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  LEER Relato  

Mauricio Hernán Dreiling



La Sagrada Familia

 

Su padre era político de poca monta por naturaleza, con sangre de apellido compuesto y altisonante, y convenientes amistades que había recolectado, no sin algo de astucia y una notoria carencia de vergüenza y amor propio, a lo largo de sus años de apoderado y correveidile del caudillo de turno. Su madre provenía de lo que suele denominarse “una buena familia”, cuyo apellido era aún más compuesto que el de su esposo, pero sin caer en cierta pompa que le restaba brillo. Era una rica heredera de tierras ubicadas en el sur de la provincia de Buenos Aires, las cuales habían pasado de generación en generación desde la distante época dorada de las excursiones a los indios ranqueles, los fuertes, los malones y algún Martín Fierro desprevenido que culminó sus días de gaucho errante cavando zanjas bajo el sol abrasador de algún enero del mil ochocientos y pico.

No sería necesario mencionar, dados los antecedentes, que jamás debieron preocuparse por hallar la manera de llegar al final de cada mes o por elegir algún destino acorde a sus posibilidades económicas para las vacaciones de invierno o de verano. Hay cosas que el buen pasar del que gozaban eliminaba por completo de su lista de desvelos, si acaso alguno de índole material podía caberles. Añadiendo a lo antedicho que el patriarca o matriarca de turno supo alienar, perdón, alinear sus gustos políticos correctamente para conservar su patrimonio sin sobresaltos, estamos en presencia de gente que, para nuestra sorpresa y caritativo beneplácito, jamás ha salido del Paraíso Terrenal y, sin ir más lejos, nos ha honrado con ubicar este místico lugar en el centro neurálgico mismo de la República Argentina.

Por cuestiones prácticas, llamemos de aquí en adelante a este hombre “Papi” y a esta mujer “Mami”, dado que sería engorroso escribir completos sus largos nombres y, además, completamente innecesario. Sólo son inevitables actores de reparto en esta breve, pero elocuente historia, ya que el personaje central no es otro que su adorado retoño, llamado Ignacio, y alternativamente “Nacho”, o apenas “Nachito” por los íntimos.

Hay que decir que nació una gélida mañana de julio, sin que tal evento haya significado algún designio astrológico particularmente auspicioso o ni siquiera maléfico. Apenas caída la noche previa Mami había roto su oligárquica bolsa de líquido amniótico y, dado que el alumbramiento sobrevino unos días antes de lo esperado, Papi tuvo que salir del calor del hogar para trasladarla hacia la clínica seleccionada, no sin antes avisar al servicio de la casa respecto al suceso y suspender el mitin político semanal, cuyo seguro resultado hubiera sido una candidatura propia en las elecciones siguientes. De haber asistido habrían cambiado las cosas para él, ya que hubiese ascendido de la categoría de ignorado caudillo de ilustres a la de ignoto ídem. De algún modo, Papi jamás perdonó las consecuencias de ese imprevisto, pero no dijo nada al respecto. Esas cosas no se mencionan en las familias de buen pasar como la presente, sino que se desquitan en los testamentos.

Once horas y media de labores de parto modificaron el alegre carácter de Mami. No volvió a ser la misma. Si bien el parto de Ignacio constituía la cabal observancia del mandato bíblico de “parirás a tus hijos con dolor”, hay una poco sutil distinción entre dolor y agonía que ella descubrió en ese prolongado y preciso instante. Una vez recuperada de la faena y habiendo finalizado sus tareas de amamantamiento, Mami juró que ese hijo, hermoso por cierto, era el primero y último, y acto seguido comenzó a desayunar un Bloody Mary para amortiguar la resaca del whisky doble on the rocks de la noche anterior. En toda la casa nadie supo nunca semejante cosa. Tampoco alguien le hubiera dado la más mínima trascendencia.

Oscilando entre Navidad en New York o Viena y Año Nuevo en Roma, Nacho conoció el mundo, el verdadero mundo, desde pequeño. El principito sin trono ni corona acompañaba a su madre, su asistente personal y a su niñera infaltable, no menos que infatigable, durante las eternas peregrinaciones por los escaparates parisinos o milaneses, todo lo cual lo convirtió desde muy niño en un alma delicada, de un gusto exquisito para todas las expresiones artísticas.

