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Luis Iglesias Fouce



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Me desperté. El momento maravilloso en el que ya no estás dormido, pero todavía no perteneces al mundo real, había pasado. Mama no tenía razón cuando decía: <<Vete a la cama. Descansa. Mañana será otro día.>> Ahora todo sigue igual, siempre igual. El sueño es un paréntesis vacío. Entre que me duermo y me despierto no existe nada.

Como odio levantarme de noche; cuando lo hago, siento, como en ninguna otra ocasión, que estoy fuera de lugar. Nadie debería tener que levantarse antes de que salga el sol; sin embargo, todo lo soluciona una buena ducha. Todo lo que está por fuera se arregla en cinco minutos o en media hora. Después de lavar lo que tengo en la cabeza, cierro los ojos he intento organizarme.

Debo estar en el banco en cuanto abra. Si me ha llegado el dinero no aguantará mucho en la cuenta. Los buitres cada vez son más rápidos y necesito todo lo que haya y más. Llevo siete días perdiendo. No volveré a jugar al bacarrá. No tiene ningún sentido. Todos los que sabemos jugamos igual.

Me pongo una raya. Me he acostado a las seis y son las ocho y cuarto. Debo aguantar. El jefe de zona no me aprecia como antes. Los comerciales podemos escaquearnos más, pero a este cabrón, comienzan a calentarle los oídos. No se cuanto tardará en escuchar.

¡Ostia que cara! Hace sólo diez años era un tío guapo, no tenía arrugas ni canas ni estos ojos desorbitados, pesaba setenta kilos, ahora estaré rozando los noventa.

Tengo que jugar al póquer, es a lo que juego de puta madre. No sé porqué tienen que tardar tanto en organizar las putas partidas. La coca me sienta de cojones. Leo las jugadas como nadie. Pero bebo mucho. Antes me tomaba dos o tres copas mientras jugaba; ahora, no me levanto de la mesa con menos de siete u ocho.

 

Que buena está la hija de puta. Y que bien cuenta los billetes. Con esas manitas dulces que tiene. <<Gracias>>

Pasaré por la oficina. Un par de horas después diré que me voy a ver a los de “Barding”. O mejor no. Ya he dicho que iba a verles el martes. Podrían llamar y hablar con ellos.

 

No se ve un carajo. El día es oscuro; las ventanas están empañadas, salvo la de delante, a ésta le voy dando con la mano blanca y venosa y helada.

Cojo la misma salida de la autopista que cuando voy al Casino. El hotel de los líos está cerca; ya lo veo, con pinta de burdel de película del Oeste; solo, en mitad de la nada. ¡Menuda mierda!, tener que darle mi dinero a estos tipejos.

 

-Está todo. Perfecto. Ojalá todos fuesen como tú. ¿Quieres tomar algo?

-No, muchas gracias. –Silencio- El caso es que este mes voy a necesitar dinero antes de lo previsto.

-¿Cuándo?

-Ya.

-¡No tienes un puto duro!

-No. Pero eso no es un problema.

-Si que lo es. No tener dinero siempre es un problema.

-Quiero decir que voy a tenerlo.

-¿Cómo? Ganas 2.400 euros; 3.000, con gratificaciones y desplazamientos.

-Si hace falta se lo pediré a mi padre.

-¿Y como sé que te responderá?

-Es mi padre.

-El mío no lo haría.

-Mi padre sí. –Silencio-

-Te dejaré el dinero. Espero que sepas lo que estás haciendo. ¿Cuánto?

-3.000.

-Mañana me devolverás 4.000. 10.000 en una semana. 20.000 si tengo que esperar un mes. A partir de ahí hablaríamos de otra forma.

- Bien. ¿Puedo tomarme un café?

-Claro. Te lo pondrán en el bar.

 

El café ya está sobre la barra. Tres chicas desaliñadas desayunan en una mesa de la esquina. Al intentar pagar, el camarero extiende su mano mostrándola paralela al suelo y niega en silencio con la cabeza.

Me subo al coche, cuando un papelito en forma de bola cae contra el parabrisas. La nota tiene escrito: <<Por favor –Debajo- Ayuda –Debajo- No quiero estar>> Miro hacia arriba. Una chica me hace señales desde la ventana. Intenta transmitirme que lea la nota. Yo ya lo he hecho. La guardo en un bolsillo y me voy.

 

Como con dos compañeros, pero no soy capaz de seguirles en la conversación. Por la tarde vuelvo a la oficina. A las ocho entro en el Casino.

En la barra me ponen un gin-tónic; aquí no pago nada. El jefe de sala se acerca a mí. Me dice que tiene una partida, pero que no comenzará hasta alrededor de las doce. Apuro el gin-tónic y me voy al Black-jack. Me siento en una mesa en la que conozco a varios asiduos. Es gente que viene todos los días a sacarse un sueldillo. Juegan doblando y con uno sentado de último que intenta obligar a la banca a pedir carta cuando ellos quieren. Intento controlarme y cambio sólo cien euros. Comienzo a jugar.

