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Luis Iglesias Fouce



La cacería

 

Pepe, Miguel y yo, sentados en el muelle con los pies colgados sobre el agua, esperamos a que Alejandro y Dani lleguen con los caballos. El picadero, en un principio, nos había puesto pegas; pero estas cosas siempre son una cuestión de dinero, y en este sentido, no nos costó ponernos de acuerdo; estamos, en todo lo referente a este evento, dispuestos a llegar hasta donde haga falta.

El mes de Junio colabora con una mañana perfecta. Son las ocho y media, sin embargo el sol ya calienta, nos pica en la espalda y brilla ante nosotros en un mar de espejo. El barco, un pesquero de unos veinte metros, nos espera amurado al muelle, a escasos metros de donde estamos; una hora antes, otro, en este caso una embarcación de recreo, partió hacia las islas Cies, nuestro destino común, llevando al organizador de festejos con todo lo necesario para la celebración. Hemos programado tres paradas: un pequeño tentempié sobre las doce, a base de atún rojo en sashimi, caviar iraní y vodka ruso helado; una comida más seria a las tres, que constará de ensalada templada de canónigos frescos, menta y angulas, aliñada con una salsa meunier fría, suave, y colas de cigalas a la brasa de sarmientos de albariño del Rosal, todo ello regado, naturalmente, pues a Pepe le encanta, con unas botellas de Bollinger, el Champagne de James Bond; para finalizar, a las ocho, brindaremos con un Dry-Martini, escalofriantemente seco, con aceituna macerada, durante no menos de un mes, en ginebra inglesa de más de doce años.

Por fin llegan los caballos, con sumo cuidado los vamos subiendo a bordo; la elección del día no ha sido una casualidad, necesitamos, además de mucho tiempo de luz, que las mareas nos acompañen para que los animales no sufran en los traslados; la primera bajamar, es a las diez de la mañana; la segunda, a las diez y veintitrés de la noche, lo que nos garantiza que el mar, esté como una balsa de aceite.

Tras, entre unas cosas y otras, media hora larga de travesía, llegamos a las Cies. Desembarcamos en la isla sur; en esta época, y siendo día de semana, no suele haber nadie, pero… para que arriesgar; hace dos meses pedimos un permiso para rodar un cortometraje novelado sobre las aves de la isla, cortometraje, gracias a Dios, que no se rodará nunca, al menos por nuestra parte, pero que nos permitirá, apoyado en un par de cámaras de mentira, desviar, hacia la isla norte, cualquier barco que venga a dar el coñazo.

-¿Está todo en orden? – Pregunta Alejandro a Manuel, nuestro ya mencionado organizador de festejos.

- Todo. Tal y como lo habéis decidido.

-¡Perfecto!

Entonces, tomo yo la iniciativa.

-Si te parece, Manuel, coméntanos, sobre todo a Pepe, el amigo cuya despedida de soltero vamos hoy a celebrar, cronológicamente, el plan de acciones.

Sobre la arena, nos colocamos en circulo rodeándole, dejando en medio al homenajeado.

-Bueno Pepe, yo soy Manuel; encantado. Tus amigos me han contratado para hacer realidad sus ideas; todo: menús, esta maravillosa isla, la fiesta que a continuación vas a vivir… todo, ha sido cosa suya. Yo tengo una empresa dedicada a las celebraciones; normalmente, también aporto algunas ideas, pero he de decir, que en este caso, todo ha sido cosa suya; lo tenían muy claro, creo que te conocen bastante bien. -En este momento avisa a sus colaboradores, que automáticamente acuden a donde nos encontramos.- A grandes rasgos, ¿en que va a consistir la celebración?; pues en una cacería. Naturalmente, se trata de una cacería un tanto especial; como puedes ver, va a ser a caballo, y cada uno de vosotros tendrá un ayudante, un secretario, que le atenderá en todo lo que se refiere a la caza. Irá corriendo o andando, según convenga, al lado del caballo; gracias a Dios, la isla es escarpada y en ella no se puede galopar. Los dos, cazador y secretario, formareis un equipo, representado por un color: los cuatro del parchís y el negro. Él os llevará las escopetas, -dos, por si una falla- las cargará, perseguirá a las presas, las recogerá y tomará en vuestro nombre, marcándolas con el color correspondiente, y las traerá hasta la playa dejándolas a la puerta de vuestro puesto o parcela, que son esas enormes tiendas al estilo Árabe, cada una con su color, en las que podréis descansar en las paradas o hacer lo que os plazca; en ellas encontrareis una gruesa alfombra que ocupa todo el suelo de la tienda, multitud de cojines de todo tipo, toallas, trajes de baño… Si os parece, -continua- podemos hacer, en un momento, el sorteo de secretarios; así, con el color asignado, podréis acercaros a vuestras tiendas y ver si está todo correcto o necesitáis cualquier cosa.

