Sabes qué? A mi no me interesa saberlas. ¡Ya he tenido suficiente de todo esto! Si lo que querías era jugar una sucia broma enferma para destruirme, arruinarme la vida, y tomar alguna estúpida venganza por haberme enam...

Se detuvo antes de culminar la frase. No habían vuelto a hablar de ese particular tema desde que terminaron, tantos años atrás que ninguno de los dos podía recordar cuantos. Hay cosas, escasas por cierto, que más vale no negarse a olvidar cuando la memoria así lo exige.

Y esta era una de ellas.

-  ¿Jamás me perdonaste, no es así? Dímelo, por favor.

-  No...

Devastada, Julieta intentó pararse y salir de ese lugar, pero no pudo. El hombre a su derecha tomó su brazo y la retuvo en su silla. Inútil fue forcejear. Inútil fue el intento de gritar, porque el hombre a su izquierda cubrió su boca con su mano. Sin que se diera cuenta, habían vaciado y cerrado el bar. Solo ellos nueve en el centro, y un hombre que no había visto antes y que permanecía custodiando la puerta, quedaban en el lugar. Se supo perdida, pero no se iría sin conocer la verdad que vino a buscar.

-  Debes estarte quieta y callada. Nada va a pasarte. Ellos no quieren hacerte daño. Jamás lo hicieron. Solo... las cosas se salieron de rumbo hace un par de años – dijo Sergio intentando calmarla.

Las manos ajenas la habían soltado. Abatida, yacía sobre la silla sin poder articular palabra. Una vez más, el silencio se hizo presente entre los dos.

-  La sociedad secreta de los señores, en otro tiempo científicos de renombre, forma parte de una red de grupos que actúa en casi todos los países del mundo, buscando la manera de encauzar cada historia nacional dentro de ciertos límites razonables, armónicos. No conozco sus medios, su origen, sus recursos, o si son sólo ellos siete o si son miles. Intuyo que son el verdadero poder detrás de los poderosos y que hay más secretos a su alrededor de los que podría comprender en una vida. De acuerdo a cierto plan al que no he tenido acceso ni lo tendré, esta generación ha sido la de las ciencias físicas, como lo fue de historiadores la anterior. Eso es todo y te lo he dicho todo en su presencia. Yo únicamente me encargo de mantener ocultas sus identidades y de que las que fueron sus familias no padezcan más de lo debido. Su deseo era que los vieras con vida, para que pudieras continuar con la tuya de la mejor manera posible, pero por alguna razón que desconozco no tienen permitido hablar con nadie que no pertenezca a su organización, de ahí su silencio y la necesidad de mi intermediación – confesó Prescott.

Julieta no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban de boca del más bajo traidor que había conocido. “No” , había dicho y eso retumbaba en su cabeza.

“No” , había dicho y la ráfaga de su desprecio la arrasó.

La realidad es más compleja, a veces, de lo que la más fértil imaginación podría pergeñar. Miró a su alrededor y los siete hombres sentados en siete mesas la veían directo a los ojos. La expresión en sus rostros era indefinible, pero no creía estar lo suficientemente lúcida como para arriesgar un perfil psicológico de cada uno de ellos y de todo el maniático grupo.

-  Eso es todo lo que había de decirte, Julieta. Pedirte perdón por lo que has sufrido sería poner palabras a sus sentimientos – manifestó el hombre al que creía conocer, pero que la había engañado en su propia cara durante años como a una novia adolescente –. Por último, es su voluntad que una cantidad importante de dinero sea depositada en una cuenta numerada en Suiza, de la cual tendrás información dentro de cinco años, exactamente a siete años de la última desaparición. Si algo te ocurriera en ese lapso – hizo una pausa al pensar en la posibilidad – el dinero será depositado en instituciones de caridad. Ahora debes irte de aquí y, por favor, recuerda que esta entrevista jamás ocurrió.