Nuestro estimado Nacho creció, fuerte y sano, y fue al mismo colegio primario y secundario que su padre, aquel de la abnegada congregación y edificio centenario. No repararemos demasiado en su niñez y adolescencia porque, de hecho, no tuvieron nada de particular. Respecto a los deportes practicó tenis, rugby y atravesó una breve etapa de interés por el polo, pero no fue muy afecto a ellos dada su mala predisposición a la derrota. Los sábados por la noche, salidas, disco, y en caso de aburrimiento extremo, agua mineral y pastillas. En otros menesteres más personales, tuvo su primer beso francés a los doce y su primera vez en el amor casi a los catorce. Su primer noviazgo formal llegó a los quince, con una chica encantadora llamada María Candela, su más grande amor y la madre del hijo que naciera cuando Nacho apenas atravesaba la barrera de los dieciséis. En este último aspecto, merced a la rápida y atinada intervención de ambos pares de horrorizados padres, el asunto se resolvió enviando a la automática ex novia en un viaje de estudios a los Estados Unidos. Por unos cuantos años no volvió a saber de ella. En rigor de verdad, la escasa elegancia de los manejos paternales procuró que jamás supiera de la existencia del producto de su amor adolescente. Como dije antes, esta etapa no revestía ninguna vicisitud por entero ajena a su abolengo.

Hacia el final de los gloriosos ochenta recuerdo, no sin algo de nostalgia, que Papi había invertido parte de su capital para convertirse en el único propietario de una compañía financiera, e insistía en mencionar las palabras “mesa”, “cueva”, y “arbolitos” al referirse a sus labores. Incluso en alguna sobremesa de los domingos en la casa de campo de Tortuguitas se refirió a las oficinas sobre una exclusiva avenida porteña como una enorme “lavandería”. Nacho no comprendía ciertas sutilezas en ese infantil entonces y, en realidad, debo admitir que nunca fue muy ágil a la hora de captar ninguna, pero esa es harina de un costal que no nos compete.

Unos años más tarde, ya para la época en que Ignacio estaba por finalizar sus estudios secundarios, Papi tuvo problemas con la ley, surgidos de un cúmulo de infamias, todas ellas rápidamente desmentidas, acerca de sus actividades financieras y empresariales. “Es indudable que han sido vertidas por activistas de los que siempre abundan y no dejan trabajar en paz a la gente que hace grande a este país” , declararía en su defensa. Pese a los sinsabores iniciales, el hecho le dio algo de notoriedad en la prensa, y no sólo no le impidió obtener una banca en el Senado de la Nación , sino que impulsó una carrera de servidor público que creía perdida.

Nacho admiraba a su padre por su fantástica capacidad de regeneración. Siempre caía parado. Siempre estaba dispuesto a continuar. Su tesón quedaba demostrado al observar como su matrimonio, ya no feliz, había devenido en una sociedad comercial perfecta desde que Mami vendiera la totalidad de sus estancias a un inversor italiano a cambio del siempre justo precio de mercado, con el sólo objeto de recapitalizar su ahora denominado “New Banco Empresarial”. Esto ocurrió inmediatamente después de cierto tembladeral financiero con nombre de bebida mexicana de alto contenido etílico.

Mami nunca le perdonó el tener que desprenderse de posesiones tan preciadas para su estirpe, pero su enojo estuvo contemporizado por dos hechos puntuales de efectos contrapuestos. El primero se relacionaba con la llegada al servicio de la casa de cierto chofer muy joven y de arrogante fibra atlética. El segundo estaba ligado al ascenso de la secretaria de Papi a Vicepresidenta Segunda del banco. La dosis diaria de Bloody Mary fue duplicada y a media tarde era acompañada por ansiolíticos, antidepresivos y/o antihistamínicos recetados por su médico de cabecera, íntimo amigo de la familia desde siempre.

Casi un hombre por aquel entonces, Nacho comenzó a realizar algunas tareas en el banco. Tal cosa ocurrió apenas un día después de regresar de los viajes que realizó durante su año sabático previo al inicio de sus estudios universitarios. Como hijo de un ya respetado Senador Nacional, debería completarlos en alguna prestigiosa y exigente universidad. Se había dispuesto que fuera contador público como su padre. En realidad, Nacho no se hallaba demasiado feliz con la impronta, la cual bajo ningún punto de vista había sido su determinación. El hubiera querido ser otra cosa. Nunca supo bien qué era esa otra cosa, pero definitivamente no se relacionaba con el debe y el haber. Así sucedió que luego de cuatro largos años en los que intentó aprobar, lamentablemente sin suerte, las pruebas de ingreso requeridas por la honorable casa de altos estudios, golpeó la puerta del estudio que Papi tenía en la casona familiar y le dijo con voz triste:

-  Papi, desaprobé.

-  ¡Otra vez, che! – contestó en su inconfundible tono engolado, levantando abruptamente la vista de los dossier que leía de manera ávida todas las noches antes de acostarse, con la única compañía de sus habanos favoritos y una elegante copa de brandy.

-  Papi, lo que pasa es que no quiero ser contador – lamentó. De algún modo intentaba elaborar una excusa, obvia a todas luces, para su nuevo fracaso.

