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Esperando el amanecer
“Perhaps you will wake up and find the sun shinning and the birds singing”
To the Lighthouse, Virginia Woolf
Agónica y silenciosa la noche bestial peregrinaba las horas invernales. Un último suspiro huía lejos de mí y afuera, siempre afuera, la niebla completaba una invasión anticipada por la quintaesencia del frío inconmensurable de este junio austral gravitante en mi memoria. El motor del auto no arranca, la grúa de auxilio aún no viene. He vuelto sin haberme ido y me voy sin haber partido. Giro sobre mí mismo y giro sobre mi vida. Se dilatan las pupilas y en un instante brotan sombras en el aire, y las mismas sombras se diluyen en la luna oscura que se esconde y juega tras las nubes de espantos mostrándose oculta tras el reflejo de su inmanencia ausente de luz...
Despierto.
El grito se prolonga y acaba en las puertas de mi memoria. Una rabiosa mirada clandestina lamía el aire húmedo y la muralla blanca cercenaba la ilusión de poder divisar algo tras el velo neutro del vapor. Su hostilidad furtiva, condenatoria e inexorable, cubría lo que estuviera al alcance de su abismo inmaculado y él, testigo, cómplice y culpable, todo lo observaba petrificado su rostro inexpresivo. Sus párpados se abrían, cerraban y abrían con el ritmo seguro de la tranquilidad que infunde la certidumbre de un buen escondite.
Estremecido por la sensación inevitable de la presencia comencé a caminar en esta noche perra, abrigado y consumido por el hielo en el aire, mirando hacia el piso que no podía ver, jugando con el aliento confuso que salía haciendo figuras por encima de la bufanda y se mezclaba con la nube levitando al nivel del suelo. Estaba observando y no lo notaba. No podría haberlo hecho. Eso creo. Eso pretendo. Resulta más fácil de ese modo.
Seguía mis pasos en la oscuridad. Tumbos y tropiezos. Ceguera nocturna. Hoy y por siempre maldito el empedrado centenario y maldita la omitida conservación del patrimonio histórico que justifica cada uno de sus desniveles. El celular con sus baterías descargadas y mi casa setecientos metros hacia adelante. No queda más remedio que continuar en el camino.
Otra vez.
Despierto.
Las luces del alumbrado público, pobres guardianes de una realidad vacua, titilaban el zumbido de los hilos de su parca iluminación al ritmo de los vapores que se adherían a las paredes de las casas y a la piel, acariciándola en un intento de seducción enmascarado de causalidad climática. Los dedos azules, neuróticamente pulcros, finos y de uñas cortadas al ras, apenas asomaban tiesos por fuera de los puños del abrigo de cuero gris, que caía por debajo de las rodillas y se movía acompañando los pasos equidistantes en la firmeza del terror latente del andar equívoco. Cada uno de esos pasos estábamos más y más cerca el uno del otro. Asumo que tal vez nunca hayamos estado lejos. Quizás nunca hayamos sido más que sístoles y diástoles rondando los cuatro elementos y cuyas sangres hirvientes, esa noche y todas las demás, se olían a una distancia corta, demasiado corta, buscando encontrarse y fundirse en un único purgatorio disfrazado de acecho.
No hay persecución.
No hay motivos.
No hay escondite.
No hay salida.
No hay nada de nada en la nada.
Shhhhhhhhhh…
… calla…
Guarda tu silencio para una mejor ocasión y grita desde el fondo del caos que te arrastra.
La oscuridad primaria de la blancura bloquea la razón con un paradójico sarcasmo. Vuelvo a despertar desde los albores de un sueño no soñado, encerrado en el laberinto fabuloso de las pesadillas fragmentarias de una existencia ilusoria, inmersa en una realidad paranoica que sobrepasa el confín de las alucinaciones.
La niebla seguía pegándose a mí mientras caminaba por las calles de la ciudad en la que he vivido desde siempre, pero que hoy era otra, y en el desenlace del prólogo inconcluso de su asedio, nada se movía, porque todo continuaba en su exacto lugar, girando a velocidad infinita alrededor de algún centro inexistente y sofocante. Los latidos arrítmicos solapaban el vuelo rasante de mis pasos erráticos, mientras detrás de la espesura un ser anónimo e invisible vigilaba, insinuando la inminencia del encuentro, albergando en su profano interior un alma que permanecía incólume en tanto lo conocido tornaba desconocido, y lo desconocido era una ausencia que todavía no alcanzaba a notarse, pero que allí merodeaba y velaba por la continuidad del silencio ensordecedor que me poseía en cada minúsculo eco de sus pisadas.
