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Vacío
6:30 a.m.
El despertador suena. El despertador persevera. Mi mano sobre el despertador. El despertador en el piso.
Hoy es martes y su mañana comienza también para mí.
Atravieso la habitación a los tumbos hasta el baño y, mientras procuro no azotar mis codos con el borde del bidé en cada flexión, me las arreglo para cumplir con mis doscientos cincuenta ejercicios abdominales apoyando las plantas de los pies contra la base del inodoro. Luego, una ducha tibia, suave y piadosa con el ardor generado por los sucesivos golpes, anula los últimos efectos del malhumor causado por una súbita ausencia de motivos decentes para la masturbación diaria. Cinco segundos después de secarme y todavía envuelto en la toalla limpia, me sumerjo en la inercia de un sueño malparido y persistente, preparo el frugal desayuno diario y, masticando el último gajo de naranja, tomo la ropa que la noche anterior había decidido usar, perfectamente combinada, planchada y dispuesta en la percha colgada de la puerta entreabierta del placard del cuarto. Me visto despacio. Arreglo la cama y recojo un par de medias sucias. Me pongo el saco y siento una puntada en el codo izquierdo. Observo el nudo de la corbata en el espejo del botiquín de tres puertas y, pensando en la maravillosa ligereza visual de la seda italiana, al pasar junto al endemoniado filo del lavatorio de culos aburguesados maldigo al fabricante de sanitarios por un par de generaciones posteriores al final de todas las eras. Por fin, antes de salir riego los cactus dispuestos en sus correctas macetas de balcón y, siendo ya las 8:15 a.m., tomo mi Blackberry con sus baterías cargadas, llamo el ascensor, bajo cinco pisos y me dispongo a visitar la inmensidad del mundo exterior.
El sonido metálico de mi llave cerrando la puerta de entrada del edificio y el pie puesto fuera del escalón de mármol pulido hasta el hartazgo del ordenanza marcaron el inicio del viaje. Frente a mis ojos entrecerrados por la miope resaca de la somnolencia, otro abril se despide con su otoño acostumbrado y el sol alumbra apenas por encima de las casas despejando la neblina que la lluvia miserable de la noche ha dejado como recuerdo. En un movimiento de notable concomitancia, dando un primer paso simbólico me convierto en un ente que deambula sigiloso y ahogado dentro de una selva de perfectos extraños simulando ser absolutos desconocidos los unos de los otros, al tiempo que me permito hacer un esfuerzo por esquivar las baldosas quebradas y las raíces de los árboles que las rompen desde abajo. Camino hacia la oficina con la vista en el horizonte próximo del empedrado de la calle húmeda. Como es usual, a cada instante posterior a algún tropiezo acabo por admitir que la cercanía del lugar de destino y la pérfida falta de coordinación de los semáforos reafirman a diario mi transformación en un digno transeúnte.
El agua corre por las alcantarillas. Las veredas limpias. Los distinguidos bares y cafés de la zona ofrecen su desayuno exclusivo, todos ellos variantes insólitas de una misma idea e igualmente caros por definición. ¿Cuánto tiempo hace que no entro en alguno de ellos con el motivo excluyente del momento placentero o, mejor aún, sin razón aparente? Cruzo la avenida. El teléfono suena. Observo la pantalla, pero no reconozco el número. El timbre me alerta dos veces más, luego desiste. La luz de las teclas se apaga. En el devenir de la marcha es sencillo notar que el camión recolector de residuos tampoco ha pasado la noche anterior y caigo en la cuenta de que otra vez debo decirme que tampoco lo había hecho una noche anterior. Este eterno déja vu de la huelga se ha tornado redundante y los únicos que parecen ser beneficiados con la negra acumulación de bolsas de consorcio son los perros vagabundos y los mendigos. Ambas hordas compiten cada madrugada por el desperdicio que se ha convertido en su único sustento, y sus cuerpos entrelazados amanecen a la luz del día yaciendo unos sobre otros en improvisadas camas de diarios húmedos, pulgas y cartones ubicadas en los estratégicos rincones por donde el mundo rota a diario sobre un eje invisible, haciendo arcadas ante el vaho caníbal de su propia sarna.
