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  LEER Relato  

Carlos Santiago



El roce de la culebra

 

El hombre es la medida de todas las cosas:
De las que son, por lo que son.
Y de las que no son, por lo que no son.

Protágoras

 

Avelino llegó a la cita con tres días de antelación. En la habitación del hotel de Mahón había localizado en un mapa el pueblecito de Fornells situado en la parte norte de la Isla de Menorca. Una zona escarpada, batida por los vientos y las olas. Abrigado en la bahía estaba el encalado pueblo de pescadores. Como comprobó en su paseo por la dársena, los llauts eran casi todos de recreo. Intercalados entre estos, se mecían algunos repletos de cestas abombadas para la pesca de la langosta. Turismo , pescado y Mediterráneo en estado puro.

Se acordó de aquella estrofa de Kavafis que cantaba Lluis Llach: “ Y si la encuentras pobre, Ítaca no te ha engañado ”. Bueno, no se podía decir que aquel pueblo fuera humilde y mucho menos pobre. Una vuelta por sus calles le serenó el ánimo.

Casitas blancas encaladas, con todo tipo de plantas las puertas, y con las ventanas más bonitas que había visto en su vida. Tenían todas las contraventanas sujetas a la pared por unos ganchos y las ventanas inglesas estaban pintadas en colores de barco: azul marino y verde oscuro.

Dio unas vueltas y se encontró ante un recodo. Rodeando una pequeña capilla había una cala de aguas trasparentes. Un balconcillo de madera evitaba a los habitantes de las casas que un simple tropiezo en la escalera les condujera a un chapuzón en la coqueta calita. Buscaba el faro. Porque todos los humanos buscan faros en estos casos y Avelino, uno más, se sentía un navegante sin rumbo.

Si allí había algún habitante además del viento, no se dejaba ver. Quizás alguna fugaz silueta se entreveía a través de los visillos.

Decidió preguntar en una tienda de artículos de pesca. Cuando entró se tropezó con la mirada de la cajera que parecía llevar esperando toda la vida su llegada. El local estaba repleto de cañas, redes, aletas y tubos; pero también de toda clase de artículos de alimentación y limpieza, típico de los colmados de pueblo.

—Bon día. Viento, ¿ no?

—Bastante señorita. Por favor, ¿me podría indicar por dónde se va al faro?.

—Váaale. ¿El grande o el pequeño?

—¿Hay dos?

—Sí. Uno está en Cap de Cavalleríes y hay que tomar el camino a la izquierda antes de llegar al pueblo y el otro está siguiendo la calle de atrás, donde está el restaurante L'Escranc. Todo seguido hasta llegar a una torreta de piedra —mientras se lo decía, giró suavemente el torniquete invitándole a entrar, luego añadió:

— ¿Váaale?

Avelino se fijó en la chica. El flequillo le caía sobre los ojos y l levaba un peinado de trencitas rastas. Era simpática y parecía aburrida.

No le dejó dar media vuelta. Lo había atrapado en el torniquete.

—Pase y mire. Tenemos también “menorquinas”, que ahora están de moda.

—Perdona, pero no tomo dulces.

—Váaale. Pero las “menorquinas”, además de ser “guapas”, son unas alpargatas muy cómodas —al decirlo, levantó con agilidad una pierna y la puso sobre una caja de cervezas mostrando la alpargata que llevaba y, a la vez, una estupenda pierna robusta y ajamonada.

Avelino se sobresaltó y quiso mirar para otro lado.

Ella le estaba vacilando, sin saber que hacer eso con un señor de León es difícil, porque normalmente no se entera.

—Bueno, compraré una bolsa de patatas. —Se acercó a la estantería, cogió el producto y lo dejó con un billete de cinco euros.

—¿Va a estar mucho tiempo en Fornells, señor?

— Sólo un par de días.

Después de teclear en la máquina, la cajera, con una enigmática sonrisa, dijo:

—Váaale.

 

 

El viento había amainado y unos deshilachados rayos de sol dorados corrían por la calle. Por un momento se había olvidado del faro. La pierna desnuda de la chica de la tienda le había sacado de su estado melancólico habitual. Antes no se habría parado en medio de la acera, ni hubiera mirado hacia la puerta de la tienda reteniendo el impulso de volver a ella.

Tampoco fue hacia el faro. Pequeño o grande no se iba a mover de allí.

Caminó hacia el paseo donde tenía aparcado el Ford Scort que había alquilado en el aeropuerto.