-  ¡Dejate de pavadas, che! ¡Qué cosas decís! Si algún día todo lo que es mío y de tu madre ha de ser tuyo, entonces tenés que saber manejarte con los números. ¡No es moco de pavo! Es casi un asunto de honor familiar, che.

Papi sorprendía al combinar su criterio pragmático con el “honor familiar”. No concebía la idea de que sus bienes sean, en alguna fecha distante, administrados por manos ajenas… a las suyas propias.

-  Papi, vos no me entendés... – suplicó en un ruego que se perdió en las pulidas paredes recubiertas de madera de nogal.

-  ¡Parecés tu madre, che! ¡Cuando no está dopada o lidiando con su resaca, lo único que hace es quejarse! – respondió alterado, apoyando el habano en el borde del cenicero de cristal de Murano.

-  Papi, no te metas con Mami. No tiene nada que ver con esto – dijo casi en un suspiro, tal vez no el último, pero de seguro no el primero.

Era evidente que la conversación no conducía hacia ningún lugar, cuando menos alguno digno de visitar, y fue así que Papi decidió tomar el toro, un magnífico ejemplar de rodeo, por las astas.

-  Decime, che. ¿Alguien sabe de esto?

-  Papi, no. No le dije a nadie – confesó no sin cierto pudor casi infantil –. Vos me dijiste que no hablara de mis cosas con nadie del banco.

-  Mejor así, che. Andá tranquilo.

-  Papi, pero...

-  Andá, andá, che. Estoy ocupado ahora. Tengo unos llamados importantes que hacer. Trabajo, viste.

-  Papi, me estás echando...

-  No te preocupes por nada, che. Andá a dormir. Nos vemos mañana en la oficina. Salimos a las nueve en punto – estableció, fijando el punto sobre la i, sobre la jota y, por si hacía alguna falta, la diéresis sobre alguna u –. ¡Dale! ¡No te quedes ahí parado, che!

Ya no había nada que decir por esa noche.

-  Papi... Hasta mañana – cerró la conversación y la puerta lentamente, como negándose a aceptar que no había diálogo posible.

Al día siguiente, Mami se quejó de un terrible dolor de cabeza, y Nacho le aconsejó que consultara un nuevo médico, porque esa jaqueca recurrente no era para dejarse estar. Mami dijo que lo pensaría mientras posaba la bolsa de hielo sobre la bandeja de plata y sorbía su doble dosis de antiácido disuelta en un vaso de agua mineral de montaña levemente gasificada. Las pequeñas burbujas rebotaban en su paladar. Tenía mucho en qué meditar, porque las chicas, sus compañeras de promoción del Liceo de Señoritas, vendrían a la casa a las cuatro o'clock de la tarde, y tomarían el té y hablarían en francés, como solían hacerlo, para que el servicio no comprendiera los sutiles detalles de una conversación de Sociedad.

Papi bajó la escalera como un torbellino. Dijo que no quería nada para comer en el desayuno y arrancó a Nacho de su silla con un amenazador “estás listo ya, che” . Listo era una manera de decir, casi un eufemismo para recalcarle que había tomado su futuro en sus manos el mismo día en que nació. Más allá de eso, si Papi había dicho que no se preocupara, entonces no debía hacerlo por encima de lo habitual, y tal cosa implicaba asegurarse de lograr una perfecta armonía de la camisa, la corbata y el pañuelo con el traje; el cinturón con los zapatos; las medias con la ropa interior y, por último, los gemelos y el sujetador de corbatas con el reloj suizo. Armani y Rolex siempre fueron sus mejores asistentes en esa tarea.

No cruzaron palabra en todo el viaje hasta las lujosas oficinas de la torre ubicada en el corazón de Puerto Madero. El chofer observaba por el espejo retrovisor y notaba algo diferente a la tradicional abulia. No carecía de razón su mirada intuitiva pues, en cierto modo, en las pocas horas transcurridas desde la conversación nocturna, su relación había evolucionado desde el desconocimiento hacia una perfecta indiferencia mutua.

Al llegar a su lugar reservado en la cochera, Papi bajó por la puerta derecha y Nacho por la izquierda. El chofer solicitó permiso para retirarse porque necesitaba llevar el auto al taller mecánico. Mencionó algo respecto a un servicio completo que le tomaría la mañana entera, pero que se hallaría a su disposición a través de su teléfono celular.

Una vez en el ascensor, Papi abrió sus labios para comunicarle, en breve frase, una citación que preocupó a Nacho en extremo.

-  Te espero en la sala de conferencias al mediodía, che. Tengo anuncios importantes que hacer.

-  Papi, no te preocupes. Allí estaré.

