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  LEER Relato  

Mauricio Hernán Dreiling



Oscura claridad en la penumbra

 

Temprano esa noche había percibido la falsa alarma de un perfume igual al suyo, pero depositado sobre otra piel.

No era la misma sensación de embriaguez suprema la que encarnaba esa parodia y para mí jamás lo sería.

Aguardé su llegada. Mesa discreta y reservada con anticipación.

Nombres falsos, miradas de reojo.

Ojos culpables, rostros inocentes.

Introdujo su presencia al atravesar la puerta y divisarme entre las demás parejas. Fiel a su cadencia particular y mía, pero siempre suya, usaba el aroma esperado, ese mismo conocido algún verano treinta y dos años atrás y que seguía suscitando idéntico efecto en la memoria. Su hipnosis mantenía la ligera apariencia de permanecer en la retórica de un instante de juventud lejana, pero levitaba su reencuentro en este presente maduro y rancio por la elocuencia de las circunstancias. La cena a escondidas en el habitual restaurante alejado del centro, uno distinto cada vez, fue una excusa para interponer un preludio a lo que ambos deseábamos de este tercer miércoles del mes, como todos los anteriores.

Ahora ese instante es el pasado en fuga.

Observé el perfil de su cuerpo.

Retuve en la palma de mi mano y en las yemas de mis dedos la reminiscencia física de su silueta en el devenir de cada una de sus edades. Tendida a mi lado, intenté no olvidar la manera en que la primera caricia a su alrededor sucediera, pero no valía la pena aquello que distaba en el tiempo más allá de las primeras horas de esta noche que transcurre. No supe abstraer en mis ojos cerrados una imagen, única y duradera, en la que no quisiera ser el final de sus días y el principio de todas sus mañanas, y eso siempre ocurriría en un momento que era hoy, ahora y aquí.

La nostalgia de las horas tempranas alucina que absorto en el furor nocturno, rocé cada centímetro de su piel con mis labios húmedos de la rémora de los deseos de los años en los que supo ser la esposa que jamás olvidé y ella, Gloria eterna, mordió, suave y melancólica, mi oreja izquierda, aferrando entre sus dientes un momento ínfimo que se perdía en la retrospectiva y liberaba el dolor de no ser aquello que de quererlo pudimos haber sido, pero nunca nos percatamos que debíamos ser.

¡Vaya ironía que nunca nos hayamos amado tanto mientras permanecimos juntos, como ahora estando separados!, pienso y creo hasta la médula de lo que no puedo explicar por qué hago, hice y haré por y con ella. Ha transcurrido el tiempo y en qué bifurcación dejamos de recordar el rumbo es una pregunta que desistimos de responder una paradójica segunda vez.

Hoy vivimos sólo por esta noche.

Ha quedado atrás el minuto en que adiós era la palabra exacta para expresarnos. Y si salir de las sombras ocultas en la penumbra de un cuarto de hotel, uno diferente cada vez, fuese tan sencillo como volver la ingenua aguja de un reloj descompuesto sobre sus pasos, el porvenir nos rendiría la bandera de su incertidumbre.

Ambos lo sabíamos.

Ambos intentábamos negarlo con la triste intimidad de una condena, hasta que la muerte nos separase, al tercer miércoles de cada mes y a conservarnos intactos la eternidad del resto del tiempo, en la subjetividad de una memoria no predispuesta a condescender un ápice del terreno ganado.

Encendió un cigarrillo y, como en los viejos nuevos tiempos, luego de un par de pitadas me lo cedió sin preguntar. Ahora descansaba a mi lado. Los dos descansábamos y asumimos que nuestras miradas se esquivaron en la oscuridad y que los ojos hastiados de parpadear sin cerrarse se buscaron en la habitación cercada por el presente. Y entonces los dos callamos, con plena certeza en que una única palabra tenía el formidable poder de iniciar una inevitable despedida.

Gloria, te digo mientras dormitas, nuestro tiempo es un signo meramente derivativo que, imposible de ser aprehendido, no transcurre, sino que se escapa y apenas deja improntas leves. Por esa exigua razón he atesorado el recuerdo que me dice que el sudor recorrió los cuerpos, desde la evocación de cada uno de los espacios, hasta abandonarnos al momento en que sólo restaba adentrarse en el dominio intangible de los sueños de la soledad que me aguarda hasta el nuevo encuentro.