El paseo marítimo que bordeaba el mar estaba salpicado de palmeras. Los pantalanes flotantes de tablones de madera se mecían suavemente, por el momento. Había cientos de veleros dormidos. Reconoció el sonido que le había acompañado durante toda la mañana: los silbidos que el viento forma al pasar entre los mástiles y los cabos metálicos que los sostienen.

A unos metros del Ford comenzó a toser. A sus años conocía ya su propio cuerpo y lo detestaba. La tos le hacía imposible atinar en la cerradura. Hiperventilación. Sacó el inhalador para mitigar el acceso de asma y se apoyó en el coche. Dejó transcurrir unos minutos.

Cuando abrió la guantera para coger la bolsa de El Corte Inglés, le atacó de nuevo la tos. Sentado en el asiento del conductor tosió con ganas. Notó el bulto y el sobre donde estaban los miserables billetes de quinientos euros que habían conseguido que su inamovible culo paseara por allí.

Cerró el coche, respiró hondo y miró de nuevo la foto en blanco y negro de un hombre de mediana edad sentado en los escalones de un portal con una niña sobre las rodillas. Envidió a la criatura . Nunca tuvo un padre que le hiciera “el caballito”. Aspiró el aire salado que llegaba del mar pensando que aquel lugar tan apacible no se merecía que él y su carga ensuciaran sus calles.

 

 

El arte de la previsión es tan genético como imprevisible. Avelino se enfrentaba de nuevo al único juego que dominaba. Su oponente, un tal Giuseppe Garanni ,era un perdedor y él estaba allí para dejarle un mensaje que no iba olvidar.

Antes de encaminarse hacia el faro tenía que buscar un sitio donde comer y otro donde dormir.

El olor a caldereta de langosta le asaltó en el camino. Tiró la bolsa de patatas a la basura y a punto estuvo de entrar, aunque sabía que el mismísimo Rey de España se dejaba caer por allí. Pero estaba claro que L´Esplá se alejaba de su presupuesto. Audi, BMW y Mercedes rodeaban el restaurante como una muralla. Marcando caballos y precio.

Caminó hasta la pequeña plazoleta que estaba frente al puerto. El sol de invierno había convocado allí a los fijos y a los forasteros llegados en autobús. Entre todos habían ocupado las terrazas. Avelino instintivamente subió la calle esperando que algo le llamara la atención y lo alejara del supermercado. Una ristra de bicicletas todo terreno alineadas lo hizo fijarse en la moderna tienda de enfrente: Servinautic.

Se detuvo frente al escaparate. Para un habitante de tierra adentro los objetos náuticos que allí se exponían parecían de otro mundo, azul y horizontal. Avelino los reconocía desde pequeño. Mientras los otros niños coleccionaban cromos de futbolistas, él dibujaba y construía barcos. En las hojas cuadriculadas de su libreta de colegial navegaban veleros de vela latina, pesqueros del bonito, galeones de mil cañones y esbeltas goletas. También había conseguido dibujar, con bastante dificultad, teodolitos, sextantes, octantes y brújulas. Como navegante, era de mínimo cabotaje. Hacía maquetas de barcos preparadas. Con pegamento Imedio y mucha paciencia conseguía, al cabo de varias semanas, ensamblar las piezas y barnizarlas con esmero. Su puerto de partida estaba detrás del Hostal de San Marcos de León. Desde allí los botaba con el fracaso siempre soplando de popa. Cinco o seis metros y los barquitos naufragaban en las mansas aguas del río Bernesga. Siempre pensó que si hubiera que hacer un logotipo que simbolizara su vida, este sería el “Titanic” en el instante del hundimiento. Esa escena le era muy familiar. Sólo en una ocasión histórica, consiguió que su pequeño barquito abandonara la orilla y llegara hasta la corriente. Escorado peligrosamente a estribor, puso rumbo hacia el puente de San Marcos. Avelino echó a correr para verlo pasar desde la barandilla. Ahí estaba, boca abajo pero a velocidad de crucero rumbo al mar.

Lo miró hasta que se perdió en una revuelta del río. Pronto avistaría el mar y una mañana perdería la silueta de la costa para adentrarse en el océano y llegar a Hawaii. Durante parte de su infancia miró y requetemiró la bola del mundo que tenía en casa preguntándose si su barco lograría atinar con el Canal de Panamá para así salvar el continente americano: un enorme obstáculo con que se iba a tropezar para llegar a su destino.