El resto de la mañana fue caótico. Encerrado en su oficina, Nacho sospechaba que, dado el contexto, los “anuncios importantes” se referirían a su persona. Más aún, a su destino. ¿Sería acaso capaz de echarlo? ¿Bajarle el sueldo o, lo que era peor, asignarlo a alguna sucursal del interior? No soportaba la espera, pero el misterio tendría una corta vida de apenas un par de horas.

Simuló estar en extremo ocupado y se las ingenió para no tomar ningún llamado telefónico. Había que reconocer que tenía alguna habilidad para ello. Llegado el momento, tomó impulso para erguirse, pasó frente al espejo de cuerpo entero que ocupaba un importante lugar de la pared contraria a la ventana de su oficina, y peinó el mechón rebelde que sobrevivía a cualquier fijador. La prolijidad era su lema. “El hábito no hace al monje, pero lo viste” , les decía siempre a sus amigos cuando bromeaban acerca de la preocupación que exhibía por su impecable apariencia. Por supuesto que no olvidó reforzar la dosis de perfume.

Doce en punto.

Llegó a la sala de conferencias. La puerta estaba abierta y percibió que lo esperaban. En el interior estaba todo el personal del banco. Insisto: todo el personal del banco . Papi se ubicaba, como lo solía hacer, en la cabecera de la mesa de reuniones. Le hizo una inequívoca seña con sus cejas. Quería que se acercara. Caminó lentamente hacia él. “Parate acá, che” , le dijo señalando su derecha.

En ese exacto instante, un ruido llamó su atención hacia el lugar por donde había entrado. “Aquí está el servicio de lunch, che. Era hora, ¿no?” , sentenció Papi. Repartieron copas para champagne, que precisamente de champagne fueron cubiertas hasta el tope. Nacho no comprendía de qué se trataba todo el cuadro, pero tuvo la certeza, no ya una mera sospecha infundada, de que se relacionaba directamente con su persona.

Papi tomó su copa.

Papi alzó su copa.

Papi golpeó su copa con la delicadeza de sus uñas de manicura quincenal.

Y Papi, inefable, dijo:

-  Estimados colaboradores, muy buen mediodía a todos. No los voy a aburrir con un largo discurso, aunque la ocasión que lo motiva me causa una felicidad tal, que podría hablar horas y horas al respecto sin cansarme en lo más mínimo. Los he reunido para anunciarles con mi mayor orgullo que mi único hijo Ignacio se ha recibido de contador público un año antes de lo previsto. ¡Y debo agregar que lo ha hecho con un promedio excelente! Estoy seguro de que será un justo merecedor de una Medalla al Mérito. Es por eso que continuará a partir de los próximos meses su formación en una insigne institución de los Estados Unidos, donde se especializará en administración de entidades bancarias. Sé que él es muy reservado en sus asuntos personales, y que probablemente ustedes no tuvieran conocimiento de esta situación. No ha sido su culpa: yo se lo he pedido. Ignacio ha cargado sobre sus jóvenes espaldas la gran responsabilidad de ser mi hijo. He querido enmendar, apenas parcialmente, esa situación al compartir con ustedes este espléndido anuncio, del cual, está claro por la expresión de su rostro, que nuestro querido Nacho no tenía noticia. Les agradezco infinitamente su atención. Pueden disfrutar de las delicias que nos han traído desde el buffet, pero antes, pido un sentido aplauso para Nacho.

Y todos golpearon sus palmas una y otra vez.

Acto seguido, Papi tomó su pañuelo de seda color blanco inmaculado, con sus interminables iniciales bordadas en un monograma escarlata que ocupaba uno de sus extremos visibles, y lo pasó por sus ojos húmedos de emoción. Por su parte, Nacho estaba... Bueno, no existirían palabras para describir como estaba. Atónito era una posibilidad, pero ni siquiera se acercaba remotamente a lo que sentía. Había dejado de parpadear dos minutos atrás. Su respiración apenas bastaba para llevar oxígeno a su sangre y, de hecho, su sangre había dejado de circular normalmente. Sería una redundancia mencionar que estaba inmóvil.

Y entonces Papi lo abrazó, y mientras lo apartaba de la gente en dirección al ventanal, le dio dos fuertes palmadas en la espalda, sujetó suavemente su cabeza y le dijo en voz muy, muy baja al oído, para que nadie pudiera escucharlos:

-  Espero que disimules bien, che. Esta farsa me costó una fortuna. El título y la medalla están en la caja fuerte de mi oficina. Me los trajo el decano de la facultad hace una hora. Estaba un poco ahorcado con un préstamo, viste. Vos bien sabés que todo hombre tiene su precio, la cuestión es encontrarlo, y eso es lo que hice anoche mientras dormías. No te preocupes por nada , che, porque esto es seguro. Sólo una cosa te digo, y espero que me escuches muy bien porque no la voy a repetir: no sé cómo vas a hacer, pero en tres años te quiero aquí, sabiendo lo que deberías saber y todo lo que deberías aprender en el lugar al que te mando. ¡Y más te vale no fallarme esta vez!

