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Nublada tarde de sol
Túnel. No mirar atrás.
Puerta. No mirar atrás.
Azafata Nº 1. Sonrisa de cartón, redundantes ojos de sorpresa. “Por el pasillo, tercera fila a la derecha. Gracias por volar con nosotros”.
Resulta difícil dirigir la vista a través de una ventanilla cuando las razones que encuentro para justificar esta permanencia dejaron de ser suficientes para entender por qué me voy, al tiempo que imagino lo que sucedería si no lo hiciese. Mi cabeza, envuelta en pelos enredados por los juegos de mis dedos nerviosos, incrusta la inercia de su peso muerto sobre el vidrio empañado por la coartada inútil de la respiración, mientras los ojos hundidos en mi cara decidieron seguir abiertos porque olvidaron la manera de cerrarse la última vez que te vi frente a mí, pensando los dos en una vida que nos ha elegido rumbos divergentes...
Y despacio, muy despacio, dando vueltas y vueltas retorcidas unas con otras, los pensamientos se van para ya no ser míos, sino poseídos por el despecho de no saberte aquí a mi lado. Más allá de la distancia por venir, comprender la magnitud de lo que fue y no volverá a ser nada podría cambiar de los últimos sucesos. Así como lo oyes sin poder escucharme, y como si este instante minúsculo se tratara del simulacro de un relato inconcluso, la lluvia comienza a caer y moja sin voluntad la pista de aterrizaje. El avión, el último en partir antes de una segura suspensión de vuelos, pone en movimiento sus pies desproporcionados y me desdibujo en esta alucinación de dejarte ir como si no hubieses sido real cada segundo del pasado inmediato.
¡Cómo quisiera que no estés en medio de mi cabeza a fuerza de olvidar, cuando lo único que quiero es perpetuar lo que aún apenas puedo entender por qué sucede! En definitiva, pienso al leer entre las líneas del desierto personal e inaccesible, los sucesos y sus omisiones han sido como han debido ser, porque de lo contrario no hubiesen siquiera llegado a ser esas buenas intenciones que la mayoría de las veces terminan por arruinarlo todo. La lógica inflexible del comedido intriga junto al ostracismo que hoy habitamos. Así nos ha ocurrido sin siquiera notarlo. No es casual que, a mi pesar, haya dejado de culparte por cada una de las miserias del mundo y solo pueda reprocharte que no me dieras la oportunidad de perderte como Dios manda, puesto que has decidido el final de común acuerdo con tu consabida soledad. Tal vez en el transcurso de esta última discusión imaginaria mencione que algún tiempo atrás te dije que lo único que se pierde en la vida es lo que se deja ir y, aunque te niegues a concederme el beneficio de la duda, lo cierto es que me voy y no estás a mi lado.
El viento suave traspasa la transparencia líquida de las gotas y a su ritmo algunos recuerdos imborrables evitan que intente arrojarme al vacío desde el fondo de tu personal ausencia. Imágenes sin máscara se proyectan en el vacío, sin pausas a la hora de conjurar la evasión de esta realidad imperfecta, y en su devenir arribo a la época dorada en la que era un niño y tenía la profética convicción de que estabas en mí futuro sin siquiera conocerte. En ese único entonces había llegado a pensar que mi Buenos Aires querido se vestía de gris cuando se empecinaba en provocarme con la irreverencia de sus colores, pero como aún tratándose de la Reina del Plata todos los caminos conducen a Roma, fue todo ese gris inmaculado, y no otro cualquiera, el que vi de camino al aeropuerto. Estaba allí, sumergido en todos y a la vez encarnado en nadie en particular, residente eterno en la marcha sonámbula de las miradas hacia el piso de los ojos cansados de insomnios tercos de quienes no saben dónde van, acaso porque no tienen lugar al cual volver más allá de la memoria de un origen lejano que se rebela contra el olvido. Los rostros adormecidos, las vidas desahuciadas y las meras existencias por la obstinación de subsistir han perdido el matiz que había sabido encontrarles a tu lado. Cualquiera sea el caso, la lluvia cae y todo alrededor semeja haber tenido esta insana palidez desde hace tanto tiempo que nadie recuerda haya tenido otro tono, ni siquiera en remotos tiempos de felicidad prefabricada por la necedad de una opulencia egoísta que mentes bizantinas han sabido añorar.
