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Glamour
FLASH.
FLASH.
FLASH La FLASH diva envuelta FLASH FLASH en seda, FLASH pieles y joyas, FLASH subió a FLASH FLASH su negro FLASH automóvil FLASH último FLASH modelo, FLASH lujo FLASH sobre FLASH FLASH FLASH FLASH ruedas, FLASH acorde al FLASH puro glamour FLASH FLASH FLASH FLASH FLASH que conforma FLASH el halo de su FLASH inigualable FLASH brillo.
FLASH. FLASH.
FLASH.
Aceleró el chofer, vía libre del guardaespaldas, rugió el motor, y en unos segundos se había perdido la silueta estilizada, arte pop magnificente, en la penumbra de una medianoche kitsch. Atónitos habían quedado, dos pasos atrás, cinco, diez, cincuenta paparazzis, fieles condotieros de la Santa Orden del Teleobjetivo, caídos algunos, golpeados otros contra las puertas de cristal de la entrada del Gran Teatro Magnum II, mientras el resto yacía vapuleado por cada uno de sus cuatro, nueve o cuarenta y nueve colegas circundantes, antropófagos por instinto y gentlemen por despecho.
Sentada en el asiento trasero, deslizó la blanca estola de armiño sobre sus delicados hombros, apenas desnudos bajo su cabellera azabache, hasta permitirle reposar por completo sobre el tapizado de indiscutible cuero de pantera salvaje. Su sonrisa lucía desdibujada. Sus ojos expresaban esa mezcla de tristeza, genuino odio y reclamo de venganza que la había catapultado al Olimpo inalcanzable treinta y nueve largos años atrás, cuando había protagonizado el recordado filme “La sangre llega al río”.
Pensó para sí misma que ese maldito bastardo no se saldría con la suya. Pensó que sus relaciones, todos contactos de peso en el Ambiente, le permitirían evitar que esto llegase a mayores, que saliera a la luz y provocara un mayor escándalo que acabara con su carrera. Al fin y al cabo, si algo había acumulado en estos años, eso era legítimo poder fundado sobre firmes pilares de fama y dinero. Pensó que ella sabía qué resortes tocar para lograr sus objetivos cuando los demás, sobre todo las efímeras escoltas de turno en la escalera hacia la gloria, putillas sin luz propia, advenedizas sin clase, balbuceaban poniendo de manifiesto la inminencia de un destino de ocaso y olvido.
Había pensado en todo, pero se había equivocado.
Ahora era su propia estrella la que se apagaba en el transcurso del Big Bang de su implosión. La sensación de que el tiempo de lo efímero también le había llegado embargaba su pecho y anudaba su estómago. Maldita gastritis. Había tropezado al bajar la titánica escalera durante el Gran Estreno y eso, ante todo y más que nada, significaba su ocaso ineluctable. Todos pensarían que ya no era capaz de caminar con tacos altos, semidesnuda, ligeramente cubierta por plumas y poco más, agitando las caderas con perfecta cadencia, al ritmo sugerente de un único tambor y dos trompetas, y sonriendo al público, a cada espectador que estaba ahí sentado en su butaca para verla sólo a ella y a nadie más que a ella, porque el resto del show era una eterna redundancia a su alrededor.
Y había resbalado en el anteúltimo escalón.
Enganchó el largo collar de perlas tailandesas, ese que partía de su cuello de cisne y se deslizaba hasta el piso, dividiendo sus pechos desnudos y acariciando su siempre deseada entrepierna, con el taco aguja de quince centímetros de su zapato derecho, plateado él, sin talón e importado de su paso por el mítico Lido de Paris. Después de caer, intentó erguirse sin perder la sonrisa, sin cerrar siquiera sus ojos verdes, las esmeraldas que deslumbraran a medio mundo e iluminaran el camino de tantos hacia la puerta de alguna alcoba. Y el público, su amado y fiel público, la aplaudió de pie, porque si hay algo que ella jamás podría hacer es dejar de agradecerle a ellos, a quienes pagaban su entrada para verla en el teatro o en el cine, compraban las revistas cuando ella y nadie más que ella figuraba en la tapa, o la esperaban bajo la lluvia afuera de los canales de TV para que firmara autógrafos cuando tenía la tremenda gentileza de conceder una entrevista a otra figura de su abolengo. Y todo eso ocurría desde hacía tanto tiempo que ella, la diva pop absoluta e inalcanzable, había olvidado que era posible vivir de otra manera.
