|
Secretos de sacristía
Hoy, ya jubilado y sin saber porqué, regresa a mi mente aquella historia que ocurrió en mi pueblo cuando aún no había cumplido los diez años de edad.
Creo que todavía no he superado el impacto que aquello produjo en mi mente infantil. Quizá por ello regresa a mi cabeza una y otra vez con tal lujo de detalles que me hace rememorarlo como si hubiera ocurrido días atrás.
Aquella tarde en la que todo el pueblo se concentró a la puerta de la casa de don Antón, el cura, pertrechados de hoces, guadañas, azadas, garios y todo tipo de herramientas agrícolas, la sangre me bullía en las venas, preso como estaba de excitación, quizá divertido al mismo tiempo que lleno de pavor. Los paisanos gritaban consignas en contra del cura y clamaban venganza, exhibiendo sus improvisadas armas que amenazaban con ir directas a la blandura de sus carnes. Mi padre, que por aquel entonces le había tocado ser alcalde, intentaba calmar los ánimos de los cerca de doscientos vecinos que allí se habían reunido, lo que casi era la totalidad del pueblo si tenemos en cuenta que los más ancianos, por sus dolencias, no habían podido acudir. Y no por falta de ganas, le oí decir a mi abuelo, que a sus setenta y nueve años mantenía una mente lúcida, pero un reumatismo tan atroz que lo mantenía la mayor parte del día postrado en una cama o sentado en su sillón de mimbre.
Los cerca de treinta muchachos que copábamos el improvisado aula escolar en los bajos del ayuntamiento habíamos dejado solo a don Isidoro, el único maestro del pueblo. Unos pocos, los que no acudían con asiduidad a la escuela por ayudar a sus padres en las faenas del campo, estaban allí observando la escena, junto a sus mayores, que ese día habían abandonado sus quehaceres para unirse al resto del pueblo. Los demás, entre los que me incluía yo, aprovechamos el recreo para salir corriendo detrás de la gente en cuanto los vimos pasar, todos unidos y con una firme decisión que nuestra curiosidad infantil quería desentrañar.
Yo no entendía por qué todo el mundo insultaba y maldecía a don Antón, enarbolando amenazantes aquellos instrumentos agrícolas a los que, de repente, les habían asignado otra función distinta para la que fueron fabricados.
No. Yo no lo entendía. Y tampoco el resto de los chicos, que aprovechábamos cualquier circunstancia para ausentarnos de la escuela y así tener una excusa que convenciera a don Isidoro, evitando que nos aplicase algún correctivo de los muchos que se le ocurrían.
Fue la primera vez que oí aquellos insultos y juramentos. Me causaron tal impresión que a punto estuve de santiguarme -sabedor de que eran pecados mortales, como don Antón nos enseñaba-, y si no lo hice fue por miedo a que alguien me viera y pensara que sentía lástima por el cura al que todos parecían odiar y al que todos –según ellos- deberíamos aborrecer. Hubieran acertado, porque sí sentía lástima por don Antón, al mismo tiempo que otros sentimientos que ahora no acierto a explicar. Pero lástima, sí. O pena. Y aunque no sabía con certeza lo que ocurría, no me esperaba nada bueno, escuchando como escuchaba aquellas voces subidas de tono, dirigidas con rabia a un pobre cura que aún no se había atrevido a dar la cara pidiendo explicaciones a los vecinos por aquella actitud hacia su persona.
No recuerdo con exactitud todo lo que gritaban. Quizá debido a aquella extraña excitación que no me hacía esperar que se tratara de un día de fiesta, ni de un homenaje especial a don Antón. Pero sí me quedó grabado algo: “¡Que pague por lo que ha hecho!”. Esa frase se quedó en mi mente, es verdad, repetitiva y altisonante, y mi cabeza empezó a dar vueltas y a hostigarme con preguntas sin respuesta como ¿qué había hecho don Antón? y ¿qué debía pagar?. Esas preguntas retumbaban en mi interior sin cesar, compitiendo con lo que mis oídos no dejaban de oír y con lo que las gentes del pueblo no dejaban de gritar. Pero nada bueno, supuse. Y a mi cabeza volvían recuerdos recientes del cariño con que nos trataba don Antón, y no acertaba a comprender qué había podido hacer para que la gente se manifestara de esa forma frente a la puerta de su casa.
