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Las obras maestras
Su nombre es uno más dentro del conjunto de todos aquellos probables y a la vez posibles. Su nombre no era importante, porque no define el significado de su existencia más allá de la identificación, y quizás fue sólo una clave que nadie descifró, un anagrama incompleto, o un mensaje en código que refería a las verdades universales que permanecen en el más profundo secreto para los no iniciados en el trato con las fuerzas oscuras que determinaron el final y luego un principio.
Es sabido que hubiese querido ser Borges, Lovecraft, Chesterton o cualquier otro escritor de renombre, pero debía contentarse con ser quien era y con lo que a su pesar transcurría como parte de su existencia. Supo siempre que su ansia fue nacer algunos años antes de ésta época que ahora fluye, o tal vez dentro de inciertos momentos pertenecientes a un futuro lejano, cuando ya no fuese necesario saber que Borges, Lovecraft, Chesterton o alguno más de su clase existió antes que él. Sin embargo, él era sólo quien era, un individuo sumergido en la intrascendencia absoluta y a quién las circunstancias y sus acontecimientos habían inducido a relegar para un futuro que jamás llegaba sus secretas aspiraciones de culto y refinado hombre de letras, devenido por natural decantación de los hechos en escritor de suceso sin igual. Así, él era sólo él mismo y eso no le bastaba porque quería ser alguien más, estar en otro lado y existir en otro tiempo y, por ende, llevaba la vida que podía llevar, pero no la que hubiera querido tener.
Inmóvil, sentado en su silla de ruedas, enfrentaba las páginas en blanco de las historias que jamás escribió, absorto en aquella irrefrenable ausencia de pasión que había caracterizado su vida y en la falta de brillo y de coito en la mirada perdida en horizontes que no sabía perseguir. Quizás por esa ineludible razón las palabras no llegaban a sus manos, y de allí a sus dedos, y de allí al papel virgen de sentido en su existencia, y se perdían en los caminos de la muerte sin haber nacido. Antes que las palabras y que la vida misma, prefería el olvido asentado en su incesante negación de una realidad paralizada en la exigüidad de un momento sin pausa, y las innumerables obras maestras que navegaban los cielos de su mente en busca de exégesis estaban allí, esperando ser liberadas para no volver al lugar de donde nunca habían salido.
Hubo días no tan cercanos en los que permanecía meditando la infinita tristeza de las tardes de lluvia frente a los papeles albinos depositados sobre el escritorio de su cuarto, ubicado junto al ventanal que da sobre la gran avenida de tráfico insondable. El agua corría y se deslizaba por la alcantarilla expulsando su gloriosa purificación en el preciso instante en que caía sobre el empedrado casi extinto bajo la sepultura de las capas de asfalto. Las hojas que huían de los árboles, el aroma del pasto húmedo del parque tan próximo y los jardines vecinos, y la tierra que saciaba su sed embriagaban el aire con las fragancias de la vida prolongándose por encima de todos los sentidos. Y sin embargo su corazón no aceleraba sus latidos y no brotaba magia de sus falanges, deslizándose por intermedio de su pluma hacia la tinta y de allí al manuscrito vacío.
Un alma de hombre inescrutable se hallaba escondida, de incógnito y al acecho en su propia carne estática. Él era sólo él mismo, aunque todavía no lo notaba. Sin embargo, las revelaciones esenciales llegarían con marcha siniestra.
Poco importan el pasado y la voluntad ahora que la providencia ha obrado.
Su vida se había detenido en el golpe seco de un automóvil y una acera y en la mirada congestionada de la multitud de curiosos que observó el parto y la vivisección de su cuerpo surgido del metal torcido y el humo premonitorio. Una fábula olvidada y nacida en la turbulencia de aquellos días de hospital cuenta que al abrir los ojos el día después de la última vez que supuso haber muerto permaneció absorto en la observación de la luz tenue que provenía del monitor que marcaba los latidos de su pecho, y desde ese instante y para siempre sus pupilas titilaron marcando el paso de un bip, apropiándose de un intento desesperado por afirmar la continuidad de una vida que persistía a pesar de la evidencia de su término incierto.
Una mañana el alta llegó.
Volver fue difícil.
Cada regreso es una partida en sentido inverso predefinido por un origen. Una vez en su hogar, al recorrer la centenaria galería lindera al patio mientras oía el sonido anómalo de las ruedas de la silla al raspar las baldosas rústicas, entendió que el destino era aciago, pero al fin suyo. Admitió su fatalidad inconclusa y juró no trasponer jamás las paredes de la casa familiar. Y fue entonces y solo entonces, un año después del accidente y a fines de otro marzo anterior al último, que en pleno ejercicio de su promesa levantó la vista por encima de las torres de hojas no escritas que escondían las miles de ideas que no podían salir de los sueños que merodeaban por las noches, y percibió que el primer árbol desnudo ese otoño apenas comenzado era el que estaba justo frente a su ventana. Casi en el mismo segundo pensó que debería comenzar a preguntarse cuándo fue que esa sensación de soledad constante se instaló en su vida para no irse nunca más, pero no supo que responder, y observó que había palabras escritas en el aire frente a sus ojos y que la tinta era una prolongación de las penas no confesas de su alma oculta detrás de la evidencia de la parálisis.