Pero no había logrado pararse en su primera tentativa.
Sus pestañas postizas se escurrieron de su cara, arrastradas por las plumas engarzadas en su cabeza que caían despiadadas hacia el piso níveo e iluminado desde abajo, y le negaban el equilibrio requerido para elevarse por encima de la envidia masiva, de las sonrisas disimuladas de las segundas, tristes bataclanas que jamás serían algo más que eso, de las bailarinas que era lo mismo que estén o que no, y de los cómicos que no generaban una carcajada verdadera desde la última vez que se desnudaran frente a ella. Porque todos ellos le debían el haber salido del anonimato o del olvido, igual daba, porque ella y nadie más que ella había decidido su inclusión en el grandioso elenco de su regreso triunfal a la revista porteña.
Y fue entonces que alguien del público rió, y luego otro y luego alguien más, y de repente la sala repleta le exhibía descaradamente sus campanillas en mofa por su inoportuno traspié. No cabían dudas. Se reían de ella y no de los chistes repetidos de los capocómicos. Supo entonces que el ocaso se ocultaba a simple vista, apenas detrás de todo ese desaire.
Telón, al fin.
...Y telón trabado a medio caer. ¡Fuera luces! Dos asistentes terminan de cerrar el escenario a tientas.
El elenco huye tras bambalinas.
Mientras ella continua en el suelo, agotada y vencida, el productor se acerca y le reprocha que como pudo ser tan idiota, que no era una principiante de quince años para que le pasara eso, que el espectáculo sería un fracaso y que ni siquiera un escándalo orgiástico como el del año 76 traería gente a las butacas, que no habría manera de decir que esa bazofia que había ocurrido era el final sorpresa pautado de antemano, que era una ramera desvencijada y venida a menos a la que las cirugías le habían quitado los reflejos...
Pensó que si el susodicho individuo que se enorgullecía de llamarse “productor” no fuera otro que su ex marido Nº 5, le hubiese arrancado los ojos con sus uñas esculpidas antes de que terminara de insinuar que había dejado de ser una novata. Ya enarbolada su apostura en todo su boato, y pese a las pestañas vagando alrededor de sus mejillas, pronunció tres palabras incontestables, en el tono monocorde y álgido que utilizaba cuando la ira la consumía desde dentro:
- Carlos, estás despedido – dijo sin esperar respuesta ni proponer atenuantes.
- Vos a mí no me podés echar, mi vida. Yo te hice, yo te deshago. Vos elegís... – deslizó amenazador, encendiendo un habano y como si supiera qué punto débil de su fibra debía golpear para mantenerla en sus manos, si es que alguna vez lo había estado.
- Carlos, a ver si nos dejamos de joder. Vos hiciste lo que yo quería que hicieras y cuando yo lo deseé. Y además, vos no manejás ni tu propia vida. ¿O acaso el resto de polvito blanco que veo bajo tu nariz es azúcar impalpable? Te conozco lo suficiente como para saber que no te gusta la repostería, corazón.
Apoyó la uña de su dedo índice en la punta de la nariz de su oponente y lo miró desafiante. En algunas situaciones, los golpes bajos eran su arma más temible y esta era una de ellas.
Carlos tomó su dedo lánguido, perfecto, y luego la mano adjunta y la apartó de su rostro con brusquedad.
- ¡Maldita puta!
La bofetada siguiente tuvo el costo de un diente de porcelana para uno y una uña quebrada para otra. Nada es gratis en la vida, especuló ella, y se alejó para resguardarse de la chusma en su camarín.
El público, el súbdito fiel, no esperó un saludo final y se retiraba agotado de tanta risa espontánea y con la severidad de la certeza de que su Gran Dama adorada estaba aniquilada. Era sólo un recuerdo de una farándula que había dejado de existir largo tiempo atrás y, como tal, carente de cualquier viso de proyección hacia el futuro. Como le sucediera a los dinosaurios, llegó el punto evolutivo en que era demasiado grande para seguir existiendo.