En ese momento, Julieta, enmudecida de odio y tal vez de miedo, se elevó sobre la silla, con la particular arrogancia de un espíritu en pena, y se encaminó hacia la puerta de salida. Una seña de Sergio bastó para que quien oficiaba de portero se apartara de su paso. Aún tenía sus lágrimas y su orgullo herido y jamás podrían arrogarse el derecho de manosearlos de tal manera...

No otra vez.

Antes de que lo notaran, abrió su cartera, tomó el arma y en un giro mortal disparó contra Sergio. Los siete hombres grises observaron impávidos dos gruesos hilos de sangre, uno brotando de su frente y el otro de su nuca, y un pequeño agujero de bala en la caja registradora.

Los sucesos habían ocurrido dentro de los parámetros esperados. El nuevo jefe de seguridad aguardaría la ceremonia de investidura en una localización alternativa. Los siete hombres de gris salieron cada uno a su tiempo según lo estipulado y tomaron direcciones opuestas que convergerían a la hora premeditada en el lugar acordado.

Nadie reparó en Julieta.

Arriba de un taxi tomado diez pasos fuera del café, de camino a su casa encendió un cigarrillo para mitigar el dolor de conciencia que juró no volver a tener, al menos por esta causa. Comprendió que desde un principio ella había sido su instrumento y nada podía hacer al respecto.

Jamás volvió a saber de ellos, por medios propios o ajenos, hasta que un sencillo sobre de papel blanco se deslizó bajo la puerta de calle de su casa, mientras transcurría la mañana del 7 de julio de 2010. Siete números precedían siete palabras que en conjunto indicaban número de cuenta, banco, país, ciudad e importe depositado. Mientras leía, la pantalla del televisor anunciaba en sus noticias el estallido de una nueva guerra en Medio Oriente, imágenes transmitidas desde la segunda luna de Saturno, el descubrimiento de una nueva vacuna, las peripecias de la ropa interior de alguna cantante pop y el nombre del nuevo presidente de un país europeo.

Por su mente pasó el reflejo de la idea de que tal vez algunas cosas que ocurren en el mundo no contenían en su esencia aquella espontaneidad que de niña solía atribuirles y, sin mayores atenuantes, concluyó para sí misma que el paso del tiempo no es otra cosa que la percepción de la pérdida de la propia inocencia.

Plegó el papel y lo guardó bajo llave en el cajón de su escritorio.

Alberto esperaba en la cocina.

El resto de la familia llegaría pronto.

Había decisiones que tomar respecto del almuerzo.

 



 

 



  Obras de este autor

· Vacío
· Alas rotas
· Acerca de mi humana naturaleza
· Esperando el amanecer
· Glamour
· La Sagrada Familia
· Ingenua aguja de un reloj descompuesto
· C’est la vie mon amour
· El futuro
· Oscura claridad en la penumbra
· Las obras maestras
· Mínimo
· Nublada tarde de sol

 


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  Autores

. Aguirre Franco, Rafael
. Álvarez Ansina, Nuria
· Arévalo Cruz, Antonio
· Arévalo Cruz, Antonio (II)
· Arévalo Cruz, Antonio (III)
· Carbajosa Gómez, Miguel José
· Castillo Escobar, Juana
· Castillo Escobar, Juana (II)
· Claure, Roy
· Claure, Roy (II)
· Dell’Acqua Pedreira, Alvaro Antonio
· Echarri Fernández, Carlos
· Fernández Aredo, Paloma

· Ferrer Alonso, Montserrat

· Figuerola Manso, Jaime

· Gnatiuk, José

· Iglesias Fouce, Luis

· Iglesias Fouce, Luis (II)

· León Burgos, Miguel

· León Burgos, Miguel (II)

· León Burgos, Miguel (III)

· Lucas Buñuel, Alfonso de

· Maneiro, Luz
· Nicolás Cabrero, Enrique Eloy de
· Santiago, Carlos
· Yago Escorial

 


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