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  LEER Relato  

Enrique Eloy de Nicolás Cabrero



El gramófono de Vivaldi

 

Se enteró de que su abuela había muerto mientras escuchaba su composición favorita –las Cuatro estaciones, de Vivaldi- en el viejo gramófono heredado de generaciones pasadas. Alguien se presentó en su casa y le dijo que su abuela se había quedado, como dormida, sentada en un banco del mercado, del que ya no se levantó. Que no había sufrido nada, la pobrecita, y que ya estaba con Dios.

Mientras de sus ojos inservibles manaban ríos de lágrimas, la sinfonía seguía sonando, altiva y gloriosa, por aquella bocina con forma de embudo, surcada de arrugas y repleta de recuerdos.

Era el único disco que escuchaba, el único disco que poseía; al igual que su abuela era la única persona que le quedaba tras la muerte de sus padres en aquel accidente de autocar ocurrido hacía ya seis años.

Sus ojos nunca pudieron ver los rostros de sus seres queridos, pero ella los había visto con sus manos. Conoció cada detalle de sus rasgos con su tacto dulce y delicado. Jamás se sintió desgraciada por haber nacido ciega. Sólo conocía lo que sus manos y sus oídos y su nariz veían: el trino de los gorriones por la mañana; el chirriar de la vieja bicicleta de Agustín, el cartero; la suave voz de su abuela en la cocina, mezclada con aquel maravilloso aroma a magdalenas recién hechas; el croar de las ranas en el estanque; el canto de los grillos por san Juan en la pradera y aquella dulce melodía de Vivaldi, de la que no se podía separar y entendía como parte de su ser.

Se había quedado sola y aún no lo comprendía porque el sonido del gramófono la transportaba a cualquier lugar o época en la que quisiera estar.

En el entierro pareció tomar contacto con la realidad que se le avecinaba, justo en el momento en que bajaban el ataúd con su querida abuela a lo más profundo de aquella fosa en la que yacían –desde hacía tiempo- su abuelo y sus padres.

-¡Abuela! ¡Abuelita! ¿Dónde estás? –preguntó aquella niña, con la mirada perdida en ninguna parte-. Echo de menos tus besos y tus caricias... Y tu olor.

Nadie pudo resistirse y no llorar ante aquellas palabras de la muchacha. Cuando la llevaron a casa, ya de vuelta, fue directa al gramófono, dio varias vueltas a la manivela y la música de Vivaldi –la misma, la de siempre- comenzó a vibrar por toda la casa, haciéndole creer, a sus trece años, que su abuela no tardaría en volver.

Doña Pruden, la vecina, se ocupó de ella hasta que llegó su tía Consuelo, tres días después del entierro. Mientras le preparaba la maleta con cuatro cosillas, le explicaba lo bien que estaría en Madrid, con tanta gente, y la cantidad de amigos que conocería en aquel colegio de la ONCE al que la llevaría. Pero la niña nada decía. Sentada en el sillón preferido de la abuela escuchaba sin parar las estaciones de Vivaldi: primavera, verano, otoño, invierno... Y vuelta a empezar.

-Tía, que no se te olvide el gramófono.

-Pero, cariño, es muy grande y no cabe en el coche. Allí te compraré un tocadiscos y escucharás toda la música que quieras.

-Pero yo quiero éste. Yo no quiero un tocadiscos.

Y su tía Consuelo seguía metiendo cosas en la maleta, sin hacer mucho caso.

A su llegada a la capital todo le resultó tan nuevo que no pudo evitar sentirse contenta. Pero a los pocos meses, cuando su tía la creyó ya integrada, la niña se sintió triste y comenzó a perder el interés por la vida. Su tía le daba todo lo que podía necesitar, pero no era suficiente.

Un día, la tía Consuelo le preguntó qué le pasaba y por qué no era feliz. Y aquella niña le contestó que echaba de menos el canto de los gorriones por la mañana; el chirriar de la vieja bicicleta de Agustín, el cartero; la suave voz de su abuela en la cocina y aquel maravilloso olor a magdalenas recién hechas; el croar de las ranas en el estanque; el trino de los grillos por san Juan y, sobre todas las cosas, aquella dulce melodía de Vivaldi que surgía, como un milagro, de aquel viejo gramófono heredado del que jamás –y en ese momento lo tuvo claro- podría separarse.

