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Acerca de mi naturaleza humana
Había intentado perdonar setenta veces siete, pero mi naturaleza humana fue exitosa en evitarlo. Tal vez sea precisamente ese el motivo que me permita acceder a un sitial de privilegio en el anhelado y definitivo Purgatorio del rencor, porque si se tratase de permanecer una eternidad en el Infierno, ya la he atravesado errando entre miles sobre las veredas de Buenos Aires, inhumado en el sufrimiento latente de a quien le ha sido arrebatado todo, incluso su propio alma, por acción de la inercia de los horrores que estallan cuando pudieron haber sido una pesadilla o la exasperación de un pensamiento de vigilia. Inmerso en la desidia de los esbirros de la justicia tuerta que avala a un culpable, sin cuestionar si su pretensión de inocencia ha sido el recuerdo de una estafa o la exacta inversión de la verdad abstracta, he sobrevivido sólo para saber que ya no es posible volver sobre los pasos recorridos durante sueños de ojos abiertos.
Y sin embargo hoy no me preocupo por eso, porque hacia el final de mis días busqué la expresión irrevocable de las últimas causas y las uní con sus cómplices, uno por uno y a su tiempo, y reconstruí la atrocidad de la que huía con el baile de la venganza y su muerte, y al disponer del último cadáver reconocí su inmundicia en mi propia sombra y entonces no hubo enmienda posible, porque ya no era un sobreviviente de la ignominia, sino que me había convertido en su parte indivisible a través de la lógica enrevesada de los ojos y los dientes.
Pero en algún recóndito lugar, escondido detrás de todas las máscaras barrocas de un carnaval a destiempo, quedó el amor que encontré a tu lado durante una tarde de octubre y, a falta de una coartada admisible, si pudieras absolverme de la inminencia de tu pérdida aún existiría la memoria de la belleza inmutable de cada segundo en tus ojos y el tacto de la marcha ligera de mis dedos iluminando la piel desnuda alrededor de tu cintura.
Si es que el olvido se apiada de mi nostalgia y tu recuerdo imaginado sucumbe a la poesía devastadora que me otorgó haberte observado vestir aquella última noche en la que el final llegó, sería un hombre nuevo, tal vez aquel que prometí en el momento definitivo. Las palabras fueron entonces una excusa. Las palabras son ahora la medida justa de mi propia ignorancia y, sin embargo, no he encontrado una manera diferente de expresar el significado de tu ausencia del insomnio de cada martes.
Es poco lo que estas palabras expresan sin caer en tu estigma.
Es poco lo que comprendo.
En definitiva, para él eras suya y yo tu ladrón.
Para mí fuiste la respuesta.
Para vos fui el legítimo derecho a una noche por semana sin un golpe que iniciara la habitual sucesión de insultos aleatorios.
Más allá de todo aún suena extraño, casi como la distancia de un eco errante, haber sido un músculo del brazo ejecutor de la ira que la perversión de tu muerte gestó. Es triste entenderlo, pero todas estas heridas que tengo no se curan con el tiempo, sino que en el mejor de los casos sólo dejan de sangrar y la costra de su cicatriz es plena evidencia de un pasado. Su mirada oportuna delató que el veredicto fue la consecuencia de un apropiado soborno, no de la falta de pruebas que alegó con el mismo descaro con el que en el estrado invocaba a tu nombre y al amor. He pensado mucho desde aquel día y me ha resultado imposible confundir justicia con mera sutura. Pero así y todo reconozco que no soy el dueño de la verdad, apenas tengo precisiones sobre algunas cosas. No obstante, eso no es ningún alivio porque quizás he confundido tantas cosas en la vida que las certezas han evadido mi encuentro con pasmosa facilidad.
Todo esto no se trata de haber olvidado aquel placer de tenerte sino de recordar durante cada segundo el dolor de tu pérdida y saber que esa ausencia es definitiva. Expuesto en viva carne como estoy, comprendo que es tarde para permitirme un recuento de los hechos ocurridos durante los últimos dos años y medio porque la Historia culminó para mí el mismo día en que supe de tu asesinato.