8:35 a.m. Me identifican por la cámara de seguridad. Luz roja. Dos segundos. Luz verde. Puerta abierta. Accedo a la torre de la Compañía. Entro a la oficina, luego a mi despacho, dejo el saco en el perchero, levanto la persiana americana hasta el tope para permitir que penetre alguna migaja de la opulenta luz desteñida de un sol cansado, enciendo mi laptop y chequeo los mensajes grabados en el contestador automático. Nada relevante. De camino a la máquina expendedora de café, busco la correspondencia interna en mi box y algún fax imprevisto que pudiera haber llegado durante la brevedad de mi ausencia y, como al pasar, regreso cargando en la mano izquierda el café descafeinado, cortado con leche descremada, endulzado y sin azúcar. Tomo asiento y entro a mi casilla de correo electrónico corporativo, borro la basura, respondo lo que debo e ignoro lo que parece merecer ese destino abominable.
10:00 a.m. Una vez terminado mi primer acto de ballet perfectamente coreografiado, sentí resecas las comisuras de mis labios sellados. Giré el sillón en dirección a la ventana, me puse de pie, apoyé las manos en la cintura, una a cada lado y en absoluta simetría, y traté de contar mediante la sutil intervención de la memoria a cuantas personas había interceptado hasta ese momento. Descarté a aquellas que iban en sus automóviles y a quienes se encontraban a más de veinticinco metros de distancia y cerré la cifra en doscientos treinta y cinco, con un desvío típico probable de diez. Sin embargo, en lo que iba del día no había pronunciado palabra. Ni una sola sílaba. Supuse que no había nada de malo en semejante cosa y volví al trabajo, mi sencillo acto de escapismo cotidiano. Continué hasta pasado el mediodía sin detenerme, tiempo en el cual elaboré un cuidadoso informe acerca de las consecuencias sobre la economía nacional de un nuevo incremento de la tasa de interés de la Reserva Federal de los Estados Unidos, compré acciones en la bolsa mexicana y ejercí un tercio de las opciones en Tokio, cuyo rendimiento utilicé para adquirir exactamente un 0,00276% adicional de una petrolera ucraniana en la Bolsa de Frankfurt, asegurando el control de la próxima Asamblea de accionistas. Todo por cuenta y orden de la Compañía para la cual trabajo desde hace seis años, cinco meses y dieciocho días.
En el momento de presionar la última tecla para finalizar una nueva operación exitosa, sentí leves atisbos de hambre y deduje que no tendría más remedio que procurarme alguna ración de comida. Evadí dos reuniones, un almuerzo con los consultores de costos y el obligado café con dos insoportables Vicepresidentes Ejecutivos por la sencilla razón de que hoy, como todos los martes, no se me antojaba más que un simple sándwich de jamón reducido en grasas, queso elaborado a partir de leche orgánica, tomates redondos no modificados genéticamente y un poco de salsa mayonesa bajas calorías untada en el infaltable pan de harina de salvado, tostado y sin corteza. Tomé el saco, fingí olvidarme de la Blackberry , salí del despacho, entré al ascensor, presioné el botón de planta baja y, al flexionar el brazo, solté renovadas maldiciones contra el inventor del bidé y sus antepasados más lejanos. Cámara de seguridad. Salida. Luz roja. Dos segundos. Luz verde. Puerta abierta. El aire entumecido me invadió en una única inhalación.
Una vez en el mercado de la esquina, me acerqué a la góndola y busqué mi alimento donde lo había encontrado siempre y con la acostumbrada variación diaria en el precio. Además, tomé un yogur descremado, fortificado en calcio, hierro y vitaminas A, B y D y una lata de gaseosa dietética. Pasé por la caja y dejé el cambio exacto. Como es debido, esperé el comprobante de venta, embolsé mi compra y me dirigí a la salida del local. Las puertas se abrieron en forma automática y nuevamente advertí que en todo el tiempo que estuve dentro no había escuchado más que un incómodo zumbido de heladeras y el tintineo de pequeñas monedas cayendo en mi bolsillo. En un rapto de angustiante lucidez deduje que quizás el ejercicio de esta vida post-posmoderna nos había hecho olvidar las palabras antes de que valorásemos su utilidad. En ese mismo instante, me percaté de dos cosas. En primer lugar, comencé a comprender que todas las maravillosas líneas escritas, pronunciadas y entonadas por las voces más sublimes habían perdido su significado sumergidas en las heces de la neurosis colectiva. ¡Ay de ti, María Callas, qué hoy estarías desempleada!, me dije confundido. Por otro lado, y como no podía ser de otra manera, entendí que estos raptos esporádicos y compulsivos de cinismo recalcitrante acabarían por volverme loco uno de estos días. Sin embargo, pensar en que tal suceso ocurriría “uno de estos días” remitía a un futuro demasiado próximo como para evitar mi arribo a su ineluctable ocurrencia.