Pegado en el cristal del escaparate había un mapa enmarcado con banderas de señales marítimas que indicaba diferentes itinerarios costeros. Más abajo, una lista de variados tipos de embarcaciones a motor y a vela con sus precios de alquiler por medias jornadas. Todos con salida desde el puertecito de Fornells . Los lugares más alejados en dirección este, eran las Isles Bledes y Cala Pregonda.

Allí, según Mauricio, estaba la casa de ella. De nuevo sintió la misma turbación y estuvo apunto de sufrir otro ataque de asma.

En Servinautic parecía que no había nadie. Era una tienda funcional de aire deportivo. Allí expuestos había bikinis, toallas, ropa de windsurf, cañas de pescar, relojes sumergibles y todo el equipo del buen submarinista. Del fondo llegaba el ruido enmarañado de una radio emisora. Alguien que daba su posición y un cambio de tramontana a mestral , desde allí le contestaba una voz femenina: “Váaale. Corto”. Esperaba ver salir a la chica del supermercado pero apareció un niño rubio de pelo enmarañado. Se plantó delante de él y le dijo:

—Te vendo un ancla.

A continuación se escabulló debajo del mostrador. Una chica rubia de mediana edad cruzó frente a él y, mirando hacia todos los lados, le preguntó:

—¿Has visto al Alex?

Ella siguió hasta la puerta y se asomó a la calle.

—¿Qué tamaño tiene?

— ¡Ah! Perdone. Más o menos así —contestó señalando medio metro del suelo.

—Creo que está ahí abajo.

La madre lo sacó tirando de las piernas mientras se revolvía como un conejo en su madriguera. Se escabulló a toda prisa hacia la puerta.

—¡Alex, ven aquí —gritó la madre.

El niño se paró un instante y dijo bajito a Avelino:

—Chivato.

Y echó a correr.

Ella instintivamente se tocó la barriga.

—Y como no tengo bastante con este, viene otro.

Avelino entendió la cruz que la madre soportaba con aquel chaval. Y tomó nota en su lista de otro enemigo imaginario más que se había ganado de la forma más tonta.

—Hola soy Herminia y perdona otra vez.

— Avelino, mucho gusto. Tengo entendido que hay calas y playas muy interesantes por aquí.

—Quizá estén las más bonitas y menos accesibles de toda la isla.

—¿Como Cala Pregonda?

—Sí. Merece la pena verla. Además se puede llegar por tierra, por un camino que parte desde la playa de Benimel´a. Pero te recomiendo, si quieres conocer la costa, que vayas en barco. Bueno, en unos pequeños barcos a motor que alquilamos puedes recorrerla y ver los acantilados del Cap Cavalleries y la isla d´es Porros.

— En esa Cala Pregonda ¿vive gente?

Avelino percibió uno instantes de vacilación. Herminia se había dado cuenta que detrás de aquellas preguntas no había sólo un interés turístico.

Del “tú” pasó al “usted”.

—¿Busca a alguien?

— Sí, a una mujer.

—Allí estaba viviendo una extranjera. Le compró la casa al alcalde de Mercadall.— A Herminia le pareció suficiente la información que había proporcionado al desconocido. Ahora le tocaba a ella enterarse de quién era y qué buscaba el forastero.

—Pero si quiere llegar allí, lo pasará mejor haciéndolo por mar.

—Nunca he conducido una lancha de esas.

—Mañana jueves libra mi sobrina. Ella es una experta. Quizá le pueda acompañar. Le saldrá un poquito más caro.— Sacó un folleto con la lista de precios.

— Si quiere le tomo los datos.

—De acuerdo —respondió Avelino.

Otra vez había encontrado la forma más evasiva de enfrentarse a su encuentro. Iría un día antes para ver el terreno que pisaba. Con el inconfesable deseo de que algo fallara. Pagó y le estrechó la mano a Herminia.

—¿Me puedes recomendar un sitio donde comer y dormir que no sea caro?

—Más arriba, por esta misma acera, en la plaza, está el hostal “Els Tallots” pregunte allí y, ya sabe, mañana a las diez esté usted en el pantalán, justamente delante de “ L´Esplá“. Aunque va a ser un día estupendo, llévese algo de abrigo. ¡Ah! Y crema solar.

Cuando salió Avelino, Herminia cogió el teléfono móvil.

