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Un toque de carmín
Benita Matilla vagaba por el Corte Ingles como muchas otras tardes, sin rumbo y sin criterio fijo miraba una blusa aquí, un pantalón allá, prendas que nunca llegaba a probarse y que pasaban temporada tras temporada por sus manos, luego irremediablemente acudía a la sección de cosmética, donde se dedicaba a pasear lentamente entre las señoritas que amablemente ofrecían una prueba de productos y que también irremediablemente nunca se lo ofrecían a ella.
Benita quedó parada frente a un espejo, su aspecto le decepcionó, a sus treinta y cinco años seguía vestida con esa blusa color fucsia y esa falda plisada hasta debajo de la rodilla que mamá le había arreglado; mamá hacia más de un año que se había ido al cielo con papá y ella seguía igual, ¡hay mamá!, ¿por qué, nunca me dejaste ir como las chicas de mi edad?, ¿por qué me condenaste a pasar siempre desapercibida?, ¡si yo me atreviera!, ¡si yo pudiera!.
No lo pensó más, se armó de valor y dirigiéndose a un expositor miró someramente y cogió un lápiz de labios; las manos le temblaban cuando fue a pagar pero la decisión estaba tomada, ella iba a ser una señorita.
Con cautela se dirigió a los aseos, y allí ante el espejo por primera vez en su vida, Benita aplicó una nota de carmín a sus mustios labios. Su aspecto le alegró, y a continuación urgida por una imperiosa necesidad se dirigió a una cabina con el fin de hacer un casto pis que aliviara su cuerpo. Aquello era un asco, siempre se hacia la misma pregunta, ¿cómo era posible que hubiera tanta guarra en el mundo que fuera incapaz de orinar dentro del inodoro?, así que entre precarios equilibrios y a pulso, acabó con rapidez la ingrata tarea.
Salió Benita a la tienda de nuevo y... ¿sería sugestión?, aquellos dos dependientes la miraban sonrientes, bajó la cabeza y se dirigió a la salida. No era sugestión no, ahora había visto perfectamente por el rabillo del ojo como aquel señor se había vuelto admirado a su paso. Salió a la calle y nuevamente vio miradas de admiración, esta vez su autoestima rebosaba, y sintiéndose dichosa, Benita devolvió la sonrisa.
Ella tenia razón, mamá la había tenido siempre enclaustrada y no todo era tan malo como ella decía, simplemente un toque de carmín había conseguido que alguien se fijara en ella, estaba contenta, mañana con mas tiempo miraría para renovarse el vestuario.
Y así con fuerzas renovadas, Benita se colocó bien el bolso y con paso decidido enfilo la calle Goya , mientras su falda plisada involuntariamente pillada por la braga, dejaba al descubierto aquella dulce anatomía treinta y cinco años tapada. |