Así las cosas, decidí tomar media hora adicional para acercarme a la plaza que estaba a tres calles. El invierno se había convertido en mi época del año favorita y, dado que los pronósticos meteorológicos auguraban que éste sería particularmente helado, tenía la necesidad imperiosa de confirmarlo lo antes posible con unos minutos de exposición a su preludio inmediato. Decidí hacerlo mientras rumiaba en mi boca unas treinta necesarias veces la docena de bocados que llevaba culminar este almuerzo de martes. Sentado en el banco de la plaza y sumergido en la paz de la gélida inminencia, cerré los ojos un instante.
El viento acarició mi rostro y ese viento fue el oráculo polar.
Esta noche debería dormir con frazada.
“Una monedita, por favor” , dijo una voz diminuta sacándome de la intimidad del ensueño vespertino. Levanté los párpados y divisé a unos inexactos siete u ocho años disfrazados de persona, descalzos sobre la tierra húmeda del cantero, alejándose con pasos cortos en dirección al próximo banquillo de aquellos fortuitos acusados por el ejercicio de su mirada oprimida y la intermitencia de sus tediosas palabras mágicas sin encanto alguno. Al volver la cabeza a su posición previa, observé que el muchacho había dejado sobre mis rodillas una estampa con la imagen de alguno de sus patronos de pobres, marcada en el centro como si hubiese estado plegada por la mitad durante algún tiempo, con sus esquinas rotas, los colores diluidos y la impresión corroída por el andar de un bolsillo a otro de su seguramente único atuendo. Debo confesar que al principio no la toqué e incluso elaboré la posibilidad de arrojarla al piso, manifestando de modo abierto e irrefutable mi malestar por la interrupción. No obstante, el viento, ese aire que se mueve y es mí viento, sopló en el momento y lugar indicados y ya no tuve necesidad de desplazar alguna de mis extremidades. Una nueva puntada en el codo gravitó durante unos segundos colmando mi paciencia con su oportunismo.
Regurgitado el lamento reincidente ante dos o tres penitentes adicionales, volvió en busca de recompensa por su acto pavloviano. Cuando llegó a mí, lo miré mientras me encogía de hombros, meneaba la cabeza y hacía una mueca con la cara, como afirmando sin decir nada que lo que él buscaba está, estuvo y estará fuera de mi alcance. Mecánicamente, se alejó sin insistir y mientras lo hacía, mi vista lo siguió unos minutos. En su andar era evidente que había desistido de insistir antes de haber nacido. Vivimos tiempos violentos y se violentan los tiempos en que se viven tiempos violentos, pero como toda sociedad organizada hemos desarrollado anticuerpos efectivos y de nombre variable para esos males, pensé sin la más mínima intención de creer que podía hacer algo al respecto con un instante de humanitaria sagacidad, puesto que de ocurrir lo inverso hubiese sido un evento tan contradictorio como una guerra en nombre de la paz.
Una vez seguro de la prudencia de su distancia, cerré los párpados en mi último intento por volver al mundo de sueños en el que entraba por obra y gracia del aire, pero apenas dos minutos después y habiendo fracasado en tal cometido por obvia merced a la ruidosa manifestación que se aproximaba desde alguna calle cercana, estaba dispuesto a emprender el regreso. Observé entonces que la figura de papel estaba todavía en el piso junto a mi pie derecho. Busqué con la vista al muchacho en la dirección de su partida y, al no encontrarlo, decidí que lo más conveniente era dejarla sobre el banco, sujeta en la ranura de un tornillo carcomido por el óxido y mil lluvias, para que a su seguro regreso la encontrara y reincorporase a su exiguo capital. Debo confesar que me resultó difícil definir de esa manera, en el inconsciente profundo claro está, al ajetreado trozo de celulosa devenida en estampa coloreada. Por lo menos no sin antes considerarlo una de esas ironías del peor gusto a las que me tiene acostumbrado el paradigma economicista.
