Qué es Estandarte | Sugerencias | Política de privacidad | Nos recomiendan | Boletín gratuito
  LEER
 · Poesía
 · Relato
 · Novela
 · Ensayo
 · Teatro
 · Tesis
 
  CRÍTICA
  CONCURSOS
 · Regalos y sorteos
 · Certámenes
 · Nuestro patrocinio
 
  PUBLICAR
 · Formulario
 · Tarifas
 
  RECURSOS
 · Enlaces
 · Guía de editores
 · Propiedad intelectual
 · Otros
 
  TIENDA LIBROS
  FOROS
  BOLETÍN
 · Altas y bajas
 · Últimos boletines
 
  PARA EDITORES
  PUBLICIDAD
 · Tarifas y ofertas
 · Intercambio de banners

 

  LEER Relato  

Mauricio Hernán Dreiling



Alas rotas

 

Graciela pensó que sin Cristóbal a su lado tan solo sería la viva imagen de un ave triste, mustia, de alas rotas y desplumadas, intentando alzar un vuelo destinado a la decepción constante de aquello que transcurre en el terreno de lo incierto; y por esa razón continuó con el engaño, de idea reciente e innecesaria, caminando a paso lento y seguro por el sendero de mármol púrpura que la conducía hacia el altar sublime de la Catedral. Allí la esperaba él, su amor, y diría que sí cuando le preguntaran si la aceptaba por esposa hasta que la muerte los separase, y luego ella, ansiosa y categórica, pronunciaría la respuesta afirmativa que sellaría la unión por siempre, porque en su corazón suponía que la eternidad era la única alternativa factible para sus respectivos futuros.

Y Cristóbal la esperó, afirmó un sonoro sí y besó sus labios con generoso deseo cuando la supo su legítima esposa y, luego de intercambiar los anillos, acarició suavemente su pequeño y delicado rostro con su mano derecha, en un acto de detestable apariencia de resignación, se dijo Graciela, que antes que generado por el brío de un amor apasionado que apenas contaba con el resto de ambas vidas para concretar su magnificación, confirmaba una mentira que sólo ella conocía ante los ojos inquisidores del nido de lechuzas que levitaba las dagas de sus pupilas contra su espalda cubierta por el velo etéreo. Y ella no lo soportó y lo odió desde ese instante y para siempre, porque después de todo quién se creía que era él para pretender ante todos que la amaba y ensayar su justificación, cuando nadie dejaba de creer que tan solo fingiría un matrimonio con fecha de vencimiento próxima para salvar la apariencia del despecho que sentía por haber sido descubiertas sus andanzas de siempre. ¿Acaso no se daba cuenta de que el embarazo inoportuno no era real? ¿Acaso no vislumbraba que la mendigada celeridad de los eventos constituía el frío ardid de la revancha para embaucarlo y retenerlo a su lado, ahora que de una vez por todas estaba a punto de volar lejos, muy lejos, en brazos de alguna que no hubiera sido ella, sino simplemente otra?

Pero ahora las cosas estaban hechas y lo único que restaba era salir de allí, huir sin discontinuar la comedia, caminando pausadamente, tomados el uno del otro de sus respectivos brazos, hasta llegar al atrio imponente donde la novia levantaría su velo sagrado y ambos saludarían, felices por siempre, a familiares, amigos, allegados y curiosos.

En ese instante de éxtasis ficticio Graciela pensaba en su íntimo simulacro y, primordialmente, en la equilibrada distribución de sonrisas a la derecha, sonrisas a la izquierda y sobre todo sonrisas al frente, insinuó con su mirada, porque allí están mis cuñadas ante Dios y los hombres, pequeñas aprendices de brujas que jamás me han querido y han osado intentar separarnos con sus cuentos repartidos de boca en boca, pero ahora no lo lograrán, porque la luna de miel les deparará el sobrino que hoy no existe y que asegurará el final del desprecio, o cuanto menos constituirá la garantía de un interminable juego de escondidas entre su hipocresía y la simulación de mi cortesía. ¿Pero y si el hijo no llegaba? Ya habría tiempo de pensar en eso, porque si habían sido tan ilusos para creer la primera farsa, o cuanto menos pretender que así lo hacían, no tendría problemas en adosarles una segunda, cualquiera fuese su naturaleza. El melodrama no hallaría dificultades para propagarse por sus propios medios ahora que lo había echado a andar sin concesiones.