Dicho y hecho: en una pequeña bolsa de terciopelo negro esconde cinco cintas iguales a las que tienen los secretarios anudadas en sus brazos, casi a la altura del hombro, encima del bíceps. A mí me toca el azul, a Pepe el rojo. Pasamos a colocárnoslas a la manera de ellos. Después, visitamos nuestras tiendas, espaciosas, de unos doce metros cuadrados cada una; perfecto. De vuelta en la playa, Pepe le dice.

-Una cosa, Manuel, perdona…

-¡No, nada, nada! Para eso estamos.

- Ya. Me gustaría saber, ¿a que hora son las paradas?; y sobre todo, ¿que vamos a cazar?

-No te preocupes; si no te importa, enseguida estamos con eso; antes, me gustaría proseguir con el personal, para que puedan ponerse enseguida con sus tareas.

-No hay problema.

-Bien. Este hombre fuertote que veis aquí, que se llama Pedro, es nuestro cocinero; tiene un amplísimo currículo, ha trabajado en ocho países, de tres continentes: América, Oceanía y, por supuesto, Europa, y recibido multitud de premios. Los menús permitirme, bueno, permíteme tu, Pepe, que, a petición de tus amigos, los mantenga en secreto; quieren que sea una sorpresa. No sé si tú, Pedro…

-Solamente presentaros a Jorge, mi pinche de cocina, y a Alberto, nuestro camarero encargado, exclusivamente, de la comida; también comentaros que, aunque no estaba previsto en los menús, pero dado el evento y que son tan difíciles de conseguir, he traído unas ostras de la ría, ¡no de batea!, de roca, buceadas; también unas almejas del arenal sur de Toralla, para muchos la mejor almeja del mundo, y unos arenques, recién llegados de Copenhague, que ahora trabajaré para su confección y salsas.

-¡Que hambre! – Decimos.

-Prosigamos. Eric es nuestro somelier; verificará las botellas de Champagne, las probará y mantendrá a su justa temperatura… Sabéis que el Champagne ha de enfriarse al momento tratando con mucho mimo su burbuja; lo que más que justifica, su presencia. Trabajará en equipo con: Andrés, el camarero de bebidas, y Pablo Roberto, nuestro coctelero. No sé si quieres comentarles algo, Eric…

-Pues que habéis elegido una gran compañía. Ahora es conocida en todo el mundo por ser la marca de champagne de James Bond; pero me gustaría que supieseis, que desde 1.829 produce todos sus vinos –cosa poco común en el mundo del champagne- y que, por ejemplo, hace más de cien años que es la distribuidora oficial de champagne de la casa real británica.

-De todas sus marcas, ¿cuál vamos a beber? – Pregunta Pepe.

-El Bollinger Vielles Vignes de 1.989, seguramente el mejor champagne del mundo. 100% Pinot Noir, proveniente de viñas viejas no atacadas por la filoxera, que misteriosamente existen en algunas parcelas de Bouzy; son viñedos de Bollinger de pie franco, es decir, no injertados, resistentes a la plaga de finales del siglo XIX. Pero bueno, no quiero resultar pesado, ya tendremos tiempo, si queréis, de hablar de este apasionante mundo que es champagne

-¿Pablo Roberto? –Pregunta Manuel por si este quiere añadir alguna cosa.

-Nada. Creo que son conscientes de que una gran fiesta tiene que tener coctelería; sino, no estaría yo aquí. Añadir que el bar ya está abierto; si quieren tomar algo antes de partir… Estoy a su entera disposición.

-¿Qué tal unos Bloody Mary? – Dice Miguel.