Retorné por la misma ruta, catando el flamante límite del mal gusto impuesto por la nueva variante dietética de cierta bebida cola que por estos días se promociona, promueve, publicita e impone con la fuerza del fastidio. Fue asombrosa la inmediata anulación de la sensibilidad lingual luego de unos pocos sorbos. Arrojé la lata casi llena en el primer cesto de basura que ubiqué, suceso ocurrido tras caminar dos cuadras con el desecho en la mano.
Habiendo llegado a destino, me paré frente a la puerta del edificio. Cámara de seguridad. Luz roja. Dos segundos. Luz verde. Puerta abierta. Subo al ascensor. Solo. Presiono el botón del último piso. Puertas cerradas. Quince segundos. Solo. Puertas abiertas. Entro a la oficina, luego a mi despacho, dejo el saco en el perchero, levanto la persiana americana hasta el tope para permitir que penetre alguna migaja de la opulenta luz desteñida de un sol cansado, enciendo mi laptop y chequeo los mensajes grabados en el contestador automático. Nada relevante. De camino a la máquina expendedora de café, busco la correspondencia interna en mi box y algún fax imprevisto que pudiera haber llegado durante la brevedad de mi ausencia y, como al pasar, regreso cargando en la mano izquierda el café descafeinado, cortado con leche descremada, endulzado y sin azúcar. Tomo asiento y entro a mi casilla de correo electrónico corporativo, borro la basura, respondo lo que debo e ignoro lo que parece merecer ese destino abominable.
La puerta de mi oficina permanecería cerrada ex profeso durante algún rato. Apago la Blackberry después de comprobar la ausencia de recados. No quería ser interrumpido mientras buceaba en los números del próximo semestre calculando costos indomables. Estamos excedidos en el presupuesto pautado para los próximos cinco años, concluí sin dudarlo. La recomendación obvia era una reestructuración general y la medida clave, bajar la incidencia de los sueldos y premios por desempeño sobre el monto global de erogaciones. Por un instante se me cruzó por la cabeza preguntarme qué se supone que hace esta Bendita Empresa aparte de reducir gastos y reestructurarse mediante permanentes modificaciones en su nómina. De hecho, lo agresivo de la pregunta era asumir que en realidad estábamos o hayamos estado haciendo algo alguna vez.
Eureka. Definitivamente contaba con un comentario de fino corte irónico con el cual sobresalir en la próxima reunión de Directorio, sin caer en la necesidad de hacer uso del recurso más trillado por mis camaradas. Me refiero a la siempre efectiva obsecuencia, esa ancestral disciplina de lamer los culos indicados durante el tiempo suficiente como para que una vez transcurrido éste, sea la propia retaguardia la que tenga una fuente asegurada de lubricación externa. Quizás con poco más que ciertas palabras ganaría un suculento incremento de mis acciones frente a quienes me interesaba que eso sucediera y, como imprescindible satisfacción adicional, le causaría un severo cólico hepático a quien sea que lo mereciese por insinuar una mirada desafiante en el transcurso de mi fugaz instante de gloria.
17:05, llegan los reportes de cierre de todas las Bolsas en las que opera la Empresa. Buena jornada. Según los usos y costumbres habituales, le ordené a nuestros agentes que compren dólares, euros, yenes y libras esterlinas, en las proporciones convenidas y sólo con las utilidades generadas en el día, y los transfieran por mitades a las cuentas de New York y Bermudas. Luego revisé la posición de reservas en oro y platino en Zurich y Londres y asunto terminado por hoy.