-  Papi, pero... – intentó responder en vano.

Acto seguido vinieron dos cariñosas cachetadas en la mejilla, un sentido apretón de manos y Papi se fue marchando, recibiendo la cadena de felicitaciones de rigor, hacia el sector derecho de la sala, lugar donde se encontraban los Vicepresidentes Segundos del banco, ex secretaria incluida.

Nacho quedó solo y parado a un metro de la cabecera de la mesa, la misma que, inercia mediante, sería suya con el correr de los años; la misma a cuya vera se había definido, tal y como lo “intuyera” cuando ya era inminente, su destino de hombre de negocios exitoso. No podía articular palabra, porque se había quedado sin ellas. Cuando Papi había dicho la noche anterior que no se preocupara por nada, no hubiese podido imaginar semejante cosa.

Nacho quedó solo y nadie se acercó a felicitarlo, aún cuando él fuera el motivo por el que la mayoría de los presentes se hallasen atragantados con langostinos y caviar. Pese a su estado de parálisis, podía oír asqueado el murmullo que lo rodeaba. Bocas llenas que susurraban y bocas vacías que se colmaban de comentarios irónicos, como si supieran con el mayor de los detalles lo que en realidad ocurría, porque estas cosas siempre trascienden y son el secreto mejor guardado, ya que lo conoce todo el mundo.

De repente, una fuerza no desconocida ni por él ni por nadie, llamémosla pavor, se apoderó de su ser partiendo desde sus entrañas. Fingió una sonrisa, pidió permiso para pasar y salió con gran sigilo en dirección al baño de caballeros, lugar en el que se halló sin ninguna compañía. Entró en uno de los habitáculos, se sentó y atinó a aflojarse levemente el nudo de la corbata. La sensación había resultado una falsa alarma, pero debía agradecerle la fuga.

Un minuto después entraron dos hombres. A juzgar por sus voces eran jóvenes oficiales de cuentas corporativas. Dos líneas cada uno. So cocaine snob . Ojos al espejo, toalla de papel y eliminación de blancos rastros nasales. Luego se acomodaron en los mingitorios y comenzaron a hablar. Nacho había subido los pies al borde del inodoro y contuvo la respiración, puesto que no quería ser advertido. Durante todas las derivaciones de la conversación, escuchó, no sin una inmensa angustia y alrededor de diez veces cada uno, los términos “hijo de papá” y “nene bien”, entre otros de más grueso calibre, pero que no le causaron el mismo impacto que los dos primeros. Se mantuvo inmóvil mientras oía el agua de los grifos caer, y todavía estaba en la misma posición cuando hacía ya varios segundos sus ocasionales compañeros se habían retirado. En cuclillas sobre el inmaculado retrete, meditaba que lo peor no era lo que decían, sino que tenían razón aún sin saber los detalles de la verdad. Su horrible y manipulada verdad. Logró incorporase lentamente.

Salió del baño.

Salió del piso.

Salió del edificio y deseó un motivo, apenas uno, para no volver jamás.

Caminó por el borde de la vereda tapándose los oídos con las manos, como si quisiera evitar que su cabeza explotara o que, si lo hacía, cuanto menos pudiera conservar parte de ella para posibilitar una desesperada cirugía reconstructiva. Su paso acelerado le permitió hacer varias cuadras en pocos minutos, a pesar de ser hora pico y chocarse con cientos de personas que parecían dirigirse en dirección contraria, incluyendo a los infaltables turistas brasileños, españoles y chilenos. En algún instante, atravesó su mente la lamentable idea de que toda su vida estaba en la dirección contraria, pero que nada podía hacer para evitarlo.

Detuvo su caminata en calle Florida, frente a la vidriera de una casa de ropas de exclusivo diseño. Apoyó las palmas de sus manos en las rodillas. Miró al piso. Tomó aire y apretó sus dientes. Miró al cielo. Permaneció estacionado allí por unos segundos, a pesar de los empujones.

Movió su cabeza hacia uno y otro lado.

Y a su derecha, dentro del local, vio a una mujer y un niño. Por un instante creyó que su rostro era conocido, pero no lograba distinguirlo con claridad. Dio dos pasos al frente. Acercó los ojos y los ayudó con su mano izquierda, formando un puente entre el vidrio y el arco de sus cejas.

Esa cara, ese pelo.

Sí, era María Candela. No había dudas. Lucía bien. Tantos años sin verla, tantos años sin ella, y en el peor día de su vida, volvía a encontrarla. El niño tenía su misma nariz respingada, por lo que estaría en lo cierto si asumía que ella era la madre. Contaría con unos seis o siete años de edad.