Algunas piedras volaron sobre mi cabeza y fueron a estrellarse contra la fachada de la casa. El ruido de los cristales rotos hizo que mi pensamiento regresara a la realidad y me diera cuenta de que aquello iba aumentando en intensidad. Recuerdo como mi padre sudaba con abundancia intentando calmar los enfebrecidos ánimos y se enfrentaba con vecinos que ya aporreaban la puerta sin piedad, con intenciones de derribarla y entrar a la fuerza. Pero no conseguía nada, o al menos eso me parecía a mí. La ira aumentaba en la gente y parecían no oír las súplicas de mi padre llamando a la calma y al sentido común. Yo, junto a otros chiquillos más, observaba la escena desde primera fila, con la boca abierta y expectante. Mi padre continuaba en su empeño, cada vez –creí- con menos ahínco. Intentaba convencer a unos y a otros. Hablaba con aquellos, después con los de al lado; pero nadie parecía entender. Era como si les hablara en un idioma extraño y desconocido, o como si se hubieran quedado sordos de repente. Tenía la camisa empapada de sudor y su rostro, desencajado, decía más que cualquier palabra. Creo que se le habían agotado las ideas, y las fuerzas. Y se apartó del grupo, colocándose frente a la puerta de la casa. Creí comprender que lo hacía para coartar los lanzamientos indiscriminados de piedras, intentando hacerles ver que podrían herirlo si seguían con aquella actitud. Pero pareció no surtir efecto, porque una de las muchas piedras que volaban fue a dar justo en su cabeza, cerca del ojo izquierdo. Se echó mano a la frente y comprobó que sangraba. Soltó un juramento entredientes y se apartó de allí, sabedor de que su persona no podía evitar aquello. No sé cómo se sentiría en aquel momento, pero yo, cincuenta y tantos años después, creo que me hubiera sentido como Pilatos.
Mientras mi padre se alejaba de la puerta, sangrando en abundancia, se dio cuenta de mi presencia. Me cogió de un brazo y me apartó del grupo, ordenándome, fuera de sí, que me fuera corriendo a casa. Con desgana me aparté de la gente. No porque esa fuera mi intención, sino por atender la orden de mi padre, por quien sentía un respeto tan exacerbado que bien podría definirse como pavor. Y es que mi educación, en aquellos tiempos de hambre y miseria, además de austera, estuvo enmarcada en la más absoluta severidad. Pero mi curiosidad, en aquellos momentos, podía más que el temor –o el respeto- a mi padre. Y desde allí, a unos pocos metros de la escena, seguí observando, escondido tras la esquina de la taberna de la Petra, que estaba vacía; y ni siquiera la misma Petra estaba allí, en su lugar, detrás del mostrador en donde siempre la había visto y aún hoy la recuerdo.
No sé si las piedras se acabaron o es que la gente se cansó de lanzarlas, pero lo cierto es que los lanzamientos cesaron, lo que me alegró el corazón. Unos pocos, los más decididos y vociferantes, reanudaron los golpes contra la puerta, comenzando también con las ventanas que resistían a duras penas, aunque ya sin cristales. Los golpes fueron sustituidos por fuertes embestidas con sus propios cuerpos, haciendo astillas los marcos que las sujetaban. En unos pocos segundos que a mí me parecieron días, la puerta y las ventanas cedieron exhalando un suspiro de impotencia y los que las habían derribado entraron pertrechados de sus herramientas, seguidos después por el resto de la multitud, todos con una firme decisión que a mi se me antojaba cada vez más clara.
Me temblaban las piernas, lo recuerdo bien. A punto estuve de orinarme encima. Pero eso logré contenerlo, sin embargo no era capaz de reprimir aquellos inoportunos temblores que me impedía ser dueño de mis propias extremidades. Sentí miedo, lo reconozco. Y no por mi padre, de quien en ese momento no me acordaba; sentí miedo por don Antón. El cariño especial que yo le tenía, al igual que buena parte del pueblo, hicieron que temiera por su persona. Pero eso había cambiado. Todo el pueblo parecía ahora odiarlo y creo que deseaban su muerte.
Me quedé solo en la calle, escuchando los latidos de mi corazón con mis propios oídos. Todos los demás chicos, animados por sus padres a actuar como ellos, habían entrado también en la casa del cura. Mis temblores no paraban y el miedo me atenazaba. Mi curiosidad me incitaba a acercarme, pero mis piernas no obedecían. Creo que tampoco hubiera sido capaz de articular palabra y la sensación de no poder evitar orinarme encima acudió a mí como si pretendiera rescatarme del olvido y de aquella situación.