El futuro se perdió en la bruma entonces.
El futuro es parte del pasado hoy.
El hilo que nos une se ha cortado por su tramo más delgado.
Junto al primer aire polar, aquella mañana de otoño tardío un cuerpo masculino, desnudo y en avanzado estado de putrefacción fue encontrado exánime, tendido de espaldas y apenas sumergido en el fango, frente a la laguna de aguas repulsivas en la que desemboca un arroyo entubado, de corto trayecto, al cual vierten sus desperdicios alguna fábrica de plástico y una curtiembre sita hacia el norte de la villa miseria conocida con el nombre de “Santa Eva”. El hecho de que la cabeza estuviese separada del cuerpo, evento ocurrido a raíz del accionar instantáneo de un elemento cortante de gran filo, para luego haber sido introducida en una bolsa de común de mercado que fuera atada a la cintura del occiso con un tramo de cuerda plástica de alta resistencia, descartaba desde el principio de las averiguaciones toda hipótesis relacionada al suicidio o a algún desafortunado accidente.
La obra de una mano humana ajena a la de la víctima era evidente por sí misma.
La obra de una mano humana siempre es ajena a la de las víctimas y eso es evidente por sí mismo.
Las filtraciones de detallada información policial a la prensa no contribuyeron a llevar tranquilidad a la población. La explosión combinatoria del temor obra por cuenta propia en estas situaciones.
La histeria colectiva manifestó su potencia con facilidad.
La psicosis habitual hizo el resto.
Una vez en la morgue, el análisis forense precisó que el difunto era un hombre caucásico que rondaba los treinta y cinco años y el metro setenta y ocho de estatura, de contextura física delgada y ojos que habían sido claros; no presentaba rastros de alguna condición clínica terminal o de características físicas particularmente distinguibles. Tampoco observaron signos de abuso sexual. Ninguna parte de su organismo estaba ausente, más allá de la desorganización evidente.
Perplejos quedaron al descubrir que la verdadera causa del deceso había sido un disparo efectuado con un arma de corto calibre sobre la sien derecha. El proyectil no fue hallado, pero existía evidencia física de que había sido cuidadosamente extraído antes de la disposición definitiva del cuerpo. Asimismo, el calamitoso estado del cadáver indicó que el asesinato había ocurrido no después de las cinco últimas semanas. Los registros de piezas dentales, los restos de sus corneas y huellas dactilares fueron tomados no sin problemas, puesto que la piel había sido removida por la humedad ambiente, el accionar de la flora y fauna silvestres y de contaminantes indeterminados presentes en el líquido. Pese al esfuerzo en obtenerlas, las señas personales extraídas del difunto no coincidieron con los archivos existentes de personas desaparecidas en fecha reciente, los cuales fueron cuidadosamente revisados por orden de los inspectores a cargo. Se decidió entonces ampliar la búsqueda a datos provenientes de otras fuentes e incluso a informaciones periodísticas de los últimos años.
Pero fue en vano. A pesar de todo, las repercusiones del fracaso fueron limitadas. Para el momento en que fue evidente la prensa ya había olvidado el caso reemplazando los titulares, en un movimiento de compleja inercia, por un escándalo de corrupción en la entrega de leche en comedores escolares sitos en zonas de escasos recursos.
Hasta el día de hoy es desconocida para los investigadores la identidad del hombre hallado en el lodo.
Sólo yo conozco su nombre porque es el mío y sólo yo tengo la imagen del autor de mi crimen impresa en la memoria, porque es la de aquel a quien perseguí sin descanso hasta convertirme en su nuevo e involuntario despojo. A estas alturas, sospecho que mi pasaporte y demás documentos le han permitido un eficaz cruce de frontera.
Quizás era un final lo que todos buscábamos desde el inicio de nuestra pesquisa triangular.
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