 

 

La puerta del hostal era sencilla y con una belleza antigua que le hizo entretener unos minutos. Las columnas de mampostería pintada de amarillo anaranjado rodeaban un portalón de madera vieja. A través de la puerta se veían unos arcos y tinajas con flores y al fondo, una escalera ondulante con barrotes de hierro. Era una casa señorial reconvertida en hostal. La armonía con que los arcos reposaban sobre el suelo de loza roja y la fresca penumbra, le hizo pensar en que allí ,desde siempre, sabían cómo vivir.

Entró. Detrás del mostrador de madera torneada había una chica vuelta de espaldas que llevaba unas trencitas rastas inconfundibles. Hablaba por un móvil. Dijo : “Váale”.

Volvió la vista hacia Avelino.

—Bon día. Ya se ha calmado el viento, ¿no?—Ante su sonrisa Avelino no tuvo más remedio que devolvérsela.

— Busca habitación y un restaurante, ¿no? —Cogió una llave de un colgador y salió del mostrador.

— Le voy a dar mi habitación favorita —le dijo estirándose la falda. Avelino se fijó, otra vez, en sus piernas. Por un motivo que no llegaba a entender, aquella chica tenía unas piernas originales y ella lo sabía. Subió la sinuosa escalera helicoidal. No observó los desgastados escalones, ni las formas decó de las barandillas.

La habitación era espaciosa y tenia unos muebles de principio de siglo. Ella le señaló la terraza.

Avelino quedó impresionado por la vista. La terraza estaba orientada hacia levante y daba frente la entrada natural de la bahía. Entrada obligada de barcos de pescadores y veleros. Al otro lado, el cabo con pequeños bosquecillos de pinos y al fondo una ensenada manchada de islotes que se perdía en el horizonte.

La chica estaba a su lado ofreciéndole la llave. Él la cogió, pero ella le seguía mirando como si esperara algo. Se echó mano al bolsillo buscando unos euros. Ella movió la cabeza de un lado a otro. No era eso. Avelino se dio cuenta de que aquella preciosa chica no pretendía ligar con él, ni estaba interesada en venderle unas gafas submarinas o una caña de pescar. Aquella veinteañera solo deseaba de él una pregunta:

—¿Cómo te llamas?

—Rosetta. Con dos “tes”. ¿Y tú? —dijo extendiendo la mano.

—Avelino.

— Avelino, aquí tienes a la pluriempleada que mañana te llevará a dar un paseo en barca. Ya sabes, después de desayunar te espero en el pantalán del L´Esplà, frente a los barcos de Sevinautic, y si ahora bajas al comedor tenemos el menú del día.

Él, asombrado, le contestó:

—Váale. Rosetta.

 

 

La noche invernal llegó temprano y Avelino decidió ir hacia el faro antes de que la oscuridad se comiera el paisaje. Algunas casas estaban habitadas, las familias se disponían a cenar al templado calor del hogar mientras él caminaba a la intemperie, destemplado y perseguido por las ráfagas de un impertinente viento.

“Las ciudades costeras en invierno tienen su encanto”, dicen. El caso es que está bastante escondido –pensó—. Palmeras abrasadas por la brisa salada, barandillas oxidadas, carteles desprendidos y barcas varadas. Conocía su predisposición para detectar la decrepitud y el abandono. Un roto en un mantel o una lata de mejillones vacía, podía incordiarle una comida o una visita a la Alhambra. A veces creía que esos detalles le acompañaban para amargarle la vida. Su mirada, con la precisión de un láser se dirigía a los rincones oscuros donde se acumula lo innecesario. Se fijaba irremediablemente en las humedades de las paredes. Y con los descascarillados de la pintura y el óxido había aprendido a imaginar caras y cuerpos inverosímiles. Formas que parecían acusarle.

Todo lo brillante y definido le causaba inquietud. Porque en un fondo claro, él y sus sentimientos quedaban al descubierto. Negro sobre blanco.

Su alma a merced de los impertinentes rayos del sol. ¡Qué horror!

 

 

 

A las diez de la mañana el pantalán estaba vacío. Un motor negro se iba acercando lentamente hacia él, sostenido por alguien que sólo dejaba asomar sus pies descalzos. Rosetta mantenía en vilo el pesado motor, su cara estaba roja como un tomate.

—¿Te ayudo?

—Déjalo , yo puedo— dijo resoplando.