Comprendía. Sentía. Percibía y sufría su presencia entonces y ahora. No necesitaba verlo. Lo sabía oculto. Bajo el dintel de las puertas y las paredes, detrás de algún árbol o a la vuelta de la esquina, esperaba sereno, mirando sin mirar hacia ningún lugar. Conocía mi ubicación, mi camino y mi marcha alterada. Ojos abiertos. Pupilas inservibles y escarcha en las cejas. Ya no podía ver delante de mí. Ya no podía ver hacia ningún lado y seguía andando...
Lento...
Inseguro...
Despertando en cada segundo interminable de un espejismo recurrente.
Respiración. Inspiro. Exhalo. Inspira. Exhala. No lo noté al principio. No quise. Inmóvil. El aire de sus pulmones salía de algún lugar delante de mí o de alguno de mis flancos. Estaba junto a mí. Francotirador fijo. Me rodeaba sin tocarme, me abarcaba junto con la niebla infame, vuelta más y más insoportable a cada instante, y nutría el pánico que arrasaba mi alma, carcomiendo cualquier esperanza de supervivencia. El miedo persistía y ese miedo paraliza mucho más que los sentidos oblicuos que el frío entorpece. Me quedé quieto. Giré mi cabeza hacia los lados y no vi nada. No hubiese podido. La mandíbula temblaba sin moverse. Mi voz se escondía. El grito no llegaba, la voluntad se iba y ese secreto mutismo circundante sobrevivía y dos latidos lo combatían. Solo yo. Solo alguien más. Comencé a golpear el aire en un movimiento desesperado por derribar lo que hubiese jurado existía en algún lugar alrededor. Los brazos se perdían en la bruma y continuaba sin escuchar más que mi agitación iracunda y su respiración. Pausada. Monótona. Tranquila. Rítmica.
Exasperante.
Bajé mis brazos. Los dejé caer por su propio peso a ambos lados de mi cuerpo. Apenas móviles. Lento. Derrotado. Resignado. Había dejado de dar latigazos al viento hecho piedra. Bajé mi cabeza y cerré los ojos. Intenté llorar sin ruido. No desafiaba más al silencio. El aliento detenido. Esperaba. No me atrevía a temblar. Los pulmones vacíos. Esperaba. Solo percibía su aire y ese aire me ahogaba y el tiempo cómplice transcurría detenido en el instante infinito en que fue sublimado el terror por encima de un pánico atroz. Abro los ojos que permanecieron cerrados al correr el velo de los párpados densos, orgiásticos del manierismo descarnado de una imagen dantesca, y enmudecido grito las miserias de mi alma solicitando el socorro imposible.
Traicionar no es una alternativa.
Rezar requeriría algo de fe.
Algo de fe…
Shhhhhhhhhh…
… calla…
Guarda tu silencio para una mejor ocasión y grita desde el fondo del caos que te arrastra.
En el remoto confín de Oriente que se extiende por detrás de las alamedas y los eucaliptos que rodean los parques de las casonas vecinas, el amanecer comienza su llegada y no había una excusa en mi pasado inmediato que ayude a soportarlo. Es domingo y la niebla se va, pero su aura se ha simbolizado en el devenir de los acontecimientos. Seguí transitando por el sendero deshecho al andar. La cara blanca. El espanto en mi gesto. El frío terrible.
Llegué a mi hogar.
Una vez atravesadas las rejas negras, abrí la puerta de entrada. Oscuridad y silencio. Subí las escaleras rápido. El cuarto callado. Mi esposa en la cama, mi hijo en la cuna contigua. Los miré un segundo. Uno. Los amaba tanto, tanto, que al verlos y permitirme rozar su ser con la mirada sentí la tristeza más honda que me haya conmovido. No pude llorar. No pude abrazarlos.
Era mejor que no supieran qué había sucedido.