Apartó su cuerpo de la vidriera en un lento salto al vacío y vio su imagen reflejada, superpuesta sobre los maniquíes del escaparate. Pensó en entrar y preguntar lo que supo un segundo atrás que debía preguntar, mas no lograba encontrar en su espíritu el suficiente coraje para hacerlo. Pensó en huir, huir de todo, pero, pese a toda la abrumadora evidencia en su contra, no creía ser tan cobarde como para hacerlo.

Tal vez lo hubiera sido diez minutos atrás.

No ahora.

La presencia de un hombre parado frente al local observando hacia su interior por unos minutos llamó la atención del niño y, a su turno, el niño llamó la atención de la madre y, sólo entonces, la madre creyó reconocer en el joven de estoico traje azul oscuro a un viejo amor del que solo quedaban recuerdos, buenos y malos, y un hijo. Llevó su mano a la boca en demostración de su asombro y fue imposible evitar que Nacho, su amado Ignacio, supiera lo que era evidente.

“Si se entera, más te vale que no sea por tu boca, pendeja de mierda, porque no va a ser vida lo que van a pasar vos y tu roñosa familia. Porque están endeudados hasta la coronilla, ¿sabés? Un llamado nuestro podría complicarles mucho los negocios. ¿Me entendiste? Te pregunté si me habías entendido, mocosita. ¡Mirá que querer engancharlo de esta manera tan baja, con todo el futuro que tiene por delante, con todos los planes que hay para él! ¡Si ni siquiera debe ser suyo! Jamás creí que fueras una atorranta, una cualquiera...” , habían dicho Mami y Papi, como en un duo maquiavélico que ensordeció su mente durante años, y aún lo hacía en las noches de mala vigilia.

“Yo no quiero nada suyo. A mi no me va a faltar nada. Y... y... y si tiene algo de corazón, ¡dígale a Ignacio que siempre lo voy a querer!” , había respondido en la ingenuidad de su llanto vivo, arrojándoles en sus caras el dinero y los títulos de las propiedades que le ofrecían para desaparecer.

Porque en definitiva María Candela desapareció gratis, que es la mejor manera de asegurarse un futuro encuentro, y así permaneció hasta el día de hoy. Las amenazas habían podido más al principio, pero la entereza siempre e inexorablemente cumple con su cometido. No obstante, ella suponía que esta “afortunada coincidencia” habría de ocurrir más lejos en el tiempo.

O tal vez nunca.

Pero Ignacio todavía se hallaba parado en la vereda.

Ignacio juntó fuerzas.

Ignacio entró al local.

Ignacio se detuvo frente a la joven madre y su hijo.

Los tres insistieron en su mutismo por incalculables segundos, pero los niños tienen un don especial para resolver estas situaciones incómodas, puesto que siempre se las ingenian para abrir su pequeña boca en el momento adecuado.

-  Má, ¿quién es este señor? – preguntó recostándose sobre su falda.

-  Eh... Es... Eh... El es... – la voz le era esquiva y se perdía a su alrededor, pero sus ojos continuaban fijos en una cara proveniente de un lejano viaje por la memoria.

Los segundos pasaban.

-  Má, ¿por qué estás llorando?

-  No, no estoy llorando, hijo. Te parece a vos. Lo que pasa es que... – dijo intentando poner palabras a aquellos hechos casi lejanos, a los años transcurridos, al sufrimiento y, por qué no, al amor y al odio que no podía entender y mucho menos explicar y poner a su alcance infantil.

-  ¿Cómo te llamás? Mi nombre es Ignacio, pero todo el mundo me dice “Nacho” y alguno que otro me dice “Nachito”. Vos decime como quieras – interrumpió para poner incierto coto a las circunstancias.

-  Dodguigo me llamo yo – respondió sin apartarse de su madre.

-  Rodrigo es su nombre. Se le traba la erre, viste. Lo raro es que solamente es con el nombre. Está haciendo un tratamiento desde hace un casi mes – aclaró Candela.

-  Mucho gusto, Rodrigo – le dijo sonriendo, al cabo que estrechaba su mano. De hecho, se encontró alegre de una manera extraña, pero alegre al fin, por primera vez en mucho tiempo y tal vez supuso que eso fuera la felicidad –. ¿Y cuántos años tenés?

-  Seis años tiene. Seis y medio... – contestó Candela, interponiendo su voz. Al confesar la edad, comprendió que ésta tenía el efecto revelador que ambos se merecían.

-  Candela... Yo no... No entiendo. No entiendo nada – Ignacio abría los ojos al punto de desorbitarlos. Pasar de un estado de no saber, luego a creer que algo es posible y, por último, tener su confirmación irrebatible en cuestión de minutos era, ante todo, difícil de asimilar.