Desde la barca arrastró el motor hasta el borde del muelle y con mucha dificultad lo encajó en la popa. Él la observaba como un pasmarote. Le parecía imposible que aquel cuerpo pudiera contener tanta fuerza. Cuando le sonrió desde la barca invitándole a zarpar, apareció una grieta inesperada en su decisión. Avelino se acomodó en la proa. Al salir de la dársena pudo comprobar que no iba a ser un lánguido paseo por la costa. El motor que había colocado Rosetta era mucho más potente de lo que precisaba la lancha y las olas eran cada vez más rebeldes. Salieron en volandas de la bahía de Fornells. El aire marino y el limpio sol mañanero espantaron de la mente de Avelino sus negros pensamientos. En la popa Rosetta manejaba el timón con destreza y las trencitas bailaban detrás de su cabeza como si la misma Hidra la protegiera.

Pusieron rumbo al Cabo de Cavalleríes. Los dos se miraban sin decir nada y, por un instante, un hilo recto y transparente unió sus pupilas. Con el meneo al que estaban sometidos esto debería ser imposible pero, al parecer, a base de estos detalles improbables se escriben las historias. Avelino pensó que tampoco era normal que aquella joven se fijara en un hombre maduro de rostro atormentado como el suyo; vestido con pantalones cortos y una camiseta de Tintín en la Isla Negra.

Desde luego no lo miraba como a un padre.

Las imponentes rocas de los acantilados aparecieron sobre sus cabezas. Ella le señaló el faro. Miró hacia arriba y se dio cuenta de lo poco acostumbrado que estaba a disfrutar de la vida. De natural desconfiado, dudó del interés de la muchacha hacia él, pero cuando bajó la vista se le disipó la suspicacia. Ella se había quitado la camiseta y mostraba al aire unos pechos tan inolvidables como sus piernas. Por primera vez en muchos años olvidó por unos minutos su condición de psicópata profesional. Siendo como era, debería haber sentido picores y salirle sarpullidos ante tanto bienestar, ante las aguas cristalinas y ante la bella sirena que pilotaba al viento. Aquella Atargatis perseguida por Mopsos le estaba susurrando, bajo el ruido del motor Yamaha, entre la espuma, una canción italiana.

 

Después de pasar cerca de un islote habitado por alimoches. Rosetta puso rumbo hacia la cala que tanto parecía interesar a su pasajero. En media hora la lancha se deslizaba entre unos escollos marcianos hacia una playa de arena anaranjada. Cerca de la orilla, con mucho esfuerzo, levantó el motor y, sudorosa, se lanzó desnuda al agua. Avelino esperó que se alejara y cuando vio que se perdía nadando hacia los acantilados saltó a la orilla y se dirigió directamente a la casa de piedra roja que estaba emboscada entre piedras del mismo color. Después de un corto pensamiento sobre los mucho que puede dar de sí un cargo en una alcaldía, se concentró en examinar la suntuosa vivienda. Rodeó el recinto mirando de vez en cuando a través de las ventanas, tocando los pomos de las puertas y observando la arena roja acumulada delante de las zonas de paso. Nadie había vivido allí a lo largo del invierno.

Rosetta se acomodó en lo alto de una roca para observar los movimientos de su hermético pasajero. Pensó que era una alimaña. Conocía a los de su especie, pero aquel hombre era de una variedad diferente.

Ella le esperó en la lancha y cuando Avelino subió le lanzó un dardo en forma de inocente pregunta:

—¿Está aquí quién buscas?

No contestó. Pero ella sabía la respuesta

—Ahora volveremos tranquilamente. ¿Váale?

 

 

El sonido sordo de un fuera-borda llegó mezclado con el de las olas. Rosetta miró a su alrededor, dejó el timón y se sentó a horcajadas sobre el motor. Tiró del cable de la puesta en marcha y se incorporó. Lo hizo en unas décimas de segundo. El ruido al patear el fondo de la barca llamó la atención de Avelino. La vio mirando hacia las rocas. Su cuerpo estaba tenso, los puños apretados y su respiración alterada hacía que sus pechos vibraran. La encontró tremendamente bella y animal. Rosetta parecía una leona a punto de saltar sobre su presa que, gracias a Dios, no era él. Se enfrentaban a una amenaza.

—¡Túmbate en la proa y agárrate con fuerza! ¡Rápido joder!

Por un instante Avelino pudo ver el morro negro de una zódiac aparecer entre las rocas. Un tremendo rugido del motor y la lancha dio un tirón que le hizo caer al fondo de la barca. Se fue arrastrando hasta la proa agarrándose como pudo.

Cuando se volvió hacia Rosetta, estaba ligeramente echada sobre el timón mirando hacia un costado.