Poco tiempo después, cuando ya no se oían voces ni nada, mis piernas reaccionaron y, aunque temblorosas aún, me permitieron acercarme unos metros, los suficientes para colocarme frente a la casa. A través de las desvencijadas ventanas y de la puerta reventada vi a algunos vecinos que parecían buscar como poseídos por alguna fuerza desconocida, de un lado a otro, rincón tras rincón. También vi a mi padre, que no dejaba de taponarse la herida de la frente con un pañuelo. Nuestras miradas se cruzaron entonces y salió corriendo de allí. Me cogió del brazo con tanta fuerza que parecía que me lo iba a arrancar, y ni siquiera yo fui capaz de quejarme por el dolor. Me apartó de allí y me acompañó, sin soltarme, hasta la parte trasera de la iglesia, camino de casa. “¿Qué haces todavía aquí?”–me dijo, apuñalándome con sus pupilas-. “Vete ya. No quiero repetírtelo más veces”. Las lágrimas pugnaron por desprenderse de mis ojos, pero siempre –no sé cómo- logré contener el llanto delante de mi padre. A punto estuve de preguntarle qué había ocurrido, pero el respeto y el miedo cancelaron mi garganta. Me soltó sin dejar de mirarme, mientras yo caminaba hacia casa echando furtivas miradas hacia atrás, viendo que mi padre aún me observaba, asegurándose quizá de que yo le obedecía.
Cuando llegué a casa me encontré a mi abuelo en la cocina, sentado –como siempre- en su sillón de mimbre, urgando las ascuas de la lumbre con uno de sus cayados, ensimismado en sus pensamientos y sin apartar sus desgastados ojos de las llamas que surgían de los troncos semicalcinados que daban el calor suficiente a dos potes de zinc en los que mi madre preparaba el cocido de todos los días. Me vio, pero no dijo nada. Se limitó a mirarme cuando entré, taciturno, y volvió a sus pensamientos y a su entretenimiento con las ascuas.
Mi madre salió de la despensa con unas pocas patatas que dejó sobre la mesa. No pareció extrañarse de mi adelantada presencia en la casa. A ninguno de los dos pareció extrañarle lo más mínimo. Parecía no ocurrir nada en el pueblo y, sin embargo, yo seguía pensando en lo que había presenciado. No me atreví a preguntar, aunque mi curiosidad me corroía por dentro.
“Echa de comer al ganado antes de que venga tu padre”, me ordenó mi madre con la habitualidad de todos los días. Salí al corral sin abrir la boca y entré en la cuadra. Las vacas y las mulas estaban tranquilas. Unas tumbadas y otras de pie, rumiando con parsimonia, como siempre las había visto. Les llené los cubos con agua del pozo y les repartí su ración de paja y cebada. Pero el recuerdo de lo que había visto esa mañana no se me iba de la cabeza. Y , compungido como estaba, me senté en el pesebre pequeño de madera, con la sola compañía de un ternero juquetón que aún no había cumplido los tres meses.
Quería enterarme. Necesitaba enterarme de aquello que había hecho don Antón que derivó en un levantamiento de todo el pueblo contra él y me preparaba mentalmente la pregunta adecuada para soltársela de carrerilla a mi madre, antes de que mi padre regresara a casa. Sabía que ella, si usaba las palabras adecuadas y algún que otro arrumaco, me contaría la verdad. Pero no me dio tiempo a ello, porque mientras repasaba en mi cabeza cómo abordarla, mi padre apareció por la puerta trasera del corral sin decir nada, con el rictus aún desencajado y presionándose la herida de la frente con el mismo pañuelo, empapado en color rojo. Mi madre lo vio y salió corriendo, preocupada, preguntando a voces qué había pasado. Yo, espoleado por mi creciente curiosidad, me acerqué a escondidas a la puerta de la cuadra y observé a través de aquella vieja rendija cómplice y desveladora de múltiples secretos . Pero me enteré de lo que ya sabía y nada más.
Por la misma puerta por la que entró mi padre apareció don Florentino, el médico, impecable como siempre y con su maletín de cuero negro que tanto miedo me daba cuando estaba enfermo en cama y venía a hacerme la visita rutinaria, temeroso de que el remedio médico a mis males fueran las tan odiadas inyecciones. Mi madre sacó una silla de la cocina y la dejó allí mismo, frente a la puerta de la cuadra, a la sombra del breval que mi padre plantó cuando yo nací. Mi padre se sentó, cansado y dolorido. Don Florentino comenzó a revisarle la herida con ojos expertos, ante la mirada preocupada de mi madre. Tras unos minutos en los que le limpió, desinfectó y cosió la brecha, don Florentino quiso saber más sobre los incidentes que provocaron aquella contusión.