Penetrar el velo hipócrita de paz que envolvía sus aposentos fue duro. Primero, desvestirse, si es que tal palabra resultaba apropiada para describir el acto de quitarse las malditas perlas, los perversos zapatos plateados, las plumas y el inseparable conchero. Luego, remover la gruesa capa de maquillaje de la función para, a su turno, poner en su lugar la igualmente gruesa capa de maquillaje apropiada para enfrentar los FLASH FLASH FLASH de los fotógrafos aglomerados a la salida del teatro. Acto seguido, recortar la uña rota, no sin cierta satisfacción interna, para después acomodar el peinado de la peluca, alinear el escote profundo del vestido con las joyas de imitación y una buena copia de un perfume francés. Así, un paso tras otro, perpetuaba una ceremonia que debía cumplir ella sola, como sacerdotisa personal de la religión que la tenía como única fiel, ya que se negaba a tener asistentes desde que su ex marido Nº 2 se fugara con una de ellas, evento ocurrido un día cualquiera sumergido escasos veintiocho años en algún pasado que le costaba reconocer como propio.
Una hora exacta después de la bofetada nadie quedaba en el interior del teatro. Al salir del camarín, transformada nuevamente en una estrella rutilante con un flamante y bien sujeto par de cejas postizas, apenas un técnico de iluminación y el escenógrafo disponían de los elementos para la función siguiente tomados de la mano. El silencio era total y embriagaba la voluntad de permanecer dentro del coloso de butacas, plateas y escenario de porte soberbio. En su memoria el eco de los aplausos de los tiempos de gloria se confundía con el de las carcajadas actuales. Para su alma esa conjunción era demasiado vergonzosa, un insulto a su garbo, al brillo axiomático que debía acompañarla por derecho divino hasta el día de su lejana muerte.
Encaminó hacia la puerta el sonido hiriente de las agujas de sus zapatos. Debía redoblar la apuesta. Mentón arriba, frente en alto, mirada al límite del infinito, sonrisa infatigable; espalda recta y caderas a la derecha, caderas a la izquierda.
Izquierda, derecha, izquierda, derecha. Ritmo, encanto y seducción.
Los relámpagos de la prensa se veían desde el interior de la sala. Al atravesar el hall, el rugido de los fotógrafos y cronistas agolpados sobre la entrada se combinaba con miradas de burla detrás de las lentes multitudinarias y de los micrófonos profanos, lamidos por lenguas de serpiente y escupidos por mentiras no dignas de alguien de su clase.
Su nuevo guardaespaldas personal – 32 años, alto, rapado, anteojos negros y, a su pedido, vestido de Armani; ancha espalda, mandíbula de roca, piernas sólidas, bíceps de acero y glúteos de cemento armado; experto en artes marciales y tirador profesional – esperaba por ella detenida su postura imperturbable frente a la puerta doble de vidrio, a cuyo trasluz se veía el afiche con su figura acostada, desnuda y pudorosamente cubierta con pétalos de rosas rojas. No era necesario el nombre. Su silueta era inconfundible, a pesar de los misericordiosos retoques de alguna versión de Photoshop.
El chofer los aguardaba en la calle, el auto encendido. Y en medio de ellos, la horda. A juzgar por su volumen, la noticia de su desgraciado percance se había esparcido con rapidez. Seguramente Carlos estaba obrando en su contra una vez más. Si de algo era culpable, ella, que estaba por encima de todo y de todos, era de haber vuelto a confiar en ese rufián.
Saldría sin hacer declaraciones. Una boca cerrada cuando es oportuno vale más que una carrera regalada por un mal amante, se dijo, mientras recordaba todas y cada una de las veces que había tenido que recurrir a la apertura en ángulo recto de sus piernas para conseguir roles que no hacían el más mínimo honor a sus dotes artísticas. Era tan joven e inexperta en los años de aquel entonces...
Y así partieron, perseguidos por cámaras fotográficas montadas en motocicletas impertinentes.