Las manos unidas.

Las piernas entrelazadas.

El olor del tabaco imperceptible limpiaba la atmósfera del aroma que había impregnado las paredes desde el ahogo de los momentos extáticos. Las sábanas envolvían su rocío a los pies de la cama, y la paz que sobrevino a la tormenta vislumbraba el aliento de la tierra húmeda después de una repentina lluvia de verano y olvido imposible.

Ruidos en el pasillo contiguo. Se abría la puerta de una habitación igual a esta, pero sin nosotros. La ventana del dormitorio pernoctaba cerrada en la ausencia hermética de las luces exteriores de una ciudad inerte y, en la pausa de cada exhalación perdida en los confines de este mundo tácito, el aire se viciaba y su mismo aire se vaciaba de aire mientras el cigarrillo se agotaba.

Y las cenizas al piso.

No fumaba.

Entretanto, quizás intentaba preguntarme qué sendero de mi existencia había hecho posible que llegáramos hasta este punto. Sabía que nada era tan obvio como lo que la vista hubiera dejado en claro en medio de la oscuridad profunda, porque nada es tan evidente como para que sólo con los ojos cerrados pueda advertirse.

El silencio volvió.

Podría haberme levantado, tomado las ropas e ido por las escaleras y, sin embargo, algo me retuvo en aquel lugar. Algo más fuerte que el miedo a que ella, mi Gloria hoy ajena, se despertara mientras buscaba el pantalón prófugo y tropezaba con la inoportuna pata de una silla. Por un exacto instante comprobé que cuando se ha ido lejos, siempre hay algo más fuerte que el absolutismo del miedo.

El brillo del cigarrillo encendido, única y precaria fuente de luz casi agotada, atestiguaba en el secreto de su efímera supervivencia las escenas finales de un nuevo escape furtivo. Mis ojos permanecían abiertos, absortos, fijos en el espejo barato y sucio del cielorraso que reflejaba la sombra de los dos cuerpos enlazados en amalgama perfecta.

Las cenizas al piso.

Recordé que dos años atrás había dejado de fumar.

Las pupilas continuaban prendadas del mismo punto invisible.

La transpiración, lenta y espesa, comenzaba a secarse al unísono con la respiración de un alma y dos cuerpos. Curiosa sincronización había en esta sensación confusa que me asolaba por encima de las demás, y recordé que siempre hay otras cosas detrás de cada cosa.

Los últimos vestigios del tabaco no consumido confiaron su levedad a la alfombra quemada por la reincidencia de un cigarrillo encendido en vano y que ahora muere en el cenicero de la mesa de luz. El brazo vacío cayó por fuera del borde de la cama. Comenzaba a sentir frío. El cuerpo helado y la incertidumbre devastadora. Perplejidad completa. Había recordado como era el calor de quedarme a su lado, el tuyo Gloria, hasta que el sueño y el cansancio me vencieran.

Los minutos y las horas morían y seguía atado a ella. Siempre lo estaría. Despierto insomne voluntario. Estatua viva de hielo consumida por el vaho. Respirábamos en silencio con claustrofóbica armonía. La mente en blanco, y en algún infame rincón de mi imaginación guardaba una secreta esperanza en que al amanecer volvería a despertar con su habitual ausencia, pero sabía que algo se había perdido en las líneas escritas del pasado inmediato. Ahora apenas quedaba para nosotros el futuro de quienes se han reencontrado después de toda una vida de soledad transcurrida en compañía de propios y extraños.



 

 



  Obras de este autor

· Vacío
· Alas rotas
· Acerca de mi humana naturaleza
· Esperando el amanecer
· Glamour
· La Sagrada Familia
· Ingenua aguja de un reloj descompuesto
· C’est la vie mon amour
· El futuro
· Oscura claridad en la penumbra
· Las obras maestras
· Mínimo
· Nublada tarde de sol

 


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· Dell’Acqua Pedreira, Alvaro Antonio
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· Yago Escorial

 


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