Me movía acompañado por la quietud superlativa que no dejaba de retumbar en mi cabeza. Temblaba la respiración. El vuelo de las aves subsistía detenido en el lapso que demora un instante en transcurrir hacia su límite efímero. Irrumpí en el baño. Me quité poco a poco los zapatos embebidos en agua de algún charco apócrifo. Aún en la rémora de mis movimientos, sabía que la luz del sol comenzaría a penetrar las rendijas de la ventana en el dormitorio contiguo. El tiempo se iba y yo con él. Segundos y luego minutos. Salí al pasillo que une los dormitorios. Los pies descalzos se congelan en la delicada superficie invernal de las baldosas y las venas cierran sus puertas al vital flujo cristalizado.
Escuché ruidos. Quietud inmensa. Escuché ruidos y ahora nada. Lo busqué con los ojos en la oscuridad. Lo busqué con los oídos en la cacofonía del silencio.
Escuché ruidos y ahora nada.
Despierto.
Armario. Cajas. Busco un arma. El arma. Ese arma.
“Mi amor ¿eres tú?” Aún hoy mi atmósfera incandescente regurgita su pregunta desconsolada.
“¡Quédate donde estás! ¡Voy para allá!”, me oí responder sin vacilación.
Despierto.
Escuché ruidos. Estaba dentro de la casa. No había más niebla y parecía jamás haberla habido. Lento, cauteloso, comencé a moverme. Escuché ruidos y rebasaba el límite de la locura. Salí en la fuerza de un impulso. La penumbra todavía me ocultaba dándome el tiempo que no tenía. La escalera se abría delante de mí. Está dentro de nuestra casa, amor, quise decirte. Bajé escalón por escalón. Lento, cauteloso. El dedo en el gatillo presto a disparar, mientras procuraba no transpirar más allá del sudor helado que recorría mi frente y lubricaba el desliz de mi cuerpo contra las paredes. Y el maldito silencio descubría mis pasos y ese sigilo era lo único que aún podía entender. Oí ruidos leves, tenues como un aleteo inocente que se aleja hasta el próximo verano, pero sonidos al fin, delatores irredentos de su ubicación. Está en la cocina frente a mí, apenas del otro lado de la pared, intuía acertado.
Cerca, tan cerca.
Desperté una última primera vez.
Agilicé la marcha. Pensé en todo durante un segundo. Salté dentro. Adrenalina. Infamia.
Y disparé tres veces.
Y nada pudo oírse por encima del impacto atroz de tres balas en la carne. Y la sangre se derramó, y esa sangre llegó a mis pies descalzos en un lapso menor del que demoré en darme cuenta de lo que había hecho. Aquella sangre era el horror en mi sangre. Los dos cuerpos inspiraban por última vez el aire que no volvería a habitarlos. Intenté temblar. Balbuceaba un mudo murmullo incomprensible. Balbuceaba y buscaba un lugar donde apoyarme antes de caer, porque esa caída era el nexo pendular con la realidad inflexible que se me iba. La garganta cerrada. Pánico infernal. El arma en mi mano agarrotada y la pantalla apagada del televisor, un patético espejo improvisado, retenía la imagen completa de lo que jamás debería haber pasado. Medio muerto durante un minuto interminable de conmoción, medio vivo por el resto de mis días, sumergido en un abismo infernal cuya boca ardiente se abría delante de mi vista.
Despierto.
La vida es un círculo de eterno principio que siempre se cierra sobre sí mismo. El sol salía y no esperaba. El sol jamás espera. Arrastré las piernas dormidas. Temblaba. Subí las escaleras, escalón por escalón, reviviendo en cada uno esta existencia consumida en un momento. Lento, pero no firme ni cauteloso, subí. Ascender otra vez, pero ya no más, no podía fingir templanza o siquiera piedad por mí mismo. Atravesé la habitación con minúsculos pasos quebrados sin percatarme de que el rastro rojo y su aroma eran inconfundibles.
La cama y la cuna vacías.
Dos cadáveres en la cocina.
Entré al baño. Otra vez. Observé el rostro en el espejo, una distorsión de mi alma. Los ojos inyectados en sangre. Lágrimas. Me desnudé sin dejar de mirar el reflejo imperfecto de cómo era cuando sólo era un hombre de bien. El frío despeja. Abrí la llave de la ducha. Necesitaba oír su lluvia caer. El vapor del agua caliente salía. Tomé aire. El frío paraliza. Miré el arma. Estreché la pistola en la palma húmeda por el vapor. El miedo arreciaba. El orificio de salida sobre la sien. Dudé. El dedo en el lugar exacto. Cerré los ojos con el recuerdo en la retina de mi cara desencajada en el cristal. Apreté los dientes y el gatillo percutió al unísono con mi voluntad abrasada por el pavor.