-  Ya lo sé. Sé que no... supiste nunca. Tus padres y los míos... – mencionó, como una manifestación de lo sucedido que decantaba por evidente.

-  Má, ¿y qué no sabe el señor?

-  Cosas de grandes, Rodrigo.

-  Sí. Cosas de grandes – le respondió en un intento por apartar su mente de la línea principal de la conversación –. Candela, creo que tenemos que hablar – apuntó dirigiéndose a la madre.

-  ¿Y de qué tiene que hablar con vos, mamá?

A estas alturas no es una gran revelación que los niños no sólo cuentan con la ya citada capacidad innata de poner el dedo en la llaga, sino que además tienen dentro del conjunto inagotable de sus características de comportamiento el hábito de una insistencia inquisidora y voraz.

-  Basta. Te dije que cosas de grandes, Rodrigo – suplicó Candela.

-  ¿Almorzaron ya? ¿Quieren ir a comer algo? – invitó Ignacio, plenamente conciente de los motivos que tenia para hacerlo.

Porque seamos realistas por un segundo y admitamos que existen momentos en la vida de cada ser humano en los que el pasado, el presente y el futuro se entrecruzan de tal modo que bien podría compararse la situación con un ovillo de lana muy enredado. Al observarlo, nadie podría sugerir que tan intrincado es el nudo, porque juzgar por su apariencia puede resultar engañoso y se propende a la subestimación; y tampoco es posible, aún con las mejores intenciones, predecir cual es la verdadera punta del susodicho ovillo, aquella a la cual ha de seguirse para que, no sin esfuerzo y luego de algún tiempo, se culmine la tarea de desenmarañarlo con relativo éxito. En estas circunstancias, a pesar de su aspecto de complejidad irresoluble, aquello que posibilita que cada uno de nosotros, humildes seres humanos enfrentados a cuestiones diversa envergadura, tengamos por lo menos una única oportunidad de resolver este tipo de enigmas tan caros a nuestras existencias, es la capacidad de tomar la simple decisión de hacerlo.

Y allí estaban los tres, Ignacio, María Candela y Rodrigo, una familia como cualquier otra, definiendo qué punta del ovillo tomar para comenzar la noble tarea de desenredar.

-  No sé si es el mejor momento, Ignacio – manifestó María Candela.

-  Por favor, Candela.

-  No creo que... – evadía una vez más lo que parecía ineludible.

Ignacio necesitaba desesperadamente continuar hasta un final que no alcanzaba a dilucidar. No podía abandonarla. No debía hacerlo. Algo dentro de él, más fuerte que el mismo miedo que lo invadía y los envenenaba a ambos, lo retenía allí, cerca de los otros dos.

Nunca más quería volver a estar lejos.

Nunca más quería volver a no estar.

Y fue entonces que su alma suplicó a través de sus palabras, porque por primera vez sabía qué era lo que debía hacer.

-  Candela, por lo que más quieras...

-  En algún momento, hasta no hace mucho, eso lo fuiste vos, por más gracioso que te parezca.

-  No te confundas. Creo que nunca tomé nada con mayor seriedad.

Ignacio separó la mano derecha del costado de su cuerpo y la dirigió hacia el rostro de María Candela y un segundo después, al llegar, aclaró su frente llevando su cabello hasta algún lugar detrás de su oreja. En ningún momento perdieron contacto sus ojos, ni siquiera cuando María Candela tomó la mano de Ignacio, a punto de retirarse, y la contuvo en su mejilla. Ambos sabían que quizás nunca habían estado tan cerca. La escena, tomada en forma aislada, era el espectáculo más cursi que se hubiera presenciado en aquella zona de la ciudad quizás durante los últimos quince o veinte años, pero eso no importaba y, de hecho, afortunadamente tal cosa nunca tiene demasiada relevancia en asuntos tan definitivos.

Pero los niños, ah los hermosos y adorables niños, no sólo viven en su imaginario mundo paralelo, sino que, además de todo lo antedicho, son poseedores de un tacto particular que les permite interrumpir con sus designios los momentos que a los adultos mayores, dada su falta de inocencia, tanto les ha costado construir.

-  Mamá... tengo hambre – dijo Rodrigo.

Ha pasado el mediodía y las necesidades de tipo fisiológico comandan su accionar. Lo que sigue es una breve lucha de una joven madre por comprar dos minutos de tiempo que le sean propios.

-  Ya vamos a comer en casa, hijo.

-  Pero me hace ruido la panza...

-  ¿No te podés aguantar un ratito, hijo?

-  No. Tengo hambre ahora – matizó esta última declaración con un sollozo cuya intencionalidad manipuladora era evidente y descarada.