Volví a las proyecciones. Volví a la futura realidad calculada con un margen de error del 2,5% y una rentabilidad financiera real mínima del 12,93%, asegurada por las condiciones del mercado de futuros. Volví a notar el silencio apenas unos segundos más tarde. Volví a recordar que aún era un día sin palabras y, sin pensarlo también volví según lo habitual a la balanceada huida de la partida doble. Amén a su sagrada existencia las horas se iban para no regresar y mi burbuja personal no estallaba en medio de la placidez de su vuelo tenue. Es curioso que a pesar de todos los inexorables esfuerzos inconscientes por evitar distracciones innecesarias, en algún instante vago encontré mis dedos tiesos posados sobre el teclado. La ganancia final pronosticada, luego de los ajustes que había considerado impostergables, excedía en un 4,56% a lo asumido a inicios del corriente ejercicio si ocurría el escenario actual, pero eso no importaba ahora que la pantalla escrita, atestada de códigos, cifras y tablas, exhibía de la manera más traicionera un anuncio de operación no válida. Mi incipiente romance con el software instalado la semana pasada había finalizado de la forma más abrupta. Y el dolor inoportuno en el moretón violeta del codo volvía a advertirme que debía cambiar mi lugar de ejercicios matinales.
Miré mis manos.
Miré mis dedos.
Entreabrí la boca y sentí otra vez las comisuras resecas. La lengua muerta, sabor a nada y el paladar reseco. Miré mis manos. Miré mis dedos. Silencio. No entendía como la caprichosa composición de letras había llegado allí. Asumiendo la inevitable pérdida de una tarde de trabajo, cancelé el programa, reinicié el sistema y envié un e-mail dando un alerta de virus para que con urgencia chequeen mi máquina, lo que me aseguraba que lo hicieran antes de dos meses y me hubiera olvidado de la incomodidad de este hecho rebotando el aparato infernal contra la pared inmaculada del Salón de Conferencias. Entretanto, oigo el silencio a mi alrededor inmerso en un patético frenesí de desesperación, pero ni siquiera yo podía identificar lo que buscaba sumergiendo mis ojos en la eternidad ausente de sonido.
Miré mis manos.
Miré mis dedos.
Inmóviles. Crípticos. Señalé mi imagen reflejada en los insípidos vidrios de la ventana. La oscuridad había caído. 21:46. Dadas las circunstancias, creo que puedo volver a casa temprano el día de hoy, le dicté a mis piernas buscando su apoyo. Tomé el saco y el teléfono móvil recién encendido, salí del despacho, entré al ascensor y presioné el botón de planta baja. Cámara de seguridad. Salida. Luz roja. Dos segundos. Luz verde. Puerta abierta. El aire urbano catalizaba el vapor de un pantano inmundo y tal vez, sólo tal vez, pueda caber alguna esperanza de que una inesperada ráfaga de brisa nocturna renueve su escaso oxígeno sin que sea demasiado tarde para evadir la asfixia aspirando inútiles bocanadas del humo siniestro que nos desampara. El agua corre por las alcantarillas. Un caño de la cloaca madre se ha roto dos calles al norte. El aroma es inconfundible.
Camino hacia mi casa con la vista en el horizonte próximo del empedrado húmedo, haciendo un esfuerzo por esquivar las baldosas quebradas y las raíces de los árboles que las rompen desde abajo. Las veredas ya no están limpias. Cruzo la avenida. Los distinguidos bares y cafés de la zona ofrecen sus exclusividades para la hora de la cena, todas ellas variantes insólitas de una misma idea e igualmente caras por definición. ¿Cuánto tiempo hace que no entro en alguno de ellos con el motivo excluyente del momento placentero o, mejor aún, sin razón aparente? Empero, hoy las despreocupadas masas noctámbulas no parecen agolparse sobre sus pulcras puertas de cristal. Quizás sea un indicio de que ahora la moda seduce con sus caprichos a algún otro lugar de la ciudad. El teléfono suena. Observo la pantalla, pero no reconozco el número. El timbre me alerta dos veces más, luego desiste.
La luz de las teclas se apaga.
El sonido metálico de mi llave cerrando la puerta de entrada del edificio y el pie puesto del lado de adentro del escalón de mármol pulido hasta el hartazgo del ordenanza marcaron el inicio de mi llegada. Dando un primer paso simbólico hacia el interior de la selectiva colmena humana en la que vivía, me convertí en un ente que deambula sigiloso y ahogado dentro de una selva de perfectos extraños simulando ser absolutos desconocidos los unos de los otros. Subo al ascensor. Solo. Presiono el botón del último piso. Puertas cerradas. Quince segundos. Solo. Puertas abiertas.
Entré a mi departamento.