Una mínima lágrima de emoción y displicencia corre el maquillaje.

Húmedo pañuelo de encaje.

Iniciales entrelazadas bordadas en hilo de seda.

Dos pasos al frente, qué hermoso el ramo, querida; y besos en la mejilla a la derecha, abrazos de compromiso a la izquierda y pedir por favor que no me pisen la cola del vestido, que es de la más fina tela que hay en el país, que acaso no tienen educación alguna y más te vale no traer a esos energúmenos a casa, mi adorado Cristóbal. Y finalmente salir de allí en un negro y brillante carro tirado por caballos blancos, adornadas sus arrogantes testas equinas con coronas de flores de estación.

¡Fotos! ¡Quítese de ahí, Señora Aguirre, que me tapa el escote bronceado!

¡Fotos! ¡Otra más por favor que justo mi flamante esposo parpadeó!

Más fotos y la interminable filmación conmemorativa con calidad cinematográfica, girando en carrusel a nuestro alrededor, Cristóbal, como satélites de cartón pintado dibujando el contorno de un sol de mentiritas cuya luz no te iluminará jamás, jamás, jamás, pero de veras jamás sin mi consentimiento.

Y unas horas después hasta la fiesta perfecta ha terminado – ¿Acaso alguien probó algo más empalagoso que este pastel? ¡El pollo estaba crudo! ¿Y vieron alguna vez peor gusto para decorar un salón? ¿Y esas guirnaldas de papel metalizado? ¡Dios mío, que alguien le diga que esos zapatos ya estaban pasados de moda tres años atrás! ¡Y cómo olvidar el color de los centros de mesa! – y no queda más que partir hacia el aeropuerto en pos del tour a través de diez capitales de Europa, cargando sobre las espaldas la sensación ineludible de haber olvidado alguna parte del equipaje sobre la cama del hotel frente al río donde transcurriera la noche de bodas, esa misma en la que los hechos se consumarían en honor a la primera vez de las convenciones, para que nadie sospechase siquiera de la manera más cándida que las cosas podrían haber ocurrido de otro modo.

 



 

 



  Obras de este autor

· Vacío
· Alas rotas
· Acerca de mi humana naturaleza
· Esperando el amanecer
· Glamour
· La Sagrada Familia
· Ingenua aguja de un reloj descompuesto
· C’est la vie mon amour
· El futuro
· Oscura claridad en la penumbra
· Las obras maestras
· Mínimo
· Nublada tarde de sol

 


· Critica esta obra
· Lee otras críticas


  Autores

. Aguirre Franco, Rafael
. Álvarez Ansina, Nuria
· Arévalo Cruz, Antonio
· Arévalo Cruz, Antonio (II)
· Arévalo Cruz, Antonio (III)
· Carbajosa Gómez, Miguel José
· Castillo Escobar, Juana
· Castillo Escobar, Juana (II)
· Claure, Roy
· Claure, Roy (II)
· Dell’Acqua Pedreira, Alvaro Antonio
· Echarri Fernández, Carlos
· Fernández Aredo, Paloma

· Ferrer Alonso, Montserrat

· Figuerola Manso, Jaime

· Gnatiuk, José

· Iglesias Fouce, Luis

· Iglesias Fouce, Luis (II)

· León Burgos, Miguel

· León Burgos, Miguel (II)

· León Burgos, Miguel (III)

· Lucas Buñuel, Alfonso de

· Maneiro, Luz
· Nicolás Cabrero, Enrique Eloy de
· Santiago, Carlos
· Yago Escorial

 


© Estandarte.com