Durante media hora me voy manteniendo. La crupier es una chica que conozco. No está teniendo excesiva suerte. Se la ve ausente. Con ganas de irse. Con la cabeza en otra parte.

Termino el siguiente gin-tónic con 180 euros. Sigo fiel a mi estrategia: he venido a jugar al póquer; no debo intentar ganar, sólo pasar el tiempo.

Una mujer de unos treinta años me mira más de lo normal. Ahora mueve la cabeza señalándome la entrada de los baños sin dejar de mirarme. Entiendo que me pide que nos veamos allí. Espero a que termine la serie y me acerco imaginando un tema sexual. ¡Ojalá!, pero sé que es imposible. Hace años quizá; ahora no me creo que una tía medianamente buena pueda querer algo conmigo a primera vista, desde quince metros de distancia.

 

-¿Bajamos al baño? Puedo chupártela por cincuenta euros.

-Muy caro. Me corro en diez segundos.

-No te creo. Tienes cara de tener una buena polla.

-Se lo dirás a todos.

-No. En serio. –Silencio- Venga. Es solo una fichita. Anímate.

-Te diré que haremos. Te invito a una copa, y mientras nos la tomamos, intentas ponerme cachondo; si lo consigues…

Ella está especialmente cariñosa. De cuando en cuando me acaricia las manos y me susurra al oído rozándome la oreja con sus labios. Me dice que en el casino se gana muy bien la vida. <<A la gente le cuesta menos pagar con fichas. Sobre todo si las acaban de ganar.>> Sin embargo, debe tener cuidado, ser muy discreta y jugar. Hay días que pierde todo lo que va ganando.

Las mamadas no te solucionan la vida, pero ayudan. Entre unas cosas y otras ya son las doce. Detrás de las mesas de ruleta francesa es donde montan las de bacarrá y las de póquer. El jefe de sala vuelve a acercarse, <<En media hora comenzamos en la mesa cuatro>>, le doy las gracias. Vuelvo al baño a meterme una raya. Después me cambio al güisqui, es una bebida más de póquer; pero debo tener cuidado: aunque bebo menos, me emborracho más.

Faltan diez minutos. Estoy en una mesa de ruleta desde la que observo la de póquer en la que vamos a jugar. Comienzan los nervios previos a la partida. En cuanto me siente y note el tacto de las cartas en los dedos se me pasará todo. Ahora me fijo en el tapete de la mesa de ruleta y tengo una corazonada: <<Al 9, por favor.>> Un momento más tarde el crupier canta el 22, que es vecino del 9. He tenido mala suerte. Pero no iba desencaminado.

En la primera mano ya sé como juega todo el mundo, rara vez me equivoco; lo que todavía no sé, es la suerte que van a tener esa noche. En principio diferencio tres tipos de jugadores en función de cómo pierden; ganar no marca diferencias, sólo distingue entre quien es un rata y quien no lo es. Perder es diferente. Por un lado tenemos a los que pierden con alegría, no tienen problemas de dinero ni de complejos, solo buscan diversión, u olvidar una familia desunida o un mal día en los negocios, o que la vida es una puta mierda. Por otro, a los que les duele el dinero: no lo tienen; o sí, pero les duele perderlo. Les importa un carajo que les ganes, pero no les quites su dinero. Por último, están los que les duele el hecho de perder y que alguien les gane: los acomplejados.

Comienzo con 1.000 euros. La apertura es de 5. Jugamos póquer abierto de 52 cartas: 5 en la mesa y 2 en la mano. Los rebotes son libres. De los siete que me acompañan en la mesa, conozco a tres.

Primera mano: El tipo que tengo de tercero a mi derecha rebota 100 al levantarse la tercera carta; tres segundos después busca un mechero en sus bolsillos. Yo no he ido a la mano. Le aguantan dos jugadores, pero les veo muy dubitativos. En la siguiente carta se dobla el siete. El mismo, mete 250. Los otros dos, no van.

Las diez primeras manos no ocurre gran cosa. El tercero a mi derecha lleva la voz cantante; no gana mucho, pero es el que más gana de la mesa. El segundo a mi izquierda es el que más pierde; el resto, nos mantenemos. Para mí son manos de observación, veo como juegan e intento encontrar una relación entre sus jugadas y sus gestos o comentarios.

Al cabo de hora y media hacemos una parada de cinco minutos. Yo aprovecho para meterme un tiro. Voy ya por el tercer güisqui.

De vuelta, la gente está algo más acelerada. Las posturas y los rebotes se incrementan en un 30 o 40%. Jugamos más manos por período de tiempo. La mayoría ya no controla tanto, se miden menos, se hacen más ellos mismos; se muestran.

Debo entrar en juego cuanto antes. Ganar una buena mano. Si no las cajas se harán demasiado grandes y será difícil jugar contra ellos. Los que tienen más dinero dominan la mesa, siempre tienen una segunda oportunidad.

A las tres menos veinte un As y una Q me ponen en unos 7.000 euros. Llego al siguiente descanso ganando, animado. La ralla que me pongo es algo mayor que las anteriores. Continúo bebiendo.