Y así llegaron a la mansión, el inmenso santuario predilecto de los guías turísticos que lideran procesiones hacia las moradas de los ricos y famosos, su única residencia durante los últimos doce años y, en idéntico lapso, el lugar donde más se había construido y derribado en cien kilómetros a la redonda a causa de los azarosos cambios en sus gustos decorativos. La impenetrable puerta de hierro forjado se abrió en un santiamén y permitió apenas la entrada del vehículo y ya nada se vio. Los altos muros, la espesura de los árboles del parque y las ligustrinas sempiternas eran la barrera inexpugnable que separaba su refugio, más cercano que París o New York, de la vorágine diaria con la que no se mostraba dispuesta a convivir.
Nada de eso impedía que día tras día ramos de orquídeas y peluches color caqui arrojados hacia el interior en compañía de declaraciones de amor, admiración o el más enconado resentimiento, fueran recogidos y depositados celosamente en las catacumbas del palacio urbano. Los fuertes anaqueles de quebracho colorado pulido que poblaban los inabarcables sótanos no resguardaban el insigne destino de ejemplares incunables, sino que tenían como única función la custodia hasta el final de los días de miles de tiernos osos teddy.
Y al llegar bajó del auto, subió la escalinata y penetró en el cuerpo principal de la residencia acompañada de su guardaespaldas. Arrojó el armiño al suelo, en un alarido libertario revoleó las fantasías desde sus lóbulos hacia los espejos que encontró de camino a su cuarto y, por último, sucumbió a la desquiciada energía negativa acumulada desde el tropiezo arrojándose sobre su ancha cama.
Ella, que todo lo sabía y todo lo podía, mientras manchaba las blancas sábanas de seda con el rimel que sus lágrimas indeseables expulsaban del borde de sus ojos, gemía por no saber que hacer por primera vez en su vida, mientras recibía el aire renovador desde la ventana abierta, el soplo vital que elevaba las etéreas cortinas de gasa y alentaba el ingreso del perfume de los pimpollos nacientes.
Al volver su cuerpo y acomodar su espalda sobre las almohadas de plumas, entendió que sólo restaba el sexo para enmendar el destino de una noche como esta. Amanecer a la mañana siguiente descansada, plena y con el cutis terso y natural, le permitiría disponer de mayores precisiones sobre el curso a seguir para recuperarse del bajo golpe que la vida le había propinado.
Y sin embargo ella, la más deseada, aquella a quien todos los hombres le habían dedicado por lo menos un homenaje carnal en su vida, hoy estaba sola en su cama. Necesitaba afecto y no había un semental desnudo a su lado, pugnando por prodigarle interminables caricias y demás menesteres hasta que llegara al Edén una, y otra, y otra, y otra vez.
Estaba tan, tan sola, pensó al desnudarse y tropezar con los jirones de su piel suelta bajo las axilas y los brazos, disimulada bajo sus característicos chales. ¡La única marca de estilo que hubiese querido no imponer! Hoy ya nada era igual, admitió, mientras retiraba de su testa la peluca de calle y las pestañas y las arrojaba sobre la cómoda. Poca gente sabía que su verdadero color de cabello era rubio y que jamás había osado teñirlo. Y también poca gente sabía que todos sus dientes eran postizos y que tenía sutiles várices azules alrededor de sus rodillas y juanetes y callos en los empeines de ambos pies.
Mas nadie en el mundo habría imaginado que el último orgasmo de su vida había sido en la isla de Saint-Thomas, siete años atrás, durante la apasionada luna de miel con su ex marido Nº 7, intuyó acertadamente mientras depositaba dos gotas de perfume detrás de sus orejas y una sobre su decorativo ombligo. Pobre hembra rica en sexo, abundante en suites de hoteles lujosos con todos los hombres que había deseado, ¿amado? y olvidado, pero tan escasa en satisfacción, se dijo e intentó reír para su interior, como pidiendo disculpas a su fama por el patetismo de su realidad.
Pero esta noche la nueva presa estaba identificada y era posible que la sequía terminara sin necesidad siquiera de levantar un teléfono y aguardar a que otra, esa otra que siempre existía y se interponía en su felicidad, se duerma o decida a volver a su madriguera.