Me dirigí hacia el balcón mientras me quitaba los zapatos y los dejaba junto al escritorio victoriano del living que había comprado el mes anterior en la exclusiva subasta organizada por Lisandro y su señora, unos de mis últimos amigos experimentando el nefasto honor de una bancarrota financiera. Apoyadas las manos sobre la baranda podía ver a través de mis ojos entrecerrados por la miopía del cansancio que otro abril se despedía con su otoño acostumbrado; y su luna menguante, cuya silueta difusa y cercenada por la insolencia de alguna nube se alzaba por encima de las casas bajas, despejaba la neblina que una repentina llovizna de esta noche dejaba como sórdido recuerdo para la mañana siguiente.
Sobre el escritorio conecté la Blackberry a su cargador. Enciendo el reproductor de música. Jazz para respirar. Jazz para olvidar.
Entré a la cocina. Abrí la heladera. Pálida luz blanca levita en la sombra. Busqué algo que me contentara para terminar un día tan exótico como igual a los demás. Tomé una manzana y, estando apenas cortada, noté que era la segunda que encontraba esta semana con el corazón podrido. Y tan sólo era martes. Debería quejarme a los dueños de la verdulería personalmente. Estaba harto de corazones podridos. Corté la fruta en cuartos y luego en octavos, saqué la parte mala y comí el resto a desgano. Había dejado de tener hambre. Ahora tenía el insoportable eco de la nada que llenaba la insignificante irrelevancia en la que había convertido mi vida, pero pese a la ofuscación inicial, a nadie excepto a mí podría importarle semejante cosa. Ni siquiera la amputación de mi brazo izquierdo a la altura del codo podría aliviar en la memoria la retórica impertinente de un día como el que finalizaría en pocos minutos.
En la habitación comencé por aflojar el nudo de la corbata y al fin logré inspirar algo además de mi angustia. Desprendí uno a uno los botones de la camisa y la dejé con las demás prendas que la nueva empleada lavaría el sábado por la tarde. ¿Cuál era su nombre? Guardé el traje en su lugar, designé la ropa que usaría al levantarme y la colgué en la misma percha y sobre la misma puerta entreabierta del placard donde la había encontrado hoy por la mañana y, en ese efímero instante de vital simpleza, fue inevitable notar que hace más de un año que tus ropas no duermen aquí junto a las mías y que los que alguna vez fueron tus estantes aún conservan un recuerdo imborrable del aroma exquisito de tu piel bajo las sábanas. De manera acorde al modo en que se suceden mis días, unos segundos más tarde también había perdido interés en la futilidad de todo ese personal asunto. ¿Era Lorena? ¿Lucrecia? ¿O Lidia? Empezaba con L, eso seguro.
Fui al baño, cepillé mis dientes y sentí la boca humedecerse por primera vez. Retuve el agua del último enjuague y abrí los ojos frente al espejo. Me incliné y escupí lentamente, sin ganas, necesidad o siquiera desesperación. Miré mis manos. Miré mis dedos. El agua tibia del grifo caía sobre ellos. Inmóviles. Inertes. Crípticos. Recordé lo sucedido antes de emprender mi regreso y decidí que no era su culpa que apareciesen esas palabras escritas en la pantalla y que podía perdonar su sacrilegio. Después de todo, quizás sí haya sido un virus. Tal vez uno salido de internet. Tal vez. Incluso no sería del todo errado sospechar de alguna acción perversa de uno de nuestros futuros ex asociados, aquellos que por siempre estimaremos y de quienes guardaremos en la memoria las duras jornadas laborales compartidas. ¡Blablabla y más blablabla! ¡Yo mismo les haría firmar sus “inesperadas” renuncias, sentado en el sillón más cómodo del despacho que me darían al hacerme Vicepresidente Adjunto, a posteriori de que mi brillante actuación salvase a la Compañía por la que tanto trabajamos sólo unos pocos y a costa de la cual vegetan demasiados aquí, allá, y más allá de lo que más acá se supone que ocurre, gracias a la masiva complicidad de la inacción inducida por la comodidad de la indiferencia!
Manos en la cabeza. Ojos restregados. Medianoche exacta.
Lucía, la chica se llama Lucía. Por la mañana debería anotarlo antes de volver a olvidarlo.
