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Ese fogón
Cuantas tardes, cuantas noches, de silencios olvidados. El calor del carbón, la pequeña sillita de mimbre, esos cuatro baldosines blancos en el pequeño espacio que dibujaban, rellenados con el polvo del blanco de España. Ese polvillo diluido en agua utilizado para blanquear las juntas que se ennegrecían y que le daban más blancura a la pared, o como en este caso, a esos cuatro baldosines blancos, ese reflejo luminoso que hacía resplandecer esas tardes junto a ella. Yo jugaba de forma tranquila y serena, tratando de no romper el silencio, con cualquier juguete, bueno a cualquier cosita le dábamos ese nombre, que me entretenía, que me acompañaba, que me silenciaba.
Un espacio pequeño, un ser tan pequeño, una sillita pequeña todo ello junto a ella una nevera, una lavadora y una pequeña mesita componían un habitáculo muy calentito y muy tierno como era esa pequeña cocina. Una vida pequeña, un pensamiento pequeño, unas zapatillas pequeñas, una batita por debajo de las rodillas, de esas rodillas chicas, siempre por encima del pijama, la mirada inquieta, siempre observando, siempre intentando comprender, aprender, sentir, conocer Un ser delicado, rubito, simpático pero tímido, aunque juguetón y parlanchín. Esa timidez que le hacía abrir los corazones de los sentidos, los corazones de los olvidos, los corazones de los mayores.
Un pequeño ángel flanqueado entre cuatro baldosines, así como delimitando el espacio de su vida de esa cocina tantas veces recordada. De esas tardes de novela, de esas tardes de monólogos aburridos, de monótonos diálogos, de regañinas cariñosas, de besos esperados, de caricias no encontradas, de miradas perdidas. Ella seguía muy delicadamente novelas de la radio, conteniendo sus sentimientos, sus silencios, sus pensamientos y yo escuchaba sus razones, no entendía sus soledades, pero la veía acariciar las agujas, esas agujas con las que cosía los calcetines.
Esa ternura de un ser aplicado en sus deberes, de muy responsables quehaceres: Coser, remendar calcetines con esa bola graciosa, de madera, con una perfección estudiada, trabajada. El remiendo claro solo servía para que la tela fuera quedando más tensa y con menos espacios para que la aguja no pudiera encontrar mas que hilos, hilos antiguos, hilos de meses, de semanas, hilos de amargura, de lágrimas escondidas, de sentimientos callados, de miradas indulgentes, de esperas silenciosas, de ternura... olvidada.
La novela muchas veces servía de consuelo para que esos silencios no fueran escuchados, para que esas miradas no fueran leídas, para que esos reproches no fueran repetidos, para que... para que los personajes la situaran en su novela, en su historia de amor vivida, en sus recuerdos, y con ellos poder ahogar los sentimientos... no olvidados.
El pequeño rey, claro de la casa, sentado en su pequeño trono, en su...en su trono de carbón y leña, encima del fogón, donde esos cuatro baldosines podían verse al abrir la puerta. Observaba a la madre, a su madre. Y no entendía de silencios, de sentimientos, de amarguras, de corazones rotos, de promesas incumplidas, de... bueno solo temía quemar su zapatilla, o que su pequeño pie pudiera quemarse al rozar el candente hierro rojizo, forjado con una redondez cariñosa, como el cariño que me ayuda a recordar la historia de ese antiguo fogón, de esa antigua cocina, de esa antigua historia vivida junto a MI MADRE una tarde cualquiera...
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