-Allí, en San Bercial, se oye que habéis intentado linchar al cura –dijo el médico, mencionando el pueblo en el que vivía, separado del nuestro por tan solo cuatro kilómetros.
-Y gracias a Dios que pudo escapar –explicó mi padre-. El sacristán tenía preparado un caballo en las traseras de la casa. Pudo escapar cinco minutos antes de que entraran.
No sabría cómo explicar el enorme regocijo que acudió a mi interior, pero así fue. Y, sin embargo, ese temor por la suerte que pudiera correr el cura no me abandonaba. Al igual que mi curiosidad, que aumentaba. Mi corazón me decía que fuera lo que fuese lo que don Antón había hecho me alegraba de que hubiera podido huir del pueblo.
-No razonan –continuó mi padre-. Estaban todos como locos. Y aquí tiene usted lo que he ganado yo con todo esto –apuntilló, señalándose la brecha recién suturada con una mano-. Aunque también les entiendo, después de todo lo que pasó. No les puedo culpar.
-Tengo entendido –se interesó el médico- que todo viene por una relación que mantuvo el cura con una muchacha de aquí.
-Eso es lo de menos, don Florentino. Todo el mundo sabía que al cura le gustaba flirtear con las muchachas del pueblo. Y también que Teodorita, la hija del panadero, se pasaba las horas muertas con él en la sacristía. ¿Sabe quién le digo? –don Florentino asintió sin decir nada, mientras le colocaba un esparadrapo sobre la herida-. Pues esa misma. Y la chica, la pobre, está algo retrasadilla. Pero nadie dijo nunca nada. El caso es que todo el mundo lo criticaba en corrillos, ya sabe usted, pero nadie le dijo nunca nada a don Antón.
-Sí, claro –aseguró el médico-. Eso da a entender que la gente estaba conforme.
-Y si no conforme, al menos que les daba igual. Pero claro, todo ha venido con lo que pasó la semana pasada.
-Sí, algo he oído. Pero no es la primera vez que un cura deja preñada a una mujer. Vamos, digo yo.
Aquello impactó en mi cabeza como si una de las vigas del techo se me hubiera caido encima con todo su peso. No podía creerlo. ¡La Teodorita embarazada de don Antón! Me repuse lo mejor que pude y seguí escuchando, temeroso de perderme algún detalle de la conversación.
-Pues claro que no es la primera vez –prosiguió mi padre-. Ni la última. Todo este asunto de hoy ha venido por lo que descubrió el otro día un pastor en un montón de estiércol que Marcelino tenía preparado para abonar la viña. Menudo revuelo se montó.
-¿Y qué es lo que pasó?, si puede saberse.
Mi padre ya no podía parar. Parecía que tuviese un peso enorme sobre su cabeza y tuviera que contarlo sin miramientos para deshacerse de él. Bajó un poco la voz, temeroso de que alguien pudiera oír lo que todo el pueblo –menos yo- ya sabía y continuó:
-Un niño, don Florentino. Un niño. Un niño recién nacido, con el cordón umbilical aún colgando. Enterrado en un montón enorme de estiércol y empezando ya a descomponerse.
Mi padre ahogó su voz en un sollozo y no pudo continuar. Yo, al escuchar aquello, tuve que apoyarme, tambaleante, en la pared de adobes, asimilando lo que acababa de oír. Mi mente infantil no comprendía del todo aquello que mi padre desvelaba al médico, pero aún así, hizo que mi respiración aumentara su cadencia y mi curiosidad se desbordara. Mi padre casi no podía seguir relatando y escupió al suelo con asco.
-Aquel pobre niño era el hijo que Teodorita llevaba dentro –continuó, casi sin aliento-. Y don Antón era el padre.
Tras aquellas palabras el alma se me calló al suelo. No quería seguir escuchando, ni siquiera quería seguir mirando por la estrecha rendija; pero mi curiosidad infantil no me permitió hacer ni lo uno ni lo otro y mi mente continuó, muy a mi pesar, encendida y pendiente de lo que se hablaba a no más de cuatro metros de mis narices.
-¿Y quién pudo cometer tan atroz tropelía? –preguntó el médico.