Acomodo un vaso con agua mineral no gasificada junto al velador. Busco la frazada azul marino que había comprado el invierno anterior en un local escondido de Palermo y me acuesto en el preciso centro geográfico de la cama. Rápidamente me doy cuenta de que esta noche conciliar el sueño quizás sea más difícil que de costumbre. En algún tiempo no lo suficientemente lejano hubo noches de insomnio en las que esperaba dormirme con la vista en el techo inalcanzable de las estrellas que veo por la ventana de mi cuarto, y era entonces y sólo entonces cuando creía estar donde quería estar de niño a esta edad. Pretendí hoy concretar el mismo acto de magia para tontos, pero el engaño fue breve y el velo que cubrió mis pensamientos se disipó pronto. Muy pronto. El paso final hacia esta locura es corto cuando se vive en una omnipresente prisión que todo lo nubla y anula sin pérdida de tiempo, esa detestable laxitud que se ha vuelto necesaria para la conservación de un suspicaz equilibrio imaginario.
Tomo un libro de los tantos que conservo sobre la cómoda, patrimonio exclusivamente adquirido para presumir con comentarios acerca de su lectura insípida durante las frenéticas épocas del año superpobladas de cocktails bancarios y corporativos, y reinicio su recorrido donde lo había abandonado anoche. El snobismo de media página de palabras castas de talento literario, o siquiera de oficio, basta para notar que el sagrado descanso tampoco será inmediato buscándolo de este modo y que, ante la previsible continuidad de una vergonzante nueva media carilla, es preferible la observación del blanco cielorraso de la habitación inmerso en la búsqueda de una diminuta mancha que justifique un incierto cambio de tono, en fecha también indefinida, y con el sólo objetivo de tener la imperiosa obligación de dormir en un hotel durante la semana que los albañiles demoren en finalizar las refacciones que precisaría por la mañana junto al arquitecto.
Los últimos ecos de la vigilia resonaban dentro, muy dentro, de algún lugar encerrado que ya no reconozco ni entiendo. Es factible que en este toque de queda únicamente sea capaz de comprender que ya es tarde para suponer que esto es todo, que así termino mis días hoy y mañana y para siempre jamás, y que ya es tarde también para esperar algo más de la vida, e incluso para ansiar ese algo que apenas soy capaz de definir por encima de la mera expresión cotidiana de saturación de la paciencia. ¿Acaso es hora para idioteces de esta especie? Asumo que tampoco es momento para ellas. Cierro los ojos y quizás deseo tener la bendición de soñar una orgía de quimeras de salvación que transcurren fuera de una realidad que corroe cada una de mis tumefactas entrañas.
Aprieto los párpados.
¿Cuánto hace que no sueño? Dejé de respirar. ¿Realmente soñé alguna vez? Prenso los labios. Silencio. Mi propia y muda incomprensión ensordece las palabras que no brotan y así fracasan en su tentativa de liberarme del tedio. ¡Maldita sea esta sensación que me embarga, la de estar esperando algo más, algo mejor que no llega, se demora y me obliga a permanecer encarcelado en la vanidad de esta cápsula nauseabunda un día más! Las rodillas contra el pecho. Estallan soles en galaxias lejanas y yo aquí, obnubilado por la nada misma. Manos en la cabeza.
Ojos restregados.
Derrotada la hipocresía de mis pretensiones, abro el cajón superior de la mesa de luz derecha del juego de muebles de ébano que me sitia. Hora tras hora me alejo de mí mismo y cometo el eterno retorno de un suicidio reiterado en pos de un bienestar inalcanzable de cuya existencia no tengo certeza, o al menos una sospecha fundada de su advenimiento. Saco las pastillas. El agua fluye por mi garganta preparando el paso del remedio inmediato para mi apatía. Tomo una píldora mágica y admito que existen cápsulas de paz comprada. Tomo otra. Paz en comprimidos de 500 miligramos recetados para mi personal vacío cotidiano. Tomo otra y tal vez sea suficiente. Cae el frasco destapado sobre la alfombra y duermo.
Por fin, duermo,
... duermo,
... duermo,
... duermo.
... 6:30 a.m.
El despertador suena. El despertador persevera. Mi mano sobre el despertador. El despertador en el piso.