¡Basta! ¡Es suficiente! ¡Ni siquiera yo soporto semejante andanada de confesiones deprimentes! ¿Acaso no hay medicamentos indicados para olvidar o, cuanto menos, hacer que no importe el significado cada recuerdo? Debo cerrar el telón de este acto, debo ser fuerte y no partir el pequeño rectángulo de vidrio y arrojarme al pavimento – o cual fuere el material del que está construida la pista, después de todo no soy ingeniero en ¿construcciones? y, por ende, no tengo motivos para ocupar valioso espacio neuronal con conocimientos de tal naturaleza – para salir en tu búsqueda, y me es imprescindible dejar de exponer los grandes momentos de mi vida como si fueran inconexas partes de una dantesca tragedia escrita por algún dramaturgo delirante al cual la coherencia narrativa se le fugó junto al amor propio al descubrir que coqueteaba con la falta de vergüenza.
En este instante, y no otro cualquiera, convulsiono mi humanidad en una butaca que peca de no ser demasiado cómoda, buscando aquello que ya no tengo a mi derecha como todas las otras veces que estabas junto a mí. El avión, este mismo melodrama volador en el que deberías estar, avanza por la pista y parece que huyo, pero tengo la sensación de permanecer anclado en tu lugar del mundo, ese al cual no pertenezco más, rodeado de una exquisita intrascendencia cotidiana que me es ajena por completo. Sólo a los efectos de ejemplificar – comentario sin duda superfluo, pero útil a la hora de intentar una nueva huida de mí mismo – es imprescindible que mencione a una mujer, sentada dos filas más adelante, que mira hacia el exterior con un gesto de horror porque es la primera vez que vuela más allá de algún ocasional orgasmo fingido a su irreversible esposo. A su lado se ve un hombre de barriga prominente y notoria papada, quien no es otro que el probable causante de la evidente insatisfacción, que no deja de observar a la susodicha y ajusta el asiento y el cinturón concomitante buscando alguna posición que no le incomode. De repente, aparece a la vista de todos la sonrisa perpetua de la Azafata “Nº 1” , exhibiendo descaradamente los nada sutiles indicios de una rinoplastia masiva, muy al estilo de los años 80's, y del omnipresente y moderno botox, renunciando a que un par de daneses le entiendan algo de lo que sea que les está diciendo en un idioma que no es inglés, no es francés y, con total seguridad, no es ¿danés? Tampoco puedo dejar de notar que mis supuestos daneses, porque por la comodidad de mi ignorancia lingüística sólo asumí que lo son, se miran entre ellos, encogen sus hombros y luego, resignados a la incomprensión que involucra su extranjería turística, vuelven a su ensimismada y críptica charla. Y apenas detrás de ellos, un muchacho rubio, veinte años de edad como máximo – ¿acaso será también danés? - estira las piernas y estrella sus rótulas contra los riñones de la estirada dama venida a menos ubicada delante suyo, quien ha hecho un innegable abuso de una pésima imitación del ¿Chanel Nº 5 tal vez? como intento de eludir un saludable paso por su aristocrática tina de baño, lo que no le impide solicitar una copa de coñac para calmar la ansiedad que le genera esta expedición sin regreso ni reembolso al mismísimo infierno…
Y sin aceptarlo y mucho menos aprehenderlo, transito mi presente como parte de una esquizofrénica hermandad contingente en la que me es imposible considerarme intruso, y te imagino a mi lado mientras busco la manera de desencajar de esta cacofonía de la clase turista de un vuelo de las 14:25 hacia un destino que se acerca a la misma velocidad a la que me alejo de todo lo que ha tenido algún significado en mi vida...
En nuestras vidas.