Y Morí.
Y no morí...
La bala no había salido. No la había. No habría más balas que dejen de matarme. Estaba muerto sin necesidad de separar el alma del cuerpo. Todo está en calma y no hay silencio. Los cuerpos se desangraban y no había silencio, solo mi propio horror y mi vergüenza inmunda que no callaban porque despertar es hoy una quimera lejana.
La noche en fuga.
Desesperado corrí por las escaleras hacia la terraza. La impotencia de no saber que hacer cuando sólo resta reiniciar una marcha interminable que ha culminado un segundo atrás. Pensaba en todo y en la nada y su escape definitivo. Caminaba hacia la cornisa. Otra vez lento. Otra vez firme. Fija la vista en el sol a punto de exhibir la vitalidad de su magnífica circunferencia. La niebla no había existido jamás. El primer rayo del día me encandilaba. Los ojos entrecerrados. La piel descubierta y la carne entumecida. Llegué al borde. Espié el precipicio seduciendo a la altura con mis brazos elevados. No hay perdón porque ya no hay quien pueda perdonar y no hay paz porque no me es posible concebir la sola idea de su existencia.
Vuelvo a caer y luego despierto.
¡Basta!
Vuelvo a caer y luego despierto.
¡Basta!
Vuelvo a caer y luego despierto.
¿Basta?
El día que siempre llega, con idéntica inexorabilidad que la muerte, iluminó una prolija y acomodada casa de dos plantas, rodeada por un frondoso parque desnudo por el averno invernal, sobre cuyo punto más elevado un hombre decidía si comprobaba el axioma de la incapacidad física de los seres humanos para volar. Miró hacia abajo por segunda vez. Extendió los brazos. Sus pies en puntas. La luz en pleno. El calor exiguo secaba las lágrimas de su cara. Cerró los ojos con fuerza. El frío en cada hueso. Cerró los ojos con tanta, tanta fuerza. Un suspiro configura la dolorosa letanía del sufrimiento perdurable. Respiración entrecortada. El llanto se abría paso. El estómago cerrado. Temblor masivo. Sentir el aire vibrar bajo los pies que abandonan el sustento y la incontenible desolación extendida en un instante mínimo perpetuado por siempre. Abre los párpados, mas despertar es parte del sacrificio que impone el castigo eterno.
Un momento después, apenas un momento después de eso y después de todo, dejó de llorar y, abriendo el alma centrada en el agobio de la barbarie de su soledad, alzó los ojos al cielo y ya no supo que hacer. Miró al vacío grotesco y sintió la angustia invencible en el centro de su alma y la brisa en las pupilas. Apretó los párpados. Buscó apoyo en la pared que tenía detrás y se fue sentando. Lento, pero no firme. Una ráfaga fulminante meció la nimiedad de las ramas descarnadas de un árbol vejado por mil tormentas. La cabeza entre las rodillas y los brazos a su alrededor. Los pulcros dedos azules de uñas cortadas al ras guardarían los recuerdos de la pólvora por siempre y prensaban la piel que alcanzaban a tocar hasta que el dolor del cuerpo era afín al del espíritu.
No valía la pena otra lágrima.
No la había.
El sol había salido y elevaba la plenitud de su opulencia por sobre los resquicios de la superficie de esta parte olvidada del mundo. El sonido de sirenas lejanas aún se acerca, y todo será silencio por siempre jamás en el alma de un hombre que no despertará del insomnio de su conciencia, sin entender su existencia y sin nadie que le revele cómo continuarla más allá de los últimos y perpetuos minutos.
Nadie.
Y al cabo de todas las eras quizás sólo perdure ese alguien que lo observa morir en vida aguardando desde algún lugar demasiado próximo, como si fuera su propio reflejo sobre el agua diáfana de un lago distante e inundado de la paz que le es inasequible.
El círculo ha culminado su trayecto.
El círculo ha vuelto a iniciar su devenir.
Traicionar no es una alternativa.
Rezar requeriría algo de fe...
… algo de fe...
… algo de fe...
Shhhhhhhhhh…
… calla…
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