María Candela ya no tenía armas. Había sido vencida no sin justicia en el campo de batalla.

E Ignacio reiteró su invitación, seguro ahora de la respuesta positiva.

-  ¿Vamos a comer algo?

-  Eh... Está bien, pero acá cerca nomás – manifestó, imponiendo una mínima condición que le permitiera conservar sus prerrogativas maternales aún en la derrota.

Mucho podría decirse acerca de si la negativa inicial acaso no constituyó en sí misma una forma de incentivar la insistencia del reencontrado amor, demorando la respuesta lo suficiente como para que el niño bramara de hambre, de modo que el padre novato, aún estupefacto por la noticia, se viera inducido a prolongar el encuentro con el primer almuerzo familiar. Me permito mencionar que, si bien la psicología femenina es compleja, por no decir ininteligible, debemos descartar de plano esta hipótesis, por la sencilla razón de que María Candela es una noble dama de Sociedad, con un “pasado” que superaba los seis años y medio de edad, pero dama honorable y de buen corazón al fin, y, por ende, incapaz en su propia naturaleza de planificar una triquiñuela semejante en un asunto que le era tan trascendente.

Rodrigo tomó la delantera y caminó hacia la salida del local. Una vez en la puerta, se detuvo, miró a los otros dos, aún inmóviles, y les soltó en su propia cara, como si fuera secretamente conciente de lo que ocurría:

-  ¿Vamos a ir o no? Yo quiero una hamburguesa, y papas fritas, y gaseosa, y un helado grande de chocolate.

Y eso bastó para que los bellos durmientes despertaran de su ensueño y decidieran seguir la marcha impuesta por una especie de gnomo infernal que, cuando llegaron a la vereda, ya les había sacado media cuadra de ventaja y se perdía entre los pasos de mil cien transeúntes desaforados. Incluyendo a los turistas brasileños, españoles y chilenos.

-  Tipo como que es... es... es imposible no quererlo, ¿no? – dijo Ignacio maravillado, con su habitual modo de hablar del nativo de la zona chic de San Isidro.

-  Mirá, Nacho, disculpame que te corte la ilusión y que sea tan directa, pero nosotros dos vamos a tener que hablar muchas cosas. A Rodrigo por el momento no deberíamos decirle nada. Se que es difícil para vos, pero te pido por favor que entiendas que sería una noticia muy fuerte para él. Tené en cuenta que no sabe lo que es tener un padre...

-  El... no es el único – un dejo de tristeza superior al habitual se instaló en su voz. Bajó la vista y acercó sus pasos a los de Candela –. Sé que existe desde hace quince minutos y ya lo quiero más que a nada. Entendeme que quiero lo mejor para él, por supuesto que no en el sentido en que lo diría mi padre, porque jamás voy a hacer algo que lo pueda dañar – intentó una risa nerviosa, casi melancólica, al evocar una figura tan lejana y recurrente a la vez, y a la que debería pedirle algunas explicaciones, estuviera dispuesto o no a darlas, antes de jurarle un adiós irreversible.

-  Eso lo sé.

Ignacio la abrazó y a partir de entonces caminaron juntos a la par.

-  Será una cuestión de tiempo...

-  Candela, creo que si hay algo que ahora tenemos, es tiempo.

-  ¡Rodrigo! ¡Vení para acá! No te alejes demasiado.

-  Vení. Subite que te llevo a caballito – dijo Nacho y ofreció su espalda.

-  Pero si ya llegamos – respondió Rodrigo.

-  ¡Entonces entremos a caballito! – agregó feliz.

Y en ese instante del ingreso triunfal el inmediato conjunto de inalcanzables planetas humanos reparó en ellos antes de continuar con sus respectivos almuerzos.

 

 



 

 



  Obras de este autor

· Vacío
· Alas rotas
· Acerca de mi humana naturaleza
· Esperando el amanecer
· Glamour
· La Sagrada Familia
· Ingenua aguja de un reloj descompuesto
· C’est la vie mon amour
· El futuro
· Oscura claridad en la penumbra
· Las obras maestras
· Mínimo
· Nublada tarde de sol

 


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· Arévalo Cruz, Antonio (III)
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· Castillo Escobar, Juana
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· Claure, Roy
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· Dell’Acqua Pedreira, Alvaro Antonio
· Echarri Fernández, Carlos
· Fernández Aredo, Paloma

· Ferrer Alonso, Montserrat

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· Gnatiuk, José

· Iglesias Fouce, Luis

· Iglesias Fouce, Luis (II)

· León Burgos, Miguel

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· León Burgos, Miguel (III)

· Lucas Buñuel, Alfonso de

· Maneiro, Luz
· Nicolás Cabrero, Enrique Eloy de
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