-Todo quedó tapado, don Florentino. Nadie sabía nada en el pueblo, a excepción, claro está, del propio cura y de la familia del panadero. A Teodorita nadie la vio durante el tiempo que estuvo preñada, pero al parecer nadie se extrañó... por lo de su retraso, ya me entiende. A mi me llamaron los señores Guardias Civiles para que acudiera a la casa de Tomás, el padre, como usted ya sabe. Estaban investigando el caso, me dijeron, y todo parecía apuntar a que don Antón era el responsable de todo; por lo menos Teodorita y su padre lo acusaban a él sin dudas. Pero, parece ser que, por mediación de un primo de Tomás que trabaja en el Gobierno Civil y tiene buenas agarraderas con el Gobernador, la Guardia Civil archivó el asunto para evitar las habladurías en el pueblo y en la comarca.
-Me dejas de piedra –exclamó el médico, extrañado.
Así me había quedado yo, de piedra, tras escuchar lo que había escuchado, intentando asimilarlo de la mejor manera posible.
-Ahora entiendo la reacción de los vecinos –aseveró don Florentino-. En otras circunstancias más de uno hubiera sido carne de “Garrote”.
-Comprenda usted –continuó mi padre- que a la familia de Teodorita no le beneficiaba nada el asunto y al cura al que menos. Por eso don Antón, con su consentimiento, tramó todo.
Ya no había vuelta atrás. Yo lo quise así. Mi padre en todo momento quiso ocultarme la verdad; pero al final, quizá espoleado por esa incisiva curiosidad infantil, llegué a ella. Me arrepentía de haber escuchado aquello y de haberme enterado de tantas cosas. Me hubiera gustado, ya que lo sabía todo, no haberme enterado de nada. Y entendí por qué Emilín, el hermano pequeño de Teodorita y mi mejor amigo y compañero de juegos desde que tuvimos conocimiento, no hubiera ido ese día a la escuela. Parecía no saber nada y creo que así era. Supuse que en aquel momento poseía yo más información que él y mientras lo recordaba sentía pena, mucha pena.
Aunque, tras todo aquel asunto, la familia de Emilín se trasladó a vivir a Madrid y jamás volvieron por el pueblo, nosotros dos nunca perdimos el contacto. Primero con cartas que nos enviábamos puntuales y a menudo, y después en persona, cuando yo situé mi residencia en aquella ciudad por motivos de trabajo. Nos veíamos con frecuencia, en nuestras casas o en cualquier otro sitio. Donde fuera nos valía para darnos un fuerte abrazo y contarnos nuestras cosas. Siempre fuimos buenos amigos, pero nuestra amistad no fue como otras que se pierden por el camino. Aquella amistad nuestra fue en aumento con el paso del tiempo. A través de él, muchos años después, me enteré de que don Antón, al que jamás volvimos a ver, se fue de misionero al Perú. Y de que hace pocos años falleció en una residencia para sacerdotes ancianos en Lima, rondando ya los casi cien años.
Ya jubilados y sin saber por qué, Emilín me contó que no podía mantener más un secreto que le había atormentado desde que ocurrió lo de su hermana y que le quemaba las entrañas por no haberlo podido contar nunca. Yo le incité a contárselo a algún familiar y él me dijo que, tras estos tediosos años de meditación, sólo confiaba en mí. Así fue como me enteré de que don Antón se libró de la muerte aquel día en nuestro pueblo porque Dios aplicó la justicia.
Por fin supe la verdad, más de cincuenta años después. La verdad de don Antón, aquel cura al que todos apreciábamos y quisieron asesinar, que nunca supo que Teodorita estuviera embarazada porque nunca se lo dijeron y ni siquiera le dejaron verla en numerosas ocasiones que lo intentó. La verdad de un cura que jamás tuvo conocimiento de la existencia de aquel desafortunado niño, enterrado en un estercolero para tapar las verguenzas de una familia pudiente, que fue engendrado por alguien indebido y gestado en un vientre vedado, quien sabe si fruto de un amor destruído por los “qué dirán” de siempre; o de si fue amor de verdad y no una pasión sexual pasajera. Eso ya nunca lo sabremos porque Teodorita también murió hace ya más de veinte años y jamás contó nada, y si lo contó, nadie le hizo caso porque estaba retrasada. Pero su hermano, Emilín, ya viejo y caduco como yo, mi amigo del alma, sigue creyendo y asegurando que aquel amor, que intentaron desvirtuar y escandalizar y que destruyeron con fuerza y rabia, era amor de verdad.
|