Salió del dormitorio y se dirigió a la cocina. Sigilosa, dispuso su figura descomunal, despojada de ropas, la Venus total, bajo el marco de la puerta, invitando al placer soñado a quien se hallaba sentado frente a ella, leyendo el diario de ayer y aún sin verla.
- Alberto... – dijo, con voz sexy, lasciva y su dedo índice derecho rozando su labio inferior, mientras su mano izquierda recorría el contorno de su silueta a la altura de la cintura.
- ¡Qué hace señora! ¡Vístase por favor!
- No, no. No me tengo que vestir – increpó avanzando dos pasos y reorganizando su busto hacia el centro de su pecho con la ayuda de la presión de sus brazos.
- Señora, por favor, me compromete... – rogó en un acto desesperado el boquiabierto guardaespaldas.
- ¿No te parece que tenés algo que hacer aquí? – apresuró señalando su intimidad más recóndita.
- Señora, le dije que me compromete. Soy casado y tengo dos hijos – se excusó terminante.
- Eso jamás ha sido un impedimento para mí – insinuó sin piedad la comehombres, la que siempre obtenía lo que se proponía, pero que de un tiempo a esta parte no podía culminar sus encuentros amorosos con el Nirvana que Dios mandaba.
- Sí lo es para mí, señora. Soy un hombre de familia – afirmó certero.
- ¿Acaso me estás rechazando? – censuró avanzando un paso alterado hacia el botín, procurando una estocada final al tomar con sus manos la solapa del saco y casi apoyando sus labios carmesí con los suyos.
- Sí, su apreciación es correcta, señora – respondió retrocediendo un paso.
- Maldito idiota – masculló al ser humillada nuevamente, dos veces, en circunstancias diferentes, pero luego de una misma puesta de sol –. ¡Estás despedido!
- No, no estoy despedido: renuncio.
Debía reconocer que ese individuo que tenía por ocasional adversario era un apreciable contrincante verbal. Pero no pudo sino embestir hasta el final, el ocaso decisivo, con toda su fuerza.
- ¿Sabés lo que te pasa a vos? ¡Estás cagado hasta las patas porque jamás tuviste una mina como yo en pelotas adelante tuyo! Estás tan, pero tan cagado que ni siquiera se te para, porque seguro que hasta sos impotente y ni chupándotela una hora podría hacer que se te mueva. Maldito infeliz – hablaba sin parar, sin dejar de insultarlo. No podía permitir que la afrenta no se lavara en el campo de armas y, si las de seducción habían fallado, cumpliría su cometido el aguijón que tenía por lengua –. ¿Y me decís que sos casado? ¿Con quién? ¿Con alguna chirusa que conociste cuando ibas a la academia de pelotudos? Decime si tiene estas tetas, decime si tiene estas piernas, decime si tiene esta cintura de avispa y este culo magnífico. ¡Decime, a ver decime, cagón de mierda! ¡Ridículo!
Fue patético observar como se tocaba cada parte del cuerpo que nombraba, como si fuera el objeto de remate en una exhibición barata, y se movía en convulsiones espasmódicas agitando su cabello. ¿Olvidaba que no estaba sobre un escenario, sino desnuda en la cocina de su casa, frente a un guardaespaldas que se negaba a ser su compañía esa y cualquier otra noche? Fue igualmente penoso advertir que lloraba y que las arrugas que la última excursión al quirófano o el botox no habían podido borrar denotaban de manera irrefutable su verdadera edad, mientras su respiración se agitaba, agravio tras agravio, al descender al escalón más bajo que podía permitirse: el de la amante rechazada, la despechada que llora por la pérdida de un amor que nunca fue correspondido, la que había pospuesto la vida misma y secado su vientre por el paso de los años esperando noches que no llegaron ni lo harían en absoluto.
Y por si fuera poco, fue triste advertir su patente ordinariez disfrazada de mundanal cosmopolitismo.
- Señora tranquilícese, por favor – dijo sin dudar, sin permitir que un solo temblor acalambrara su voz. Después de todo, reírse en su misma cara no mejoraría las circunstancias.