Durante tres días y tres noches narró los relatos que manaban sin control desde los ribetes de los hechizos negros que yacían indelebles en la esquizofrenia de las letras encontradas. Y no se detuvo, y no comió, y no abrió los cerrojos de su pesada puerta cuando llamaban, y no permitió la limpieza de su habitación cuando despertaba de las escasas horas de descanso ingobernable que tomaba para no caer rendido en medio de la batalla eterna y, cuando decidió que debía abandonar la tarea por imposible, levantó sus ojos y vio la cuarta noche caer y la lujuria de su mística lo invadió sin remedio.
Durante otros tres días y tres noches contó los misterios que emergían de las profundidades de las estrellas que habían hipnotizado mil años atrás a los vigías de los barcos y delataban el destino de los mundos que las circundaban en la elipse infinita de su camino. Y tampoco se detuvo, y no comió, y no acudió a la puerta cuando golpeaban con creciente insistencia y voces conocidas desde los confines de la memoria gritaban su nombre, y olvidó su propio aseo luego de los tormentos de las pesadillas que los hijos de la negrura inconmensurable de los infiernos le prodigaban y le impedían distender la ansiedad de sus pasiones.
Cuando el agotamiento lo obligaba a desistir, observó la calle, el abandono y los mendigos habituales sumergidos en conocidos desperdicios, y la angustia del hambre y la impotencia de la justicia esquiva cautivó el destino de sus palabras y, a pesar de la infame displicencia de las circunstancias y la escasez de tinta, las reunió para grabarlas a fuego durante tres jornadas con el silencio tormentoso de su respiración endeble como único cómplice.
Mientras emergía hacia el principio de su propio final, preguntaba sin encontrar respuesta cuál de todos había sido el año en que nos convertimos en bestias de siete cabezas y diez cuernos, cada uno bregando por alcanzar un Apocalipsis inminente en el que algunos perecerían con la piel enquistada en el callo de los huesos, consumidos por el hambre y devastados por la sed de un abyecto abandono, mientras que otros alcanzarían el silencio perenne al atragantar con patas de pavo bañadas en salsa exquisita sus corazones fajados por la grasa de la abundancia obscena.
Había escrito las últimas páginas de su vida con la misma sangre que exploraba el recorrido de sus venas, remojando la antigua pluma transmitida por herencia de cuatro generaciones en la punta de su meñique izquierdo, dibujando sobre la última hoja de papel que le quedaba una delicada figura carmesí como firma y estampa de una osadía exigua. El último aliento, levedad y augurio, sopla y evapora la humedad sobre el manuscrito y declara que su signo se ha cumplido.
Sintió entonces la fiebre y la rémora del deseo y presagió la muerte alrededor y la presencia del Ángel que lo acompañaría en el tránsito definitivo a la próxima encarnación, y admitió que la vida huía en las últimas letras de las obras maestras que impregnaban su encanto en las miles y miles de hojas que abarrotaban todo el espacio entre la existencia que terminaba y la inmortalidad que le sucedería.
Así fue como emergió de las tinieblas la leyenda que ha aberrado el razonamiento de esta familia. Algunas noches de tormenta, y para lograr el asombro más radical de los convidados ocasionales de las cenas de los jueves, cuentan que fue en aquel sublime instante del décimo día cuando al percatarse del irreversible silencio interior, derribaron la puerta de roble a fuerza de picos y mazazos y encontraron exánime el cuerpo sin piernas de mi abuelo, apoyado en su silla de ruedas, con el pecho tendido sobre el escritorio y los papeles escritos, numerados, que rubricaban una expresión trastornada por la bendición de la demencia y la felicidad de quien ha encontrado la libertad en un horizonte definitivo, allende las herméticas puertas del Cielo inconmensurable de una personal Biblioteca de Babel.
Dos días después del discreto ejercicio del funeral de rigor la casa fue derrumbada por orden de mi padre, enceguecido por la tristeza de los eventos. Desde la vereda de enfrente la observación de la caída del último muro y la remoción de su escombro le permitieron suponer desde la certeza esquiva, que pese al esfuerzo del olvido mediante la desolación de cada objeto que suscitara su memoria, la reverberación del pasado desgastaría la potencialidad del presente.
Desde entonces el futuro fue cubierto por la redundancia de la huida a la que su negación nos arrastra.
Desde entonces no hemos vivido más de un año en un mismo lugar, en un vano intento por escapar de un sino fatal del que apenas existen sospechas infundadas.
Desde entonces no he sido el mismo.
Poco importan el pasado y la voluntad.
Sutiles cambios insinúan el presagio de las temidas evidencias por venir.
Mi abuelo visita mis sueños y vigilias y acaricia mi frente con la llaga húmeda de su meñique, pidiendo que recupere los manuscritos consumidos por la flama de una hoguera que tuvo por único objeto olvidar el rastro final de su existencia, su tragedia y su locura. Pero su sangre es la mía y su trascendencia supone que el dedo lacerado por la pluma que rescaté y atesoro en secreto dibuje en la piel de mi rostro los nombres de Borges, Lovecraft o Chesterton como un inmortal axioma que aún no ha logrado consumarse en mi propia enajenación contemplativa. |