Alrededor de las cuatro cojo una buena pareja –KK-. El primero por mi izquierda liga otra -JJ-, ligeramente peor. Naturalmente creo que voy a ganar, pero la suerte me hace un regate: en las tres primeras cartas salen una J y dos cincos; el otro mete mil euros, y yo entro al trapo y reboto toda mi caja. Gracias a que tenía más dinero que él me quedo con 1.500 euros, que pierdo dos manos más tarde contra un As y un 10.

Sintiendo los latidos del corazón en mis oídos y la piel pegajosa, atravieso la sala hacia la barra. Me sirven un güisqui. No sé que cojones hacer.

Suele haber gente del usurero por el casino, -no sabe nada el hijo de puta- pero esta noche no veo a nadie. Termino la copa de un trago y camino hacia la salida. No pienso en nada, estoy bloqueado; solamente actúo, no puedo hacer otra cosa; es, como si alguien, o algo, me dirigiese.

Llego al hotel. No se ve mucho movimiento. La puerta está cerrada. Apoyo la oreja… se escucha una musiquilla a lo lejos. Llamo. Aporreo la puerta hasta que alguien abre.

 

•  Estamos cerrados.

•  Es solo un momento. Tengo que ver a Don Manuel.

•  Él nunca está por las noches.

•  Da igual. ¿Puedo pasar? Quizá haya alguien. En el casino me han dicho que venga.

•  Pasa si quieres. Pero no hay nadie.

El bar de la mañana está iluminado por tres tenues bombillas rojas. Solo hay gente en la barra: un camarero con cara de aburrido y dos chicas con dos clientes. Me apoyo y pido un güisqui. Miro hacia el interior del vaso. Aquí no hago nada. Camino hacia el baño. Meo y me pongo un tiro. Vuelvo y apuro la copa. Miro el reloj. Pago, y me voy.

Enciendo el coche y siento como una mano se apoya en mi hombro. En este instante me parece que el corazón se me va a salir del pecho.

-¡Arranca! ¡Por favor arranca el coche!

Es la chica de la mañana. Obedezco. Como en una película salgo lo más rápido posible marcando las ruedas en el asfalto.

-Lo siento. –Silencio- No sé que hacer.

-Yo tampoco.

Le sugiero que se pase hacia delante y así lo hace. Nos tranquilizamos un poco. Disminuyo la velocidad. Brevemente nos miramos.

-Ayúdame por favor. Te daré lo que quieras.

-¿Por qué siempre pensáis que tenéis lo que queremos?

-Ayúdame.

-¿Tienes dinero?

Duda, y contesta indecisa.

-Si.

Aumento la marcha. Entro en el aparcamiento del casino y busco un sitio discreto.

-¡Que hacemos aquí!

-Tengo que resolver un asunto. –Silencio- Siempre hay gente del hotel, de Don Manuel. Deberías meterte en el maletero.

Me mira fijamente. Deja escapar unas lágrimas.

-Ayúdame, por favor.

-¿Cuánto dinero tienes?

Entonces cierra los ojos y comienza a sollozar. Una baba le cruza, de un labio a otro, su boca abierta. Siento lástima.

-Confía en mí. Voy a ayudarte. No temas.

Se tranquiliza un poco.

-Tengo 5.000 euros. Es todo lo que tengo en mi vida. –Dijo sacando el dinero, enrollado con una goma-

-No te preocupes. Dame 3.000. O mejor 4.000. No, mejor dámelo todo.

Obedece; después, llorando, entra en el maletero.

Siento el corazón a trescientos, aún así me meto otro tiro. Me siento. Pongo el dinero encima de la mesa y me dan fichas. Viene el camarero y le pido otro güisqui.

Comienzo a jugar con agresividad: son las seis menos cuarto, no es momento de especulaciones. Si pierdo, pierdo; si gano, gano. <<Por favor, intenta concentrarte. –Me digo->>

A las siete salgo del casino con algo más de 13.000 euros. En la salida, dos hombres del prestamista se me acercan.

-¿Sabes algo?

-¿De qué?

-Has estado en el Hotel, ¿por qué?

-Necesitaba dinero.

-¿Y como lo has conseguido?

-Hay más prestamistas.

-No aquí.

-Tengo amigos. –Silencio- ¡Pero que pasa! ¿Es que no puedo pedirle dinero a otra gente?

Sin decir nada se van.

Me subo al coche. Salgo del recinto del casino y cojo la autopista dirección Madrid. Llego al primer cambio de sentido, convencido de que nadie me sigue, doy la vuelta. En este momento comienzo a hablar en alto.

-¿Estás ahí?

Silencio.

-¡Eh, oye! ¿Estás bien? ¡Contesta!

-Si. Te escucho. –Voz débil-

-Ahora pararé y te sacaré de ahí. –Silencio- Tengo tu dinero. Todo ha salido bien.



 

 



  Obras de este autor

· Pequeñas cosas
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