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Paen y vean
El encargado miró pensativo a los operarios mientras estos retiraban los escombros, ciertamente era el trabajo más absurdo que había realizado su empresa en muchos años.
Aquel viejo excéntrico no había reparado en gastos, solo el transporte del material y los obreros en helicóptero hasta la cima de la montaña había costado una fortuna, pero bueno, halla él, había dado un generoso adelanto monetario al comenzar la obra y realmente todos estaban contentos, incluidos los guardas forestales que habían hecho la vista gorda ante semejante disparate.
La obra se había completado con éxito y en el plazo establecido, solo faltaba que a las seis de la tarde apareciera aquel extraño tipo, pagara el dinero convenido al fin de obra, y se hiciera cargo de aquella silla tallada en la roca que marcaba la cima de la montaña.
El ruido del helicóptero se fue haciendo más patente y su negra figura terminó por aparecer tras la ladera de la montaña, grácilmente se posó en un rellano cercano y de su interior descendió aquella figura diminuta y encorvada.
El encargado se acercó y ante la divertida mirada de los operarios, ambos inspeccionaron la obra realizada; la exacta orientación hacia el sur, los 115º de inclinación del respaldo, la anchura de los reposabrazos, todo parecía perfecto; el hombrecillo entregó un sobre al encargado, ambos se dieron la mano y a continuación acompañado de los operarios montó en el helicóptero para desaparecer entre la intrincada cordillera.
Abdulio Casasola quedó solo en la montaña, después de tantos esfuerzos, de dilapidar sus fabricas y su fortuna en sus constantes viajes por Nepal, India, Egipto, y los más extraños destinos, al fin estaba a punto de llagar a su meta.
Le habían tomado por loco, a punto estuvo de terminar sus días encerrado en un psiquiátrico, pero su convencimiento de la razón y porque no decirlo su dinero, la habían ido sacando de todos los atolladeros, para al fin terminar solo y arruinado sentado en aquella silla, pero se sentía feliz.
Con detenimiento observó el paisaje que discurría a sus pies, dejó pasar el tiempo y con los últimos rayos solares abrió el libro que portaba y leyó: "Dichoso el que lea y los que escuchen las palabras de esta profecía y guarden lo escrito en ella, porque el Tiempo está cerca".
Cerró el libro y dejó llegar la noche, cuando faltaban dos minutos para las doce, Abdulio se arrellanó en su silla de piedra y miró al firmamento, poco a poco las estrellas comenzaron a apagarse, el mayor espectáculo desde la creación del Universo estaba a punto de comenzar, y él pensaba verlo desde un palco preferente.
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