- ¡Me tranquilizo un carajo! ¡Maricón de mierda! ¡Cagón! Andate ahora, andate. ¡Te dije que te fueras, que estás despedido!
- Y yo le dije que renuncio, señora.
Y tomó su saco colocado sobre el respaldo de la silla y el diario de ayer que había estado hojeando hasta la desafortunada irrupción de la star megahiperdiva kitsch, y se fue por la puerta de la cocina, no sin antes dejar su tarjeta de identificación de la compañía de seguridad y un pequeño papel en el que guardaba, codificadas, el santo y seña del sistema de seguridad de la casa.
Nada los ataba.
- Y por favor, señora, no se moleste en pagarme los días de este mes. Me resultaría muy desagradable volver a saber de usted.
Ella, la única, la inigualable, permaneció allí parada, inmóvil, oyendo la puerta cerrarse y a uno de los autos del garage encender y salir, al tiempo que chofer y ex guardaespaldas confabulaban sus renuncias y la partida. Finalmente, el portón de hierro abrió y cerró su pesado resguardo.
Hasta que no soportó más la inercia y gritó y retorció su chillido de cascabeles histéricos y arrojó platos al piso, vasos a las paredes y floreros al techo. Nadie vendría en su auxilio. No había otro habitante en la mansión de una manzana de superficie, salvo ella misma.
Salió de allí, rauda e imparable, como se comportaba en la vida misma, porque si ella necesitaba un orgasmo esa noche, un orgasmo tendría a como de lugar. Llegó a su alcoba. Buscó su agenda y en la siguiente media hora marcó mil números de teléfono, y de todos ellos obtuvo idéntica y negativa respuesta. ¡Rehusar a la sublime tentación de sus encantos! ¡Vaya perfidia la de estos imbéciles! Los destruiría uno por uno y esa sería la nueva razón de su existencia, comenzando por ese tal Alberto, el primero de todos en rechazar su cáliz de placer.
Pero seguía sin obtener su ansiado éxtasis, ese que permanecía postergado desde hacía tantos años. A estas alturas dedujo que sólo le quedaba una solución, el recurso final, el lamentable gozo de los egoístas, ese al que ella no osaría acudir en condiciones normales. No obstante, la decisión primaria estaba tomada.
Y vendó sus ojos con un pañuelo para experimentar el fetiche de no ver su imagen reflejada en el espejo interminable que coronaba la cómoda de su cuarto. Arrodillada sobre el colchón de su cama, envuelta en la nieve de sus sábanas de seda que acariciaban su piel desnuda, mojada en lágrimas de odio y rencor, comenzó la labor con delicadeza extrema, casi como si fuera la primera vez que lo intentaba, permitiéndose descubrir una nueva frontera de deleite que ella desconocía, si es que tal cosa podía ser posible tratándose de su persona. Al cabo de unos minutos de intensidad creciente, la transpiración caía desde su cara hacia su cuello, fluía hacia el centro de su pecho y volcaba sobre su abdomen aplanado por la liposucción hasta llegar a sus laboriosas manos...
FLASH.
FLASH.
FLASH FLASH FLASH Ella FLASH gritó FLASH sorprendida al FLASH FLASH alcanzar FLASH la cumbre FLASH FLASH del éxtasis FLASH en FLASH FLASH solitario, sin saber FLASH FLASH que desde FLASH la FLASH ventana FLASH FLASH entreabierta FLASH FLASH dos fotógrafos FLASH se aseguraban FLASH FLASH la primicia FLASH FLASH de trasnoche hot FLASH triple X FLASH del año.
FLASH final.
La puerta de hierro había sido penetrada al abandonar la casa ciertos ex guardaespaldas y ex chofer de la estrella inconmensurable.
Tal vez, y sólo tal vez, el escándalo soft porno que se desataría le asegure al erótico ángel de todos, devastado por la rastrera intromisión en su vida privada que la sorprendiera en su buena fe, unos meses adicionales en cartel, y un contrato publicitario, y nuevos amantes, y alguna película, o dos, o tres, o tantas que debería rechazar algunas o todas; y un programa de televisión, y portadas, muchas portadas de revistas, y notas, y un especial de E! True Hollywood Story sólo para ella y nadie más que ella…
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