Hoy es miércoles y su mañana comienza también para mí...
Atravieso la habitación a los tumbos hasta el baño y, mientras procuro no azotar mis codos con el borde del bidé en cada flexión, me las arreglo para cumplir con mis doscientos cincuenta ejercicios abdominales apoyando las plantas de los pies contra la base del inodoro. Luego, una ducha tibia, suave y piadosa con el ardor generado por los sucesivos golpes, anula los últimos efectos del malhumor causado por una súbita ausencia de motivos decentes para la masturbación diaria. Cinco segundos después de secarme y todavía envuelto en la toalla limpia, me sumerjo en la inercia de un sueño malparido y persistente, preparo el frugal desayuno diario y, masticando el último gajo de pomelo, tomo la ropa que la noche anterior había decidido usar, perfectamente combinada, planchada y dispuesta en la percha colgada de la puerta entreabierta del placard del cuarto. Me visto despacio. Arreglo la cama y recojo un par de medias sucias. Me pongo el saco y siento una puntada en el codo izquierdo. Observo el nudo de la corbata en el espejo del botiquín de tres puertas y, pensando en la maravillosa ligereza visual de la seda italiana, al pasar junto al endemoniado filo del lavatorio de culos aburguesados maldigo al fabricante de sanitarios por un par de generaciones posteriores al final de todas las eras. Por fin, antes de salir riego los malvones dispuestos en sus correctas macetas de balcón y, siendo ya las 8:15 a.m., tomo mi Blackberry con sus baterías cargadas, llamo el ascensor, bajo cinco pisos y me dispongo a visitar la inmensidad del mundo exterior.
El sonido metálico de mi llave cerrando la puerta de entrada del edificio y el pie puesto fuera del escalón de mármol pulido hasta el hartazgo del ordenanza marcaron el inicio del viaje. Una ráfaga sopla, tal vez la misma de ayer y la misma de siempre, aquella cuya llegada deseé tantas veces, y sin embargo hoy no reconozco un rastro de su piedad en el frío que narcotiza la carne y despeja mi mente infecta de la cobardía de su propia deserción.
Me detengo un segundo y es suficiente para notar que hace tiempo he encallado en algún lugar y permanezco ensimismado en la visión de ese estratégico rincón por donde mi mundo rota a diario sobre su eje invisible, haciendo arcadas ante el vaho caníbal de su propia sarna. Reanudo mi marcha y dando un primer paso simbólico me convierto en un ente que deambula sigiloso y ahogado dentro de una selva de perfectos extraños simulando ser absolutos desconocidos los unos de los otros. Introduzco las manos en los bolsillos del abrigo. Es claro que esta mañana no hay horizonte y no existe oxígeno que pueda respirar y retener en mi pecho mientras alimento las cenizas de mi alma demolida.
El agua corre por las alcantarillas. Las veredas limpias. Los distinguidos bares y cafés de la zona ofrecen su desayuno exclusivo, todos ellos variantes insólitas de una misma idea e igualmente caros por definición. Cruzo la avenida. Los minutos no transcurren, apenas siguen de largo acompañando mis pasos, y esos pasos no avanzan, sólo confluyen y entregan mis escombros donde menos estorban.
8:35 a.m. Me identifican por la cámara de seguridad. Luz roja. Dos segundos. Luz verde. Puerta abierta. Accedo a la torre de la Compañía. Subo al ascensor. Solo. Presiono el botón del último piso. Puertas cerradas. Quince segundos. Solo. Puertas abiertas. Entro a la oficina, luego a mi despacho, dejo el saco en el perchero, levanto la persiana americana hasta el tope para permitir que penetre alguna migaja de la opulenta luz desteñida de un sol cansado, enciendo mi laptop y chequeo los mensajes grabados en el contestador automático. Nada relevante. De camino a la máquina expendedora de café, busco la correspondencia interna en mi box y algún fax imprevisto que pudiera haber llegado durante la brevedad de mi ausencia y, como al pasar, regreso cargando en la mano izquierda el café descafeinado, cortado con leche descremada, endulzado y sin azúcar. Tomo asiento y entro a mi casilla de correo electrónico corporativo, borro la basura, respondo lo que debo e ignoro lo que parece merecer ese destino abominable. |