En fin, las apariencias indican que esta farsa apenas se ha iniciado. Afuera, la lluvia comienza a caer con mayor fuerza mientras el avión sigue dudando en la lentitud de su movimiento. Me cuestiono por enésima infructuosa vez por qué este naufragio interminable tiene que ocurrir de esta forma. ¿Por qué las partidas, sobre todo ésta que me encierra, suelen ser eternas? Cuando tenía siete años viajaba en el asiento trasero del auto de mi familia y, mirando los carteles de las avenidas y contando junto a mi hermano menor los autos amarillos que cruzábamos, preguntaba por qué las idas siempre eran más largas que los regresos, si al fin y al cabo la distancia es idéntica. Mi padre, versado en atender mis reiteradas inquisiciones, explicaba, con la mayor paciencia y procurando no soltar el volante en un rapto de neurosis, que él no tenía la más mínima idea, que me dejara de molestar y que mirara el paisaje, porque de tanto pensar pavadas me terminaría perdiendo aquel detalle que lo distingue y puede convertirlo en mi lugar en el mundo. Años después entendí que algo de razón había en su habitual respuesta y caí en la cuenta de que papá casi siempre terminaba teniendo ese “algo de razón” negado en todas y cada una de mis vehementes primeras instancias. Lo odié con todo mi amor por esa única razón.
Hoy ni siquiera he alcanzado a irme y ya tengo la certeza de que esa particular escena de mi sitcom familiar tendrá, para variar la monotonía de los hábitos, un desenlace diferente. Papá se quedó en el aeropuerto y mamá, siempre a su lado, intenta una sonrisa que quizás oculte su tristeza para hallar una manera de sostenernos unidos ante la inminencia de la distancia. Saludan con sus manos abiertas y ojos congelados mientras parto de un pretendido País de las Maravillas que jamás sentí mi hogar. Es curioso que lo diga ahora, pero esa última palabra mágica ha encerrado una dolorosa verdad a medias arrastrada por las largas patas de la mentira a la que nos terminamos acostumbrando por simple decantación de la adversidad de ciertos hechos de los que logramos escapar con vida. Del mismo modo, es por este magnífico deber de honrar a la otra mitad de certidumbre no reconocida que en estos minutos interminables desearía, con todo el alma rota que me queda, que abrir mis alas y volar lejos no fuese la manera que he encontrado en sueños de arribar a mi tierra prometida.
Otra azafata, a la que llamé cariñosamente “Nº 2” , entra en escena. Luce su espléndida sonrisa de labios manufacturados a base de colágeno, dentada con el marfil de tres elefantes, y con el accesorio infaltable de una nariz con marca de origen del mismo quirófano de la inolvidable “Nº 1” . ¡Y cómo dejar de mencionar el aire displicente que le ha otorgado el abuso del compuesto derivado de toxinas botulínicas! Deberían entablar una demanda conjunta por falta de originalidad, a menos que se haya tratado de una venta al mayoreo. Al margen de cuestiones tan triviales, la gentileza de “Nº 2” se torna una fabulosa manera de fomentar mi deseo de no volver a subir a un avión, al menos de esta aerolínea, cuando me pregunta mecánicamente si necesito algo y, saliendo del ensueño nostálgico, me atacan otros momentos, tal vez aquellos que he evitado desde el principio de esta derivación especulativa. Hubiese preferido demostrarles la mayor indiferencia posible por unos minutos adicionales. Hay esfuerzos que a estas alturas se tornan vacuos y todo lo que intento dejar atrás vuelve a girar y girar en mi eterna mente vagabunda.