-Bien. Me ha llegado una reserva especial de Stolichnaya magnifica. Yo no sigo la tendencia actual en torno al Absolut o al Smirnoff etiqueta negra, me parecen vodkas demasiado comercializados; bebo más, y nunca mejor dicho, en fuentes tradicionales, Moskovskaya o el propio Stolichnaya. El zumo de tomate es de elaboración propia, a base de tomates Raf de la vera almeriense, maduros pelados y despepitados.

-¿Cómo haréis con el hielo? –Continúa Miguel curioso.

-Buena pregunta. El hielo es el eje central de la coctelería; si no hay buen hielo, no hay buen cóctel. –Comenta mientras prepara las copas- Cada dos horas llegará una lancha con hielo nuevo, procedente de un congelador Sertman de última generación, capaz de producir cubitos a -55º centígrados. Lo conservaremos en una Coleman de sesenta litros de capacidad. Pensar, que aunque todo esto parezca exagerado, nuestro primer y más importante axioma dice: enfriar todo lo que permita el no aguar ni modificar la densidad del líquido.

-Felicidades, simplemente perfecto. – Comenta Alejandro, creo, en nombre de todos.

-La señora Fernández Moreau -Continúa Manuel- juega un importante papel en todo esto; es la encargada de la estética. Nos dirá, como podéis observar, ya lo está haciendo, donde y como debe ir cada cosa. También ha elegido los muebles; cubertería, bajilla y cristalería; mantelerías, toallas y todo lo referente al baño; flores, fragancias…

-Espero que este todo de su agrado. –Nos dice.

-Lo estará. –Contestamos.

-El doctor Genaro Cienfuegos y su enfermera Olga Sevilla, estarán preparados para ayudarnos en lo que necesitemos.

-¡Coñó! ¿No es demasiado prevenir contar con un medico y una enfermera? –Pregunta Pepe.

-No lo creas, en un momento te darás cuenta de que no. –Sonríe Manuel- Me gustaría, –prosigue- comentaros brevemente las paradas y los tiempos. Comenzamos en quince minutos, a las diez en punto; a las doce, haremos el primer descanso, de una media hora, que, como todos, será avisado por una bengala sonora; a las tres, y hasta las cinco, pararemos para comer; tres horas más tarde, a las ocho, finalizaremos la cacería. Los barcos no nos recogerán hasta las diez menos cuarto, con lo que tendremos tiempo para celebraciones y saborear las piezas.

-No entiendo. –Dice Pepe- ¿Nos vamos a quedar a cenar?

-No. –Responde Manuel tajante.-

-¿Entonces?

-Nuestras piezas son muy especiales. –Todos sonríen- Se trata de veinte prostitutas. –Pepe, tras un segundo de duda, se une a las risas y reparte abrazos y palmadas. Manuel prosigue- Desde las siete de la mañana se han ido escondiendo por la isla, naturalmente desnudas, y creemos que lo han hecho concienzudamente, pues la que no haya sido cazada al dar las ocho, tendrá una gratificación. La base son rusas y brasileñas, pero también hay tres marroquíes y dos argentinas. Las reglas, muy sencillas: Cazaréis con escopetas de aire comprimido cargadas con balines de bola; no está permitido apuntar ni al cuello ni a la cabeza ni a las tetas, quien así lo haga, deberá pagar un plus proporcional al daño causado; después de haber sido herida, el secretario marcará a la chica con vuestro color, y esta, caminará hacia la playa donde será debidamente atendida y puesta, en la tienda correspondiente, a vuestra disposición; desde ese momento y hasta la hora del embarque se comportará como vuestra esclava, pero sólo mantendrá relaciones con su cazador; este, podrá acercarse a la playa cuantas veces quiera en busca de sus servicios, para cualquier otro tipo de recreo, comida o bebida, deberá atenerse a las paradas estipuladas y a lo que porte su secretario, entiéndase agua y poco más. Si no hay preguntas, y dado que van a dar las diez, os pediría que os acerquéis a vuestras tiendas, saludéis a vuestros secretarios, y montéis en vuestros caballos.

Así lo hacemos, con emoción vemos subir la bengala de salida hacia el cielo; comienza la cacería… Pero eso, será otra historia.



 

 



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