—¡Cabrones! —gritó a alguien que parecía estar muy cerca. Fue empujando la palanca roja y las revoluciones del motor aumentaron. Las olas entraban por la borda y la lancha empezó a dar saltos enloquecidos. Cada bote era seguido de un fuerte golpetazo que hacía crujir el fondo de la barca y el coxis de Avelino.

Aquella mujer se había vuelto loca, o no. Se asomó y allí detrás había una zódiac negra con tres ocupantes vestidos de submarinistas. Parecía que la embarcación era aún más rápida. Como siempre, pensó lo peor: “Estos guardias civiles nos cogen”.

—¡Para! ¡Es la Guardia Civil !

—¡Por les collons ! —Y metió a fondo la palanca.

El motor estaba a punto de explotar. Con las manos agarrotadas de aferrarse a la borda y el cuerpo hecho un guiñapo, Avelino se entregó a su destino pasado por agua. A través de la espuma pudo ver la silueta de la pequeña Isla Medes ; a su alrededor una multitud de pequeños promontorios que emergían del mar. Huían de un peligro para darse de bruces con otro. Avelino agitaba desesperado el brazo y ella, imperturbable, mantenía la dirección de la barca. Era un buen momento para que Avelino se acordara de las madres: la de Rosetta , que la parió, y de la suya, que de joven le recomendaba “nunca dejes que el timón de la nave lo lleve una mujer”. Esta metáfora tan cursi había tomado dimensión real.

La lancha comenzó a caracolear entre las rocas dando bandazos perseguida por la zódiac. Mientras Rosetta parecía disfrutar, Avelino se prepara para saltar por los aires. Los perseguidores estaban encima y no cabía la menor duda de que eran guardias civiles. Un fuerte ruido y a espaldas de Rosetta diferentes cosas negras salían disparadas hacia arriba. Parecían tres ranas y una tabla de planchar. A saber: tres números de la Benemérita y una zódiac alargada. El motor se había clavado en una roca y estaban practicando vuelo sin motor.

Rosetta gritó a pleno pulmón:

—¡Bravo! ¡Carabinieris!

Y comenzó a aullar.

Hasta llegar a la altura de faro de Cavalleries no dejó de dar saltitos y golpear el aire con los puños. Luego soltó el timón y se tumbó junto a Avelino.

—Nos estrellaremos.

—No, daremos vueltas.

Ella apartó las trenzas de su cara y él la besó.

 

 

El sargento Pernias llamó por radio a Servinautic desde la casa cuartel de Mercadall. Herminia supo que estaba nervioso y detrás de su voz entrecortada se adivinaba otra cabreada: la del Jefe del Puesto. Le pidió que auxiliaran a los de la zódiac que habían naufragado en las Islas Medes y que le diera los datos de la persona que había alquilado la barca de Servinautic. Ella le dijo que ya habían salido hacia allá y le recitó el nombre y la dirección como si de un parte metereológico se tratara. Al final, Pernias dijo:

—Rosetta me va a matar a disgustos, corto.

 

 

Poco antes de la caída de la tarde Avelino estaba tumbado en una hamaca de plástico que había en la terraza de la la habitación. Con el cuerpo desmadejado, sólo atinaba mirar hacia la bahía, persiguiendo con la mirada los barcos que entraban y salían. Se hizo a la idea de que no tenía nada que hacer. Se sentía raro. Flotando.

La sensación estaba escondida, pero salió a la superficie. Justo la que sientes cuando en el mar te “haces el muerto”. Donde un momento antes te ibas a ahogar, te estiras sobre la superficie, respiras hondo y te relajas, intentando mantener el culo tieso. Milagro : flotas.

Sólo faltaba la mujer que le estaba ocupando un hemisferio de su cerebro y buena parte del otro. Oyó dos golpes en la puerta de su habitación y la voz de Rosetta diciendo “servicio de habitaciones”. Se incorporó pensando que el destino, que con él siempre había sido siempre cruel y escurridizo, por una vez se estaba portando.

Rosetta entró en la habitación sosteniendo una fuente y unos cubiertos.

—No te vayas sin probar la caldereta de arroz con marisco. Es del tiempo de los romanos. Lo que queda del “garum”. Y si haces el favor, baja. Sobre el mostrador de la recepción hay una botella de vino italiano Aglianico y otra de licor de Herbes de aquí. ¿Váale?