La traición de una memoria incandescente en su insistencia me quiere hacer creer que nuestro final comenzó hace tan sólo unas semanas, cuando noté tu mirada extraña después de la cena. Opté por no decir nada y supongo que eso habrá parecido. Ocho años juntos no pueden transcurrir sin dejar como secuela cierta sincronía involuntaria y por eso es que no debí preocuparme porque te preocuparas por el silencio que nos acompañó hasta antes de acostarnos. Sabía que eso harías. Ocho años son ocho años y no he necesitado para sobrellevarlos dignamente una razón adicional a saber que respirabas a mi lado y te despertabas cada mañana con tu cabeza reposando sobre mi pecho, pero qué más da que me lo diga aquí y ahora, esa noche fuiste demasiado lejos al dejar de entender que el que hayas sido la causa última de todas mis razones, no te da el menor derecho a renunciar a tus sueños por el mero antojo del miedo. Sabes que no tengo otra alternativa que impedírtelo a cualquier costo. A la mañana siguiente te dije “me voy” y tu nuevo silencio reincidente fue la respuesta que esperaba.
Otras veinticuatro horas a toda velocidad. Un poco de sexo matinal contigo, ducha, trabajo, almuerzo, trabajo, fútbol, otra ducha rápida en el gimnasio, enésima despedida con los amigos en el bar de siempre, después un poco de sexo ligero, melancólico y sin ti; luego volver a casa y encontrar tus mismos adorables labios herméticos hasta antes de acostarnos. Mi amor, hay cosas tuyas que no cambian y adquieren el sabor añejo de una rutina de circo mal aprendida. Muy a tu pesar, han sido esas nimiedades las que en algún momento desistí de intentar explicar para limitarme a sostener una sana convivencia con ellas y tus otros mil ocasionales escondites.
“Me quedo” , dijiste, con esa singular mirada aguada de la noche anterior y respondí con otro silencio, como rogándote que no me culpes por palabras que no he puesto en tu boca y te han herido, que no me culpes por lágrimas que bien podrías no estar llorando, que no me culpes por no permitirte la traición a los sueños que meditamos tanto tiempo y que ahora, al estar al alcance de nuestras manos, te dan tanto miedo que te inmovilizan con sólo mirar un boleto de avión con tu nombre impreso que descansa sobre un escritorio. No me culpes, debo insistir, porque yo no cargo sobre tus espaldas otras cosas más allá de las que dije en su momento. Ya no te culpo por el aire que me falta, porque no puedo hacerlo sin buscar por todos los medios posibles la inmediata ausencia del inevitable recuerdo en el que te has convertido. Dolores, si por omisión o alguna lamentable inacción has decidido hacer honor a tu nombre, bien por ti. Nada puedo hacer al respecto.
Los días se fueron, uno a uno y sin correr porque así debe ser. Quise imaginar que te despedías en el aeropuerto con los míos – aunque bien sepa que antes que mía hayamos sido uno, pero no lo mismo , como dice nuestro tema – pero sé que no serías capaz de un lugar común semejante. Nos conocemos lo suficiente para saber que todo lo que hubo que decir y hacer fue oportunamente dicho y hecho. No hay un retorno. No hay excusas. Ocho años son ocho años y un adiós forzado no encaja en ese pasado.
Nuestro pasado.
Limpio con la palma de la mano la ventanilla empañada por mi última exhalación en tierra y pretendo ver afuera algo distinto de lo que vendrá cuando deje de estar donde he permanecido casi toda mi vida. La lluvia fluye, tranquila y parsimoniosa, mientras el avión termina de elevar sus pequeños pies del suelo y yo de entender que de los dos, no soy quien se fue, sino el que sigue firme en el camino. Soy el que yéndose, se quedó, porque irme no es otra cosa que permanecer a tu lado ahora que no te tengo...
Porque irme es entender que al recorrer la vida juntos conservamos la química y perdimos la magia de soñar, callados, despiertos y abrazados, los mismos sueños en la noche...
Porque irme es la mejor forma de hacerte saber que, como te dije en alguna ocasión que te has tomado la libertad de no recordar, lo único que se pierde es lo que se deja ir...
El avión sigue subiendo y trepana las nubes rellenas de lluvia que no cae porque todavía no es tiempo y yo, mirando hacia el cielo que se despeja, acabo de descubrir lo que se siente volar por encima de la tormenta.
Acabo de ver, por primera vez en mucho tiempo, el sol más allá de tus ojos.
Acabo de decirte adiós...
El gris de Buenos Aires me espera... |