Su tía Consuelo, sin que la niña lo supiera, un día se presentó en casa con un disco en el que estaban íntegras las Cuatro estaciones de Vivaldi y un tocadiscos monísimo, último modelo. Conectó el aparato, colocó el disco en el plato y la música comenzó a surgir como por arte de magia. A los pocos segundos, la niña llegó corriendo desde su habitación, con una sonrisa de oreja a oreja. Pero, al llegar, escuchó unos segundos y palpó aquel extraño cacharro del que salía aquella música tan familiar. Escuchó y volvió a palpar... Una, dos, tres veces... Y la desilusión volvió a su alma.

-¿No te gusta esta música? –le preguntó la tía Consuelo-. Es la que siempre has escuchado.

-No suena igual –respondió la muchacha.

Y la tía pensó que era un capricho de niña consentida y mal criada.

-¿Qué quieres, entonces? –le preguntó la tía, airada.

-Quiero volver al pueblo y ser quien yo era.

-No puedes estar sola –le gritó la tía-. ¿No te das cuenta? ¡Eres ciega!

-Sí, soy ciega. Toda mi vida lo he sido –respondió la niña-. Pero también soy infeliz.

La tía se sintió tan dolida al oír aquellas palabras que le dijo, gritando, que al día siguiente la llevaría al pueblo para que fuera feliz con sus pájaros y con sus ranas, y con sus olores y sus manías, y sus grillos cantando por san Juan en la pradera.

-Y con mi gramófono, tía Consuelo, que ahora es lo único que me queda –aclaró la niña, con sinceridad.

Al día siguiente, casi de madrugada, partieron hacia el pueblo.

Cuando llegaron, doña Pruden, la vecina, salió corriendo y besó a la niña múltiples veces, llorando de alegría, embadurnando su carita rosada de babas y lágrimas.

Entró en la casa, en la que siempre había sido suya, sin ayuda y fue directa a la habitación donde siempre había estado el gramófono. Lo palpó, lo besó, le habló y lo fue acariciando con cuidado, con un amor infinito, hasta que topó con la manivela. Dio varias vueltas y la música divina de Vivaldi flotó sobre las telarañas de tal forma que hasta el polvo acumulado pareció estremecerse. Se sentó a su lado, en la silla preferida de su abuela, y le juró, susurrando, que no se separaría nunca más de él.

Ni siquiera se despidió de su tía Consuelo, que ya estaba dentro del coche, decepcionada.

-No se preocupe usted, Consuelo –le dijo doña Pruden, llorando de alegría-. Yo cuidaré de ella.

Y se marchó por la carretera del monte, sin poder contener las lágrimas que le brotaban sin cesar por no haber podido criar a aquella niña que siempre le recordó a la hija que no tuvo.

 

 

Cuentan las gentes del pueblo, treinta años después, que aquella niña ciega aún sigue allí, sentada en la silla preferida de su abuela, al lado de su viejo gramófono del que no se ha separado ni un solo momento, escuchando la música gloriosa de Vivaldi. Y cuentan que la ven a través de la ventana, al fondo de la casa y que, a pesar de los años, sigue pareciendo una niña con su cara rosada. Y que parece feliz porque está enamorada de ese viejo cacharro y de la música que escucha embelesada. Aunque ya no pueda escuchar la suave voz de su abuela en la cocina, ni deleitarse con aquel maravilloso olor a magdalenas recién hechas; ni oír el chirriar de la vieja bicicleta de agustín, el cartero, porque el hombre ya murió, de viejo; ni tampoco el canto de los gorriones, porque casi no quedan; ni el croar de las ranas en el estanque, porque nunca ha vuelto allí; ni el trino de los grillos por san Juan en la pradera, porque ya no es pradera...

Ya sólo escucha la voz de doña Pruden, que le lleva todos los días la comida y la voz cada vez más ronca de su viejo y amado gramófono del que jamás volverá a separarse.

 



 

 



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