Una cajera instruida y un vestido de lycra blanco tan pegado como la uña al dedo. Por si faltara algún frente, a su nariz llegó un compendio de olores marinos. Lonjas de pescado, mariscos cocidos, salitre y arrozal, más otro olor que no sabía si estaba en la fuente o en quién la portaba.

Los dos se sentaron en un atardecer de un día de esos que no aparecen en los calendarios, sin lunes ni miércoles y sin principios ni finales de mes. Unos de esos días ocultos, quizás un treinta y dos.

El capricho del viento y el horizonte, les hizo navegar en un barco varado que atravesaba un mar de espejos rotos. Avelino, mientras saboreaba la caldereta, encuadró su vida con cuatro líneas negras: dos, arriba y abajo, y dos a cada lado. Y por primera vez , no vio su rostro matizado por el desvarío y la locura. Era otra persona la protagonista de la luminosa foto que tenía enfrente. Rosetta le hablaba y él callaba.

La cajera del supermercado que alargaba los “vále” al infinito le contó que su madre era de Ciudadella, hija de un armador de atuneros que aprendió a gobernar barcos y hombres. Recorrió el mar desde Creta hasta Cádiz en busca del atún rojo y conoció en la bahía de Nápoles a un truhán que le cambió la mercancía roja por otra blanca y la dejó embarazada.

—Yo nací en un atunero a punto de naufragar, cerca de la Isla de Alborán. ¿Y sabes lo que me dijo un marinero de Almería?

Avelino tenía una imaginación limitada y un desconocimiento total de lo que puede decir un marinero de Almería en un momento dado, pero logró articular un “no”.

—Pues que allí nacen los descendientes de los dioses y que últimamente suelen ser mujeres.

—Bueno es saberlo —dijo Avelino echando mano del licor de hierbas.

Después de un sorbo, la deseó, sin pensar en su parentesco.

—Cuando hayas terminado tu copa ven a la habitación.

Se levantó. Dejando tras ella una estela blanca.

 

 

En el quicio de la puerta, su Mister Hyde le detuvo. Diría que tenía un regalo para ella. Abriría el armario, sacaría la bolsa de El Corte Inglés y haría su trabajo.

La habitación estaba en penumbra, matizada por la luz violeta del ocaso. Lo primero que distinguió Avelino fue su vestido blanco manchado de sangre. Por un instante, su torcida fantasía habían solucionado el problema. Su vista se fue acomodando a la tenue luz. Ella le seguía mirando y su vestido estaba intacto. Sentada al borde de la cama le sonreía.

Suavemente Rosetta se fue subiendo la falda, mientras Avelino permanecía delante esperando la señal. Se olvidó de sí mismo y se concentró en la sombra de su pelvis. Rosetta abrió ligeramente las piernas y el se arrodilló ante ella. Después de besarle las rodillas comenzó el viaje que le llevaría hasta su sexo.

Rosetta estiró las piernas. Casi las abrió de par en par y suavemente las fue plegando, acomodándolas en los hombros de Avelino que, mientras chapoteaba en la suave piel de la entrepierna, no podía darse cuenta de cómo, poco a poco, las poderosas piernas de la mujer se iban cerrando como un cepo alrededor de su cuello. Un movimiento felino y su boca se encontró con antelación en su destino. Él se revolvió, pero ya era tarde: ella había cruzado los pies, cerrando la pinza.

Una tos sorda le salió de los pulmones. Se congestionó y notó cómo se asfixiaba. En solo un segundo y en un esfuerzo desesperado se liberaría. Miró lo que tenía delante. Ella no tenía vello; por lo que vio, parecían dos dunas del desierto y una luna negra que venía hacia su frente. Notó el frio del cañón de la pistola.

Se le aflojó el cuerpo, y desesperado pudo aspirar el aire marino escondido en el sexo de Rosetta. De rodillas y entregado, a Avelino le pasó por la mente, en un instante, una cascada de imágenes. Eso que cuenta todo el mundo menos los muertos.

En unos segundos notó cómo el cañón se iba desplazando hacia su sien buscando una precisa trayectoria, y no tuvo ninguna duda de que aquella mujer sabía lo que se hacía. Él también sabía que era una Beretta cargada,“limpia”, con un silenciador de tornillo casero, revisada por él mismo dos veces, y con la empuñadura y el gatillo enfundados con látex.

Y estaba seguro que, “el suicidio de un empleado de la Biblioteca Municipal de León, de baja por depresión, hallado muerto en un hotel de Menorca”, no iba a ser noticia.

El instinto y el agobio le marcaron el único camino. Su lengua entró en el sexo de ella. Lamió desesperado durante varios minutos sintiendo la presión de las piernas de Rosetta y el cañón de la pistola. Escuchó su respiración y sus gemidos y se dio cuenta,

aterrado, de cómo allí dentro se batían dos fuerzas antagónicas, enmascaradas de dolor y placer: la muerte y la vida hacían su eterna esgrima. Y una hirió a la otra con un certero pinchazo.

Un calambre eléctrico recorrió las piernas de Rosetta. Soltó su presa. Apoyando la espalda en la cama dejó que la pistola resbalara de su mano cayendo al piso. Ese sonido significó la liberación de Avelino que, reculando, se arrastró hasta un rincón y allí se dejo llevar por la tos y el quejido de los cobardes.

— Espero que un día dejes de arrastrarte —dijo Rosetta, con una voz ronca que en nada se parecía a la del juvenil “váale”.

Avelino seguía tosiendo y ella permanecía mirando al techo.

—Tu vida vale barata. Dime quién te ha dicho que Rosalba Garanni se escondía en Cala Pregonda.

— Mi contacto en Menorca es un tal Mauricio que trabaja en la Pizzería Fredo de San Carlos, de pinche de cocina. Tiene un barco de vela atracado en el puerto con el que tenía que llevarme a Mallorca. Él me dio la pistola.

Rosetta se incorporó. Tenía los ojos brillantes:

—¿Esos cabrones mandan a una lagartija como tú y a un sicario de la Sacra Corona Unita para hacer el trabajo? ¿Tanto miedo les da matar a la hija de Giuseppe Garanni? ¡San Gennaro Bendito! —Rosetta observaba cómo Avelino se ponía en pie y le pareció patético que aquel hombre destrozara su vida acabando con la de los demás. Ni siquiera sintió rencor.

Avelino cogió la bolsa de El Corte Inglés del armario. Dio unos pasos y la mantuvo abierta delante de ella.

La chica recogió la pistola del suelo, la sostuvo en el aire y la dejó caer en el fondo de la bolsa.

—Si quieres salir vivo de esta isla, más vale que le devuelvas a ese Mauricio la pistola y el dinero, que supongo te han dado, y le digas que no me has encontrado.

Él aspiró el inhalador y se dio media vuelta. Cuando caminaba hacia la puerta, ella le dijo:

—No sé porqué no te he matado.

Avelino se giró y del bolsillo de la camisa sacó una foto en blanco y negro.

—Ni yo tampoco.

Rosetta la cogió. Era la tarde de su octavo cumpleaños y su padre le había regalado unos zapatos rojos de charol.

 

 

 

A la mañana siguiente el sargento Pernias entraba en el hostal. Estaba acalorado y ella, detrás del mostrador de la recepción, lo veía venir como a un toro desde el burladero.

— Rosetta. ¿Quieres que te maten? ¿Y qué pasa con el que protege a un testigo protegido?: Qué le den por culo ¿no?

—Váale, carabinieri.

—No han mandado a un napolitano. El sicario es un español. Y creo que era el que ayer estaba contigo. Herminia me dio los datos del carnet de identidad, anoche pedí información a Madrid. Un señor de León que trabaja de bibliotecario y está de baja por depresión denunció su pérdida hace dos semanas. Ya sabes, tu amigo puede ser un puto asesino a sueldo.— Pernias desdobló un papel, era un retrato robot de alguien —¿En qué habitación está?

—Se marchó ayer y no era ese.— Rosetta decía la verdad, aquel rostro no se parecía ni por asomo al de Avelino.

—Joder, joder. Estamos a punto de cazar al único asesino profesional de este país y tú nos tiras todo el dispositivo por la borda. Incluido un motor y tres guardias.

— Si quieres cazar a un asesino profesional, yo tengo a uno, lástima que sea italiano. ¿Váale?

Mira, te das un paseo hasta San Carlos y en la Pizzería Fredo buscas al pinche de cocina: un tal Mauricio. Allí, o en el barco donde ha venido, tendrá escondida una Beretta con silenciador y un buen fajo de billetes, todo dentro de una bolsa de El Corte Inglés. Ese bicho es de Puglia, lo han contratado los míos, pero es de Sacra Corona. Interpol y tu testiga protegida te lo agradecerán.

Pernias se quedó mirándola sin saber qué decir y lo peor, sin saber qué pensar. Al cabo de unos segundos, algo dijo:

—Váale.

 



 

 



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